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02 agosto, 2026

Suiza

Por Enrique Ochoa Antich

¡Válgame Dios! Qué hermosísima vista.

Francisco de Miranda, viaje por Suiza, camino de Friburgo a Vevey: 23 al 25 de octubre de 1788.

 En las altas escarpaduras de los Alpes, entre las imponentes cataratas del Rin y el granito bandeado del monte Cervino, y desde la cordillera del Jura y el lago de Ginebra hasta las aldeas romanches de los Grisones, se alza una nación que más que una república es una alianza de veintiséis repúblicas descentralizadas y autónomas: la Confederación Suiza, que celebra su día nacional este 1º de agosto. Y es que la así llamada —sólo para fines historiográficos— Antigua Confederación Suiza se constituyó como una alianza entre tres pequeñas comunidades de los valles centrales de los Alpes, primera “confederación” que facilitó el desarrollo de varios intereses comunes y aseguró la paz en las principales rutas mercantiles en las montañas, con la Carta Federal de 1291, firmada comenzando el mes de agosto (incipiente mense Augusto, según el texto original) por los cantones de Uri, Schwyz y Unterwalden. Este documento es considerado hoy como el documento que sentó las bases para la fundación formal de la futura nación.

Es la Suiza del legendario Guillermo Tell, que Rossini convirtió en ópera. Suiza. O Schweiz, en alemán. O Suisse, en francés. O Svizzera, en italiano. O Svizra, en romanche. Que todas éstas son sus lenguas oficiales.

En 1353, los tres cantones originales se habían unido ya con los de Glaris y Zug y con las ciudades-Estado de Lucerna, Zúrich y Berna para formar una liga o asociación (traducido en alemán como Eidgenossen, algo como conjuramentados), lo que historiográficamente se ha dado en denominar Antigua Confederación de los ocho cantones, que existió hasta finales del siglo XV.

De aquí su conformación descentralizada actual, una de las características más destacadas de la Suiza que conocemos.

En 1499 la victoria de Suiza sobre la Liga de Suabia y la casa de Habsburgo en la llamada guerra de Suabia dio como resultado una independencia de facto del Sacro Imperio Romano Germánico. Así, los suizos adquirieron una reputación de invencibles durante estas guerras. Sin embargo, sufrieron un revés en 1515, con la derrota en la batalla de Marignano frente a los franceses. Esto marcó el fin de la llamada época «heroica» de la historia de Suiza y nunca más hubieron los suizos de participar en guerra internacional alguna.

De aquí su espíritu antiguerrerista, propicio a la neutralidad. Otra de sus más sobresalientes características actuales.

El éxito de la Reforma, iniciada en Sajonia por Martín Lutero y paralelamente en Zúrich por Ulrico Zuinglio y luego por Juan Calvino en Ginebra, llevó a varias guerras internas en el país entre 1529 y 1531. Ya en 1648, más de un siglo después de estas contiendas, Johann Rudolf Wettstein, como enviado de los cantones suizos, consiguió mediante hábiles negociaciones que las potencias firmantes del Tratado de Westfalia reconocieran la independencia de Suiza del Sacro Imperio Romano Germánico y su neutralidad en las guerras.

Es así, con base en las experiencias históricas que hemos resumido hasta aquí, que nace finalmente una nación independiente, descentralizada, anti guerrerista y neutral.

Los siglos XVI y XVII estuvieron caracterizados por guerras campesinas y religiosas entre los cantones protestantes y los cantones católicos. El Tercer Landfrieden del 7 de marzo de 1656, tratado de paz ratificado en la ciudad de Baden, puso fin oficialmente a la Primera Guerra de Villmergen, un conflicto armado de carácter religioso y político dentro de Suiza. Ésta fue la primera vez que Suiza tentó ser una nación multirreligiosa. Sin embargo, este rasgo característico de la nación suiza tendría que esperar hasta la Segunda Guerra de Villmergen en 1712, saldada con la victoria protestante, que comportó el fin definitivo de las guerras de religión propiamente tales. El conflicto terminó con la Paz de Aarau del 11 de agosto de 1712, que puso fin a la hegemonía católica en la Confederación y estableció la igualdad constitucional entre ambas confesiones, la católica y la protestante.

En 1798, las fuerzas de la revolución francesa conquistaron Suiza e impusieron una nueva Constitución. Este texto constitucional centralizaba el gobierno y abolía los cantones. El nuevo régimen, conocido como la República Helvética, existió hasta la proclamación por parte de Napoleón Bonaparte del Acta de Mediación, que restituyó la autonomía de los cantones de Suiza. Desde entonces, la política interna suiza se encaminó a equilibrar la tradición de los cantones autónomos con la necesidad de un gobierno central.

En 1815, tras la derrota de Napoleón, el Congreso de Viena restableció por completo la independencia de Suiza, y las potencias europeas accedieron a reconocer permanentemente la neutralidad del país.[] El Acta Final de este Congreso aumentó la extensión territorial de Suiza, con la integración de los cantones de Valais, Neuchâtel y Ginebra. Los límites de Suiza no han cambiado desde aquel entonces.

La tensión latente entre autonomías cantonales y gobierno federal central sobredeterminó este complejo proceso de varios siglos en que surge una nación con valores muy definidos que la cohesionan, una que, además de ser independiente, descentralizada, anti guerrerista y neutral, es multirreligiosa y republicana, y que procura un equilibrio entre gobierno central y democracia representativa, por un lado, y unos cantones autónomos y confederados y una democracia directa, por el otro.

Curiosamente, mientras que en el resto del continente las revoluciones burguesas y liberales de 1848 fueron aplastadas sangrientamente por los reyes, Suiza logró triunfar plenamente y consolidarse como una república democrática moderna. Fue así como se sancionó ese año la Constitución Federal de la Confederación Suiza del 12 de septiembre de 1848 que es considerada como la primera de la Suiza moderna.

Redactada bajo una notable influencia de la de los Estados Unidos, en particular en lo concerniente a la representación parlamentaria en dos cámaras y en la autotomía de los cantones como en norteamérica de los estados, y, así mismo, en el resguardo de los derechos civiles mediante la división del poder en tres ramas que se contrapesan, sin embargo adoptó desde entonces una fórmula original de gobierno colegiado conformado por siete consejeros federales (siempre representantes de la pluralidad cantonal y lingüística de Suiza) con un presidente rotativo elegido por un año. Tanto consejeros como presidente son elegidos por la Asamblea Federal Plenaria que es la reunión conjunta y simultánea de las dos cámaras del poder legislativo suizo: el Consejo Nacional (Cámara Baja), que representa directamente al pueblo suizo a través de sus 200 diputados, y el Consejo de los Estados (Cámara Alta), que representa a los cantones a través de sus 46 senadores.

Diferencia notable con su modelo inspirador estadounidense fue la determinación del liderazgo político suizo de menguar el poder presidencial haciendo rotativo este cargo. Así, el presidente es apenas un primus inter pares con funciones meramente de coordinación y de representación. Esta elección se celebra cada diciembre durante el período de sesiones parlamentarias de invierno. Este original sistema de gobierno se mantiene prácticamente idéntico desde 1848 hasta la actualidad.

Pacto no escrito pero tácito desde 1959, que los suizos han acostumbrado llamar la fórmula mágica, consiste en que estos siete consejeros federales que forman el gobierno federal son repartidos proporcionalmente entre los primeros cuatro partidos en el orden de los resultados electorales. Es decir, el partido que pierde las elecciones participa siempre casi en igualdad de condiciones del gobierno federal, con voz y voto, a la par del que las ganó. Por ejemplo, en la actualidad la Unión Democrática del Centro que ganó las últimas elecciones con 28% de los votos, de derecha conservadora y nacionalista, posee dos asientos en el Consejo Federal, pero el Partido Socialista Suizo que las perdió con 18%, de centro izquierda socialdemócrata, posee también dos. Los otros tres asientos se distribuyen entre el Partido Liberal-Radical que tiene dos (con 14% de los votos), y El Centro que tiene uno (obtuvo 14%). Adicionalmente, las reuniones del Consejo cuentan con la participación con derecho sólo a voz del Canciller Federal que no es el jefe de gobierno como en Alemania o Austria, sino que ejerce como el jefe de Estado Mayor y principal administrador del Consejo Federal, cargo que es ejercido en la actualidad por el partido Verdes Liberales (obtuvo casi 10%). Esto hace que las decisiones del gobierno sean siempre decisiones de Estado, es decir, consensuadas por el conjunto de la nación, con altísima legitimidad. 

Así mismo, a partir de este hito constitucional, comenzó a forjarse, a partir de ancestrales tradiciones cantonales, la forma de democracia directa que es característica de Suiza, primero estableciendo el referendo obligatorio para cualquier reforma de la Constitución, y a partir de 1874 y 1891 con la sanción de la figura del referéndum facultativo para abrogar leyes y por iniciativa popular para promover reformas y enmiendas constitucionales. La consigna en que se basó este proceso fue: "Todo por el pueblo, todo a través del pueblo". Desde entonces hasta hoy, en Suiza se han realizado 669 referendos mientras sólo 77 en Italia, 25 en Francia, 10 en España, 3 en Inglaterra, y 0 en Alemania. Únicamente en EEUU ha habido una cifra mayor de consultas populares, con más de 15.000 en un siglo de historia en referendos en veinticuatro estados (nunca nacionales).

Sorprendentemente, con apenas recursos naturales propios, con notable escasez de materias primas, pero con ingenio y una envidiable creatividad, produciendo alta tecnología, gracias a la innovación y a los servicios financieros que ofrece, este país pequeño, perdido entre montañas y glaciares, de solo 9 millones de habitantes, sin acceso a puerto marítimo alguno, amenazado históricamente por la voracidad de los insaciables imperios europeos (el germano, el austríaco y el francés) ha conseguido, con astucia y prudencia, convertirse en la vigésima economía del mundo, la sexta de Europa y el tercer país más rico en el concierto planetario.

Honramos en estas líneas a la Confederación Suiza, que puede ser acicate y ejemplo para quienes desde esta tierra al norte de la América del Sur soñamos aún con la utopía socialista-liberal de una patria unida pero descentralizada, con vigorosas instituciones representativas pero con frecuentes escenarios de democracia directa, con una economía competitiva que cree riqueza desde el ingenio de las personas pero con un Estado social de bienestar que pueda asegurar que la prosperidad sea compartida entre y para todos, y con una patria que desde sus peculiares realidades geopolíticas abra de par en par sus puertas al universo mundo para reconstruir la soberanía posible y globalizada que los tiempos modernos reclaman.