Aunque ambos pertenecen al mismo gobierno, y los dos ocupan
espacios de enorme peso político e institucional, las diferencias son cada vez
más amplias, reflejadas en sectores que, hacia el interior de la
administración, compiten por más recursos y, sobre todo, por más poder.
Sólo uno de los dos se convertirá en el candidato republicano
en las próximas elecciones presidenciales de los Estados Unidos que tendrán
lugar el 7 de noviembre de 2028. La pelea entre el vicepresidente JD
Vance y el secretario de Estado Marco Rubio (foto) es a todo o
nada, en una confrontación total en la que también se dirimirá quién se
convertirá en el único heredero de Donald Trump y, por ende, en el futuro
conductor del trumpismo.
Las elecciones de medio término, que tendrán lugar en apenas
tres meses, están consideradas como una escala obligada, el último paso de
Trump en el poder y la última posibilidad del actual mandatario por incidir y
decidir en el armado de listas electorales y de alianzas circunstanciales.
Luego de las elecciones, y frente a la probable derrota de Trump, al menos por un tiempo, la guerra será entre tres: entre quien pretende continuar en el ejercicio del gobierno, de manera cada vez más limitada, con fecha de vencimiento y sin posibilidad de reelección, y sus dos principales laderos, quienes intentarán tomar una conveniente distancia del caudillo en decadencia para preservar sus carreras políticas, en dirección al peldaño restante en la escalera del poder.
Hoy, de manera irrefrenable, la compulsa interna
atraviesa prácticamente a todos los recovecos estatales, pero es
particularmente visible en uno de los campos preferenciales de la
administración republicana: la política exterior. No son las únicas
orientaciones estratégicas que pugnan por ejercer su influencia por lo que,
prácticamente, ningún lugar del planeta está a resguardo de una pelea inserta
en los rincones más íntimos de la Casa Blanca y que se despliega, aparentemente
sin control, en territorios y fronteras completamente alejados del confort y la
calidez del Salón Oval.
América Latina es, apenas, un espacio más (y, seguramente, no
el más importante) en el incesante “Game of Thrones” imperial que se irradia
por todo el mundo, alterando las ya de por sí complejas relaciones políticas,
económicas y comerciales de la siempre sorprendente “Era Trump”.
En un inicio, quien era la figura triunfante de la
incipiente rivalidad era el vicepresidente JD Vance como líder del
aislacionismo,
bajo la creencia de que los problemas internos de los Estados Unidos son más
importantes que cualquier intervención armada en el frente externo, una de las
premisas centrales esbozadas por la corriente trumpista centralizada en la
estructura política de MAGA.
Otros voceros como el popular periodista Tucker Carlson, la
congresista Marjorie Taylor Greene y varias figuras de línea dura en la Cámara
de Representantes se ocuparon de darle solidez política a una facción que
recibe asesoramiento directo de organizaciones como la Fundación Heritage y que
se nutre económicamente de los aportes de multimillonarios como Elon Musk y de
una extensa red de medios alternativos y activistas de extrema derecha cansados
de las “guerras interminables”.
A largo plazo, el grupo encabezado por Vance aspira a
desmantelar la arquitectura de seguridad global creada tras la Segunda Guerra
Mundial, sustituyéndola por un proteccionismo económico rígido y aranceles
generalizados. Sin un ápice de pacifismo y menos aún de humanismo, el máximo
ideal de la corriente aislacionista es convertir a Estados Unidos en una
“fortaleza” autosuficiente con capacidad de dañar los mercados extranjeros, no
con misiles, sino con impuestos y aranceles.
Si bien la selección del compañero de fórmula de Trump
parecía marcar el rumbo general del futuro gobierno republicano, lo cierto es
que la campaña militar contra Irán dejó al descubierto una clara fisura
en el círculo íntimo del presidente. Por obligación antes que por
convicción, Vance debió plegarse al pragmatismo de su jefe, provocando una
crisis interna en la corriente aislacionista que sólo se profundizaría con el
alejamiento de Carlson y las crecientes críticas de Taylor Greene. Las
repercusiones en MAGA fueron inevitables y hasta hoy se realiza el control
interno de daños.
Frente a Vance, quien mejor asume el campo de la
política internacional para desenvolver sus incontenibles ambiciones es Marco
Rubio, el
Secretario de Estado que, además, oficia como el principal arquitecto del nuevo
orden global diseñado desde la Casa Blanca.
En el grupo de los “halcones”, “primacistas” o
“intervencionistas” también se destacan Mike Waltz, exasesor de Seguridad
Nacional y actual representante en las Naciones Unidas, figuras claves del
primer mandato de Trump como Robert O’Brien y Mike Pompeo, y algunos
representantes influyentes en el Congreso como Michael McCaul y Mike Turner.
Los objetivos inmediatos de los “halcones” globales se
centran en proyectar un poder militar abrumador y en contener a los principales
adversarios de Washington mediante una escalada directa. Son los principales
defensores de la hasta ahora fallida campaña militar contra Irán y no sorprende
que la base intelectual y financiera de esta facción resida en el complejo
industrial de defensa estadounidense (representado por poderosas corporaciones
como Lockheed Martin y Raytheon), pero también por la vieja guardia de la
comunidad de inteligencia.
Los representantes de este grupo se asumen como los herederos
del “reaganismo” de los años 80, por lo que buscan preservar el dominio
absoluto de Estados Unidos en las tres regiones críticas para la política
estadounidense desde hace más de medio siglo: Europa, Asia y Medio Oriente.
Mientras respaldan la estructura tradicional de la OTAN,
insisten en que los gobiernos europeos deben pagar lo justo y correspondiente
por su propia seguridad, siempre bajo el amparo de los Estados Unidos, al mismo
tiempo que aceptan circunstancialmente el diálogo con Moscú y rechazan
cualquier concesión política hacia Beijing y, obviamente, también hacia
Teherán.
Aunque no la valoran en su estrategia global, el
desenvolvimiento de la facción intervencionista en América Latina es
indiscutible. Desde la Secretaría de Estado se articulan los dispositivos
necesarios para la elección y posterior sostenimiento de gobernantes de
ultraderecha indiscutiblemente alineados con la Casa Blanca, pero también se
implementan medidas directas, entre las que se valora especialmente el exitoso
ataque a gran escala a Venezuela a principios de 2026, la política de asedio
sin interrupciones a Cuba y la conformación del Escudo de las Américas,
orientado a la lucha contra el “narcoterrorismo” pero que, en definitiva,
favorece la intervención militar, sobre todo, contra aquellos gobiernos que
cuestionan el hegemonismo estadounidense.
Las encuestas reflejan los movimientos que se están operando
en torno a los dos precandidatos como figuras excluyentes del horizonte
republicano. Si en el principio de la gestión de Trump, en enero de 2025, era
Vance quien lideraba ampliamente los sondeos de opinión, hoy los números dan
cuenta de un cambio fundamental en la correlación interna de fuerzas.
Según una encuesta del Emerson College Polling realizada
entre el 24 y el 25 de mayo de 2026, el vicepresidente JD Vance cuenta con un
apoyo del 36 por ciento y Rubio del 35 por ciento. Los candidatos restantes
bordean el 5 por ciento, en tanto que un 15 por ciento aún se mantiene
indeciso.
Para Trump, el duelo entre sus potenciales herederos
es durísimo,
no sólo porque implica reconocer el inexorable fin de su patriarcado sino
porque, además, deberá elegir a uno de los dos para que asegure la continuidad
del proyecto político. Meses atrás sugirió una fórmula conjunta Vance-Rubio:
hoy parece improbable que algo así pueda suceder de aquí a dos años.
Mientras tanto, las operaciones por la consolidación de las
precandidaturas no se detienen y, en estos tiempos y en nuestra región, se
manifiestan en el asedio a Cuba y en la interferencia electoral en Brasil. En
ambos casos, el éxito revalidaría las posibilidades electorales de Marco Rubio
contra JD Vance. Pero en caso de que esto no ocurra, tampoco significa que el
Secretario de Estado no cuente con las herramientas para vencer en su lucha
interna por la nominación republicana.
Se sabe que la política tiene sus tiempos y la voracidad, así
como también las ambiciones, tampoco tienen límites.
Tomado de Página 12 / Argentina. Foto de AFP.