Por Juan Eduardo Romero
Panorama
El reciente asesinato del embajador ruso en Ankara tiene las características de ser una jugada de organismos de inteligencia destinada a generar una reacción extrema de los radicalistas rusos.
La actual Turquía ha sido a lo largo de su historia una fuente constante de tensión. Sin caer en determinismos geográficos, se debe señalar que su ubicación corresponde a una constante agresión entre occidente y oriente, por ser un espacio de tránsito en la ruta de la seda y los metales, siendo ocupada sucesivamente por hititas, micénicos, persas, macedonios, bizantinos, árabes, otomanos, conformando un espacio multicultural, que expresa las contradicciones y formas violentas de relacionamiento inter-cultural.
El surgimiento del Imperio Otomano, luego de la caída de Constantinopla en 1453, y el posterior agotamiento y crisis del mismo, con la finalización de la I Gran Guerra (1914-1919), no significó el fin que esas tensiones entre islam y cristianismo, entre autoritarismo/tiranía y democracia finalizarán, al contrario a todo lo largo del siglo XX, se incrementó y mimetizó esos clivajes y se expresan hoy nuevamente, a través de las posturas y el proyecto político del presidente Erdogan, concretado desde inicios del siglo XXI (2003) y que busca reeditar un Poderoso Estado islámico, acabando de esa manera con una tradición laica impuesta desde 1924.
Los intentos de Erdogan por restituir ese estado islámico, lo han alejado de la tradicional gravitación que la Turquía moderna había tenido hacia los imperios-mundos, particularmente con los EE UU y el papel que ha jugado a los intereses geoestratégicos en la zona mediante su incorporación a la Otan. No cabe duda, que esas acciones de acercamiento religioso a la conformación de una Turquía regida por las leyes musulmanas, ha preocupado a los EE UU y los imperialismos-colectivos.
El recrudecimiento de atentados en EE UU (después del 11 de septiembre de 2001), los ataques en Alemania, Francia, Inglaterra, la situación caótica en Libia y Siria, que ha escapado del control de los intereses en el ajedrez geopolítico del presidente de EE UU, Barak Obama, los ha llevado a realizar acciones encubiertas, que puedan enmarcarse dentro de la denominada “negación plausible”, pero que buscan desestabilizar la poderosa influencia de Erdogan en Turquía. Llama la atención cómo después del intento de golpe de estado, encabezado por militares turcos en julio, el Presidente de Turquía comenzó un acercamiento con Moscú y con Vladimir Putin, que aumentó las preocupaciones (y tensiones) en la zona.
Erdogan no lo ha dicho a viva voz, pero sí ha dejado entrever los posibles apoyos que tuvo el movimiento militar en su contra de los imperialismos colectivos y, por ello, el viraje geoestratégico que lo ha llevado a entrevistarse con Putin y establecer un acercamiento económico y geopolítico, que se traduce en una seria amenaza a los intereses de la Otan y los EE UU en ese espacio geográfico, tradicionalmente tan disputado.
El reciente asesinato del Embajador ruso en Ankara tiene todas las características de ser una jugada de organismos de inteligencia destinada a generar una reacción extrema de los radicalistas rusos. No obstante, la calculadora mirada de Putin ha frenado esa acción que sin embargo muestra las terribles tensiones entre oriente y occidente. La disputa sigue siendo entre una sociedad laica, impuesta desde inicios del siglo XX y las pretensiones de Erdogan de restituir el viejo califato otomano y la notoria influencia religiosa en la zona. En ese juego de tensiones, Erdogan con astucia e inteligencia ha cambiado la carta de juego y se ha acercado a Rusia, generando importantes reacciones.
El asesinato del Embajador Ruso, tiene parangón, tal como lo ha señalado nuestro querido amigo Atilio Borón, con el asesinato del archiduque Fernando en los inicios del siglo XX, que dio origen a la I Gran Guerra. No obstante, está jugada provocadora pareciera no haber alcanzado sus objetivos, pues no hubo una respuesta en términos de ruptura de relaciones entre Rusia y Turquía y mucho menos, unas escalada militar rusa, exigiendo una acción contundente contra quienes se responsabilizaron del asesinato.
Hay quienes creen ver en este asesinato el inicio oficial de una III Gran Guerra, pero la misma ya comenzó solo que la posibilidad de destrucción de la humanidad es más inmediata que la amenaza que representó la crisis de los misiles en Cuba en 1962. Esta nueva Guerra, la comenzó los EE UU formando una coalición contra Afganistán e Irak, e iniciando la amenaza sobre Siria, lo demás son consecuencias de sus actos.
Estamos ante una situación de gran presión, pues las dos grandes potencias de la 2da mitad del siglo XX, EE UU y Rusia, están en una pulseada histórica que tiene como epicentro Turquía y sus alrededores, amenazando con extender ese conflicto hacia China y el resto de los imperialismos-colectivos. Las perspectivas de un incremento de las tensiones en la zona, ante el hecho contradictorio de las posiciones pro-islamistas de Erdogan, que viene impulsando la creación de nuevas mesquitas y mayores controles religiosos en Turquía y su acción ambigua con respecto al Estado islámico, es notoria.