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El petróleo, en la mira del Estado Islámico

Los bombardeos han debilitado sus ingresos
Su avance en Irak, Siria y Libia puede entenderse en función del control de este recurso.
Por: Daniel Salgar Antolínez 
 Antes de que empezaran los bombardeos por parte de la coalición internacional en Siria e Irak, el Departamento del Tesoro de EE.UU. estimaba que el Estado Islámico (EI) estaba recibiendo entre US$1 millón y US$2 millones de la renta del petróleo en el mercado negro. Expertos calculaban que los militantes vendían el recurso por la mitad del precio oficial. Funcionarios de la administración Obama decían que esos ingresos habían convertido al EI en la organización terrorista más rica de la historia.
En Siria, el EI ha tenido bajo su control al menos ocho zonas petroleras que representaban la principal fuente de ingreso del gobierno de Bashar al Asad. Aunque este país nunca fue un gran productor, alrededor de 400.000 barriles diarios resultaban claves para su economía. Desde enero del año pasado, cuando se apoderó de la ciudad de Raqqa, el EI empezó a dominar el negocio y tomarse zonas ricas en este recurso, como la provincia de Deir al Zour, en la frontera con Irak.(...)

En Irak, tras la invasión del EI a varias zonas petroleras, funcionarios gubernamentales tuvieron que huir dejando varias refinerías libres para ser explotadas. Es conocida la batalla que libró el EI por el control de la ciudad de Baiji, donde está la mayor refinería del país. Algunas filtraciones indicaban que, durante el segundo semestre del año pasado, el EI ofrecía en el mercado negro trabajos para extranjeros en infraestructura petrolera, con un salario anual de US$225.000. Esas ofertas laborales, según varios reportes, estaban dirigidas especialmente al mercado saudí.
Luay al Khatteeb, director del Iraq Energy Institute, decía en una entrevista con CNN que el EI dominaba “las rutas hacia Jordania a través de la provincia de Anbar (Siria), hacia Irán a través del Kurdistán, hacia Turquía a través de Mosul y hacia el mercado local sirio y el del Kurdistán iraquí, donde el crudo es refinado”.
El avance del EI en Irak y Siria se puede entender, entonces, a partir de su búsqueda de petróleo. Además de reivindicar una ideología ligada al fundamentalismo suní, que proclama la vuelta al estilo de vida de la sociedad islámica original, el EI parece tener al mismo tiempo el proyecto de construir un Estado en términos modernos. Para sostenerlo necesita financiar instituciones, pagar empleados y combatientes, invertir en defensa y en infraestructura... Sin el petróleo, que es el recurso estrella de Oriente Medio, sería imposible garantizar una fuente de ingresos para semejante empresa.
Los bombardeos por parte del Pentágono y sus aliados tienen el objetivo de recortar ese ingreso con el que se fortalecía el EI, a través de ataques a la infraestructura petrolera de la organización, refinerías, centros de distribución y rutas para el contrabando. La entrega de armas a los kurdos también se puede explicar desde esta perspectiva: el Kurdistán tiene reservas de 45.000 millones de barriles de petróleo, entre 2,8 y 5,6 billones de metros cúbicos de gas natural y 57 yacimientos de gas y petróleo descubiertos. Repson, ExxonMobile y Chevron son algunas de las empresas con presencia en la zona.
Amos Hochstein, enviado especial del Departamento de Estado de EE.UU. y coordinador de asuntos energéticos internacionales, aseguró a mediados de febrero que la estrategia de la coalición internacional estaba cumpliendo su objetivo de disminuir las ganancias que percibía el EI en el mercado negro del petróleo. “Hemos llevado abajo la producción, interrumpimos las rutas de transporte por carretera, y eso hizo más difícil conseguir el crudo a través de la frontera (…) Pero aún queda mucho por hacer”.
Otra medida fue impuesta por el Consejo de Seguridad de la ONU el 12 de febrero, cuando aprobó una resolución que exige a los estados congelar los haberes del EI y otros grupos yihadistas que combaten al régimen sirio, no comerciar con ellos y controlar el tráfico de camiones que pasan, sobre todo, a través de la frontera entre Turquía y Siria. Además, la resolución prohíbe otros negocios que representan importantes ganancias para el EI, como la extorsión, el mercado de bienes antiguos y la financiación por parte de individuos adinerados y organizaciones privadas de algunos países del golfo Pérsico.
Si bien los bombardeos han debilitado la infraestructura del EI, la organización no se ha rendido, sigue controlando territorios en Irak y Siria y ahora está en Libia, el país con las mayores reservas de petróleo en África (48 billones de barriles aproximadamente). La llegada de los militantes a este convulso Estado se anunció mediante el video, publicado el 15 de febrero, de la decapitación de 21 coptos, cristianos egipcios. Las ejecuciones fueron realizadas en suelo libio, sobre la costa mediterránea, y uno de los militantes del EI advertía: “Vamos a conquistar Roma, por la voluntad de Alá”.
Aunque este video disparó las alarmas sobre la presencia del EI en el país africano, algunos reportes indican que el grupo estaba en Libia desde el año pasado, cuando una avanzada llegó para operar conjuntamente con la agrupación Ansar al Sharia (que reivindicó el asesinato del embajador estadounidense Christopher Stevens, cometido el 11 de septiembre de 2012). Los militantes habrían conquistado la ciudad de Derna, sobre la costa mediterránea, y jurado obediencia desde allí al califa Abu Bakr al Baghdadi.
Libia es un caldo de cultivo para milicias insurgentes desde que el exmandatario Muamar Gadafi fue asesinado en 2011 con el apoyo de las fuerzas de la OTAN. El país quedó fragmentado en organizaciones tribales y grupos armados que defienden partes del territorio. La falta de una autoridad central y de control fronterizo ha facilitado la migración de agrupaciones con distintos intereses. Ese caos, sumado a las abundantes reservas de petróleo y de depósitos de armas abandonados (Gadafi fue el mayor comprador mundial de armas durante sus últimos años en el poder), es un suelo fértil para el EI.
Sin embargo, no será tan fácil para esta agrupación empezar a percibir beneficios del petróleo libio. La producción petrolera, que representaba el 95% del ingreso del país en la era Gadafi, está por el piso debido al conflicto armado. Pasó de producir 1,6 millones de barriles diarios antes de que iniciara la guerra de 2011, a alrededor de 350.000. Buena parte de la infraestructura está averiada por los enfrentamientos. Y las divisiones entre grupos tribales, que no apoyan en su mayoría la ideología del EI, son un obstáculo para reactivar el mercado petrolero.
El EI ya ha protagonizado ataques con el propósito de apoderarse de infraestructura de gas y petróleo e Libia. El 14 de febrero una explosión en un oleoducto hizo que se suspendieran las operaciones en el campo de El Sarir, al este del país. Una zona que producía alrededor de 180.000 barriles diarios y que está conectada a un oleoducto que termina en Hariga, en la ciudad de Tobruk, cerca de la frontera con Egipto. Luego, el EI atacó en Sirte, otra ciudad rica en petróleo y ubicada a 300 kilómetros de Italia. Entre Sirte y la frontera con Egipto se concentran hasta el 66% de los yacimientos de petróleo libio.
Pero, como está dicho, la avanzada del EI encuentra resistencias. Como dice Geoffrey Howard en un artículo publicado en Foreign Affairs, en Libia las reservas de hidrocarburos se encuentran por lo general en zonas inaccesibles del desierto y se refinan en instalaciones alejadas en la costa. “Para obtener una ganancia, entonces, el EI tendría que obtener el control de los campos petroleros, los oleoductos y las terminales de exportación. También se enfrentaría a la muy difícil tarea de organizar las exportaciones ilícitas. Aunque puede ser capaz de hacer contrabando de petróleo de bajo nivel, hablar de Libia como una potencial mina de oro (...) puede ser prematuro”.
Además del potencial beneficio del petróleo, la proximidad con Europa convierte al territorio libio en un centro de operaciones clave para el Estado Islámico. Si logra fortalecerse allí, podría usarlo como una plataforma para expandirse por el norte de África y planear ataques en Europa. Esta vez, la coalición internacional tendrá que pensarlo dos veces antes de empezar una segunda intervención en Libia.