Por Ignacio Laya / Opinión
A veces es tanto el dolor que anida
mi corazón que presiento, que por ese camino de la indiferencia y la
fragmentación los vivos vamos a envidiar a los muertos
En los cuadernos del olvido se
registran los efectos causados por las lluvias torrenciales y los terremotos
que con relativa frecuencia ocurren en nuestro Litoral Central.
Basta recordar aquellas lluvias
torrenciales de 1951 las cuales dejaron al descubierto la enorme fragilidad de
las parroquias La Guaira, Macuto y Caraballeda.
16 años después de ese pavoroso
evento hídrico ocurre el terremoto de 1967 que trazó la ruta perfecta por donde
se extiende la falla tectónica que se desplaza entre Caracas y Vargas.
Sin embargo, no habían cesados las
réplicas de ese fenómeno telúrico y el registro de las consecuencias a los
pocos meses fueron a parar al pipote de la basura.
A esa indiferencia y. desprecio se debe que hoy La Guaira sea un Dolor que Anda.
Es que en 1999, 32 años después del
referido terremoto, ocurren las históricas lluvias torrenciales cuyos dantescos
efectos impactaron al mundo por los millones de metros cúbicos de sedimentos
que se desplazaron por las cuencas hidrográficas dejando una estela de muerte y cicatrices de dolor
que llevamos en el alma como una interminable procesión.
Ahora, 27 años después, debemos
sumar dos terremotos gemelos que encontraron en el camino del desahogo de sus
extremas energías a un considerable número de edificaciones elevadas
construidas en las conocidas zonas sísmicas y allí están de nuevo las imágenes
desoladoras de la muerte y lo más triste y penoso es que no podemos decirle al
mundo que aprendimos la lección y que no lloramos en vano.
A veces es tanto el dolor que anida
mi corazón que presiento que por ese camino de la indiferencia y la
fragmentación los Vivos Vamos a Envidiar a los Muertos.
Texto tomado de El Universal /
Caracas. Foto: Daniel Hernández - El Estímulo.