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11 julio, 2026

La Guaira es un dolor que anda

Por Ignacio Laya / Opinión

A veces es tanto el dolor que anida mi corazón que presiento, que por ese camino de la indiferencia y la fragmentación los vivos vamos a envidiar a los muertos 

En los cuadernos del olvido se registran los efectos causados por las lluvias torrenciales y los terremotos que con relativa frecuencia ocurren en nuestro Litoral Central.

Basta recordar aquellas lluvias torrenciales de 1951 las cuales dejaron al descubierto la enorme fragilidad de las parroquias La Guaira, Macuto y Caraballeda.

16 años después de ese pavoroso evento hídrico ocurre el terremoto de 1967 que trazó la ruta perfecta por donde se extiende la falla tectónica que se desplaza entre Caracas y Vargas.

Sin embargo, no habían cesados las réplicas de ese fenómeno telúrico y el registro de las consecuencias a los pocos meses fueron a parar al pipote de la basura.

A esa indiferencia y. desprecio se debe que hoy La Guaira sea un Dolor que Anda.

Es que en 1999, 32 años después del referido terremoto, ocurren las históricas lluvias torrenciales cuyos dantescos efectos impactaron al mundo por los millones de metros cúbicos de sedimentos que se desplazaron por las cuencas hidrográficas dejando una estela de  muerte y cicatrices de dolor que llevamos en el alma como una interminable procesión.

Ahora, 27 años después, debemos sumar dos terremotos gemelos que encontraron en el camino del desahogo de sus extremas energías a un considerable número de edificaciones elevadas construidas en las conocidas zonas sísmicas y allí están de nuevo las imágenes desoladoras de la muerte y lo más triste y penoso es que no podemos decirle al mundo que aprendimos la lección y que no lloramos en vano.

A veces es tanto el dolor que anida mi corazón que presiento que por ese camino de la indiferencia y la fragmentación los Vivos Vamos a Envidiar a los Muertos. 

Texto tomado de El Universal / Caracas. Foto: Daniel Hernández - El Estímulo.