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12 agosto, 2026

La fragmentación nacional y el peligro del estado fallido

Por Jesús Puerta * / Opinión

Venezuela atraviesa, desde hace ya más de una década, una de las crisis sociopolíticas e institucionales más profundas de su historia moderna. Ella tiene varias capas, como una cebolla. Se destruyó una democracia que, con todos sus defectos, ofrecía algunas garantías para mejorar y lograr niveles mayores de participación y formación cívica. Casi tres décadas de hegemonía del proyecto  político, primero de un caudillo, luego de un partido único, antidemocrático desde su interior, con dinámicas patrimonialistas, llegamos a lo que se ha caracterizado como una crisis humanitaria compleja, que ha fracturado la arquitectura entera de la nación. Cuando el Estado se confunde con la causa de una facción, la sociedad entera sufre un proceso de desintegración que abarca desde la célula familiar hasta las más altas instancias del poder público. 

El impacto de ese modelo de gobernanza sobre la cotidianidad venezolana es multidimensional. La migración de casi 8 millones de personas, no solo ha desmembrado a la familia como núcleo afectivo y  económico, sino que ha despojado al país de su capital humano e intelectual más valioso. Toda la organización social, las empresas, los servicios, la educación, la  salud, La universidad venezolana, históricamente bastión del pensamiento crítico, la movilidad social y la autonomía, hoy languidecen, estrangulada por la asfixia presupuestaria, la aniquilación del salario suficiente para sobrevivir y la fuga masiva de trabajadores, profesionales, docentes e investigadores.

Este vaciamiento corresponde a la parálisis y decrecimiento catastrófico de la economía y el deterioro del aparato productivo. Las industrias principales, comenzando por el petróleo y las básicas, yacen desmanteladas, mientras que el endeudamiento externo y la opacidad fiscal profundizan la precariedad. Los servicios públicos esenciales, la electricidad, el acceso al agua potable y las redes de infraestructura, sufren un colapso sistémico al que se suman los estragos de eventos naturales recientes, exacerbando la indefensión de las comunidades.

En el ámbito de la salud pública, la ausencia de cifras epidemiológicas oficiales y confiables oculta apenas a medias la realidad de una atención primaria y hospitalaria diezmada. La vulnerabilidad resultante traspasa el plano físico e impacta la salud mental de la población: en entornos marcados por la precariedad económica y la desprotección estatal, proliferan conductas antisociales, un alarmante incremento en la violencia familiar y de género, y el aumento de cuadros depresivos que desembocan en tragedias como el suicidio. La desintegración del entorno formal deja al individuo desprovisto de certezas y expuesto a la anomia social.

El trasfondo ético e institucional de esta catástrofe se halla en el resurgimiento de las peores tradiciones políticas de la historia nacional: el caudillismo, el nepotismo, el amiguismo y la arbitrariedad autoritaria. Al supeditar las instituciones de la República a la disciplina de un partido o al culto a personalidades individuales, se dinamitó el principio fundamental del Estado de derecho. Vuelve la mentalidad del saqueador. Las racionalizaciones descaradas de los comportamientos más detestables, empezando por la capitulación y la subordinación al poder extranjero. La práctica patrimonialista, donde lo público se administra como si fuera un bien privado, condujo a la suspensión de facto de las garantías constitucionales y a la inobservancia de la Carta Magna. 

Cuando las instituciones se convierten en instrumentos de exclusión y hegemonía se anula la mediación institucional, pues el ciudadano pierde los canales legítimos para procesar demandas, exigir derechos o resolver conflictos de forma pacífica. Encima, se fomenta el sectarismo de la peor calaña, la lealtad personal, basada en las prebendas, sustituye al mérito, la capacidad técnica y la idoneidad profesional. De este modo, se abrieron las puertas a la injerencia, porque se fragmentó el Estado, este se hizo incapaz de garantizar gobernabilidad interna, al basarse únicamente en la fuerza bruta y violentar la voluntad popular y, por tanto, a la autodeterminación de los pueblos (el 28 de julio de 2024), por lo que el país llega a una fragilidad tal, que queda expuesto a vulneración de su soberanía y sus camarillas dirigentes se someten a tutelas externas, acabando con la soberanía nacional.

De este desastre, solo queda la fragilidad nacional, una estructura impotente para articular consensos mínimos, garantizar la seguridad jurídica o brindar bienestar básico a sus habitantes, todas las características de un Estado fallido, primero jugando irresponsablemente al oportunismo geopolítico, aprovechando las pugnas de las grandes potencias, y ahora, contribuyendo al discurso justificador de la intervención imperialista.

Frente a la gravedad de este cuadro, han proliferado, como en un brain storming  político, las propuestas: gobiernos de emergencia transitorios, referéndum, etc. Si bien muchas de estas iniciativas nacen de la frustración acumulada, en la práctica suelen acentuar la dispersión de las fuerzas democráticas. Multiplicar las vías paralelas sin un anclaje institucional, fragmenta aún más a los posibles caminos hacia la democracia y la recuperación de la república, además de generar confusión en una ciudadanía ya exhausta, obligada a rebuscar el día a día de su supervivencia.

El objetivo central de la nación no puede ser la invención constante de atajos procedimentales, sino la construcción de un movimiento social amplio por la democracia, respaldado por una ética de convivencia fundada en el respeto, el reconocimiento del adversario y el diálogo sincero.

Para recuperar la cohesión social y salvar al país de la deriva de la fragilidad, el restablecimiento de la vida democrática, se debiera avanzar por un Plan del Pueblo que coloque, como primer paso insustituible, la exigencia y consecución de elecciones en condiciones aceptables de transparencia, competitividad y arbitraje imparcial. El voto no es solo un acto de renovación de autoridades, sino la herramienta democrática por excelencia para revalidar el pacto social establecido en la  Constitución. De esta manera, podemos reiniciar el camino de rescatar la República, con  instituciones que puedan reestructurar la economía, afrontar las complejas tareas de responder ante las exigencias de pago de una deuda contraída por vías ilícitas, reconstruir la salud y la educación, y devolver la dignidad a la familia venezolana. 

Cualquier esfuerzo por superar la crisis requiere entender que la fuerza de la democracia no radica en el mesianismo ni en la improvisación, sino en el funcionamiento fluido y predecible de sus instituciones. Detener la fragmentación de Venezuela exige volver a la raíz: hacer valer la Constitución, rescatar el valor del voto legítimo y edificar, desde la ciudadanía organizada, un proyecto de país donde la pluralidad sea una fortaleza y la ley vuelva a ser el escudo de todos.

*Profesor de la Universidad de Carabobo.