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28 julio, 2026

*El follón entre Salvador Dalí y André Breton*

Por Orlando Arciniegas *                        

A Ciro Vargas, quien aproximó la anécdota

El surrealismo (del francés surréalisme) fue un movimiento de vanguardia, artística y literaria, que produjo un gran impacto en la cultura occidental. Su gran logro fue romper las barreras de la lógica tradicional para mostrar que al arte, la mente humana y la libertad les van muy bien los ambientes creativos, permisivos, aun si van más allá de lo racional. Su surgimiento se produjo en un contexto de grandes cambios. Una época histórica marcada por las cicatrices de la I Guerra Mundial y el pálpito de fracaso que dejara el conflicto bélico, lo cual indujo a sus artistas a cuestionar las convenciones de un arte, ya admitido como tradicional, en búsqueda de estéticas a tono con las complejidades psicoanalíticas de la mente humana. Sería el tiempo de hacer el subconsciente y lo onírico poderosas fuentes de creación artística y literaria. Y así fue. 

El surrealismo, tal como lo conocemos, debe mucho a André Breton (1896-1966), un poeta, ensayista, crítico y editor francés, de gran influencia entre intelectuales y artistas que hacían de París una ciudad de postín. La capital simbólica del arte, se decía. El Primer Manifiesto Surrealista, habría otros, se conoció el 15 de octubre de 1924, redactado por Breton y aplaudido por sus amigos. Este, entonces, definió el surrealismo con estas palabras: 

_“Automatismo psíquico puro por cuyo medio se intenta expresar verbalmente, por escrito o de cualquier otro modo, el funcionamiento real del   pensamiento. Es un dictado del pensamiento, sin la actividad reguladora de la razón, ajeno a toda preocupación estética o moral” _.

Para sus fundadores, el movimiento era una herramienta de liberación humana y política. Aunque lo político se pondría más en evidencia en posteriores manifiestos. Por ejemplo, en el segundo, el de 1930. Contra la burguesía la crítica fue severa. Sus valores, según ellos, habían llevado a la barbarie de la guerra. Y defendieron que la mente humana debe estar libre de la moral moralista, la religión y las normas impuestas por la sociedad. Entre ellos, hubo quienes se afiliaron al Partido Comunista Francés, por ejemplo, Breton, Louis Aragon y Paul Éluard que destacaron como figurantes. Lo que en breve sería causa de tensiones y de discusiones ideológicas. Irónicamente, correspondió al libertario Breton, su principal teórico y líder que guio la evolución ideológica del grupo por décadas, un ejercicio de autoridad con mano de hierro, como ha sido reconocido.  

Salvador Dalí (1904-1989), por su parte, fue pintor, escultor, grabador, escenógrafo y escritor español, y ha sido considerado como uno de los máximos representantes del surrealismo. No figura, sin embargo, como uno de los fundadores, pues su adhesión al grupo en 1929 estuvo marcada por su viaje a París, la colaboración con Luis Buñuel en el film _Un perro andaluz_, guion en el que Dalí dio mucho de sí. Y otras circunstancias, si se quiere, más decisivas. Ese mismo año, Dalí conoció a Gala –Elena Ivanovna Diakonova– en Cadaqués (en Gerona, España), en una visita que ella le hiciera con su marido de entonces, Paul Éluard. Encuentro, que fue la causa de su apasionado flechazo y amor adúltero que cambió sus vidas. De sus encuentros surgieron dos obras que instalaron a Dalí plenamente en el surrealismo: _El gran masturbador_ y _El juego lúgubre_, y que por supuesto fascinaron a Breton. Una más que otra, como se sabe.  

Entre 1929 y 1933, Dalí alternó su vida principalmente entre dos centros geográficos neurálgicos: la Costa Brava catalana, que le procuraba un aislamiento creativo y el París que le hacía participar de su vibrante vida intelectual. En ellos le ocurrirán dos importantes hitos personales, la ruptura suya con su padre, que lo deshereda y expulsa a fines de 1929 de la casa familiar en Figueres, y el ingreso formal en París al movimiento surrealista de la mano de Joan Miró, en el que, inicialmente, participa con gran interés en sus debates ideológicos. París es entonces para él, el escenario de su apasionado amor por Gala, la musa de su vida, ya en franca ruptura con su marido Paul Éluard. Y el lugar de comienzo de sus famosas exposiciones en galerías. 

La modesta barraca de pescadores de Portlligat que había comprado en 1930, se convirtió en su única residencia en Cataluña. Y en el taller inmortal de su producción artística. Allí, rodeado de una “paz geológica”, pintó sus obras maestras de la época, incluyendo _La persistencia de la memoria_ (1930) y, por supuesto, la famosa pieza de la discordia: _El enigma de Guillermo Tell_ (1933). Conviene decir que, para Dalí, el héroe suizo no era un defensor de la libertad, sino símbolo de un ‘padre cruel y devorador’, tal como el dios Cronos. Así que en el cuadro, aprovecha la figura de Guillermo Tell para arremeter contra su estricto padre, con quien tuvo muchos problemas; al tiempo que critica la figura de Lenin, buscando con ello provocar a los marxistas surrealistas que lo veneraban.

Dalí representó al héroe suizo con los rasgos faciales de Lenin (1870-1924), pero de modo alterado, y pintó también su trasero, con una nalga alargada que, a modo de banda, se estiraba y apoyaba en muletas. La imagen enfadó mucho a Breton, y a otros, que la consideraron como una real blasfemia. Y ardió Troya. La obra, un óleo de gran tamaño, se exhibió por primera vez en el Salón de los Independientes, durante el otoño de 1933. Breton montó en cólera y trató de destruir el lienzo, pero no pudo por haber sido colgado muy alto en la pared. 

En todo caso, el castigo no se hizo esperar. La decisión fue apartarlo del grupo mediante dos juicios internos dirigidos por el mismo Breton. Un primer “juicio surrealista” en 1934, que no concretó la expulsión. La baja definitiva de los registros del grupo surrealista se producirá en 1939. Cuando se le condenó por su apoliticismo, tolerancia de la violencia racista y el fascismo. Así como por su afanosa búsqueda de dinero, fama y su procuración del éxito a todo trance en la cultura de masas. 

Ante las acusaciones de sus adversarios, la respuesta del genio fue solo su célebre frase: “El surrealismo soy yo”.

*Historiador.