Una investigación revela cómo el país trasandino
inclinó la balanza en favor de los británicos antes y durante la contienda en
el Atlántico Sur
Por Julieta Roffo
Desde que las Fuerzas Armadas de la
Argentina desembarcaron en las Islas Malvinas para recuperarlas
el 2 de abril de 1982 hasta que firmaron la rendición el 14 de junio
de ese mismo año pasaron 73 días. Durante esa guerra murieron 649
militares argentinos, 255 militares británicos y tres isleños civiles.
El reclamo argentino por la soberanía en las islas
del Atlántico Sur ha sido más o menos prioritario para los sucesivos gobiernos
desde la recuperación democrática, en 1983.
La última gran visibilización global de esa reivindicación
ocurrió en el último Mundial, después de que Argentina le ganara la semifinal
del campeonato a Inglaterra. Algunos jugadores desplegaron una
bandera que había logrado filtrarse desde la tribuna y que
decía: “Las Malvinas son argentinas”. La imagen de la bandera dio la
vuelta al mundo.
En Chile acaba de publicarse el libro El pacto
perfecto. La historia secreta del apoyo de Chile al Reino Unido en la Guerra de
las Malvinas / Falklands. Sus autores son los periodistas de investigación
trasandinos Daniel Avendaño y Mauricio Palma, que ya publicaron
otros tres títulos “a cuatro manos”.
El libro, publicado por Ediciones B en Chile y al que tuvo
acceso Infobae, se refiere a las islas y al conflicto como “Malvinas /
Falklands” y aclara que se trata de una forma de no posicionarse del lado
argentino ni tampoco del británico. A la vez, define sobre el archipiélago:
“Pertenece al Reino Unido desde 1833, cuando los ingleses lograron expulsar a
los argentinos”.
A lo largo de sus páginas, y a través de acceso a documentación clasificada y a entrevistas con los protagonistas, los autores logran establecer las múltiples vías por las que el gobierno dictatorial encabezado por Augusto Pinochet colaboró con Reino Unido durante el conflicto bélico en las islas, y cómo fue “premiado” por hacerlo.
El contexto era, según describen los autores, el de dos
países vecinos que cuatro años antes, en 1978, estuvieron a punto de
entrar en guerra por el conflicto del canal del Beagle. Esa tensión, y toda la
que se había acumulado a lo largo de distintas disputas fronterizas, estaba
latente.
Además, tanto Pinochet como los más altos mandos militares de
ese país estaban convencidos de que si Argentina vencía en el Atlántico Sur,
iría por más y avanzaría sobre islas chilenas en el Atlántico Sur, y por la
instalación de una base naval estratégica en la zona.
Las palabras del dictador argentino Leopoldo Fortunato
Galtieri abonaban esa hipótesis. El 2 de abril, ante una Plaza de Mayo
eufórica por la recuperación de Malvinas, Galtieri dijo: “Que los chilenos
saquen el ejemplo de lo que estamos haciendo ahora, porque después les
toca a ellos”.
Según señala El pacto perfecto, la colaboración
de Chile para con el Reino Unido fue un secreto a voces a lo largo de
varios años, incluso “interceptada” en algunos episodios por los servicios de
inteligencia argentinos, pero se volvió completamente visible y pública en
1998.
Fue cuando el ex dictador chileno vivía en Londres y se
ordenó su encarcelamiento efectivo, y Margaret Thatcher, que había sido
premier británica durante la guerra, hizo público su apoyo al militar chileno
sin ocultar los motivos.
En una carta que publicó en los diarios ingleses, la
Dama de Hierro aseguró que Chile y Pinochet habían ayudado al Reino Unido
durante la Guerra de Malvinas, y que por esa ayuda la contienda había sido “más
corta y con menos muertes”. “Hizo tanto para salvar tantas vidas británicas”,
escribió Thatcher, que volvió a la escena política para encabezar la campaña
por la liberación de Pinochet.
Sus palabras fueron la confirmación “on the record” de
esa colaboración sostenida y contundente del país trasandino durante el
conflicto armado. ¿Pero cómo fue, concretamente, esa colaboración? Avendaño y
Palma detallan las diferentes formas en las que el país vecino de Argentina
prestó ayuda a las Fuerzas Armadas y al Gobierno británico.
Alerta temprana
El libro asegura que a mediados de marzo de 1982, la embajada
británica en Santiago de Chile recibió una carpeta enviada por el comandante en
jefe de la Armada de ese país, el almirante José Toribio Merino, uno de
los grandes protagonistas de la colaboración con el Reino Unido. La carpeta, de
carácter ultra secreto, estaba dirigida al agregado de Defensa de esa embajada
y contenía una enorme cantidad de documentos obtenidos por los servicios
de inteligencia sobre los movimientos de la Armada argentina.
Además, un informe establecía que los marinos chilenos tenían
indicios, al menos desde febrero, de que desde Buenos Aires preparaba el
desembarco y la recuperación de las islas. Y tenían información sobre el
equipamiento de las fuerzas argentinas: habían comprado aviones de ataque a
Francia y estaban a la espera de submarinos y destructores que estaban en
construcción en Alemania.
Un colaborador desde el minuto cero
El 2 de abril, día en que las tropas argentinas desembarcaron
en Malvinas, las máximas autoridades de la Real Fuerza Aérea del Reino
Unido convocaron a una reunión urgente en Londres. Una de las primeras
decisiones que se tomaron fue contactar lo más rápido posible a Chile. El país
trasandino había adquirido al Reino Unido el buque tanque HMS Tidepool y las
autoridades militares británicas querían intentar retenerlo a su disposición
mientras durara el enfrentamiento.
En esa misma reunión se decidió que la Cancillería británica
debía contactarse con Chile para obtener autorización para el uso de
aeródromos en territorio del país en ese entonces gobernado por Pinochet.
La Royal Air Force necesitaba de esos espacios para operar sus aeronaves. La
reunión no sólo ubicó a Chile como un aliado territorial estratégico, sino como
una fuente fundamental de información sobre los movimientos de la
Argentina.
Merino, el almirante a cargo de la Armada chilena, no sólo
puso a disposición de la Corona británica el buque HMS Tidepool, sino también
el HMS Norfolk, que Chile había adquirido a Reino Unido en octubre de 1981.
Toda la tripulación chilena, que en ese momento estaba en pleno entrenamiento,
fue reemplazada por marinos británicos listos para participar de la
guerra. El HMS Tidepool fue vital en el traslado de
combustible durante toda la guerra, además de que se usaba para mover
helicópteros.
Un documento clasificado enviado por el almirante Merino
logró ser interceptado por los servicios de inteligencia argentinos. Ese
documento decía: “Los intereses chilenos son de tal magnitud que
aconsejan intervenir encubierta o abiertamente según sea necesario para
asegurar el éxito británico”.
Las coordenadas para hundir el ARA General Belgrano
Michael Vestey fue un periodista de la BBC que, a lo
largo de su carrera, cubrió distintos conflictos bélicos y diplomáticos en todo
el mundo. Durante la Guerra de Malvinas, fue enviado a reportear todo lo que
pasaba en el Atlántico Sur. Su base de operaciones, cuentan Avendaño y Palma,
era la ciudad chilena de Punta Arenas.
Sonó el teléfono de su habitación de hotel. Del otro lado, un
militar chileno que se había transformado en una de sus principales fuentes.
“Necesito verlo urgente en mi oficina”, le dijo. Vestey, que sospechó que podía
ser información importante, fue inmediatamente.
El militar arrancó una hoja de su cuaderno y le entregó un
papel que arriba de todo decía “A1” y más abajo, “1 unidad pesada, 2 unidades
livianas, 13-1400 hora Zulu. Lat 54 00S, Long 65 40W. Curso evasivo 355°, 18
nudos”. Le pidió que lo hiciera llegar “a su gente”. Cuando Vestey le preguntó
si se refería a la BBC, el militar chileno le respondió: “No, a su gobierno”.
La investigación de los periodistas chilenos narra las dudas
de Vesley sobre qué hacer con esa información y la decisión final de,
efectivamente, transmitirla a autoridades militares. También narra la angustia
del periodista de la BBC cuando, horas después, el 2 de mayo, se enteró de
que el Reino Unido había torpedeado y hundido el buque ARA General
Belgrano.
El ataque, todavía hoy leído por la Argentina como
un crimen de guerra por haberse producido fuera de la zona de
exclusión establecida por los británicos, produjo 323 muertes: casi la
mitad de los argentinos que murieron en la guerra perdieron la vida en ese
hundimiento.
Tras el fin de la contienda bélica, Vestey volvió a reunirse
con su fuente, esta vez en Londres. Le preguntó si las coordenadas que le había
entregado eran la ubicación del ARA General Belgrano. “Puede ser… no lo sé”,
respondió el militar chileno.
Además, siempre según El pacto perfecto, los
servicios de inteligencia chilenos habrían participado en
las escuchas a Héctor Elías Bonzo, comandante del buque, que recibía
órdenes de los altos mandos argentinos.
El espionaje chileno para determinar la ubicación del crucero
se habría iniciado el 16 de abril: ese día el ARA General Belgrano zarpó desde
la base naval de Puerto Belgrano, al sur de la provincia de Buenos Aires. La
Fuerza Aérea de Chile, desde Punta Arenas y Puerto Williams, siguió su
derrotero desde el aire, con radares. El país trasandino interceptaba mensajes
codificados de la Armada argentina y entregaba esa información a Londres.
Ayuda en la tragedia, y también espionaje
El buque chileno Piloto Pardo, una embarcación de la
Armada de ese país, participó de las tareas de rescate tras el
hundimiento del ARA General Belgrano. La misión concreta era buscar tripulantes
del crucero que estuvieran a la deriva en alguna de las balsas en las que se
habían auto evacuado en medio de la tragedia.
La orden sorprendió a las autoridades del buque por la
histórica tensión entre las fuerzas de Argentina y Chile, pero cumplieron
enseguida. Cargaron el Piloto Pardo con suero, plasma y antibióticos y
organizaron la nave para que hubiera un espacio para primeros auxilios, una
enfermería, una especie de quirófano y hasta una especie de morgue. Los médicos
instruyeron a los enfermeros para que dieran prioridad a atender
los severos síntomas de congelamiento de los náufragos que fueran
rescatados.
En medio de esa tarea de asistencia sanitaria y humanitaria,
los pilotos chilenos que trasladaban cuerpos y heridos en helicóptero
aprovecharon para tomar fotos del buque hospital Bahía Paraíso,
perteneciente a la Armada Argentina, al que trasladaron a los náufragos
rescatados. Además de las fotos, tomaron nota del equipamiento moderno y
completo de la nave argentina. Las tareas de inteligencia no descansaban.
El espacio aéreo abierto
En plena guerra, señala el libro, “Chile abrió en
secreto su espacio aéreo para que el avión británico de vigilancia
electrónica Nimrod R-1 realizara una serie de vuelos a gran altura, ‘barriendo’
toda la frontera con Argentina mediante sus sofisticados equipos. La
información recogida sería vital para los ingleses”.
El Nimrod R-1 llevaba a cabo, sobre todo, tareas de
inteligencia y espionaje, y permitía detectar movimientos de las fuerzas
argentinas. Las negociaciones para que se le “habilitara” en secreto ese
espacio aéreo empezaron el 5 de abril de 1982, apenas iniciada la guerra.
Una isla para espiar
Chile posee, en medio del Pacífico y a la altura de
Catamarca, la Estación Naval San Félix, que depende de la Armada. Es un
centro de interceptación de comunicaciones y, como es apenas un
peñasco plano de apenas 1,4 kilómetros cuadrados de superficie, es casi como
“un portaviones en medio del océano”, según lo definen en su libro Avendaño y
Palma.
“En círculos navales chilenos aún circulan algunas
fotografías que supuestamente demostrarían el traslado secreto de una treintena
de soldados gurkhas tras su paso por la isla San Félix”,
sostiene la investigación de ambos periodistas.
La isla atrajo enseguida a las máximas autoridades de la
Royal Air Force: el Nimrod podía operar desde allí bajo el máximo secreto, y
espiar los movimientos argentinos y también sus comunicaciones, siempre desde
el espacio aéreo chileno. Para “esconder” el origen del Nimrod, se pintó
toscamente el fuselaje para cubrir insignias de la Royal Air Force.
La “pantalla” diplomática
El ministro de Relaciones Exteriores de Chile durante 1982
era René Rojas y ordenó que todas las acciones oficiales que se
llevaran a cabo en representación de ese país respetaran “estrictamente la
neutralidad” que Chile declaraba públicamente.
Mientras tanto, el Palacio de La Moneda se movía
sigilosamente para dar todo el apoyo posible al Reino Unido. A los embajadores
chilenos en Buenos Aires y en Londres, Sergio Onofre Jarpa y Miguel Alex
Schweitzer se les habilitó línea directa para comunicarse con Pinochet.
Schweitzer fue claro con sus asesores militares. Según El
pacto perfecto les dijo: “De ahora en adelante, todo lo que hagan no
me lo informen. Hagan todo lo que estimen pertinente, pero no me informen
y no me pregunten”.
Fronteras abiertas
El pacto perfecto revela que el Palacio de La Moneda, a través de un
documento secreto, instruyó a la Policía de investigaciones como al cuerpo de
Carabineros para que los ciudadanos británicos pudieran atravesar pasos
fronterizos sin que se les pidiera pasaporte. Sólo necesitaban cualquier
documento que acreditara su nacionalidad. Según la investigación, más de 1.500
ciudadanos británicos que vivían en Argentina cruzaron la frontera durante la
guerra de Malvinas.
Un radar cerca de la frontera e informantes en todos lados
El 5 de mayo de 1982, un presunto equipo de vendedores
británicos de artículos tecnológicos viajó desde las cercanías de Londres hasta
Santiago de Chile. En realidad, en el viaje había integrantes de la Royal Air
Force especializados en la instalación y puesta en funcionamiento de armamento
de inteligencia.
Instalaron en el pequeño pueblo chileno de Balmaceda, muy
cerca de la frontera con Argentina, el radar Marconi S259. Desde
allí, el Reino Unido podía acceder a información sobre los movimientos en la
base argentina instalada en Comodoro Rivadavia.
Chile tenía, además, un radar de largo alcance francés, el
Thompson-CSF, instalado cerca de la ciudad de Punta Arenas, bien al sur de su
territorio. Desde allí podía ver y alertar a las fuerzas británicas sobre los
movimientos argentinos que se hacían desde Río Gallegos, Río
Grande y Ushuaia.
Como el aeropuerto de Punta Arenas también sirvió para que se
movieran aeronaves británicas, siempre usando un espacio aéreo que en realidad
no podían usar, las autoridades chilenas decidieron pintar los ventanales
para que la población civil no pudiera ver qué aviones despegaban y
aterrizaban.
Además, la Royal Air Force contaba con que la Fuerza Aérea de
Chile le informara cada vez que un avión argentino despegaba desde alguna de
sus bases aéreas. Eso daba alrededor de 45 minutos de margen para que las
fuerzas británicas se prepararan para enfrentar con bombas y misiles los vuelos
argentinos.
Los radioaficionados chilenos también apostaban por una
victoria británica. No dudaron en entregar información sobre movimientos
argentinos cercanos a la frontera, sino que además, cuentan Avendaño y Palma,
interferían las radios de los buques argentinos y celebraban la superioridad de
fuerza británica. “¡Los van a hacer mierda, argentinos culiaos!”, dijo uno
de esos “interventores”.
Hombres a disposición
Fernando Matthei Auebl, el jefe de la Fuerza Aérea chilena
durante la guerra, instó a que sus hombres estuvieran a disposición para el
conflicto bélico. Según un oficio despachado como urgente, se llamó a
servicio activo a treinta suboficiales de esa fuerza, que debían estar
disponibles entre el 1º de mayo y el 31 de julio en la Brigada Aérea de Punta
Arenas.
Movimiento de tropas para desviar la atención
No sólo la Fuerza Aérea y la Armada de Chile se pusieron a
disposición del Reino Unido. El 20 de abril de 1982, el Ejército
movilizó tropas hacia la frontera cercana a Río Negro y Neuquén.
Fueron más de veinte mil hombres, lo que obligó a la Argentina a mantener
también a parte de sus hombres a disposición de cualquier conflicto que se
desatara en la cordillera.
Algunos de los integrantes mejor entrenados del Ejército
argentino permanecían en esa reserva, mientras que a Malvinas, según
dispusieron las Fuerzas Armadas, viajaban los conscriptos que atravesaban en
ese entonces la llamada “colimba”, con poquísima formación y un equipamiento
absolutamente deficiente.
La alerta sobre la ayuda de Perú a Argentina
La investigación de Avendaño y Palma revela que Chile
colaboró también en alertar que Perú estaba ayudando a la Argentina en
el marco de la guerra. El 27 de abril de 1982, un documento secreto enviado
desde Santiago a Londres advirtió que el embajador chileno en Manila había sido
informado por su par argentino respecto de que la Fuerza Aérea de Perú estaba
prestando aviones Mirage e incluso pilotos de esas naves para participar del
combate.
Un avión por una libra esterlina
A Chile le habían cerrado las puertas globales del
equipamiento militar. Es que las reiteradas denuncias por violaciones a
los derechos humanos ejercidas durante la dictadura de Pinochet eran un
serio problema ante la comunidad internacional para poder comprar material de
guerra.
Matthei, el jefe máximo de la Fuerza Aérea, vio en la
cooperación con el Reino Unido una posibilidad para equiparse. Como había hecho
Merino, su par de la Armada, también instó a Pinochet a colaborar con los
británicos.
No se equivocó en sus previsiones: Margaret Thatcher ofreció
a Chile un jumbo con seis Hawker Hunter -aviones de ataque- a nada
más que una libra esterlina por avión. Además, sumó a la oferta un radar
de largo alcance, tres cazabombarderos y misiles antiaéreos.
Matthei negoció además para la Fuerza Aérea de Chile aviones
que permitían obtener fotografías de gran precisión desde navegaciones
altísimas: eran sofisticadas herramientas de espionaje.
Para sacar pecho, Chile quiso dar a conocer sus nuevas
adquisiciones, pero desde el Reino Unido le bajaron el pulgar a tanta
publicidad. La guerra estaba en marcha y, decían los británicos -con razón-,
que la venta de equipamiento justo en ese momento podía interpretarse como
parte de una cercanía que iba mucho más allá de la venta de algunos aviones.
Podía interpretarse como la complicidad que efectivamente existía.
Uranio enriquecido para agradecer
Además de venderle aviones, misiles, radares y otros
equipamientos a precios irrisorios, el Reino Unido autorizó otra venta a Chile
que había vedado antes de la Guerra de Malvinas. Según El pacto
perfecto, el ministro de Defensa británico envió una carta el 21 de mayo de
1982 en la que autorizaba otorgar una licencia para la transferencia de
uranio enriquecido al país trasandino.
“El gobierno chileno nos ha brindado valiosas instalaciones
de apoyo para la vigilancia de aviones (...) una negativa sería incomprensible
para los chilenos”, dice la carta del funcionario que recogen Avendaño y Palma.
La mismísima Thatcher dio su visto bueno, y así Chile accedió
al combustible nuclear para avanzar con investigaciones en un
reactor.
Además, el Reino Unido hizo en 1982 y 1983 algo que nunca
había hecho antes: abstenerse de instar a la dictadura de Pinochet a restaurar
las libertades democráticas en una votación en el marco de las Naciones Unidas.
Un canto que condensa la tensión entre dos países
La Copa América de 2015 se jugó en Chile. Los
locales ganaron el certamen por primera vez. En un shopping de la zona de La
Serena, en la capital chilena, los hinchas argentinos que habían viajado a
alentar a la Selección cantaron:
Chile, decime qué se siente
saber que se te viene el mar.
Te juro que aunque te tape el agua
nunca te vamos a ayudar,
porque vos sos un traidor,
vigilante y botón,
nos vendiste en la guerra por cagón.
Por acá no vengas más,
ojalá te tape el mar,
que te ayuden los ingleses a nadar
Habían pasado 33 años de la guerra en la que el país
anfitrión de la Copa había colaborado activamente con el enemigo de los
argentinos.
Tomado de Infobae / Argentina. Imagen: Herself Alone.