“Cuando se refería a Canadá como el
Estado N° 51, Trump en realidad no pensaba en todo el país, sino sólo en
Alberta”. El comentario del experto republicano Brandon Weichert, analista de
seguridad y de geopolítica cercano al titular de la Casa Blanca, resulta
revelador sobre la política de la Casa Blanca frente a la crisis que se vive
actualmente en su vecino del norte.
Ubicada en el oeste de Canadá,
Alberta posee la cuarta mayor reserva probada de petróleo en todo el mundo,
solo superadas por Venezuela, Arabia Saudita e Irán. Tiene, además, importantes
yacimientos de carbón, níquel, litio y tierras raras. Considerada como un
bastión conservador en un país gobernado por liberales durante más de una
década, ostenta el PIB per cápita más alto y es un importante contribuyente a
las finanzas federales. Sin embargo, las políticas energéticas y ambientales
impulsadas desde Ottawa han generado una creciente tensión entre la provincia y
el gobierno federal, en una relación que muchos albertanos consideran injusta y
abusiva.
La votación por la progresiva autonomía que se celebrará el 19 de octubre resultará clave no solo para Alberta, sino también para el futuro del país y de sus complejas relaciones con los Estados Unidos inmersas en una amplia puja comercial. En tanto que el gobierno de Mark Carney no dudó en calificar esta iniciativa como un nuevo Brexit debido a sus probables efectos económicos.
El referéndum de Alberta será el
tercero que se produce en Canadá, después de los realizados en Quebec en 1980 y
1995. Dados los profundos lazos entre los gobiernos de Canadá y de Estados
Unidos, las presidencias de Jimmy Carter y Bill Clinton, respectivamente,
apoyaron enfáticamente el statu quo del vecino del norte. La situación ahora
sería distinta, prácticamente opuesta.
El injerencismo desde el gobierno de
Trump resulta deliberado y evidente y apuntaría tanto a fragmentar
políticamente como a quebrar económicamente a uno de sus principales socios
comerciales. Si bien la Casa Blanca cuenta con la cercanía ideológica de la
primera ministra albertana Danielle Smith (festejó el triunfo electoral de
Trump en el 2024 en su residencia de Mar-a-Lago), el principal medio utilizado
es el movimiento político que devino en el principal portavoz del autonomismo
y, en algunos casos, también de la integración con los Estados Unidos.
Aunque el movimiento separatista de
Alberta existe desde 1930, hasta hace un tiempo se trataba de un fenómeno
marginal. Sin embargo, la pandemia y las restricciones sanitarias crearon un
terreno fértil para su resurgimiento, que finalmente tomaría forma en el
Proyecto de Prosperidad de Alberta (APP, por su sigla en inglés) una corriente
de ultraderecha, fundamentada en la paranoia colectiva y en creencias
conspirativas como la alianza entre China y Canadá para ahogar cualquier tipo
de independentismo. Además, ha sido capaz de aglutinar a distintas células
separatistas y, en apenas un lustro, creció exponencialmente, sobre todo,
gracias a su poderosa inserción en línea.
Si las medidas frente al Covid 19
fueron el caldo de cultivo, las elecciones de abril de 2025, ganadas por el
liberalismo, se convirtieron en el detonante para la definitiva conformación
del sector secesionista. Tres meses después, la APP presentó una petición
formal para convocar a un referéndum sobre la autonomía de la provincia, que
resultó aprobada a principios de este año.
Desde el gobierno de Estados Unidos
se tomó nota del ambiente político que se estaba generando al norte de sus
fronteras y comenzó a respaldar a los disidentes y a los disconformes. El
beneficio para APP fue indudable, ya que la Estrategia de Seguridad Nacional de
Trump establece que se “recompensará y fomentará a los movimientos ampliamente
alineados” con el objetivo de dominar el hemisferio occidental y asegurar el
control de sus recursos naturales. Sus dirigentes comprobaron que el apoyo de
la Casa Blanca, lejos de ser circunstancial, hoy resulta estratégico.
Según atestiguó uno de los fundadores
de APP, el abogado Jeffrey Rath, en 2025 los principales líderes de la
organización realizaron tres viajes a Washington, donde mantuvieron reuniones
reservadas con altos directivos del Departamento de Estado para analizar el
posible apoyo estadounidense en caso de que la iniciativa independentista
prosperara. Se habría hablado sobre la viabilidad de una Alberta independiente
con un mercado común con Estados Unidos y cero aranceles. La nueva república
también adoptaría el dólar estadounidense en detrimento del dólar canadiense,
con una línea de crédito de 500 mil millones de dólares estadounidenses para
ayudar a que el naciente país se ponga en marcha. Se llegó a plantear, incluso,
la logística y los recursos prácticos para la definitiva integración de la
provincia separatista a los Estados Unidos.
La participación del primer círculo
de confianza de Trump y de varios directivos de MAGA resultó fundamental para
la consolidación de APP. Y más allá de las expresiones presidenciales,
replicadas por voceros, intérpretes y comentaristas como Weichert, quien
califica a Alberta como “pieza clave” de la estrategia de anexión
estadounidense, hubo otras figuras de primera línea del gobierno y del entorno
presidencial que se refirieron a la voluntad secesionista de la provincia
canadiense.
Así, en el último Foro de Davos, en
enero pasado, el secretario del Tesoro, Scott Bessent, consideró a Alberta como
un “socio natural” para los Estados Unidos. El publicista Steve Bannon fue más
allá y consideró las implicaciones geopolíticas de la conquista de territorio
canadiense ya que, en su opinión, el norte ártico, otrora una barrera natural,
se había convertido en un punto débil que podía facilitar la penetración rusa.
Según el ex asesor de Trump, el gobierno debía avanzar sobre Alberta como también
lo está haciendo ahora sobre Ucrania, no sólo por sus amplias riquezas
naturales, sino también para preservar un borde amurallado contra Rusia.
Otras figuras del movimiento MAGA
fueron aún menos sutiles. El representante republicano Andy Ogles, de
Tennessee, aplaudió abiertamente al movimiento independentista afirmando que
“La gente quiere soberanía” y que “Quieren lo que tiene Estados Unidos”, en
tanto que el senador por Utah, Mike Lee, añadió que “Podría ser como nuestro
propio ‘Texas helado del Norte’”, en referencia al estado, originalmente
mexicano que, en 1845, luego de nueve años de independencia, resolvió su
anexión a Estados Unidos. Hasta la exgobernadora de Alaska, Sarah Palin, sin
cargo oficial actual, pero todavía ligada al ultraconservador Tea Party, se
sumó a la corriente separatista.
Comentarios y apreciaciones son
reproducidos y amplificados en un extenso tejido de medios alternativos como
Rebel News y Canada Proud, vinculados a MAGA y responsables de difundir
narrativas en donde se señala a Alberta como una provincia oprimida y explotada
por el poder central. Además, estaría operando un amplio ecosistema de redes
sociales impulsado en gran medida por IA y por bots. Sin embargo, ninguna
campaña sería posible sin tomar en cuenta la enorme influencia del canal
informativo Fox News y, especialmente, de Postmedia, la mayor cadena de
periódicos canadiense, en buena medida perteneciente a Chatham Asset
Management, un fondo de inversión estadounidense con sede en Nueva Jersey.
Según un promedio de los últimos
relevamientos, aproximadamente un 70% de los habitantes de Alberta cree que la
provincia debería seguir formando parte de Canadá, mientras que un 25% se
declara a favor de la separación. Si, llegado el caso, los secesionistas
obtienen mejores números a los contabilizados hasta ahora en las encuestas,
siempre podrán sembrar el recurso del fraude para invalidar la elección. Y pese
a su eventual derrota, la APP podría reivindicar su labor y asegurar el llamado
a un nuevo referéndum en un futuro cercano. Para sus líderes vale, en todo
caso, evidenciar que el movimiento independentista de Alberta sigue vivo, más
allá de los contratiempos.
Elon Musk, el principal aportante del
Partido Republicano y una de las figuras centrales de la ultraderecha, ya lo
dictaminó: no sólo pretendió renunciar a la ciudadanía canadiense legada por su
madre bajo la idea de que “Canadá no es un país real”, sino que además fijó el
camino a seguir por la extrema derecha secesionista cuando pocos días atrás
aseguró: “Quebec debería separarse. Estarían mejor. Alberta y Saskatchewan
también deberían separarse”.
Como actualmente ocurre con América
Latina, no hay mayores dudas de que la política intervencionista y el incentivo
a la fragmentación de Canadá continuarán y, probablemente, se profundizarán,
como parte de una estrategia central de dominación impuesta por la Casa Blanca.
Tomado de Página 12 / Argentina.
Imagen: AFP.
