El autor de “Nuevas derechas: escuela austríaca y
neofascismo” analiza el resurgimiento del fascismo y la persecución a
movimientos antifascistas en EE.UU.
Por Gustavo Veiga*
Hay un ADN gramsciano en Néstor Kohan. Un intelectual
orgánico que es investigador del CONICET y profesor de la UBA**, pero que de
pibe militaba en la Villa Carlos Gardel o daba apoyo escolar en Ciudad Oculta.
Escritor prolífico traducido a varios idiomas, combina su obra con una historia
comprometida en espacios de resistencia y lucha: la Universidad de Madres de
Plaza de Mayo, la escuela campesina de la urbanización 23 de enero en Caracas o
lo que fueron las experiencias de trabajadores en el hotel Bauen y la fábrica
IMPA. Incansable, en 2026 publicó Nuevas derechas: escuela austríaca y
neofascismo. Su mirada sobre el fascismo hoy a la ofensiva y los
movimientos que se le oponen, tal vez nos permita comprender mejor lo que pasa
en su mundo de ideas para la acción colectiva.
—¿Qué piensa de la persecución a grupos antifascistas en
Estados Unidos, que ya sufrieron detenciones, juicios y condenas hasta 100 años
de cárcel en 2026?
- Los fascismos no fueron “pecados de juventud” del
capitalismo. Allá lejos y hace tiempo. Están de moda. Contrariamente a la
propaganda de “Hollywood”, ministerio de guerra psicológica disfrazado de
entretenimiento, el fascismo nunca fue exclusivamente europeo o japonés. Algo
“exótico”, ajeno a la sociedad norteamericana. El caso emblemático de Henry
Ford (arquetipo del “american way of life”; confeso antisemita) y sus vínculos
con Hitler resulta ilustrativo. Hitler condecoró a Ford y lo adoptó como modelo.
- Mientras a militantes de izquierda en EE.UU se los sentenció con penas de hasta cien años por atacar un centro de ICE, sin víctimas fatales, por el asalto al Capitolio del 6 de enero de 2021, donde sí las hubo, la condena mayor llegó a 22 años, Se juzga con una misma vara?
—Eso explica la asimetría escandalosa entre las condenas
judiciales débiles y condescendientes a los asaltantes del Capitolio
estadounidense y la rudeza “ejemplificante” contra los disidentes y críticos
del ICE. Como suele pasar, la mal llamada “justicia” (los tribunales de Estados
Unidos) ha avalado ese reverdecer del macartismo con escasas excepciones. Desde
Reagan a Trump, las vertientes fascistas y neofascistas han reaparecido. Allí
hay lúmpenes y extravagantes. Pintorescos, bufonescos, marginales. Otros, en
cambio, ocupan el centro de la escena. Trump y Marco Rubio son estrellas del
momento. La cara pública de un estado profundo, lo que Eisenhower denominó el
complejo militar-industrial, hoy convertido en complejo
militar-industrial-tecnológico.
—¿Cómo definiría entonces al fascismo o neofascismo en estos
días de crueldad sistemática?
- La categoría de “fascismo” no se reduce a una copia
fotográfica color sepia de la toma de Roma en 1922 por las tropas de Mussolini
ni al ascenso de los nazis de Hitler en Alemania en 1933. El “fascismo”
constituye una categoría política y cultural mucho más flexible y amplia. Se va
reciclando de modo diferente ante cada sociedad y cultura. Estados Unidos no es
la excepción. Según el filósofo León Rozitchner, hoy es la prolongación del
Tercer Reich alemán.
—¿De ahí su deriva autoritaria y bien explícita?
- Por eso la persecución judicial contra el movimiento
antifascista se intensifica en EE.UU. Y abarca desde movimientos sociales,
políticos, culturales y callejeros como los Antifa, colectivos informáticos
como los Autistici-Inventati en Italia o páginas webs de libre información como
La Haine en España.
—¿Se va a profundizar esta política hasta tornar al mundo
irrespirable y que crezcan las posibilidades de una tercera guerra mundial?
—No quiero ser pesimista, pero el imperialismo contemporáneo
no posee salidas “amables”. La tercera guerra mundial en su dimensión
técnico-militar está a la vuelta de la esquina. No depende de los modales de
quienes dirijan Estados Unidos, Israel, la OTAN o Ucrania. Solo podrá detenerse
si se logra una muy difícil y compleja alianza/articulación entre las
disidencias internas a esas potencias del imperialismo occidental, los pueblos
sometidos del sur global y los nuevos desafíos que lideran los BRICS. Estos
tres vértices no tienen la misma ideología, cultura ni banderas. Por eso es muy
difícil lograr dicha articulación.
- ¿La actualidad en Estados Unidos tiene algunos puntos de
contacto con el macartismo de los años 50 o son dos momentos históricos
distintos?
- Los sujetos que la extrema derecha de Trump y sus asesores
identifican como “terrorismo” son en verdad cualquier tipo de disidentes que no
acepten la supremacía blanca o la delirante Doctrina Monroe (elaborada en
competencia con la doctrina Canning). Una ensalada sobrecargada. El senador
Joseph McCarthy, ícono de su época, fue superado, pobrecito. Trump ve
comunistas y “terroristas” debajo de la cama, en el placard e incluso en la
ventana de su vecino. Si fuera a un supermercado (algo improbable, los multimillonarios
tienen sirvientes) y Homero Simpson lo criticara por adelantarse en la fila, lo
calificaría de “terrorista”. Demasiado sobreactuado. Bizarro, de circo. Expresa
un pánico irracional a la disidencia. Detrás del fortachón, hay un anciano
débil e impotente. Condenado varias veces por delitos de perversión por los
propios tribunales estadounidenses.
—¿Qué deberían hacer para usted las fuerzas progresistas,
blanco de ataques permanentes en Estados Unidos, Europa y América Latina?
-Tanto Gramsci como su maestro Lenin advirtieron que los
movimientos populares deben resistir en todos los terrenos, sin atarse a un
exclusivo método de lucha. Las confrontaciones de nueva generación son
híbridas. Pero el final, pienso, creo, espero, permanece abierto. Nada está
decidido para siempre. Hay esperanza.
—¿Pero el desafío es más complejo con el avance de la extrema
derecha en las redes y la irrupción de la IA en manos de tecno-feudalistas,
como los llama Yanis Varoufakis?
- Karl Popper y Soros nos aburrieron con su “sociedad
abierta”. George Orwell, escritor que recibió dinero de la contrainteligencia
anglosajona, también. Estaban obsesionados con el totalitarismo. Trump,
heredero del Ku Klux Klan, Henry Ford, McCarthy y Reagan, condensan la
pesadilla que quitó el sueño a Popper y Orwell. Pero a un nivel superior: le
agregó la tecnología. El apolillado y rancio fascismo estadounidense renació
2.0 acompañado de los ideólogos “neo-reaccionarios” de la IA, partidarios de
una supuesta “ilustración oscura” y de los programas de vigilancia masiva
denunciados por Edward Snowden, el ex agente de la CIA y la Agencia Nacional de
Seguridad. Todo mezclado por este licuado de mayonesa y mermelada llamado
economía libertaria, lo más extremista y vulgar del neoliberalismo. Hasta
Milton Friedman pasó de moda.
—¿Cuál considera que debe ser la respuesta a dar en la
batalla cultural, tal como la llama la extrema derecha global? Me refiero a qué
hacer en los medios, las redes sociales, la universidad.
- La tercera guerra mundial ya comenzó, en un territorio
previo. El de la comunicación, la ideología y la cultura. Lo que los ideólogos
del Pentágono y sus epígonos locales denominan “batalla cultural”,
malinterpretando y tergiversando a Antonio Gramsci, en realidad es una guerra
psicológica-ideológica. Dimensión que siempre acompañó los conflictos bélicos.
Tanto Karl von Clausewitz en el siglo XIX como Basil Liddell Hart en el siglo
XX, ambos estrategas militares, habían advertido que “la mejor guerra se gana
sin combatir”. ¿Cómo? Desmoralizando al “enemigo” en el frente ideológico.
Lograr el desarme moral y alcanzar la persuasión de que toda resistencia es
imposible, son objetivos político-militares. En Argentina, quien mejor lo
teorizó fue el general Osiris Guillermo Villegas, el más sistemático (aunque
menos conocido que Videla, Massera, Díaz Bessone, Camps o Bussi). Por eso la
guerra ideológica ya existía antes de Instagram, Facebook, TikTok, Palantir y
otras expresiones tecnológicas actuales.
*gveiga@pagina12.com.ar
– Tomado de Página 12 / Argentina. Imagen: Guido Piotrkowski.
**Universidad de Buenos Aires. (Nota de ETD).