Tenor aficionado y enlace del régimen ante Moscú y Pekín,
gana peso como el principal aspirante a suceder a su padre. Sin embargo, las
dinámicas del poder familiar y la suspensión de las elecciones vuelven incierto
su futuro
MADRID. – Desde que Laureano Ortega Murillo fue
nombrado “asesor presidencial para la promoción de las inversiones, el
comercio y la cooperación internacional” del Gobierno de sus padres en
2012, su agenda oficial ha venido in crescendo, tanto como su poder en el
entramado interno del régimen familiar de Daniel Ortega y Rosario
Murillo en Nicaragua.
A tal punto que su figura —que dista del porte
“revolucionario” de sus progenitores con sus trajes pulcros a la medida, un
Rolex en la muñeca y su pasión como tenor por la ópera pucciniana— es vista en
Nicaragua como el “delfín de la sucesión”, aunque siempre a la sombra de
su madre, la copresidenta todopoderosa.
Los últimos años han sido los más intensos. A sus 43 años, es el personaje más conocido y omnipresente en la corte Ortega-Murillo después de sus padres.
Desde agosto de 2023, cuando fue autorizado a firmar
el Tratado de Libre Comercio con China, los copresidentes le han
otorgado al menos 27 “plenos poderes” para representar al Estado
nicaragüense.
La mayoría han sido para suscribir convenios con
Rusia y sus gobiernos regionales: un tratado de asistencia legal mutua en
materia penal, otro de extradición de condenados, un acuerdo de amistad entre
Managua y el distrito de Donetsk o un plan de cooperación con Sebastopol, en la
Crimea ocupada desde 2014.
Pero con China la relación es de otra naturaleza y
es, quizá en este enlace, donde más ha explayado su incipiente y notoria
influencia.
Desde que el régimen orteguista rompió con Taiwán en 2021,
Laureano es el operador de la alianza con Pekín, y también el hombre que
gestiona el sector del oro, entregado en concesiones a mineras chinas que
cubren casi el 10% del territorio de Nicaragua, una nación de más de 130.000
kilómetros cuadrados.
Estados Unidos lo sancionó en abril de 2019 y, siete años
después, al sancionar a dos de sus hermanos y a siete empresas del negocio
aurífero, el Departamento del Tesoro volvió a nombrarlo: el esquema estatal del
oro, dijo Washington, es administrado por dos hombres sancionados, el ministro
de Energía y Minas, Salvador Mansell Castrillo, y él.
Pero más allá de las sanciones internacionales, Laureano no
parece inmutarse ante los continuos señalamientos de Estados Unidos
como pieza clave del régimen familiar. Al contrario, es un viajero
frecuente a China y Rusia, adonde llega en calidad de enviado especial de sus
padres a repetir el discurso antiestadounidense de la casa.
En septiembre de 2025, por ejemplo, estuvo en Pekín en el
desfile por los 80 años del fin de la Segunda Guerra Mundial, caminando detrás
de Xi Jinping, Vladimir Putin y Kim Jong-un.
Ese día, Rosario Murillo anunció orgullosa desde Managua
quiénes representaban al país: “Allá está nuestra delegación, el asesor
Laureano Ortega, nuestro canciller Valdrack Jaentschke”. Esa imagen,
retransmitida con intensidad por la propaganda orteguista, terminó de
galvanizar su figura como el sucesor por encima de sus nueve hermanos.
Fuentes cercanas a la familia Ortega-Murillo relataron a EL
PAÍS que Laureano se ha convertido en el favorito de su madre, tras perder esta
las esperanzas de entregarle la estafeta política a Juan Carlos Ortega Murillo,
otro de sus nueve hijos, un rockero rebelde casado con una exmiss Nicaragua que
no tuvo mayor cadencia política más allá de un par de tartamudeantes arengas
orteguistas.
En cambio, Laureano, a pesar de su amor por la ópera como
tenor —al punto de tener su propio festival en Nicaragua—, se ha tomado con
rigor el papel de político y ejerce como una especie de canciller de
facto de la administración de sus padres.
“Es súper amable, hablador, agradable, te hace sentir
cercano; y es cero introvertido, a diferencia de sus hermanos, incluso los
mayores como Rafael Ortega, que no tienen ese don de la expresividad. Murillo
ha visto en él, aparte de que es muy parecido físicamente, al mejor sucesor
para su plan dinástico. Le encantan las cámaras”, comentó una fuente ligada al
aparato copresidencial.
Favoritismo materno
Ese favoritismo materno se replica en la propaganda
sandinista y en medios oficiales como El 19 Digital, la caja de resonancia de
los discursos diarios de Murillo y donde se le destaca como pieza clave del
régimen en materia de inversiones.
El 25 de junio pasado, apenas una semana después de que la
Asamblea Nacional le entregara el control de la empresa estatal de
importaciones y exportaciones, el sitio oficialista reprodujo la entrevista que
Laureano concedió en Pekín a CGTN, la televisión estatal china, durante la
feria internacional de cadenas de suministro.
También en cuentas de TikTok manejadas por sandinistas, sus
atuendos de marcas renombradas y su físico son celebrados como los del “próximo
presidente”.
Sin embargo, entre los analistas políticos no hay
consenso sobre los tiempos sucesorios. Para el exdiputado opositor Eliseo
Núñez, el turno de Laureano está supeditado al de su madre y solo asumiría
después de ella, porque Murillo quiere el poder total para sí tras la
salida de Ortega.
El sociólogo Óscar René Vargas sostiene lo
contrario: que el sucesor será Laureano y no ella, porque Murillo “ya se
quemó” tras la represión de 2018, cuando ordenó ahogar en sangre las
protestas que exigían el fin del régimen.
Una razón que refuerza la primera lectura es que, tras la
reforma constitucional de 2024, cuando sus padres crearon
la “copresidencia”, no han nombrado a los vicepresidentes que la
propia Constitución establece.
“Ni al mismo Laureano, considerado sucesor, lo han nombrado
vicepresidente, a pesar de que pueden nombrar cuántos vicepresidentes
quieran”, remata la fuente allegada al círculo presidencial. Eso
demuestra, agrega la persona consultada, que la sucesión “no está
sellada”.
Este pasado 19 de julio, al destino político de Laureano
Ortega se agregó otro factor que cambiaría radicalmente el asunto de la
sucesión, el gran enigma a lo interno de la dinastía Ortega-Murillo.
Su padre, el viejo caudillo sandinista, dijo que en
Nicaragua “no volverá a haber elecciones”. Con esa sentencia,
pronunciada en plaza pública tras 61 días sin apariciones públicas, el heredero
quedó ante una incógnita nueva: por dónde llegaría al poder.
Ortega aseguró ese mismo día, cuando se conmemoraba la
Revolución sandinista que marcó la caída de la dinastía de Somoza —el régimen
que gobernó con mano dura el país durante más de cuatro décadas— que está
dispuesto a estar en el Gobierno por 10 años más. Ortega tiene 80 años y
su sucesión parece cada vez más cerca.
Laureano persiste en sus actividades oficiales y sociales,
donde a sus espaldas lo llaman “un dandy” por sus gustos refinados y sibaritas.
El mismo hombre al que los socios rusos agasajaron en 2016 con una fiesta de
50.000 dólares en Managua, decorada con matrioskas gigantes y cincuenta kilos
de comida traída en contenedores térmicos desde Moscú —caviar negro de beluga
incluido— y dos cantantes de ópera rusos que le llevaron de regalo.
O el mismo que, en catorce años como funcionario
público, anunció un canal interoceánico con capital chino que nunca se
excavó, un satélite que nunca se lanzó y una ruta aérea entre Roma y Managua de
la que solo quedó una foto suya en la escalerilla del avión y un león
africano que llegó como pasajero de honor y terminó en el zoológico.
Al menos tres de sus grandes proyectos fracasaron. Otros 33
siguen congelados en los planes políticos de sus padres, igual que su posible
aspiración en la sucesión de la dinastía Ortega-Murillo.
Por Wilfredo Miranda Aburto / Tomado de El País – España.
