Por Enrique Ochoa Antich
¡Válgame Dios!
Qué hermosísima vista.
Francisco de
Miranda, viaje por Suiza, camino de Friburgo a Vevey: 23 al
25 de octubre de 1788.
En las altas
escarpaduras de los Alpes, entre las imponentes cataratas del Rin y el granito
bandeado del monte Cervino, y desde la cordillera del Jura y el lago de Ginebra
hasta las aldeas romanches de los Grisones, se alza una nación que más que una
república es una alianza de veintiséis repúblicas descentralizadas y
autónomas: la Confederación Suiza, que celebra su día nacional este 1º de
agosto. Y es que la así llamada —sólo para fines
historiográficos— Antigua Confederación Suiza se constituyó como una
alianza entre tres pequeñas comunidades de los valles centrales de los Alpes,
primera “confederación” que facilitó el desarrollo de varios intereses comunes
y aseguró la paz en las principales rutas mercantiles en las
montañas, con la Carta Federal de 1291, firmada comenzando el mes de
agosto (incipiente mense Augusto, según el texto original) por los cantones
de Uri, Schwyz y Unterwalden. Este documento es considerado hoy como el
documento que sentó las bases para la fundación formal de la futura
nación.
Es la Suiza del
legendario Guillermo Tell, que Rossini convirtió en ópera. Suiza.
O Schweiz, en alemán. O Suisse, en francés. O Svizzera, en
italiano. O Svizra, en romanche. Que todas éstas son sus lenguas
oficiales.
En 1353, los tres cantones originales se habían unido ya con los de Glaris y Zug y con las ciudades-Estado de Lucerna, Zúrich y Berna para formar una liga o asociación (traducido en alemán como Eidgenossen, algo como conjuramentados), lo que historiográficamente se ha dado en denominar Antigua Confederación de los ocho cantones, que existió hasta finales del siglo XV.
De aquí su conformación descentralizada actual, una
de las características más destacadas de la Suiza que conocemos.
En 1499 la victoria de Suiza sobre la Liga de
Suabia y la casa de Habsburgo en la llamada guerra de
Suabia dio como resultado una independencia de
facto del Sacro Imperio Romano Germánico. Así, los suizos adquirieron
una reputación de invencibles durante estas guerras. Sin embargo, sufrieron un
revés en 1515, con la derrota en la batalla de Marignano frente a los
franceses. Esto marcó el fin de la llamada época «heroica» de la historia de
Suiza y nunca más hubieron los suizos de participar en guerra
internacional alguna.
De aquí su espíritu antiguerrerista, propicio a la
neutralidad. Otra de sus más sobresalientes características actuales.
El éxito de la Reforma, iniciada en Sajonia
por Martín Lutero y paralelamente en Zúrich por Ulrico
Zuinglio y luego por Juan Calvino en Ginebra, llevó a varias
guerras internas en el país entre 1529 y 1531. Ya en 1648, más de un siglo
después de estas contiendas, Johann Rudolf Wettstein, como enviado de los
cantones suizos, consiguió mediante hábiles negociaciones que las potencias
firmantes del Tratado de Westfalia reconocieran la independencia
de Suiza del Sacro Imperio Romano Germánico y su neutralidad en las guerras.
Es así, con base en las experiencias históricas que hemos
resumido hasta aquí, que nace finalmente una nación independiente,
descentralizada, anti guerrerista y neutral.
Los siglos XVI y XVII estuvieron caracterizados por guerras
campesinas y religiosas entre los cantones protestantes y los cantones
católicos. El Tercer Landfrieden del 7 de marzo de 1656, tratado
de paz ratificado en la ciudad de Baden, puso fin oficialmente a
la Primera Guerra de Villmergen, un conflicto
armado de carácter religioso y político dentro de Suiza. Ésta fue la primera
vez que Suiza tentó ser una nación multirreligiosa. Sin embargo, este
rasgo característico de la nación suiza tendría que esperar hasta
la Segunda Guerra de Villmergen en 1712, saldada con la victoria
protestante, que comportó el fin definitivo de las guerras de
religión propiamente tales. El conflicto terminó con la Paz de
Aarau del 11 de agosto de 1712, que puso fin a la hegemonía católica en la
Confederación y estableció la igualdad constitucional entre ambas
confesiones, la católica y la protestante.
En 1798, las fuerzas de la revolución
francesa conquistaron Suiza e impusieron una nueva Constitución. Este
texto constitucional centralizaba el gobierno y abolía los cantones. El
nuevo régimen, conocido como la República Helvética, existió hasta la
proclamación por parte de Napoleón Bonaparte del Acta de
Mediación, que restituyó la autonomía de los cantones de Suiza. Desde
entonces, la política interna suiza se encaminó a equilibrar la tradición
de los cantones autónomos con la necesidad de un gobierno central.
En 1815, tras la derrota de Napoleón, el Congreso de
Viena restableció por completo la independencia de Suiza, y las potencias
europeas accedieron a reconocer permanentemente la neutralidad del
país.[] El Acta Final de este Congreso aumentó la
extensión territorial de Suiza, con la integración de los cantones
de Valais, Neuchâtel y Ginebra. Los límites de Suiza no han cambiado desde
aquel entonces.
La tensión latente entre autonomías cantonales y
gobierno federal central sobredeterminó este complejo proceso de varios
siglos en que surge una nación con valores muy definidos que la cohesionan, una
que, además de ser independiente, descentralizada, anti guerrerista y
neutral, es multirreligiosa y republicana, y que procura un
equilibrio entre gobierno central y democracia representativa, por un lado, y
unos cantones autónomos y confederados y una democracia directa, por el otro.
Curiosamente, mientras que en el resto del continente
las revoluciones burguesas y liberales de 1848 fueron aplastadas
sangrientamente por los reyes, Suiza logró triunfar plenamente y consolidarse
como una república democrática moderna. Fue así como se sancionó ese año
la Constitución Federal de la Confederación Suiza del 12 de septiembre de
1848 que es considerada como la primera de la Suiza moderna.
Redactada bajo una notable influencia de la de los Estados
Unidos, en particular en lo concerniente a la representación parlamentaria
en dos cámaras y en la autotomía de los cantones como en
norteamérica de los estados, y, así mismo, en el resguardo de los derechos
civiles mediante la división del poder en tres ramas que se contrapesan,
sin embargo adoptó desde entonces una fórmula original de gobierno
colegiado conformado por siete consejeros federales (siempre
representantes de la pluralidad cantonal y lingüística de Suiza) con un
presidente rotativo elegido por un año. Tanto consejeros como presidente son
elegidos por la Asamblea Federal Plenaria que es la
reunión conjunta y simultánea de las dos cámaras del poder legislativo suizo:
el Consejo Nacional (Cámara Baja), que representa directamente al
pueblo suizo a través de sus 200 diputados, y el Consejo de los
Estados (Cámara Alta), que representa a los cantones a través de sus 46
senadores.
Diferencia notable con su modelo inspirador estadounidense
fue la determinación del liderazgo político suizo de menguar el poder
presidencial haciendo rotativo este cargo. Así, el presidente es apenas
un primus inter pares con funciones
meramente de coordinación y de representación. Esta elección se
celebra cada diciembre durante el período de sesiones parlamentarias de
invierno. Este original sistema de gobierno se mantiene prácticamente
idéntico desde 1848 hasta la actualidad.
Pacto no escrito pero tácito desde 1959, que los
suizos han acostumbrado llamar la fórmula mágica, consiste en
que estos siete consejeros federales que forman el gobierno federal son
repartidos proporcionalmente entre los primeros cuatro partidos en el orden de
los resultados electorales. Es decir, el partido que pierde las elecciones
participa siempre casi en igualdad de condiciones del gobierno federal, con voz
y voto, a la par del que las ganó. Por ejemplo, en la actualidad la Unión
Democrática del Centro que ganó las últimas elecciones con 28% de los
votos, de derecha conservadora y nacionalista, posee dos asientos en el Consejo
Federal, pero el Partido Socialista Suizo que las perdió con 18%, de
centro izquierda socialdemócrata, posee también dos. Los otros tres asientos se
distribuyen entre el Partido Liberal-Radical que tiene dos (con 14%
de los votos), y El Centro que tiene uno (obtuvo 14%). Adicionalmente,
las reuniones del Consejo cuentan con la participación con derecho
sólo a voz del Canciller Federal que no es el
jefe de gobierno como en Alemania o Austria, sino que ejerce como el jefe
de Estado Mayor y principal administrador del Consejo Federal, cargo que es ejercido en la
actualidad por el partido Verdes Liberales (obtuvo casi 10%). Esto hace que las
decisiones del gobierno sean siempre decisiones de Estado, es
decir, consensuadas por el conjunto de la nación, con altísima
legitimidad.
Así mismo, a partir de este hito constitucional, comenzó a
forjarse, a partir de ancestrales tradiciones cantonales, la forma
de democracia directa que es característica de Suiza, primero
estableciendo el referendo obligatorio para cualquier reforma de la
Constitución, y a partir de 1874 y 1891 con la sanción de la figura
del referéndum facultativo para abrogar leyes y por iniciativa popular
para promover reformas y enmiendas constitucionales. La consigna en que se basó
este proceso fue: "Todo por el pueblo, todo a través del
pueblo". Desde entonces hasta hoy, en Suiza se han realizado 669
referendos mientras sólo 77 en Italia, 25 en Francia, 10
en España, 3 en Inglaterra, y 0 en Alemania. Únicamente en EEUU ha habido una
cifra mayor de consultas populares, con más de 15.000 en un siglo de historia
en referendos en veinticuatro estados (nunca nacionales).
Sorprendentemente, con apenas recursos naturales propios, con
notable escasez de materias primas, pero con ingenio y una envidiable
creatividad, produciendo alta tecnología, gracias a la innovación y a los
servicios financieros que ofrece, este país pequeño, perdido entre montañas y
glaciares, de solo 9 millones de habitantes, sin acceso a puerto marítimo
alguno, amenazado históricamente por la voracidad de los insaciables imperios
europeos (el germano, el austríaco y el francés) ha conseguido, con astucia y
prudencia, convertirse en la vigésima economía del mundo, la sexta de Europa y
el tercer país más rico en el concierto planetario.
Honramos en estas líneas a la Confederación Suiza, que
puede ser acicate y ejemplo para quienes desde esta tierra al norte de la
América del Sur soñamos aún con la utopía socialista-liberal de una patria
unida pero descentralizada, con vigorosas instituciones representativas pero
con frecuentes escenarios de democracia directa, con una economía competitiva
que cree riqueza desde el ingenio de las personas pero con un Estado social de
bienestar que pueda asegurar que la prosperidad sea compartida entre y para
todos, y con una patria que desde sus peculiares realidades geopolíticas abra
de par en par sus puertas al universo mundo para reconstruir la soberanía posible
y globalizada que los tiempos modernos reclaman.
