En un contexto difícil, Lula deberá focalizar el último tramo
de esta larga campaña en una confrontación directa contra Flávio Bolsonaro que,
de manera inevitable, tendrá un impacto profundo y directo en su relación con
el gobierno de los Estados Unidos.
Donald Trump no perderá la oportunidad para efectuar un golpe
electoral en Brasil, no solo para empoderar a su aliado y llevarlo al Palacio
de Planalto, sino además para propinarle una humillante derrota a uno de los
pocos líderes mundiales que se atrevió a desafiarlo públicamente.
El enfrentamiento hasta la segunda vuelta será plenamente
desigual, sobre todo, teniendo en cuenta el alto nivel de injerencia de la Casa
Blanca, las medidas desestabilizantes como el reciente cierre de la embajada
estadounidense y, más aún, los compromisos que se están anudando si es que la
ultraderecha encabezada por la familia Bolsonaro retorna al poder a partir del
1° de enero de 2027.
Más allá de la denuncia contra Flávio y contra su hermano, el diputado prófugo Eduardo Bolsonaro, como los verdaderos inspiradores de la imposición de aranceles y sanciones comerciales, y por su probable influencia en la designación de Primeiro Comando da Capital y de Comando Vermelho como Organizaciones Terroristas Extranjeras para favorecer la eventual intromisión militar de los Estados Unidos en Brasil, hoy las principales preocupaciones de Lula apuntan contra un nuevo elemento, altamente sensible en la ya extenuante convivencia establecida con Trump y con Marco Rubio, su ambicioso secretario de Estado.
Una renovada expresión de interferencia política se estaría
dando en el país sudamericano a través de Rockbridge Network, una red de
donantes creada en 2019 por Christopher Buskirk, editor del sitio web
nacionalista conservador American Greatness, y JD Vance, actual vicepresidente
de los Estados Unidos, bajo la inspiración directa del tecnooligarca Peter
Thiel.
Considerada como una empresa de capital riesgo centrada en la
política, Rockbridge fue crítica en un inicio con el movimiento MAGA, a la que
veía como una poderosa red rival para el acceso al poder, centrada en la figura
de Trump, pero también con un funcionamiento descoordinado y siempre superado
por el radicalismo de sus bases. Con un sentido mucho más operativo, el círculo
de donantes tuvo como uno de sus primeros éxitos la elección de Vance como
senador en 2022.
Lejos de cualquier intento de masificación, Rockbridge se
consolidó como un club superexclusivo, con una membresía mínima, aunque varias
veces multimillonaria y que ostenta en Donald Trump Jr., hijo del actual
presidente, a uno de sus miembros más conocidos y con mayor influencia.
Las iniciativas de la fundación son amplias y van desde el
cabildeo para empresas, financiamiento para candidatos, influencia directa en
medios de comunicación o la movilización de votantes. Para las últimas
elecciones presidenciales, llegó a contratar a 3 mil personas para colaborar en
la campaña y en el escrutinio electoral, en buena medida, gracias a las
donaciones que logró recaudar, superiores a los más de 100 millones de dólares.
El financiamiento finalmente valió la pena, más aún, si se toma en cuenta que
consiguió imponer a Vance como compañero de fórmula de Trump.
Más allá de su radio de acción centrado en los Estados
Unidos, la fundación de Vance y Thiel ha iniciado una política de expansión
internacional que apunta a establecer relaciones con gobiernos de ultraderecha
ya establecidos, como son los casos de Argentina y Colombia, o a apoyar a
candidatos que expresan un firme alineamiento con sus intereses, como ocurre en
Brasil.
El interés en la principal economía sudamericana es evidente,
sobre todo en medio de la intensa carrera global por la infraestructura de la
inteligencia artificial que tiene a Estados Unidos y a China como los
principales competidores. En este contexto, a la Casa Blanca le importa la
posición estratégica de Brasil y, sobre todo, la posible alianza con los
Estados Unidos, por lo que apoya por todos los medios posibles a Flávio
Bolsonaro para que se imponga en la actual contienda electoral.
Representantes del grupo Rockbridge ya habrían tenido
contacto directo con empresarios y políticos brasileños y, especialmente, con
el postulante de la ultraderecha para, de ese modo, asegurar su inserción en el
escenario económico brasileño: en el medio, las sospechas apuntan al
financiamiento de su campaña política. El caso adquiere una particular gravedad
porque las contribuciones económicas extranjeras en las campañas electorales,
de manera directa o indirecta, están prohibidas, por lo que ya existe una
solicitud de investigación al Supremo Tribunal Federal.
La vinculación entre Rockbridge y Flávio Bolsonaro parecería
estar bastante afianzada. Un “memorándum estratégico” redactado por el
candidato a gobernador de Río de Janeiro por el Partido Novo, André Marinho,
cercano al candidato de la ultraderecha, explica cómo funcionaría una alianza
entre Brasil y Estados Unidos para la exploración de minerales críticos y
tierras raras, en una acusación política que, en los últimos días, ha levantado
una creciente polémica.
En el documento titulado “Alianza para la Prosperidad” se
asegura que un gobierno de Bolsonaro se alejaría de China y posicionaría a
Brasil como uno de los tres principales proveedores mundiales de minerales
críticos, a la vez que lo situaría como el principal centro de procesamiento
del hemisferio occidental, y como un eslabón clave en las cadenas de suministro
alineadas con Estados Unidos, especialmente, en los sectores de defensa,
energía e inteligencia artificial.
El dato no es menor si se toma en cuenta que Brasil posee 21
millones de toneladas de yacimientos de tierras raras, pero que sólo tuvo
capacidad para extraer unas 2 mil toneladas en 2025, lo que revelaría una
extensa brecha entre las reservas y la producción de estos recursos
estratégicos.
El interés de Estados Unidos en los minerales críticos
brasileños es tangible. El 20 de abril, USA Rare Earth adquirió el grupo
brasileño Serra Verde, propietario de la única mina que explota tierras raras
en Brasil. Con esta adquisición por 2.800 millones de dólares, el nuevo
propietario aspira a explotar 6.400 toneladas anuales y convertirse en líder
mundial en la producción de imanes utilizados, sobre todo, en los sistemas de
guiado de misiles y de otros armamentos especializados.
Sin un régimen de control adecuado para las concesiones
extranjeras, y debido al valor estratégico de la compra, el gobierno de Lula da
Silva intentó bloquear la operación comercial. Finalmente, el 2 de septiembre,
el Congreso brasileño aprobó una ley para preservar las reservas de minerales
críticos y tierras raras. Si el actual presidente obtiene su reelección, es
posible que se revise la venta de Serra Verde: el impacto político de la
decisión sería altísimo ya que, a través del Pentágono, el gobierno estadounidense
posee el 10% de USA Rare Earth.
Junto con México, Brasil es la otra pieza latinoamericana
codiciada por la Casa Blanca: no solo por sus amplias riquezas y por su
potencial económico, sino también por su impronta geopolítica determinante. Un
triunfo de la ultraderecha en las elecciones no solo alejaría a Brasil de
China, sino que además le daría un decidido golpe a los BRICS y, en general, a
cualquier propuesta progresista y superadora de las actuales condiciones
económicas proveniente del sur global.
El desafío para la izquierda en Brasil es mayúsculo, todavía
más, bajo el riesgo de que el gobierno de Estados Unidos finalmente desconozca
los resultados si es que, en la segunda vuelta, el favorecido es el actual
presidente. Lula da Silva deberá contar con nuevas y heterogéneas alianzas y un
firme apoyo social y económico a nivel nacional, pero también internacional,
para hacer frente a la tormenta extremista y regresiva que, desde el norte y
desde hace ya un par de años, se está preparando en contra de uno de los pocos
baluartes del progresismo a nivel global.
Tomado de Página 12 / Argentina.