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29 octubre, 2026

HISTORIA. ¿Quién mató a Guillermo de Orange, “el Taciturno”, y ‘Padre de la Patria neerlandesa’?

 Por Orlando Arciniegas*

     Claro que antes de dar el nombre del magnicida y, sobre todo, dejar en claro el porqué y el cómo ocurrió el crimen, el lector será advertido de los más importantes elementos y circunstancias que rodean este suceso y, particularmente, de sus penosas consecuencias. En la narración hemos de referirnos a pasajes de la historia de lo que hoy es, oficialmente, el *Reino de los Países Bajos*, una continuidad histórica accidentada desde aquel primer Estado que fuera conocido como las *Provincias Unidas de los Países Bajos* (o la República de los Países Bajos) desde su formación en 1579 hasta la caída de la república en 1795. 

     La denominación del nuevo Estado fue *Reino Unido de los Países Bajos* y se produjo en el Congreso de Viena en 1815, aquel que, tras la derrota definitiva de Napoleón Bonaparte (1769-1821), se reunió para recomponer las fracturadas fronteras europeas y restaurar el absolutismo; y que, por su acierto y acabado consagró a Metternich como el gran director de la política europea. La idea partió de lord Castlereagh que pensaba que había que evitar a toda costa el control francés de la costa del mar del Norte, y que para lograrlo debían crearse los “estados tapón”. Su plan consistía en fusionar la antigua República Holandesa con los Países Bajos austriacos (la actual Bélgica) para dar vida a una potencia media, con fuerza como para resistir una eventual agresión francesa. Idea que también gustó al príncipe neerlandés Guillermo I de Orange (1772–1843) que ambicionaba recuperar territorios históricos de su familia, así como unificar toda la región bajo una monarquía fuerte. Y así se acordó.  

     Nació el *Reino Unido de los Países Bajos*, bajo el gobierno de la Casa de Orange, con Guillermo I de los Países Bajos y gran duque de Luxemburgo, como su primer rey. Este reino duró poco ya que *la Bélgica católica declaró su independencia en 1830*, con un gobierno provisional en Bruselas. En 1839, después de guerrear, con malas partes para los belgas, las cosas dieron un cambio: Hubo un nuevo rey, Leopoldo I de Bélgica y se creó la casa real. El franco apoyo militar francés y el respaldo de la Armada británica harían el resto: forzar el repliegue militar neerlandés. Entonces hubo paz. Lo cual se refrendó con la firma del *Tratado de Londres*, que reconocía y garantizaba la independencia definitiva de Bélgica. 

     Asimismo, hemos de referirnos a la dinastía actual de los Países Bajos, la Casa de Orange-Nassau, cuya figura central es, en este relato y para el siglo XVI, el alemán Guillermo de Orange, _el Taciturno_ (1533–1584), quien hereda, en 1544, de su primo Renato de Châlon (príncipe de Orange), muerto en batalla y sin descendencia, extensas propiedades en los Países Bajos y el título de soberano del Principado de Orange (pequeño territorio al sur de Francia). Dada la minoridad de Guillermo, solo 11 años, el emperador Carlos V (1500–1558) del Sacro Imperio Romano Germánico, asumió la regencia del principado, y como inevitable condición para validar la herencia y educarlo apropiadamente en la corte, Guillermo debía dejar su hogar luterano y trasladarse a Bruselas para educarse en la fe católica. Tal como ocurrió. 

     La herencia fortuita daba continuidad a una alianza matrimonial previa: la de Enrique III de Nassau-Breda y la noble Claudia de Châlon, perteneciente a la casa gobernante del soberano Principado de Orange en 1515. Al asumir el control del Condado de Nassau (Alemania) y el Principado de Orange, Guillermo adoptó legalmente el nombre y título combinados, dando fundación oficial a la neerlandesa Casa de Orange-Nassau. Con el tiempo la relación entre el príncipe Guillermo y el emperador devino en una alianza de confianza con la Corona española. Carlos V no dejó de tratar a Guillermo como un protegido cercano. Con solo 22 años, lo nombró comandante del ejército imperial en la frontera con Francia. Asimismo, fue el encargado de llevar la corona imperial al hermano de Carlos, Fernando, tras su abdicación como emperador del Sacro Imperio en 1556.

     Pero esto cambiaría cuando el emperador, que era también rey de España, se decidió a abdicar la corona en su primogénito Felipe II (1527-1598) el mismo año. Lo que no sería un simple detalle, como veremos. En agosto de 1558, el rey Felipe nombra a Margarita de Parma, su media hermana, gobernadora de los Países Bajos españoles. Con relación a Guillermo de Orange, ya había introducido un drástico cambio tanto en su estilo político como religioso. Y, aunque Felipe lo nombraría estatúder (especie de gobernador) de varias provincias, Holanda, Zelanda y Utrecht en 1559, en la práctica, el rey prefería gobernar con un consejo privado y secreto, al frente del cual estaba el cardenal *Antonio Perrenot de Granvela*, quien actuaba como un jefe de gobierno. Contra Granvela, personaje de mucha valía y capacidad, diplomático de primer nivel, se quejaban por querer aplicar las estrictas órdenes de Felipe II, en una región con tradición de libertades y fueros locales, causa de que se le tomara repugnancia. Además, era mucho más prudente culpar al “malvado ministro extranjero” que atacar la sagrada figura del rey. 

     Así las cosas, el cardenal sirvió de detonante para volver la nobleza local en contra de la Corona. La relación entre Guillermo y Felipe, mediada por desacuerdos, se fue convirtiendo en una enemistad a muerte. Entre 1559 y 1566, Guillermo, como miembro del Consejo de Estado, actuó como un noble leal pero crítico, oponiéndose a la centralización del rey Felipe y resistiendo la persecución de los protestantes. Los desórdenes y destrucción de imágenes católicas en 1566 y la llegada por castigo del rudo ejército del duque de Alba le aconsejaron el exilio en el castillo familiar de su lugar natal, Dillenburg (Alemania). Huye para salvar su vida, sin embargo, sus bienes serian objeto de confiscación. Estos elementos serían el mejor pretexto de Guillermo para integrarse a la rebelión. Pronto, además, reveló ser el más influyente de los rebeldes, pasando a ser su principal caudillo. Un conflicto brutal, largo, que se conoce, históricamente, como la *Guerra de los Ochenta Años* (1568–1648) o *guerra de Flandes*. En la que Guillermo, como líder, enfrentaría al rey español Felipe II (1527–1598), su acérrimo enemigo, y amo de un poderoso imperio desde el 15 de enero de 1556 hasta su muerte en 1598. 

     En 1580, el rey Felipe II, consciente del protagonismo del príncipe de Orange como líder insurgente, declaró a Guillermo como “enemigo del género humano” y “peste”. Lo acusó de traición, ingratitud y herejía y puso precio a su cabeza en 1581. Como recompensa ofrecía un título nobiliario y 25.000 coronas. No se sabe si la oferta haya tentado a muchos, pero sí a uno, en particular, al abogado católico francés Balthasar Gérard [o Baltasar Gérard (1557–1584)], un fiel seguidor de Felipe II. Gérard había nacido en Vuillafans, en el Franco Condado, en territorio del rey de España. Tierras de Borgoña que, de pronto, abandonó para irse a las de Luxemburgo. Allí, consiguió entrar al servicio del secretario del conde de Mansfelt, gobernador del lugar, logrando imprimir un cierto número de sellos secretos del dicho conde, habiendo también copiado su firma, con el expreso fin de acceder, con la ayuda de los mismos, a la corte del príncipe de Orange. Sirvió durante dos años en el ejército del gobernador de Luxemburgo, en los que no pudo hacer avanzar sus planes. En marzo de 1584, dejó atrás a Luxemburgo y viajó a la cercana Tréveris. 

     Allí, Gérard forjó su plan original; y se reunió con un jesuita, el padre Magius, a quien le hizo saber su intención de eliminar a Guillermo de Orange. El religioso elogió su devoción, pero le desaconsejó el crimen como un acto personal, y recomendó que buscara antes el consentimiento o apoyo del gobernador militar del rey de España. Siguiendo este consejo se dirigió a la ciudad de Tournai, una de las plazas fuertes de las tropas católicas, en solicitud del príncipe de Parma, Alejandro de Farnesio (hijo de Margarita de Parma y sobrino de Felipe II), que a la sazón era el Gobernador General de los Países Bajos de España y Capitán General del ejército de Flandes. Algo así como un _alter ego_ del rey Felipe, pues reunía en su persona el poder civil, diplomático y la jefatura del ejército. 

     De suerte que su encuentro con el capitán general, que se dio en mayo de 1584, no podía darse de inmediato. Debía pasar por un “filtro” de seguridad. Con quien primero habló fue con el padre Jean Géry, fraile franciscano, a quien detalló por escrito su plan de victimar a Guillermo de Orange. Aquel no solo aprobó el plan, sino que guardó una copia para que, en caso de morir, fuera prueba ante el rey. Después, hubo de verse con el consejero del Consejo de Estado, el inflluyente Christophe d’Assonleville (1528-1607), emisario y jurista, que gozaba del patrocinio del cardenal Granvela. Un asesor de confianza de gobernadores generales como Juan de Austria y el propio Alejandro de Farnesio. Assonleville interrogó a Gérard acuciosamente. Buscaba con ello asegurarse de que no fuera un demente o algo peor: un agente doble. Tras la entrevista, dejó constancia de haberlo considerado, de entrada, un insignificante: “andrajoso, de baja estatura y complexión débil”. Luego del interrogatorio cambió, lo encontró: “frío, sumamente astuto y elocuente”. Al tiempo que descubrió que Gérard estaba dispuesto a arriesgar su vida sin exigir dinero por adelantado. Y esto lo convenció de su autenticidad y fervor religioso. 

     Todo esto preparó el terreno para que el jefe supremo diera el visto bueno final. Farnesio, ante tales personajes, adoptaba una actitud escéptica. En los años previos, varios hombres habían intentado hacerse con la recompensa que el rey ofrecía por la cabeza del líder Guillermo de Orange. Muy presente tenía el último caso, el del bilbaíno Juan de Jáuregui, un chico de “pocas luces”, que, en un atentado contra Guillermo en Amberes, había fracasado rotundamente en 1582. El disparo que pudo haberlo matado atravesó el paladar y salió por la mejilla izquierda. La herida era de gravedad. Los caballeros de la escolta reaccionaron al instante: atravesaron a Jáuregui con una espada y lo mataron a golpes allí mismo. La investigación llevó hasta Gaspar de Añastro, un comerciante español afincado en Amberes que ansiaba la recompensa.   

     El plan de Gérard consistía en infiltrarse en el grupo cercano al líder neerlandés, usando una identidad falsa como un secretario calvinista, Farnesio asumió que la estrategia era viable. Pensó que no arriesgaba nada con apoyarlo: Si Gérard fracasaba, no había pérdida de tropas; y si tenía éxito, caería el principal enemigo que, por entonces, mortificaba al imperio. Así que convino y lo financió: fueron 50 coronas de oro/plata de los fondos militares. No como pago, sino como un viático para que Gérard pudiera viajar a Delft, comprar la ropa adecuada para presentarse ante la corte protestante, y adquirir los dos arcabuces de bolsillo para el crimen. Farnesio, igualmente, comprometió su palabra de honor de que, si moría en su propósito, la familia recibiría la colosal recompensa y los títulos de nobleza que había ofrecido el rey Felipe. Un pacto que, se sabe, la Corona respetó, dándole ejecución años más tarde.              

    El 10 de julio de 1584, un día martes, Guillermo de Orange-Nassau (“el Taciturno”) fue asesinado a tiros en su fortificada residencia oficial, el Prinsenhof en Delft (un antiguo monasterio reconvertido), del que ya Balthasar Gérard, el victimario, conocía hasta en sus reconditeces, por haber tenido tiempo para ver el lugar al detalle. Así que escogió el vestíbulo al pie de la escalera principal, donde esperó oculto. Guillermo acababa de almorzar en familia, con su amigo Rombertus van Uylenburgh, más conocido por ser el padre de Saskia van Uylenburgh, esposa del famoso pintor Rembrandt. Al disponerse a subir los escalones, quedó de espaldas y expuesto al acechador, quien debió llamar su atención, y le disparó a bocajarro al pecho, causándole la muerte quizá al instante. Los disparos impactaron la pared, dejando los famosos agujeros que aún hoy son visibles en el museo del Prinsenhof. Según los registros oficiales, estas fueron sus últimas palabras: “Dios mío, ten piedad de mi alma; Dios mío, ten piedad de este pobre pueblo”.

     Gérard, el católico borgoñés, de entre 26 y 27 años, que había recibido el beneplácito de Alejandro de Farnesio para ejecutar el crimen, parece haberlo pensado todo. Utilizó dos pistolas de llave de rueda (_wheellock_), una tecnología relativamente nueva para la época, QUE permitía llevar el arma cargada, amartillada y oculta bajo el ropaje, a diferencia de las más comunes que exigían una mecha encendida, que delataba toda presencia. Lo de Gérard, con todo su fanatismo, no era una acción suicida. No. Había previsto su fuga. Para ello, debía alcanzar un caballo que había preparado tras las murallas de la ciudad. De modo, que al disparar y ver caer al príncipe Guillermo, soltó las pistolas y escapó por una puerta lateral del vestíbulo. Afuera, corrió como alma que lleva el diablo hacia las murallas de la ciudad, con propósito de saltarlas. Capturado poco antes por los guardias y sirvientes que lo seguían, fue golpeado y encarcelado.

     Lo paradójico del caso y, que acaso pudiera dejarnos ver a ese genio de la escena que era Gérard, es que el dinero de las pistolas provino del mismo entorno de Guillermo —ante quien era un hugonote, a cuyo padre habían martirizado autoridades católicas debido a sus firmes creencias calvinistas, — porque cuanto había recibido del capitán general Farnesio, apenas había cubierto sus gastos. Volvamos al escenario del crimen. Las torturas fueron bestiales. Inenarrables. Los días antes del juicio y después del 13 de julio, cuando fue sentenciado a ser brutalmente ejecutado. Se le descuartizó y evisceró vivo, y arrancó el corazón del pecho para finalmente decapitarle. Gérard, a todo esto, y mientras consciente, se mostró resueltamente resistivo al dolor y dueño de un fanatismo religioso ciego a reconvenciones.   

      Tradicionalmente, los miembros de la familia Nassau eran inhumados en Breda, Bravante, pero al estar la ciudad en manos hispanas, a la muerte de Guillermo, sus restos fueron llevados a *Nieuwe Kerk*, un templo protestante, y enterrados dentro de la iglesia, en la plaza del mercado central de Delft, en 1584. Para ello se construyó la cripta real de la Casa de Orange-Nassau, un mausoleo diseñado por Hendrick y Pieter de Keyser (1595-1676).  Desde entonces los miembros de la Casa de Orange-Nassau, incluso los reyes de Holanda, han sido enterrados en la cripta real de ese templo. A excepción de su bisnieto Guillermo III, rey de Inglaterra y Escocia y Estatúder de los Países Bajos, que fue enterrado en la abadía de Westminster. 

     Lo que puede decirse, finalmente, es que los que creyeron que la liquidación de Guillermo de Orange quebraría la lucha de los Países Bajos por su autonomía e independencia, se equivocaron del todo. *La lucha siguió hasta su final en 1648, cuando se admitió la definitiva independencia de las Provincias Unidas*, mediante el Tratado de Münster (como parte de la Paz de Westfalia).

*Historiador.