Los hombres fuertes al mando de las grandes potencias
gobiernan con mano firme y pueden parecer inamovibles, pero las apariencias
engañan y su tiempo se agota
Por David Ignatius / The Washington Post
WASHINGTON. – Parece que vivimos en la era de los autócratas,
en la que los presidentes Donald Trump, Xi Jinping y Vladimir Putin
dominan el escenario mundial. La reunión de esta semana de la Asamblea General
de la ONU en Nueva York parece un mero espectáculo secundario frente al
verdadero juego de poder de la cumbre entre Trump y Xi.
Pero las apariencias engañan: este podría ser el ocaso de
la era de los dictadores, no su amanecer. Los tres líderes autoritarios
mundiales están envejeciendo –Trump tiene 80 años, y Xi y Putin, 73– y los tres
se ven envueltos en especulaciones sobre su salud. Gobiernan con mano firme,
pero sobre países fragmentados. Ninguno ha elaborado un plan para preservar
su legado.
Los tres padecen lo que podría llamarse la “enfermedad de los autócratas”. Su arrogancia los lleva a cometer errores. Putin cometió un error catastrófico al invadir Ucrania en 2022, esperando una victoria rápida. Trump incurrió en un error similar al atacar a un Irán que creía débil en febrero. Ambos se hunden cada vez más en el pantano. El Ejército de Putin ha sufrido 1,4 millones de bajas entre muertos y heridos. La guerra de Trump ha costado unos 43.000 millones de dólares y ha fracturado su base política.
Los líderes verdaderamente poderosos no van de farol. Sin
embargo, ahí estaba Trump, una vez más, el martes en las Naciones Unidas, amenazando
con “aniquilar” a Irán si no capitulaba. Existe una expresión que utilizan
los jugadores de póquer para referirse a alguien que cree erróneamente que
posee una estrategia imbatible: dicen que está on tilt (fuera de control
emocional o jugando impulsivamente). Ese es el caso de Trump.
Xi asume menos riesgos militares, por lo que sus errores no
son tan evidentes, aunque son muy reales. Xi gobierna un sistema en el que
no confía y que, a su vez, no confía en él. Ha llevado a cabo una purga
militar casi continua que ha apartado a más de 100 altos mandos desde 2023. Ha
destituido a cinco de los siete miembros de la Comisión Militar Central. Xi
también parece recelar de la élite tecnológica de China –su joya de la corona–;
impuso una multa enorme a Alibaba y marginó a su fundador, Jack Ma,
antes de rehabilitarlo el año pasado.
Este momento autocrático fue captado en febrero de 2025 –un
mes después de la investidura de Trump– por el fallecido Alex Younger, exjefe
del MI6 británico. Sus palabras resultaron proféticas.
“Nos encontramos en una nueva era en la que, por lo general, las
relaciones internacionales no se regirán por normas ni instituciones
multilaterales. Estarán determinadas por hombres fuertes y acuerdos”,
declaró Younger a la BBC. Comparó la situación con la Conferencia de Yalta
de 1945, “donde tres hombres fuertes decidieron el destino de países pequeños.
Creo que esa es la mentalidad de Donald Trump; sin duda, la de Putin y la de Xi
Jinping. Ese es el mundo hacia el que nos dirigimos”.
Sin embargo, las cosas no han sucedido exactamente así. Los
intentos de las grandes potencias por imponer su voluntad han fracasado, por lo
general. Los ejemplos más evidentes son las guerras en Ucrania e Irán. El
uso de drones inclinó la balanza estratégica en ambos conflictos. Aprendimos
que los drones baratos –las armas de los débiles– pueden desconcertar a los
poderosos arsenales de las superpotencias.
La fuerza de la razón
El paradigma de los autócratas de que “la fuerza da la razón”
parecía imparable, hasta que dejó de serlo. El ejemplo más revelador fue la
escandalosa amenaza de Trump el año pasado de invadir Groenlandia si
Dinamarca no cedía su soberanía. Sin embargo, ese intento de imponerse por la
fuerza ayudó a galvanizar la resistencia europea frente a Trump en enero,
durante el Foro de Davos. Trump tuvo que dar marcha atrás, y su capitulación
definitiva llegó esta semana con
el plan de construir una base en el Ártico para reforzar la presencia
militar estadounidense en Groenlandia, al amparo de un tratado de 1951
actualizado. Se trata, en esencia, del mismo compromiso que Dinamarca había
planteado hace un año.
Xi también ha tenido problemas al intentar intimidar a sus
vecinos. China arremetió contra la política japonesa Sanae Takaichi
después de que esta insinuara que Japón podría responder militarmente ante un
ataque chino a Taiwán; ella, no obstante, se mantuvo firme. Lo mismo hizo el
presidente filipino, Ferdinand Marcos Jr., al desafiar las amenazas
chinas en el mar de China Meridional.
Los autócratas, ya entrados en años, se enfrentan a un último
problema. “El tiempo siempre gana”, como señaló la semana pasada el
supermagnate Warren Buffett –de 96 años– al anunciar su retirada como
presidente de Berkshire Hathaway.
Trump, a sus 80 años, acusa el paso del tiempo. Putin, antaño
un hiperatleta que presumía de torso desnudo, también ha perdido ritmo; de
hecho, un analista escribió el año pasado que el líder ruso “se negaba a
aceptar su avanzada edad”. Por otro lado, después de que Xi faltara a un
banquete en Nueva Delhi este mes por enfermedad, The Wall Street Journal
citó –sin aportar pruebas– la valoración de un exanalista de la CIA según la
cual Xi era “fumador empedernido, sufría sobrepeso, no era amigo del ejercicio
y llevaba mucho tiempo aficionado a la bebida”.
Si estoy en lo cierto y nos encontramos ante el ocaso de los
autócratas, ¿de quién es el amanecer que se avecina? No hay una
respuesta sencilla. Ciertamente, Trump, Xi y Putin podrían seguir dominando la
escena durante años, y las réplicas de su mandato se dejarán sentir mucho
después de que hayan desaparecido. Sin embargo, resulta llamativo que los tres
parezcan alérgicos a los planes de sucesión.
Trump se pavonea al frente de una coalición MAGA que se
resquebraja. Los posibles sucesores de Putin, según la descripción de Mary
Ilyushina (periodista del Post), parecen un grupo de figuras
irrelevantes. Xi, por su parte, se resiste activamente a recuperar el liderazgo
colectivo que le precedió. Las estrellas emergentes de hoy son las “potencias
medias”, que están ocupando el espacio que los autócratas parecen incapaces
de controlar.
Destaca especialmente el primer ministro canadiense, Mark
Carney, quien encabezó la rebelión contra la guerra arancelaria de Trump.
Su discurso en Davos constituye un documento definitorio de lo que espero sea
la era posterior a los autócratas. “Estamos inmersos en una ruptura, no en una
transición”, afirmó. “Cuando las normas ya no te protegen, debes protegerte
a ti mismo”. Desde entonces, se ha mantenido fiel a esa premisa.
Al pensar en el futuro, debemos reconocer que, si bien Xi
podría ser un activo en decadencia, China no lo es. Xi acertó al recibir a
Trump en Pekín en mayo con una visión de una China en ascenso: “Se está
acelerando en todo el mundo una transformación inédita en un siglo, y la
situación internacional es fluida y turbulenta. El mundo ha llegado a una nueva
encrucijada”.
Podemos percibir la soberbia en los tres líderes mientras
luchan por dominar un mundo en transición. Son superpotencias incapaces de
ganar guerras; economías dominantes lastradas por la deuda y la corrupción.
Sobre todo, se enfrentan a los desafíos imprevisibles de la tecnología de
inteligencia artificial transformadora.
Los líderes sensatos contemplan el futuro con humildad,
reconociendo que, aun disponiendo de un enorme poder, no pueden dirigir el
curso de los acontecimientos. Nos vemos obligados a convivir con los
líderes autócratas que tenemos. Pero no para siempre.
Por David Ignatius
The
Washington Post – Tomado de La Nación / Argentina. En la imagen, tres
matrioscas rusas con las figuras de Vladimir Putin, Donald Trump y Xi Jinping
en un local de souvenirs en Moscú (Archivo)Alexander Zemlianichenko - AP