“Venezuela tenía ya una crisis que es
evidentemente muy conocida, pero este terremoto ha incrementado al punto de
tener una crisis humanitaria muy compleja. Se han perdido estructuras, se han
perdido vidas, hay personas que están desaparecidas, hay personas que han
perdido todo, absolutamente, y se han tenido que desplazar y viven en
situaciones que son inaceptables”, dice la presidenta de Medicos Sin Fronteras
(MSF) para América Latina.
Con más de 20 años de experiencia en
el terreno, la experta aborda crisis como la de Gaza y Sudán y la respuesta de
su organización al terremoto de Venezuela y Colombia.
Por Mateo Nemec
En el marco del Día Mundial de la
Asistencia Humanitaria, asociaciones humanitarias como Médicos Sin Fronteras
(MSF) enfrentan un escenario marcado por crisis prolongadas, sistemas
sanitarios debilitados y crecientes dificultades para acceder a las poblaciones
afectadas. Pero para Fernanda Méndez, presidenta de la rama latinoamericana de
la organización, el desafío no pasa solamente por ampliar la respuesta ante el
aumento de las emergencias: también cambió profundamente la manera de hacer
trabajo humanitario.
En Sudán, más de tres años de guerra
destruyeron servicios esenciales y dejaron a millones de personas desplazadas,
mientras que en la Franja de Gaza, el deterioro del sistema sanitario a raíz de
los bombardeos y las restricciones para el ingreso de suministros y personal
humanitario plantean un desafío adicional para la continuidad de la atención
médica para una población devastada.
Pero no todas las emergencias humanitarias devienen de la guerra. En Venezuela, el terremoto del pasado 24 de junio profundizó una crisis previa y generó nuevas necesidades que van desde la atención médica y la salud mental hasta el acceso al agua potable, un escenario que se replicó semanas atrás en Colombia. En República Democrática del Congo, en medio de un conflicto armado persistente, la organización responde a un brote de Ébola que, según los datos aportados por MSF, ya se convirtió en el mayor registrado en el país, con 3.800 casos confirmados y 1.500 muertos a comienzo de agosto.
En diálogo con Página/12, Méndez
reflexiona sobre el sentido de la asistencia humanitaria, los principios que
orientan las decisiones de la organización y los desafíos que enfrentan sus
equipos en los principales escenarios de crisis. Con experiencia en salud
primaria, salud materna, violencia sexual y brotes de enfermedades como Ébola y
Marburg, sostiene una mirada que atraviesa distintas formas de emergencia
humanitaria.
—¿Qué significado tiene hoy hacer
asistencia humanitaria en un mundo en el que, además de guerras, hay
catástrofes naturales, epidemias y grandes movimientos de población?
--En Médicos Sin Fronteras tenemos
estos puntales, que son la humanidad y la independencia. No son solamente
palabras aisladas, sino herramientas que utilizamos para trabajar. Son
principios que nos ayudan precisamente a llegar a estos lugares donde hay catástrofes
naturales, epidemias, grandes y masivos movimientos de población, donde hay
violencia. La humanidad es lo que nos permite atender a toda persona que
requiera ayuda humanitaria, independientemente de la etnia, de la religión o
del idioma del que provenga. La independencia es lo que nos permite tener la
libertad de actuar sin que nadie nos condicione. Creo que estos ideales que
tenemos y que rigen el trabajo que hacemos también son una forma de curar. Los
ideales también curan, y esto es lo que nos permite llegar a los lugares en los
que actualmente se viven crisis humanitarias tan potentes y tan grandes.
—En 20 años, ¿qué cambió en la manera
de hacer trabajo humanitario y cuáles son hoy los principales desafíos?
--Ha cambiado mucho. En principio, ha
cambiado la concepción de lo que es el trabajo humanitario. Cuando yo comencé,
el trabajador humanitario era una figura, éramos organizaciones protegidas.
Convertirse en un objetivo de actores armados hace que cambien las estrategias
que tenemos como trabajadores humanitarios y como organizaciones humanitarias:
tenemos que trabajar simultáneamente en cómo cuidar a las comunidades y cómo
cuidar a nuestros propios equipos. Cuando yo comencé, el hecho de tener un
logo, un símbolo que representaba a nuestra organización, era una puerta que se
abría. Hoy por hoy, eso se complejiza. Si a todo esto sumas los recortes que ha
habido en cuanto a apoyo financiero para la salud, cada vez el trabajo
humanitario cobra más importancia y más relevancia, porque cuando tienes
recortes para programas como VIH, tuberculosis, salud sexual y reproductiva,
evidentemente nuestra organización tiene que potenciar actividades en estos
sentidos. En todo el mundo hay 7 millones de personas que colaboran con Médicos
Sin Fronteras y en Argentina hay 120.000 personas. Tenemos una responsabilidad
entre las personas que confían en nosotras para seguir haciendo nuestro
trabajo.
- Sudán es una crisis que continúa y
que no tiene la misma cobertura mediática que otros conflictos. ¿Cómo trabajan
hoy los equipos de Médicos Sin Fronteras en una zona devastada y qué es lo que
más preocupa hacia adelante?
--Hace cuatro años que comenzó esta
guerra y se está metiendo de lleno en una de las mayores crisis humanitarias
que hay en todo el mundo. Pensemos otra vez: hay más de 34 millones de personas
que necesitan asistencia humanitaria y 14 millones que han sido desplazadas a
la fuerza. Entonces, esto hace que Sudán sea una de las crisis de
desplazamiento más grandes que hay en el mundo. El sistema de salud, que ya era
muy limitado, ha quedado completamente destruido. Es decir, el 37 por ciento de
los establecimientos de salud ya no funcionan. Esto implica que surgen brotes
de enfermedades como el cólera, malaria, dengue, hepatitis C y meningitis. Y
hay dos problemáticas que son sistemáticas y transversales en este tipo de
situaciones: la desnutrición, la malnutrición aguda, y la violencia sexual. Lo
que hacemos actualmente en Sudán es brindar atención médica en emergencias en
10 de los 18 estados del país. Se han atendido en 2026, entre enero y junio,
alrededor de 400.000 consultas, 72.000 urgencias, 15.000 partos y más de 46.000
hospitalizaciones. Y fíjate esta cifra, que es terrible: más de 13.000 niños
fueron ingresados a nuestros centros de manejo de desnutrición. Y muchos de
estos niños con malnutrición mueren. Las mujeres y los niños son siempre los
que sufren más y los que pagan el costo más alto.
—En Gaza se suma otra dimensión: las
restricciones para el ingreso de ayuda, suministros y personal humanitario.
¿Cómo ha evolucionado la situación de MSF?
--Actualmente hay cerca de 1.400
trabajadores de Médicos Sin Fronteras palestinos en Gaza, aunque a nosotros nos
han denegado la autorización para seguir trabajando. Sin embargo, la situación
médico-humanitaria es terrible, es cada vez peor. Desde que se decretó el alto
al fuego en octubre, la población palestina sigue siendo asesinada y hay
heridos que están siendo desplazados por la fuerza. Según el Ministerio de
Salud de Gaza, estamos ante más de 1.180 palestinos que murieron y 3.616
resultaron heridos. Cada 20 minutos un palestino muere. Estas personas, que
están limitadas a un porcentaje muy pequeño de Gaza, viven en condiciones que
son absolutamente inaceptables, son inhumanas. Ahí se pierde la humanidad de la
que hablábamos al principio. Nos encontramos con lesiones traumáticas por
heridas, con malnutrición en bebés y mujeres embarazadas. Casi un cuarto de las
mujeres embarazadas que recibimos en nuestros centros de atención sufren de
malnutrición. También encontramos infecciones y enfermedades no transmisibles,
como diabetes e hipertensión, sin acceso a medicamentos. Hasta que nos
permitieron la entrada, podíamos ingresar gota a gota insumos médicos, pero
desde enero se nos ha limitado. Nos han pedido ingresar estos suministros y ya
no pueden entrar más los trabajadores internacionales a la Franja. Al haber
esta limitación del agua, Médicos Sin Fronteras hacemos distribución de agua
potable y tenemos centros de potabilización. Se utiliza el agua como arma de
guerra. Este genocidio continuo y este ciclo mortal que está sufriendo Gaza va
a seguir y va a seguir hasta que se les dé el poder de detenerlo. La comunidad
internacional tiene que detener esto. Los médicos no detenemos las guerras.
—En el caso de la República
Democrática del Congo se combinan un conflicto armado sostenido y un brote de
Ébola ¿Por qué se expandió tan rápido y cuáles son las principales dificultades
para contenerlo?
--Lo que hace diferente a esta
epidemia de las anteriores es el tipo de virus. La cepa Bundibugyo del Ébola es
un virus para el cual aún no se tiene tratamiento ni vacuna, entonces estamos
en un escenario muy complejo. Uno, porque es una enfermedad altamente
contagiosa. Dos, por las dinámicas comunitarias que existen en estas áreas, en
una zona en conflicto. Otro de los hechos fundamentales es que el colapso del
sistema de salud no permite atender las necesidades médicas básicas de las
comunidades. Porque hay que concentrar todo en la infección y en el abordaje de
las personas afectadas por el Ébola. Al 1 de agosto se notificaron 3.800 casos
confirmados, y fallecieron 1.500 personas. Hoy por hoy hay más de 1.400
trabajadores de Médicos Sin Fronteras en el Congo. Tenemos siete centros de
tratamiento de Ébola y varias unidades de aislamiento. Hemos ingresado, desde
que comenzó el brote, más de 1.300 personas y han sobrevivido más de 260. Una
de las actividades que se desarrollan en estas epidemias es la actividad
comunitaria: desinfección y también detección de casos en la comunidad. Para
eso necesitas tener interlocución con los líderes comunitarios, religiosos, con
los más ancianos y con las mujeres.
—¿Cómo cambia la respuesta de MSF
cuando la emergencia surge a partir de una catástrofe natural, como en el caso
de Venezuela?
--Es muy duro. Venezuela tenía ya una
crisis que es evidentemente muy conocida, pero este terremoto ha incrementado
al punto de tener una crisis humanitaria muy compleja. Se han perdido
estructuras, se han perdido vidas, hay personas que están desaparecidas, hay
personas que han perdido todo, absolutamente, y se han tenido que desplazar y
viven en situaciones que son inaceptables. La falta de acceso al agua potable,
al refugio, a la atención médica y, dentro de la atención médica, no solamente
a la atención médica física, sino a la atención en salud mental. Porque lo
primero que ocurre cuando hay un terremoto, además de la pérdida de vidas
humanas y de estructuras, es el shock de sobrevivir a eso. El balance nuestro
en este momento es de 6.000 personas fallecidas, 16.000 heridas, más de 16.000
desplazadas, 190 edificios colapsados, cerca de 900 estructuras que han quedado
destruidas, entre hospitales, escuelas e infraestructuras públicas.
Paralelamente, está el agua y el saneamiento: asegurarnos de que las comunidades
tengan agua potable y, por otro lado, aprovisionar insumos médicos.
—¿Qué debería quedarle a la sociedad
sobre la importancia de sostener la asistencia humanitaria?
--Creo que hay algo que es clave y
que debería ser inherente a los seres humanos, y es la empatía. Cuando vemos
personas sufriendo, no tenemos que sufrir al lado de estas personas; tenemos
que ponernos en su lugar y decir: “Yo estoy en esta situación, ¿cómo puedo
ayudar?”. Como trabajadora humanitaria, no me gusta cuando consideran que somos
personas como buenos samaritanos. Somos seres humanos. El trabajo humanitario
es una profesión. Yo lo que apelo es a que la sociedad civil tome conciencia de
las problemáticas que hay en todo el mundo. Que vean puntualmente a Médicos Sin
Fronteras como lo que somos: una organización que presta y brinda atención
médico-humanitaria y da testimonio de sus efectos, y que confíen en el trabajo
que hacemos. Que tengan empatía hacia aquellas personas que están en el otro
lado del mundo, tan lejanas, porque la humanidad entera está sufriendo.
Entonces, no hay que autocompadecerse. Hay que tomar acción, hay que llevar a
cabo medidas para apoyar a las personas que están pasando por estas
situaciones. Necesitamos que la sociedad tome mayor conciencia de lo que está
ocurriendo y que se implique, que se involucre, que entienda que lo que le
ocurre a una persona en Venezuela, en Colombia, en Sudán, en Congo, en Angola,
en Sierra Leona, también nos puede ocurrir a cualquiera de nosotros.
Tomado de Página 12 / Argentina.
Foto: SERENE ASSIR.