Claro que antes de dar el nombre del
magnicida y, sobre todo, dejar en claro el porqué y el cómo ocurrió el crimen,
el lector será advertido de los más importantes elementos y circunstancias que
rodean este suceso y, particularmente, de sus penosas consecuencias. En la
narración hemos de referirnos a pasajes de la historia de lo que hoy es,
oficialmente, el *Reino de los Países Bajos*, una continuidad histórica
accidentada desde aquel primer Estado que fuera conocido como las *Provincias
Unidas de los Países Bajos* (o la República de los Países Bajos) desde su
formación en 1579 hasta la caída de la república en 1795.
La denominación del nuevo Estado fue
*Reino Unido de los Países Bajos* y se produjo en el Congreso de Viena en 1815,
aquel que, tras la derrota definitiva de Napoleón Bonaparte (1769-1821), se
reunió para recomponer las fracturadas fronteras europeas y restaurar el
absolutismo; y que, por su acierto y acabado consagró a Metternich como el gran
director de la política europea. La idea partió de lord Castlereagh que pensaba
que había que evitar a toda costa el control francés de la costa del mar del
Norte, y que para lograrlo debían crearse los “estados tapón”. Su plan
consistía en fusionar la antigua República Holandesa con los Países Bajos
austriacos (la actual Bélgica) para dar vida a una potencia media, con fuerza
como para resistir una eventual agresión francesa. Idea que también gustó al
príncipe neerlandés Guillermo I de Orange (1772–1843) que ambicionaba recuperar
territorios históricos de su familia, así como unificar toda la región bajo una
monarquía fuerte. Y así se acordó.
Nació el *Reino Unido de los Países Bajos*, bajo el gobierno de la Casa de Orange, con Guillermo I de los Países Bajos y gran duque de Luxemburgo, como su primer rey. Este reino duró poco ya que *la Bélgica católica declaró su independencia en 1830*, con un gobierno provisional en Bruselas. En 1839, después de guerrear, con malas partes para los belgas, las cosas dieron un cambio: Hubo un nuevo rey, Leopoldo I de Bélgica y se creó la casa real. El franco apoyo militar francés y el respaldo de la Armada británica harían el resto: forzar el repliegue militar neerlandés. Entonces hubo paz. Lo cual se refrendó con la firma del *Tratado de Londres*, que reconocía y garantizaba la independencia definitiva de Bélgica.
Asimismo, hemos de referirnos a la
dinastía actual de los Países Bajos, la Casa de Orange-Nassau, cuya figura
central es, en este relato y para el siglo XVI, el alemán Guillermo de Orange,
_el Taciturno_ (1533–1584), quien hereda, en 1544, de su primo Renato de Châlon
(príncipe de Orange), muerto en batalla y sin descendencia, extensas
propiedades en los Países Bajos y el título de soberano del Principado de
Orange (pequeño territorio al sur de Francia). Dada la minoridad de Guillermo,
solo 11 años, el emperador Carlos V (1500–1558) del Sacro Imperio Romano
Germánico, asumió la regencia del principado, y como inevitable condición para
validar la herencia y educarlo apropiadamente en la corte, Guillermo debía
dejar su hogar luterano y trasladarse a Bruselas para educarse en la fe
católica. Tal como ocurrió.
La herencia fortuita daba continuidad a
una alianza matrimonial previa: la de Enrique III de Nassau-Breda y la noble
Claudia de Châlon, perteneciente a la casa gobernante del soberano Principado
de Orange en 1515. Al asumir el control del Condado de Nassau (Alemania) y el
Principado de Orange, Guillermo adoptó legalmente el nombre y título
combinados, dando fundación oficial a la neerlandesa Casa de Orange-Nassau. Con
el tiempo la relación entre el príncipe Guillermo y el emperador devino en una
alianza de confianza con la Corona española. Carlos V no dejó de tratar a
Guillermo como un protegido cercano. Con solo 22 años, lo nombró comandante del
ejército imperial en la frontera con Francia. Asimismo, fue el encargado de
llevar la corona imperial al hermano de Carlos, Fernando, tras su abdicación
como emperador del Sacro Imperio en 1556.
Pero esto cambiaría cuando el emperador,
que era también rey de España, se decidió a abdicar la corona en su primogénito
Felipe II (1527-1598) el mismo año. Lo que no sería un simple detalle, como
veremos. En agosto de 1558, el rey Felipe nombra a Margarita de Parma, su media
hermana, gobernadora de los Países Bajos españoles. Con relación a Guillermo de
Orange, ya había introducido un drástico cambio tanto en su estilo político
como religioso. Y, aunque Felipe lo nombraría estatúder (especie de gobernador)
de varias provincias, Holanda, Zelanda y Utrecht en 1559, en la práctica, el
rey prefería gobernar con un consejo privado y secreto, al frente del cual
estaba el cardenal *Antonio Perrenot de Granvela*, quien actuaba como un jefe
de gobierno. Contra Granvela, personaje de mucha valía y capacidad, diplomático
de primer nivel, se quejaban por querer aplicar las estrictas órdenes de Felipe
II, en una región con tradición de libertades y fueros locales, causa de que se
le tomara repugnancia. Además, era mucho más prudente culpar al “malvado
ministro extranjero” que atacar la sagrada figura del rey.
Así las cosas, el cardenal sirvió de
detonante para volver la nobleza local en contra de la Corona. La relación
entre Guillermo y Felipe, mediada por desacuerdos, se fue convirtiendo en una
enemistad a muerte. Entre 1559 y 1566, Guillermo, como miembro del Consejo de
Estado, actuó como un noble leal pero crítico, oponiéndose a la centralización
del rey Felipe y resistiendo la persecución de los protestantes. Los desórdenes
y destrucción de imágenes católicas en 1566 y la llegada por castigo del rudo
ejército del duque de Alba le aconsejaron el exilio en el castillo familiar de
su lugar natal, Dillenburg (Alemania). Huye para salvar su vida, sin embargo,
sus bienes serian objeto de confiscación. Estos elementos serían el mejor
pretexto de Guillermo para integrarse a la rebelión. Pronto, además, reveló ser
el más influyente de los rebeldes, pasando a ser su principal caudillo. Un
conflicto brutal, largo, que se conoce, históricamente, como la *Guerra de los
Ochenta Años* (1568–1648) o *guerra de Flandes*. En la que Guillermo, como
líder, enfrentaría al rey español Felipe II (1527–1598), su acérrimo enemigo, y
amo de un poderoso imperio desde el 15 de enero de 1556 hasta su muerte en
1598.
En 1580, el rey Felipe II, consciente del
protagonismo del príncipe de Orange como líder insurgente, declaró a Guillermo
como “enemigo del género humano” y “peste”. Lo acusó de traición, ingratitud y
herejía y puso precio a su cabeza en 1581. Como recompensa ofrecía un título
nobiliario y 25.000 coronas. No se sabe si la oferta haya tentado a muchos,
pero sí a uno, en particular, al abogado católico francés Balthasar Gérard [o
Baltasar Gérard (1557–1584)], un fiel seguidor de Felipe II. Gérard había nacido
en Vuillafans, en el Franco Condado, en territorio del rey de España. Tierras
de Borgoña que, de pronto, abandonó para irse a las de Luxemburgo. Allí,
consiguió entrar al servicio del secretario del conde de Mansfelt, gobernador
del lugar, logrando imprimir un cierto número de sellos secretos del dicho
conde, habiendo también copiado su firma, con el expreso fin de acceder, con la
ayuda de los mismos, a la corte del príncipe de Orange. Sirvió durante dos años
en el ejército del gobernador de Luxemburgo, en los que no pudo hacer avanzar
sus planes. En marzo de 1584, dejó atrás a Luxemburgo y viajó a la cercana
Tréveris.
Allí, Gérard forjó su plan original; y se
reunió con un jesuita, el padre Magius, a quien le hizo saber su intención de
eliminar a Guillermo de Orange. El religioso elogió su devoción, pero le
desaconsejó el crimen como un acto personal, y recomendó que buscara antes el
consentimiento o apoyo del gobernador militar del rey de España. Siguiendo este
consejo se dirigió a la ciudad de Tournai, una de las plazas fuertes de las
tropas católicas, en solicitud del príncipe de Parma, Alejandro de Farnesio
(hijo de Margarita de Parma y sobrino de Felipe II), que a la sazón era el
Gobernador General de los Países Bajos de España y Capitán General del ejército
de Flandes. Algo así como un _alter ego_ del rey Felipe, pues reunía en su
persona el poder civil, diplomático y la jefatura del ejército.
De suerte que su encuentro con el capitán
general, que se dio en mayo de 1584, no podía darse de inmediato. Debía pasar
por un “filtro” de seguridad. Con quien primero habló fue con el padre Jean
Géry, fraile franciscano, a quien detalló por escrito su plan de victimar a
Guillermo de Orange. Aquel no solo aprobó el plan, sino que guardó una copia
para que, en caso de morir, fuera prueba ante el rey. Después, hubo de verse
con el consejero del Consejo de Estado, el inflluyente Christophe
d’Assonleville (1528-1607), emisario y jurista, que gozaba del patrocinio del
cardenal Granvela. Un asesor de confianza de gobernadores generales como Juan
de Austria y el propio Alejandro de Farnesio. Assonleville interrogó a Gérard
acuciosamente. Buscaba con ello asegurarse de que no fuera un demente o algo
peor: un agente doble. Tras la entrevista, dejó constancia de haberlo
considerado, de entrada, un insignificante: “andrajoso, de baja estatura y
complexión débil”. Luego del interrogatorio cambió, lo encontró: “frío,
sumamente astuto y elocuente”. Al tiempo que descubrió que Gérard estaba
dispuesto a arriesgar su vida sin exigir dinero por adelantado. Y esto lo
convenció de su autenticidad y fervor religioso.
Todo esto preparó el terreno para que el
jefe supremo diera el visto bueno final. Farnesio, ante tales personajes,
adoptaba una actitud escéptica. En los años previos, varios hombres habían
intentado hacerse con la recompensa que el rey ofrecía por la cabeza del líder
Guillermo de Orange. Muy presente tenía el último caso, el del bilbaíno Juan de
Jáuregui, un chico de “pocas luces”, que, en un atentado contra Guillermo en
Amberes, había fracasado rotundamente en 1582. El disparo que pudo haberlo
matado atravesó el paladar y salió por la mejilla izquierda. La herida era de
gravedad. Los caballeros de la escolta reaccionaron al instante: atravesaron a
Jáuregui con una espada y lo mataron a golpes allí mismo. La investigación
llevó hasta Gaspar de Añastro, un comerciante español afincado en Amberes que
ansiaba la recompensa.
El plan de Gérard consistía en
infiltrarse en el grupo cercano al líder neerlandés, usando una identidad falsa
como un secretario calvinista, Farnesio asumió que la estrategia era viable.
Pensó que no arriesgaba nada con apoyarlo: Si Gérard fracasaba, no había
pérdida de tropas; y si tenía éxito, caería el principal enemigo que, por
entonces, mortificaba al imperio. Así que convino y lo financió: fueron 50
coronas de oro/plata de los fondos militares. No como pago, sino como un viático
para que Gérard pudiera viajar a Delft, comprar la ropa adecuada para
presentarse ante la corte protestante, y adquirir los dos arcabuces de bolsillo
para el crimen. Farnesio, igualmente, comprometió su palabra de honor de que,
si moría en su propósito, la familia recibiría la colosal recompensa y los
títulos de nobleza que había ofrecido el rey Felipe. Un pacto que, se sabe, la
Corona respetó, dándole ejecución años más tarde.
El 10 de julio de 1584, un día martes,
Guillermo de Orange-Nassau (“el Taciturno”) fue asesinado a tiros en su
fortificada residencia oficial, el Prinsenhof en Delft (un antiguo monasterio
reconvertido), del que ya Balthasar Gérard, el victimario, conocía hasta en sus
reconditeces, por haber tenido tiempo para ver el lugar al detalle. Así que
escogió el vestíbulo al pie de la escalera principal, donde esperó oculto.
Guillermo acababa de almorzar en familia, con su amigo Rombertus van Uylenburgh,
más conocido por ser el padre de Saskia van Uylenburgh, esposa del famoso
pintor Rembrandt. Al disponerse a subir los escalones, quedó de espaldas y
expuesto al acechador, quien debió llamar su atención, y le disparó a bocajarro
al pecho, causándole la muerte quizá al instante. Los disparos impactaron la
pared, dejando los famosos agujeros que aún hoy son visibles en el museo del
Prinsenhof. Según los registros oficiales, estas fueron sus últimas palabras:
“Dios mío, ten piedad de mi alma; Dios mío, ten piedad de este pobre pueblo”.
Gérard, el católico borgoñés, de entre 26
y 27 años, que había recibido el beneplácito de Alejandro de Farnesio para
ejecutar el crimen, parece haberlo pensado todo. Utilizó dos pistolas de llave
de rueda (_wheellock_), una tecnología relativamente nueva para la época, QUE
permitía llevar el arma cargada, amartillada y oculta bajo el ropaje, a
diferencia de las más comunes que exigían una mecha encendida, que delataba
toda presencia. Lo de Gérard, con todo su fanatismo, no era una acción suicida.
No. Había previsto su fuga. Para ello, debía alcanzar un caballo que había
preparado tras las murallas de la ciudad. De modo, que al disparar y ver caer
al príncipe Guillermo, soltó las pistolas y escapó por una puerta lateral del
vestíbulo. Afuera, corrió como alma que lleva el diablo hacia las murallas de
la ciudad, con propósito de saltarlas. Capturado poco antes por los guardias y
sirvientes que lo seguían, fue golpeado y encarcelado.
Lo paradójico del caso y, que acaso
pudiera dejarnos ver a ese genio de la escena que era Gérard, es que el dinero
de las pistolas provino del mismo entorno de Guillermo —ante quien era un
hugonote, a cuyo padre habían martirizado autoridades católicas debido a sus
firmes creencias calvinistas, — porque cuanto había recibido del capitán
general Farnesio, apenas había cubierto sus gastos. Volvamos al escenario del
crimen. Las torturas fueron bestiales. Inenarrables. Los días antes del juicio
y después del 13 de julio, cuando fue sentenciado a ser brutalmente ejecutado.
Se le descuartizó y evisceró vivo, y arrancó el corazón del pecho para
finalmente decapitarle. Gérard, a todo esto, y mientras consciente, se mostró
resueltamente resistivo al dolor y dueño de un fanatismo religioso ciego a
reconvenciones.
Tradicionalmente, los miembros de la
familia Nassau eran inhumados en Breda, Bravante, pero al estar la ciudad en
manos hispanas, a la muerte de Guillermo, sus restos fueron llevados a *Nieuwe
Kerk*, un templo protestante, y enterrados dentro de la iglesia, en la plaza
del mercado central de Delft, en 1584. Para ello se construyó la cripta real de
la Casa de Orange-Nassau, un mausoleo diseñado por Hendrick y Pieter de Keyser
(1595-1676). Desde entonces los miembros de la Casa de Orange-Nassau,
incluso los reyes de Holanda, han sido enterrados en la cripta real de ese
templo. A excepción de su bisnieto Guillermo III, rey de Inglaterra y Escocia y
Estatúder de los Países Bajos, que fue enterrado en la abadía de
Westminster.
Lo que puede decirse, finalmente, es que
los que creyeron que la liquidación de Guillermo de Orange quebraría la lucha
de los Países Bajos por su autonomía e independencia, se equivocaron del todo.
*La lucha siguió hasta su final en 1648, cuando se admitió la definitiva
independencia de las Provincias Unidas*, mediante el Tratado de Münster (como
parte de la Paz de Westfalia).
*Historiador.
