El secretario
de Estado estadunidense, Marco Rubio, será anfitrión mañana - 15/7/26 - de la
“cumbre antiterrorista” a la que fueron convocados representantes de más de 60
países, aunque aún no se conoce el listado de los que enviarán alguna
representación. El encuentro estará centrado en el “resurgimiento del
extremismo político trasnacional y las redes violentas de extrema izquierda”,
que, a decir del vocero del Departamento de Estado, Tommy Pigott, hoy vuelve
con “fuertes vínculos trasnacionales y nuevas convergencias”. Este funcionario
señaló que sus esfuerzos se dirigen contra “actividades que cumplen con la
definición de terrorismo: asesinatos, secuestros, amenazas contra instalaciones
y fuerzas del orden, así como ataques a la infraestructura crítica, al personal
militar y a la población civil”.
La primera mentira burda está dicha antes de siquiera iniciar la cumbre, pues ninguno de los delitos mencionados por Pigott es en sí mismo terrorismo. Lo que convierte a un crimen en un acto terrorista es el uso intencional de la violencia como medio para lograr fines políticos, ideológicos o religiosos. Al separar el delito de su motivación, se abre la puerta para acusar de terrorismo a cualquier persona u organización que estorbe al poder en turno, así como para instrumentalizar la etiqueta de “terrorista” en operaciones injerencistas en el extranjero. En este sentido, el canciller cubano, Bruno Rodríguez, denunció que “se intentará fundamentar la existencia de supuestos peligros impulsados por fuerzas progresistas, organizaciones de izquierda, movimientos sociales y todo el que luche contra la opresión, la explotación, el racismo, la guerra, la intervención y la brutalidad imperialista desatadas por el actual gobierno estadunidense”.
Sin duda, el
encargado de la política exterior de la isla tiene razón al señalar que Rubio
desempolva la “guerra contra el terrorismo” con los mismos propósitos con que
fue desplegada originalmente hace un cuarto de siglo. Sin embargo, existen
múltiples elementos para pensar que, en esta ocasión, el espantajo del terrorismo
está tan o más dirigido hacia dentro del propio Estados Unidos como hacia el
hemisferio y el resto del mundo. No puede olvidarse que el presidente Donald
Trump y los integrantes de su gabinete han usado de manera indistinta los
calificativos de izquierda radical, extrema izquierda, comunista, socialista y
terrorista para atacar a todos los grupos que se oponen al reforzamiento del
racismo de Estado, la captura de las instituciones electorales, la destrucción
de los derechos de mujeres, miembros de la diversidad sexual, migrantes,
afrodescendientes y otras minorías, a la devastación del medio ambiente y a la
aniquilación de la libertad de prensa que forman parte del programa trumpiano
para consolidar un Estado totalitario.
Mañana mismo,
mientras Rubio y sus comparsas alertan sobre los peligros de la (imaginaria)
extrema izquierda para la democracia, cuatro periodistas del New York
Times deberán comparecer ante un tribunal por publicar un reportaje acerca
de los fallos de seguridad del avión presidencial que Trump recibió del
gobierno de Qatar.
Como se
refirió ayer en este espacio, los ciudadanos estadunidenses Renee Good y Alex
Jeffrey Pretti, ambos asesinados por el Servicio de Control de Inmigración y
Aduanas (ICE, por sus siglas en inglés), fueron acusados de terrorismo
doméstico en un intento burdo de desviar la culpa de los homicidas.
El pasado 23
de junio, ocho personas que participaron en una protesta fuera de una
instalación de ICE en Texas fueron condenadas a entre 30 y 100 años de prisión
después de que Donald Trump clasificara como terrorista a “Antifa”, una
organización que ni siquiera existe. Los manifestantes acudieron bajo un
llamado abierto en redes sociales, pero el juez y los fiscales los procesaron
como miembros de una célula de “Antifa” y los acusaron de cargos de terrorismo,
en lo que ha sido interpretado como un aviso para todas las personas que
participen en actos públicos que desagraden a Trump o al Partido Republicano.
Asimismo, es
imposible ignorar que la convocatoria contra la “extrema izquierda” se da en
momentos en que el ala progresista del Partido Demócrata obtiene importantes
avances electorales y conquista a la opinión pública frente al sector
neoliberal y adicto a los grandes donantes corporativos que domina a ese
partido por lo menos desde la era de Bill Clinton. En suma, lo que tendrá lugar
mañana en Washington será la reinauguración oficial del macartismo: el empleo
de toda la fuerza del Estado para detectar, criminalizar, acosar y provocar la
muerte civil o física de todos aquellos que se atrevan a disentir. Y se
invitará al mundo a participar en la nueva ola de totalitarismo de derechas.
Tomado de La
Jornada / México.