Por
Bruno Gallo* / Opinión
Superar la crisis que atraviesa
Venezuela, cuya dimensión y profundidad evocan adjetivos y lugares comunes,
requiere negociación, dialogo, construcción de consensos, como hemos dichos
reiteradamente. Pero, sin ensalzar visiones personalistas, no nos vendrían mal
liderazgos, individuales y colectivos, que ayuden en el proceso de construcción
de una realidad diferente.
En el espectáculo en que se ha
convertido la política latinoamericana, han aparecido y se han puesto de moda
algunos liderazgos que lejos de ayudar agravan, complican, enrarecen el
panorama y lo que es peor, lo subordinan a poderes foráneos y corporaciones
transnacionales.
De la Espriella con sus excesos
estéticos, amenazas y contradicciones, Milei con su santo y seña “Zurdos de
Mierda”, Kast y sus medidas migratorias tipo ICE-SS, Bukele y sus súper
cárceles están configurando liderazgos narcisistas, autoritarios y antidemocráticos que no parece aceptable en Venezuela por los
sectores populares, por sustancialmente racista y clasista. Tal vez los
sectores medios y diestros, llenos de odio y resentimiento (a veces
comprensible) lo conviertan en su modelito.
Un liderazgo para salir de la crisis debe poseer un horizonte cultural y una formación intelectual que supere las acreditaciones formales. Son tiempos de enderezar entuertos y a diferencia de una barra de acero, la realidad no se endereza a golpes sino con la fuerza de las ideas y asertividad de los proyectos de elaboración y aceptación colectiva.
Hace algunos años, en una reunión
informal, un connotado historiador venezolano (no estoy autorizado para
exponerlo) comentaba que se había reunido con un grupo de opositores
venezolanos, de esos que tienen apellidos con alcurnia y familias con recursos,
que según él: entre todos no se habían leído “un solo libro” y… ni decir de una
cuartilla escrita. Esta pudiera ser una explicación inusual a la razón por la
que no han dado pie con bola en la construcción de una alternativa democrática.
No se puede evitar pensar en las
generaciones del 28, del 36 o del 58 y su esfuerzo en la construcción de una
cultura y un lenguaje democráticos. El cambio social no es el resultado de la
dinámica impersonal del progreso de las fuerzas productivas, sino la
construcción de una cosmovisión llena de contenidos, de expresiones culturales,
música, poesía, un lenguaje, un conjunto de símbolos. Un proyecto no puede
construirse en clave de Twitter, en el lenguaje de los influencers, en imágenes
de Instagram. Así probablemente se ganan elecciones, se montan linchamientos
tumultuarios.
La “hegemonía cultural” gramsciana
supone la consolidación de una manera de concebir la sociedad que se quiere
construir, ensamblar un nuevo sentido común, un conocimiento en el que el liderazgo logra hacer entender las
virtudes del modelo que promueve. El chavismo, a la luz de la experiencia
orgánica de la cultura comunal y del lenguaje de los liderazgos de calle y
comunidad, tuvo un éxito relativo en ese ensamblaje. Fracasó en la construcción
de transparencia y prosperidad. Aisló e hizo insostenible un discurso reñido
con la realidad.
Mussolini y el fascismo encarcelaron
a Antonio Gramsci, dijo el fiscal que lo acusaba, “para evitar que esa cabeza pensara por 20 años”.
Pensar
el futuro y articular ese pensamiento, es el acto más subversivo que pueda
realizar un nuevo liderazgo.
El Petróleo es el eje en el que se
mueve la economía venezolana, por eso Betancourt dedicó sus sesos a escribir Venezuela Política y Petróleo. Magalí Meda en cambio inventa y balbucea con
“enorme profundidad” la frase “Chevron
es una Organización Criminal”
El máximo legado de Rómulo Betancourt
no fue ninguna medida u obra de gobierno: Sino Acción Democrática el más importante Partido del siglo XX (El
príncipe moderno de Gramsci), Antiimperialista, anti latifundista, lleno de
pueblo (Juan Bimba) y de “intelectuales orgánicos” como el poeta, municipalista
y demócrata, Presidente de la Constituyente de 1947 Andrés Eloy Blanco. En
pocos años los adecos construyeron una cultura democrática. En lo que derivo es
otra cosa
La finta, los laboratorios de guerra
sucia, las frases hechas, las consignas altisonantes no son sucedáneos de la
“edificación” de una superestructura política e ideológica que prefigure lo sociedad
que se desea, que la vaya haciendo una realidad y que luego la convierta en
“sentido común”.
El
poder no se toma cuando se despacha desde Miraflores y otros edificios
públicos, sino cuando se impone la narrativa y la lógica del grupo emergente, en las
Universidades y Liceos, en los sindicatos y organizaciones, en el teatro y el
cine, en la poesía y canciones de los trovadores… En fin, en el mundo de las
ideas.
Si se mira la mesa de negociación el
chavismo parece a punto de ser derrotado, si se camina por el barrio o los
“campamentos” en los que se refugian los afectados por el terremoto, están
lejos de ser derrotados los elementos culturales y discursos que el chavismo
consolidó. Los líderes de calle están allí, para bien y para mal, y tienen un
“lenguaje común”
El lenguaje de la oposición es el de
la confrontación con el gobierno y entre sus facciones, un lenguaje y una
cultura para destruir iniciativas no para adelantarlas. Los “influencers”
asalariados no pueden emprender tan compleja tarea.
Trump puede entregar el poder a otro,
pero no puede, está virtualmente incapacitado, para construir una cultura
democrática. Es un reto para venezolanos que entiendan la complejidad y
necesidad de la tarea y tengan la capacidad para realizarla. Frente a este
reto, volvemos con Gramsci: Hay que ser
pesimista por inteligencia y optimista por voluntad.
*Diputado a la Asamblea
Nacional.
