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14 agosto, 2026

El caballo de Przewalski, un agrónomo intuitivo

 Por Orlando Arciniegas*

No es raro que Pekín (Beijing), la capital de China, con más de veintiún millones de habitantes, afectada por la baja calidad del aire a causa de la gran actividad industrial de sus proximidades, se vea a su vez azotada por estacionales tormentas de polvo y arena, provenientes, mayormente, de su principal y más antiguo desierto, el de Gobi. Un desierto al norte del país, con partes en China y Mongolia, de largos inviernos y temperaturas extremas, con vasta superficie (1,3 millones de kilómetros cuadrados, aprox.), lo que lo hace el más grande de Asia y el quinto o sexto a nivel global. 

Otro gran desierto es el de Taklamakán (337.000 km cuadrados), enmarcado entre montañas que bloquean toda humedad, es, solo y apenas, un poco más pequeño que Alemania, y está en el noroeste (en la cuenca de Tarim, en la región autónoma de Xinjiang o Sinkiang), mucho más lejos de Beijing. Es el segundo desierto de dunas de arena más grande del mundo (tras el arábigo desierto de Rub-al-Jali), con dunas que oscilan entre los 100 y 300 metros. Famoso por su nombre que se traduce popularmente como el “lugar sin retorno”. Ha sido bordeado por un extenso cinturón verde. Pero aun así, se le conoce también como el “mar de la muerte”.  

Pues bien, la (hasta ahora) imparable desertización es uno de los mayores desafíos que debe enfrentar la nación china. Aproximadamente del 27% al 44% del territorio ha sido clasificado como desértico o compuesto por tierras áridas propensas a la desertificación. El 27% es ya plenamente desértico, pero los ecosistemas secos y propensos a convertirse en desiertos hacen subir la cifra a 44%. Las zonas secas son aquellas asaz afectadas por el cambio climático, degradadas por la milenaria presión humana. Aunque China, como pocos, sostiene su lucha contra la desertificación, habiendo frenado su avance en algunas partes con su *Gran Muralla Verde*. Una gigantesca plantación de árboles acompañada de prácticas de contención de la aridez. Esfuerzos, que no pocas veces se fragilizan, ante la mayor demanda de agua que plantean las nuevas plantaciones, las escasas lluvias y, en consecuencia, el aumento de las temperaturas.  

Este mismo drama ecológico llevó, hacia 1969, a la particular extinción en estado silvestre del *caballo de Przewalski*, un invaluable agente ecológico de las secas estepas asiáticas. El que en China tenía hogares naturales en regiones como la Cuenca de Junggar (en Xinjiang) y la zona limítrofe entre Gansu y Mongolia Interior. Pero que la endiablada combinación de la caza intensiva, la ocupación humana de su hábitat y la competencia con el ganado por los pastos, condenó a su práctica desaparición, habiendo reducido su frágil existencia a algunos zoológicos en países como la República Checa, Alemania, Japón y EE.UU. Su nombre le ha sido dado en honor a *Nikolai Prezewalski* (1839-1888), un ruso geógrafo, naturalista y explorador del Asia Oriental y Central, quien contribuyó a su descripción como especie. 

El caballo de Przewalski, valga decir, es el único linaje de caballo salvaje no extinto que sobrevive en nuestros días. No sin controversia. Es altamente estimado por los mongoles, que lo llaman _Takhi_, y que lo veneran como parte de su identidad nacional. Su estado actual es crítico, reducido a pocas manadas que viven, principalmente, en el parque nacional Hustal de Mongolia, el parque Kalamary en China y la reserva natural de Oremburgo, en Rusia. Su población total se estima alrededor de dos mil ejemplares que descienden de los 11 a 13 individuos fundadores que fueron inicialmente localizados en distintos zoológicos. De esos, China es la que tiene más. Se dice que más de 900 ejemplares, tras el éxito de su programa de reintroducción en 1985, en el noroeste del país, como veremos luego.

Bueno es referir de paso que los caballos de Przewalski o P-horses fueron introducidos, con carácter experimental, en la *Zona de Exclusión de Chernóbil* en 1998. A la pregunta de cómo les ha ido, la AI responde que bastante bien. Se trató de 31 ejemplares llevados a la dicha zona desde la reserva ucraniana de Askania-Nova y zoológicos locales. A pesar de la radiación, las yeguas han seguido pariendo potros regularmente y sanos. La población ahora de más de 150 individuos se ha hecho estable. Y en sus rutinas se desplazan libremente por áreas de Ucrania y las colindantes de Bielorrusia. Aunque la guerra que se libra por esos lugares, con sus tensiones, se ha hecho sentir. 

Por lo demás, muestran una perfecta adaptación a la vida salvaje y un equilibrio estable con su principal depredador, el lobo gris. Al que enfrentan formando círculos que protegen las hembras y los potros. Y del que se resguardan de noche en las edificaciones abandonadas. Los lobos, en todo caso, prefieren presas más fáciles, que afrontar la ruda defensa de los caballos a patadas y mordiscos. Los estudios científicos revelan que la salud de los caballos en Chernóbil es, para sorpresa, buena. Aunque la contaminación pasa, de seguro, factura silenciosa, pues deben alimentarse y beber el agua contaminada por la radiación. El tiempo dirá…   

*El colapso ecológico de la cuenca de Junggar y el avance de la desertificación*

Antes de la década de 1980, China intentó frenar el avance del desierto sembrando árboles en el noroeste del país. Encaraba, así, la desaparición de los pastizales nativos de la cuenca de Junggar, en Xinjiang. Con todo, la reforestación falló por no adaptarse a los climas extremos e hiperáridos de la cuenca. Los ecólogos chinos, sin más, comprendieron que la desertificación y erosión de las estepas noroccidentales se debía, en gran parte, a la ausencia de los grandes animales nativos. Al no haber herbívoros que pisotearan la tierra, dispersaran semillas mediante el estiércol y pastaran de forma natural, el ciclo del suelo quedaba detenido. Y, a sabiendas de que la región había sido en algún momento un hogar natural del caballo de Przewalski, comprendieron que este era el candidato idóneo para repoblar la región. 

Bajo esta convicción, y entendiendo que había sido el noroeste de China (junto con Mongolia) sus últimos hogares ancestrales, y donde se había documentado, en el siglo XIX, el origen del caballo, el país asumió entonces el compromiso de traer de vuelta ejemplares que sobrevivían en zoológicos de Europa y América. Pero se insistió en que debía haber un tiempo de adaptación, el que se concibió en tres fases: importación y cría en cautiverio; aclimatación en recintos semisalvajes y, por último; la liberación controlada en la cuenca del Junggar. Así las cosas, los primeros 11 caballos se importaron en 1985 de Alemania y Reino Unido, y fueron a dar al _Centro de Cría e Investigación del Caballo Salvaje_ de Xinjiang y al Centro de otra provincia, la de Gansu, entre las mesetas tibetana, de Loes y de Mongolia. 

Luego, se les alojó en corrales pequeños, en el desierto de Jimsar, una zona árida con inviernos de –40 ºC y veranos de 40 ºC. Se les alimentaba, a la par que se monitoreaba su respuesta inmunitaria al nuevo entorno. Ya en 1989, pasaron a recintos cercados de cientos de hectáreas de estepa natural, donde, para ir suprimiendo la dependencia humana, se les redujo el forraje artificial, lo que los obligaba a buscar como alimento entre los arbustos espinosos y plantas desérticas del lugar. Igualmente, se les dejó enfrentar por sí mismos las tormentas de arena, y las de nieve y las temperaturas extremas bajo cero del desierto. Asimilaron rápido. Como buenos alumnos aprendieron pronto a buscar fuentes de agua subterránea y, lo más importante, si se quiere, a defenderse de los depredadores. Una vez alcanzada esta etapa, esto es, ya casi graduados, se procedió a liberar los primeros ejemplares en la _Reserva Natural de Kalamaili_, en la misma región autónoma de Xinjiang. Ahora, para su observación, se utilizan collares GPS, drones y cámaras trampa para rastrear su salud y las dinámicas propias de la vida en manada.    

Al término de esta historia, debemos concluir que estamos en presencia de un final feliz. La reintroducción del magnífico caballo tuvo un doble éxito. El pastoreo natural ayudó a restaurar el equilibrio de la flora nativa, al tiempo que frenaba el avance de las dunas de arena que amenazaban seriamente las estepas y semidesiertos de la cuenca de Junggar. Por otra parte, su reintroducción se ha traducido en un aumento considerable de la población del caballo de Przewalski, el cual se ha aprendido también a tratar y, sobre todo, a cuidar para asegurar su sana reproducción. Asunto no del todo resuelto, pero hoy abordado con un control genético estricto, a fin de contrarrestar el cuello de botella genético. Ya que todos los caballos actuales descienden de muy pocos fundadores, y, a fin de evitar las feas consecuencias de la endogamia, se ha privilegiado la reproducción de los ejemplares físicamente más aptos. Lo cual, en el caso de China, está a cargo del centro de cría de Xinjiang.

*Historiador. Fotografía de Ami Vitale / NatGeo.