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07 julio, 2026

Superar el dolor: la guerra o la paz

Ya lo hemos dicho, la coyuntura, que incluye un molesto, pero realista tutelaje de una potencia extranjera está servida para el encuentro entre diversos con el objetivo superior de reconstruir el país, infraestructura, instituciones, economía

Por Bruno Gallo* / Opinión

La Venezuela de 2002, por ejemplo, fue el escenario de un golpe de Estado, un paro petrolero que intentaba romper la espina dorsal de la economía venezolana y una curiosa huelga militar, en la que los uniformados no usaron sus armas para derrocar al gobierno, sino que, desobedeciendo sus juramentos, órdenes y obediencia a los superiores jerárquicos se insubordinaron en una plaza del este de la ciudad. Por otra parte, el gobierno intentaba imponer SU utopía revolucionaria a contrapelo de disidencia y desacuerdos.

Desde entonces, el lenguaje, los métodos, estrategias y tácticas de la política se confundieron frecuentemente con los de la guerra. La frase de Von Clausewitz, esa según la cual la guerra es la continuidad de la política por otros métodos, se volvió un lugar común, la confrontación enterró el debate. El acuerdo, devino en traición y el dialogo en colaboración. Las elecciones en un comodín que se usa a discreción y no como compromiso con la democracia. El enemigo apareció en lugar del contrincante y el objetivo dejó de ser la alternabilidad, sin peligros ni venganzas, para convertirse en necesidad de destrucción del otro.

El terremoto
El 24 de junio, día de San Juan, mientras repicaban los tambores, retumbo la tierra, se removió con fuerza. Las imágenes de destrucción no aparecieron en los medios de comunicación (como en 1999) acompañados del mensaje homogéneo con responsabilidad y el lógico llamado a la solidaridad, sino que se difundieron, con sesgos y medias verdades en el archipiélago noticioso de las redes. El odio de los odiadores y la pugnacidad de la polarización extrema, en medio de un océano de temor, desesperanza y necesidades. Sin ocultar críticas al gobierno, la narrativa fue profundamente sesgada (falsa en muchos casos) y más profundamente dañina.

Guerra o paz

Frente al terremoto, como frente a casi todos fenómenos, acontecimientos y coyunturas en la Venezuela reciente, se perfilan dos posturas mayoritarias. Una, política y pacífica, que plantea dialogo, entendimiento, tregua y unidad nacional para enfrentar la difícil crisis humanitaria que plantea el sismo y otra que cree que todo vale, que es el momento de asaltar el poder y arrebatarlo de las manos de quienes lo detentan.

No hay que ser muy brillante para entender que agregar enfrentamientos, marchas, confrontación armada al sufrimiento por el terremoto, vendría a complejizar la situación enormemente. Quienes así piensan, no ocultan para nada que su visión se sitúa en una perspectiva bélica y usan el ejemplo de Nicaragua, donde el Terremoto de 1972 que dio un impulso determinante a la guerrilla del Frente Sandinista de Liberación Nacional y debilitó paulatinamente al gobierno de Anastasio Somoza que no pudo controlar su manejo deshonesto de las ayudas internacionales y la reconstrucción del país.

Revolución o cambios paulatinos
Lo que subyace a estas visiones es el debate clásico entre la vía “revolucionaria” (y no extraña que la impulsen antiguos voceros del chavismo) que aspira cambios inmediatos, tan inmediatos que solo dan cabida a remedos de consensos, sin debate ni comprensión, que terminan siendo cambios gatopardianos que no cambian nada, delegados en liderazgos personalistas o en una clase dirigente.

No pocas veces son peores que no cambiar nada, lo empeoran todo a la postre. La ruptura, generalmente es violenta y tiene un alto costo en vidas humanas y sufrimiento, pues supone la destrucción de los antagonistas. Como hemos visto a lo largo de la historia, las grandes revoluciones entrañan una postura autoritaria que impone su modelo de cambio social a sangre y fuego y condenan a la miseria a todo el país.

Una palabra más sobre la guerra: la convocan los cobardes para que las peleen (y mueran) jóvenes con escudos de cartón que bridan una falsa sensación de seguridad. La convocan los que viven lejos para padecimiento de los que vivimos aquí.

Por el contrario, el modelo de cambios paulatinos (el reformismo que tanto odian los revolucionarios) permite debate y construcción de consensos, ajustes, respeto a la diversidad, consultas y, definitivamente, democracia, estabilidad y sustentabilidad. Los cambios son graduales, participan los que piensan diferente, incluso los antagonistas al cambio.

Un tiempo para el acuerdo
Ya lo hemos dicho, la coyuntura, que incluye un molesto, pero realista tutelaje de una potencia extranjera, está servida para el encuentro entre diversos con el objetivo superior de reconstruir el país, infraestructura, instituciones, economía. Sobre todo, en las zonas más afectadas.

El 3 de enero, ocurrió un bombardeo inaceptable, pero se inició un camino hacia una sociedad diferente, para bien y para mal, se cambiaron leyes para atraer inversión, se inició un proceso de amnistía con todos sus bemoles, que sacó gente a la calle. Regresaron (permítanme las comillas) “perseguidos políticos”, hubo señales de una tímida apertura, entraron a los poderes públicos voceros de partidos y visiones diferentes. Era menester profundizar esa apertura y aumentar su cobertura. Detenerla con la excusa del terremoto y el asalto al poder, delata el más puro y miserable oportunismo, con Miraflores en mente y la gente como coartada.

Son tiempos para el acuerdo porque primero es la gente.

  • Tomado de El Universal / Caracas.