Hará poco más de una semana,
quizás dos, vi en el teléfono una llamada perdida de Cesar Peña Vigas. No la
respondí de inmediato, paso el tiempo y entre los cortes de luz y las fallas de
internet, la llamada quedo pendiente.
Nunca desaprovechaba la oportunidad
de un café con Cesar. Su interlocutor siempre salía ganando en cualquier
encuentro con él. Cada vez que nos parábamos de la mesa (últimamente, lo
hacíamos en la panadería de la Calle del Hambre) uno sentía que sabía más.
Cesar era un proveedor de conocimientos, un catedrático perenne. Cualquier
novedad le atraía y la comunicaba con especial pasión. De manera, que cada
invitación a un café era una deliciosa oportunidad para pasar un rato
reconfortante y sentir que habíamos acampado unos minutos en un oasis del
saber.
No obstante, en nuestros últimos
encuentros se colaba un tema tan angustioso, como apremiante:
La seguridad social y la atención a la salud que inquieta a los coetáneos. Compartíamos el infortunio y nos inquietaban, los cuentos de colegas profesores universitarios que hemos visto deterioradas nuestras condiciones de vida, al punto de que habíamos tomado la decisión, ante la imposibilidad de hacer frente a las primas de un seguro, de afiliarnos, como lo dijimos la última vez, al seguro de José Gregorio Hernández, es decir, encomendar nuestra salud, a su divina intercesión.
Con la lógica demoledora de su
razonamiento, Cesar opinaba que lo sensato era tratar de mantenernos con los
tratamientos para los padecimientos crónicos, propios de la edad y que, si se
presentaba una emergencia, pues ya veríamos como salíamos del trance, con la
ayuda y la solidaridad de quienes nos quieren.
Rendir homenaje a Cesar hoy en día,
es también, volver a plantear, con la indignación del caso, la colosal empresa
de destrucción del país en los últimos 27 años. Como tantas veces conversamos,
cuando un régimen quiere dominar una sociedad, lo primero que tiene que hacer
es cercar y tratar de neutralizar a los que piensan; a los que enseñan; a los
que tienen las ideas que pueden hacer que los demás se movilicen por sus
derechos. La educación, que fue siempre su pasión, es la enemiga número 1 del
régimen que hemos padecido. Ese cruel objetivo es la razón por la cual, los
profesores venezolanos, estamos hoy como estamos.
Cesar era consciente de que lo que está
pasando en el país, en algún momento nos pasaría factura. Cesar pudo evitarlo,
como lo han hecho muchos: Poniendo su talento, su prestigio y su inteligencia,
al servicio del mejor postor. Pero no lo hizo. Por eso también, el homenaje que
debemos hoy a Cesar es el de reconocer su integridad y su intraficable voluntad
de mantenerse fiel a sus valores y sus principios.
Hoy, cuando el fulano “pragmatismo”
hace estragos en las mentes de muchos: Cuando muchos piensan que, “no importa
de que color sea el gato, con tal que cace ratones”, la figura de César se
crece, para enseñarnos cual es el camino.
Bueno Cesar, que la tierra que tanto
quisiste te sea leve. Quedó pendiente el café, te lo debo. Que Dios te bendiga
y dé fuerzas a tu familia y a tus amigos, para descifrar tu ausencia.