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El socialismo de Hollande muta liberal



Por Eduardo Febbro / Página 12

El último acto de esa “mutación” que descalabró a la izquierda es una reforma laboral que responde a los lineamientos de Bruselas y Berlín y que ni siquiera los gobiernos conservadores anteriores osaron presentar.


Si alguien se anima a preguntar en Francia “qué es la izquierda”, un azorado y confuso flujo de explicaciones llenará un relato imposible. El mandato del socialista François Hollande habrá terminado la empresa de clarificación social liberal a pesar de que se hizo elegir con una plataforma de izquierda y su famoso himno “mi enemigo es la finanza”: el PS francés sufre, como lo reconoció el actual Primer Secretario del Partido, Jean-Christophe Cambadélis, “una crisis de mutación”. El último acto de esa “mutación” que descalabró a la izquierda es una reforma laboral que responde a los lineamientos de Bruselas y Berlín y que ni siquiera los gobiernos conservadores anteriores, entre ellos el muy liberal de Nicolas Sarkozy, osaron presentar.
El presidente Hollande y su primer ministro Manuel Valls sí dieron el paso y se proponen retocar el sacrosanto régimen del trabajo. Analistas de izquierda y de derecha apuntan que un gobierno socialista está completando el mandato de su predecesor liberal. El proyecto de reforma presentado por la ministra de Trabajo Myriam El Khomri arremete contra bases bíblicas de la izquierda: admite despidos en masa regulados mediante indemnizaciones a bajo costo según el estado financiero de las empresas, pone en tela de juicio el horario de 35 horas de trabajo por semana, estipula que las horas extras puedan ser pagadas por debajo de los acuerdos sectoriales. Los sindicatos acusan al Ejecutivo de haber vuelto “al Siglo XIX”. Manuel Valls les responde que son ellos quienes están “anclados en el Siglo XIX”. Más allá de esta propuesta, es el conjunto de la izquierda francesa la que está en la cuerda floja. Con una constancia muy aplicada, Hollande ha borrado las fronteras entre los principios de acción de la izquierda y los de su antaño “enemigo” liberal. La confrontación se instaló hoy con dos antagonistas irreconciliables: la línea reformista socialliberal modernizadora de Valls y una socialdemocracia clásica cuya mejor exponente es la ex ministra de Trabajo y autora de ley sobre las 35 horas de trabajo semanal, Martin Aubry. En las páginas del vespertino Le Monde, esta dirigente socialista firmó un contundente alegato contra la política gubernamental junto a otros 18 dirigentes de la izquierda e intelectuales.

El texto titulado “Salir del camino sin salida” plasmó el carácter irrecuperable de cualquier conciliación. La tribuna acota que “no basta con reivindicar un reformismo social para merecer ese título. No hay ni verdadera reforma, ni nada social en muchas de las políticas que se llevan a cabo desde hace dos años. En esas políticas encontramos propuestas sacadas del campo de enfrente, que no tienen nada de modernas y son ineficaces”. El texto clama un “esto es demasiado” y dinamitó la ya ficticia convivencia entre socialdemócratas y socioliberales.

Martine Aubry es una referencia del PS francés. Fue la ministra de trabajo que batalló contra el patronato para hacer votar la ley de las 35 horas de trabajo semanales, fue Primera Secretaria del Partido y fue ella quien lo puso en orden de batalla hacia la victoria de Hollande en 2012. Pero desde ese entonces, la línea gubernamental asumió un perfil social liberal que llevó al Partido Socialista a perder sucesivamente cinco elecciones consecutivas, entre ellas las europeas, las municipales, las regionales y las departamentales.
El mandato de Hollande se ha caracterizado por una colección de renuncias a los enunciados de su plataforma electoral y, más ampliamente, a los núcleos que forjaron la identidad del PS. Hollande fracturó como nunca a la izquierda cuando, luego de los atentados del 13 de noviembre en París, decidió inscribir en la Constitución el retiro de la nacionalidad francesa a quienes detenten dos nacionalidades y hayan estado implicados en actos terroristas. Esa medida ha sido una de las banderas de la derecha y la extrema derecha y terminó siendo aplicada por un Ejecutivo socialista. Con ella se rompe el sacrosanto principio de igualdad porque, de hecho, se crean dos categorías de franceses. Por ello, en la tribuna publicada por Le Monde, los firmantes se preguntan “qué quedará de los ideales del socialismo cuando, día tras día, se hayan sepultado sus principios y sus fundamentos?” De las palabras, la dirigente socialista pasó a la acción. Ella y varios de sus partidarios anunciaron que querían abandonar los puestos que ocupan en la dirección del Partido Socialista.
Esos ideales socialistas han sido la retórica empleada para ganar las elecciones, nada más. Quienes hoy se oponen a que se levante la regulación son tachados de arcaicos, nostálgicos y antimodernos. Los socialistas críticos con el gobierno vaticinan una derrota fenomenal en las elecciones presidenciales de 2017. Ellos y otros sectores de la izquierda más radical han abierto otro debate en el seno de la izquierda exigiendo una “primaria” de toda la izquierda de cara a la presidencial del 2017. Pero son fuegos de artificios. La verdad es que el progresismo francés es un cuento de hadas en el que pocos electores creen. Dato inédito en los últimos siete años, las 5 centrales sindicales más grandes de Francia se han puesto de acuerdo para salir a la calle en marzo contra la política gubernamental. Con su reforma laboral, Hollande apuesta por su reelección. Este proyecto de ley que sacudió el último consenso que existía en la izquierda tiene como objetivo cumplir con lo que fue “la promesa” de Hollande, es decir, reducir el desempleo (más del 10,5 de la población). Apuesta incierta que, desde el vamos, acabó por descomponer a su propio campo.
El historiador Jacques Julliard retrató muy bien la hecatombe actual cuando, hace unos meses, en una entrevista publicada por el diario de derecha Le Figaro, consideró que “la izquierda francesa vive una crisis fundamental”. Fundamental quiere decir de esencias, es decir, de ruptura y negaciones profundas. Los social liberales del gobierno argumentan que las reformas actuales apuntan al progreso. Sin embargo, como lo recalca Julliard, “el pueblo tiene el sentimiento de una disociación: piensa que el progreso no apuntala más la justicia social”. El quiebre es considerable y deja a millones de personas perdidas entre retóricas tecno seductoras y realidades que significan retroceso. Nadie niega que se requieren retoques, cambios y reformas para adaptar la regulación de otras épocas al mundo de hoy, pero la mutación va, para muchos, demasiado lejos y deja en el camino lo que el progresismo francés construyó como idea y proyecto durante décadas: la irrenunciable igualdad.