«Un factor es evidente: a pesar de las numerosas
dificultades actuales, la resiliencia del pueblo es innegable. Es como si los
cubanos, que ya han afrontado tantas amenazas del imperialismo y crisis en 67
años de Revolución, estuvieran ahora seguros de que no serán derrotados. Como
me dijo un amigo en La Habana: ‘No tenemos electricidad, pero tenemos mucha
energía’», escribe Frei Betto, escritor y autor de la novela « El vuelo
de la locomotora» (Rocco), entre otros libros.
Aquí está el artículo.
En junio realicé mi tercer viaje a Cuba este año. Dos de ellos fueron en representación
de la FAO, para asesorar sobre el Plan de Soberanía
Alimentaria y Educación Nutricional del país. Debido al bloqueo
impuesto por Trump , la isla caribeña sufre un
estrangulamiento energético criminal, ya que depende del petróleo importado.
Ningún país se atreve a romper el bloqueo por temor a represalias de Estados
Unidos, ni siquiera China. En marzo, Rusia envió un
petrolero con 740.000 barriles. Días después, un segundo petrolero ruso se vio
obligado a desviarse hacia Brasil tras cruzar aguas haitianas.
La población cubana vive en estado de guerra. Debido a los
frecuentes y prolongados apagones, muchas familias cocinan con carbón o leña
recogida en sus patios. Los vehículos son escasos en las calles y no existe
transporte público. Los hospitales y otros centros vitales funcionan con
paneles solares, que resultan insuficientes para cubrir la enorme demanda.
Debido a la falta de combustible para los camiones, la basura se acumula en las calles de la ciudad y, en La Habana, una gran cantidad de medicamentos destinados a ciudades del interior permanece almacenada.
En busca de soluciones a la crisis, en la tercera semana de
junio Cuba aprobó el paquete de reformas económicas más
completo desde el triunfo de la Revolución en 1959. Con 176 medidas agrupadas en 23
áreas, la iniciativa, respaldada por el expresidente Raúl Castro , busca abordar la crisis más grave que
atraviesa el país desde el " Período Especial "
(1990-1995). Sin embargo, al flexibilizar el modelo centralizado, el gobierno
de Miguel Díaz-Canel reaviva un debate crucial: ¿mejoran
estas reformas el proyecto socialista o representan un retroceso?
La decisión de aplicar una “terapia de choque” en el Caribe
surgió ante un escenario extremo: el endurecimiento del bloqueo estadounidense, la interrupción del suministro de
combustible y la caída de los ingresos turísticos. El fracaso de la reforma
monetaria y la ineficiencia estatal provocaron apagones de hasta 20 horas
diarias y una escasez generalizada. El gobierno reconoce que la brecha entre
ingresos y precios es insostenible y que la necesidad de cambios urgentes se ha
vuelto imperativa.
Las reformas promueven una descentralización radical:
1) Fin de los monopolios estatales: el comercio
exterior y la producción ya no serán dominio exclusivo del Estado, con la
apertura a las importaciones y exportaciones directas.
2) Privatización y capital privado: Las empresas
estatales pueden convertirse en empresas privadas con participación accionaria,
y se permite la operación de bancos privados. El sector privado, que ya
representa el 15% del PIB, tendrá mayor influencia, incluyendo la inversión
inmobiliaria.
3) Inversión Extranjera y Diáspora: los
inversionistas ya no necesitarán socios estatales, y los cubanos en el
extranjero podrán invertir en el país.
4) Empresas mixtas: la asociación entre el Estado
y el sector privado se ha legalizado para varios sectores, excepto para la
salud, la educación y la defensa.
5) Reestructuración del Estado: el número de
ministerios se reducirá de 27 a 20 para aumentar la eficiencia.
Las medidas incluyen la municipalización de la economía: los
municipios se independizarán del gobierno central para establecer empresas,
importar y exportar, y aprobar inversiones de cubanos residentes en el
extranjero.
El discurso oficial, secundado por el primer ministro Manuel
Marrero, asegura que las transformaciones «no constituyen una desviación
del proyecto socialista; al contrario, responden a la lógica inherente de su
desarrollo». La lógica es pragmática: para salvar el socialismo, es necesario
adoptar nuevos instrumentos económicos acordes con la realidad actual.
Desde esta perspectiva, la apertura es una herramienta para
fortalecer el proyecto socialista, no para abandonarlo. El reconocimiento del
mercado como un “instrumento para la asignación eficiente de recursos” se
considera un avance, no una capitulación. Además, la promesa de protección
social busca mitigar los efectos de las reformas en los más vulnerables y
preservar la esencia de la justicia social en el proyecto revolucionario. El
presidente Díaz - Canel reitera que “Cuba está
cambiando para seguir siendo libre” y para “vivir mejor”, presentando las
reformas como un acto de soberanía.
Para algunos críticos, estas medidas representan una
desviación significativa de los principios socialistas. La privatización de
sectores clave, la autorización de bancos privados y el desarrollo inmobiliario
privado se consideran una introducción de relaciones capitalistas en el corazón
del proyecto socialista. El economista cubano Daniel Torralbas las
clasifica como la "reforma económica más profunda en 70 años", lo
que, para muchos, equivale a un cambio sistémico.
Existe el temor de que los cambios conduzcan a una
concentración de la renta y a una mayor desigualdad, algo que ya se observó con
la dolarización parcial. Algunos analistas señalan que la vida solo mejora para
quienes tienen acceso al dólar, lo que crea una brecha social que contradice el
ideal socialista igualitario. Además, la historia de aperturas seguidas de
retrocesos genera desconfianza.
El éxito o fracaso de estas medidas en relación con el
proyecto socialista dependerá de su implementación y de factores externos, como
el fin del control energético estadounidense. El gobierno cubano
apuesta a que la eficiencia económica generada por la apertura podrá financiar
y preservar los logros sociales de la Revolución. Sin embargo, existe el riesgo
real de que las fuerzas del mercado distorsionen el carácter igualitario del
Estado.
En definitiva, Cuba está adoptando medidas audaces, propias del
capitalismo, para salvar el socialismo, siguiendo el ejemplo de China y Vietnam.
Que esto represente una mejora o un retroceso dependerá del resultado práctico:
si una mayor eficiencia económica se traducirá en bienestar para la mayoría de
la población sin sacrificar los pilares de la justicia social, o si abrirá una
brecha irreparable en el proyecto revolucionario iniciado en 1959. El tiempo y
la capacidad del gobierno revolucionario para gestionar esta transición
determinarán si estas reformas marcarán el comienzo de un nuevo capítulo en el
socialismo cubano o el presagio de su desaparición.
Un factor es evidente: a pesar de las numerosas dificultades
actuales, la resiliencia del pueblo es innegable. Es como si los cubanos, que
ya han afrontado tantas amenazas del imperialismo y crisis en 67 años de Revolución,
confiarán ahora en que no serán derrotados. Como me dijo un amigo en La
Habana: "No tenemos electricidad, pero nos sobra energía".
Tomado de IHU / Brasil.
