No es raro que Pekín (Beijing), la capital de China, con más
de veintiún millones de habitantes, afectada por la baja calidad del aire a
causa de la gran actividad industrial de sus proximidades, se vea a su vez
azotada por estacionales tormentas de polvo y arena, provenientes, mayormente,
de su principal y más antiguo desierto, el de Gobi. Un desierto al norte del
país, con partes en China y Mongolia, de largos inviernos y temperaturas
extremas, con vasta superficie (1,3 millones de kilómetros cuadrados, aprox.),
lo que lo hace el más grande de Asia y el quinto o sexto a nivel global.
Otro gran desierto es el de Taklamakán (337.000 km cuadrados), enmarcado entre montañas que bloquean toda humedad, es, solo y apenas, un poco más pequeño que Alemania, y está en el noroeste (en la cuenca de Tarim, en la región autónoma de Xinjiang o Sinkiang), mucho más lejos de Beijing. Es el segundo desierto de dunas de arena más grande del mundo (tras el arábigo desierto de Rub-al-Jali), con dunas que oscilan entre los 100 y 300 metros. Famoso por su nombre que se traduce popularmente como el “lugar sin retorno”. Ha sido bordeado por un extenso cinturón verde. Pero aun así, se le conoce también como el “mar de la muerte”.
Pues bien, la (hasta ahora) imparable desertización es uno de
los mayores desafíos que debe enfrentar la nación china. Aproximadamente del
27% al 44% del territorio ha sido clasificado como desértico o compuesto por
tierras áridas propensas a la desertificación. El 27% es ya plenamente
desértico, pero los ecosistemas secos y propensos a convertirse en desiertos
hacen subir la cifra a 44%. Las zonas secas son aquellas asaz afectadas por el
cambio climático, degradadas por la milenaria presión humana. Aunque China,
como pocos, sostiene su lucha contra la desertificación, habiendo frenado su
avance en algunas partes con su *Gran Muralla Verde*. Una gigantesca plantación
de árboles acompañada de prácticas de contención de la aridez. Esfuerzos, que
no pocas veces se fragilizan, ante la mayor demanda de agua que plantean las
nuevas plantaciones, las escasas lluvias y, en consecuencia, el aumento de las
temperaturas.
Este mismo drama ecológico llevó, hacia 1969, a la particular
extinción en estado silvestre del *caballo de Przewalski*, un invaluable agente
ecológico de las secas estepas asiáticas. El que en China tenía hogares
naturales en regiones como la Cuenca de Junggar (en Xinjiang) y la zona
limítrofe entre Gansu y Mongolia Interior. Pero que la endiablada combinación
de la caza intensiva, la ocupación humana de su hábitat y la competencia con el
ganado por los pastos, condenó a su práctica desaparición, habiendo reducido su
frágil existencia a algunos zoológicos en países como la República Checa,
Alemania, Japón y EE.UU. Su nombre le ha sido dado en honor a *Nikolai
Prezewalski* (1839-1888), un ruso geógrafo, naturalista y explorador del Asia
Oriental y Central, quien contribuyó a su descripción como especie.
El caballo de Przewalski, valga decir, es el único linaje de
caballo salvaje no extinto que sobrevive en nuestros días. No sin controversia.
Es altamente estimado por los mongoles, que lo llaman _Takhi_, y que lo veneran
como parte de su identidad nacional. Su estado actual es crítico, reducido a
pocas manadas que viven, principalmente, en el parque nacional Hustal de
Mongolia, el parque Kalamary en China y la reserva natural de Oremburgo, en
Rusia. Su población total se estima alrededor de dos mil ejemplares que
descienden de los 11 a 13 individuos fundadores que fueron inicialmente
localizados en distintos zoológicos. De esos, China es la que tiene más. Se
dice que más de 900 ejemplares, tras el éxito de su programa de reintroducción
en 1985, en el noroeste del país, como veremos luego.
Bueno es referir de paso que los caballos de Przewalski o
P-horses fueron introducidos, con carácter experimental, en la *Zona de
Exclusión de Chernóbil* en 1998. A la pregunta de cómo les ha ido, la AI
responde que bastante bien. Se trató de 31 ejemplares llevados a la dicha zona
desde la reserva ucraniana de Askania-Nova y zoológicos locales. A pesar de la
radiación, las yeguas han seguido pariendo potros regularmente y sanos. La
población ahora de más de 150 individuos se ha hecho estable. Y en sus rutinas
se desplazan libremente por áreas de Ucrania y las colindantes de Bielorrusia.
Aunque la guerra que se libra por esos lugares, con sus tensiones, se ha hecho
sentir.
Por lo demás, muestran una perfecta adaptación a la vida
salvaje y un equilibrio estable con su principal depredador, el lobo gris. Al
que enfrentan formando círculos que protegen las hembras y los potros. Y del
que se resguardan de noche en las edificaciones abandonadas. Los lobos, en todo
caso, prefieren presas más fáciles, que afrontar la ruda defensa de los
caballos a patadas y mordiscos. Los estudios científicos revelan que la salud
de los caballos en Chernóbil es, para sorpresa, buena. Aunque la contaminación
pasa, de seguro, factura silenciosa, pues deben alimentarse y beber el agua
contaminada por la radiación. El tiempo dirá…
*El colapso ecológico de la cuenca de Junggar y el
avance de la desertificación*
Antes de la década de 1980, China intentó frenar el avance
del desierto sembrando árboles en el noroeste del país. Encaraba, así, la
desaparición de los pastizales nativos de la cuenca de Junggar, en Xinjiang.
Con todo, la reforestación falló por no adaptarse a los climas extremos e
hiperáridos de la cuenca. Los ecólogos chinos, sin más, comprendieron que la
desertificación y erosión de las estepas noroccidentales se debía, en gran
parte, a la ausencia de los grandes animales nativos. Al no haber herbívoros
que pisotearan la tierra, dispersaran semillas mediante el estiércol y pastaran
de forma natural, el ciclo del suelo quedaba detenido. Y, a sabiendas de que la
región había sido en algún momento un hogar natural del caballo de Przewalski,
comprendieron que este era el candidato idóneo para repoblar la región.
Bajo esta convicción, y entendiendo que había sido el
noroeste de China (junto con Mongolia) sus últimos hogares ancestrales, y donde
se había documentado, en el siglo XIX, el origen del caballo, el país asumió
entonces el compromiso de traer de vuelta ejemplares que sobrevivían en
zoológicos de Europa y América. Pero se insistió en que debía haber un tiempo
de adaptación, el que se concibió en tres fases: importación y cría en
cautiverio; aclimatación en recintos semisalvajes y, por último; la liberación
controlada en la cuenca del Junggar. Así las cosas, los primeros 11 caballos se
importaron en 1985 de Alemania y Reino Unido, y fueron a dar al _Centro de Cría
e Investigación del Caballo Salvaje_ de Xinjiang y al Centro de otra provincia,
la de Gansu, entre las mesetas tibetana, de Loes y de Mongolia.
Luego, se les alojó en corrales pequeños, en el desierto de
Jimsar, una zona árida con inviernos de –40 ºC y veranos de 40 ºC. Se les
alimentaba, a la par que se monitoreaba su respuesta inmunitaria al nuevo
entorno. Ya en 1989, pasaron a recintos cercados de cientos de hectáreas de
estepa natural, donde, para ir suprimiendo la dependencia humana, se les redujo
el forraje artificial, lo que los obligaba a buscar como alimento entre los
arbustos espinosos y plantas desérticas del lugar. Igualmente, se les dejó
enfrentar por sí mismos las tormentas de arena, y las de nieve y las
temperaturas extremas bajo cero del desierto. Asimilaron rápido. Como buenos
alumnos aprendieron pronto a buscar fuentes de agua subterránea y, lo más
importante, si se quiere, a defenderse de los depredadores. Una vez alcanzada
esta etapa, esto es, ya casi graduados, se procedió a liberar los primeros
ejemplares en la _Reserva Natural de Kalamaili_, en la misma región autónoma de
Xinjiang. Ahora, para su observación, se utilizan collares GPS, drones y
cámaras trampa para rastrear su salud y las dinámicas propias de la vida en
manada.
Al término de esta historia, debemos concluir que estamos en
presencia de un final feliz. La reintroducción del magnífico caballo tuvo un
doble éxito. El pastoreo natural ayudó a restaurar el equilibrio de la flora
nativa, al tiempo que frenaba el avance de las dunas de arena que amenazaban
seriamente las estepas y semidesiertos de la cuenca de Junggar. Por otra parte,
su reintroducción se ha traducido en un aumento considerable de la población
del caballo de Przewalski, el cual se ha aprendido también a tratar y, sobre
todo, a cuidar para asegurar su sana reproducción. Asunto no del todo resuelto,
pero hoy abordado con un control genético estricto, a fin de contrarrestar el
cuello de botella genético. Ya que todos los caballos actuales descienden de
muy pocos fundadores, y, a fin de evitar las feas consecuencias de la
endogamia, se ha privilegiado la reproducción de los ejemplares físicamente más
aptos. Lo cual, en el caso de China, está a cargo del centro de cría de
Xinjiang.
*Historiador. Fotografía de Ami Vitale /
NatGeo.