El avance de los extremos, la erosión institucional y
el retroceso del multilateralismo dejan a la región sin contrapesos ante una
creciente deriva autoritaria
Las declaraciones del presidente de Nicaragua, Daniel
Ortega, sobre la
abolición definitiva del sistema electoral de su país terminaron de
configurar un mapa político latinoamericano que plantea un dilema para la
región: optar entre los extremismos de izquierda –siendo Nicaragua el
ejemplo más actual y radical, pero no el único– y los llamados
gobiernos de la ola azul, apadrinados y, en algunos casos, profundamente
condicionados por temas de seguridad y financieros por el gobierno del
presidente de Estados Unidos, Donald Trump.
Ortega lo dijo cortito y sin vueltas: “Que se
olviden, aquí no volverá a haber elecciones”. El domingo 19 de julio,
en un acto en el que se celebró el 47º aniversario de la Revolución Sandinista,
el presidente –o, ya deberíamos decir, dictador– nicaragüense enterró la
democracia de su país.
La democracia en América Latina vive una crisis inédita en las últimas décadas. Quedan pocos gobiernos que pueden definirse como moderados; en algunos casos, como en México, hay tendencias autoritarias que preocupan a académicos del país. El estudio y análisis de la democracia latinoamericana exigen un monitoreo permanente. Ese es uno de los desafíos del recientemente creado Conversatorio Latinoamericano (CONLAT), una iniciativa que une a cuatro universidades de excelencia en la región: el Colegio de México, la Universidad de los Andes (Colombia), el Instituto de Estudios Sociales y Políticos de la Universidad del Estado de Río de Janeiro (IESP-UERJ) y la Universidad Torcuato Di Tella (Argentina). Su agenda también incluye temas como seguridad, violencia y desigualdad.
El CONLAT realiza reuniones periódicas en los países donde
tiene algunas de sus sedes y una de las más importantes se celebró en México,
en noviembre de 2025. Entonces Ortega no había decretado la defunción de la
democracia nicaragüense y Estados Unidos no había ordenado un ataque militar
inédito a Venezuela, pero las señales de debilidad de la democracia
regional ya eran evidentes. Sí estaban en el escenario, alcanzando
niveles máximos, las acciones militares de Estados Unidos en su lucha contra
las drogas, con aliados regionales.
Ya habían muerto más de 100 personas en explosiones de
lanchas en el Mar Caribe, antecediendo el
ataque militar a Caracas, ocurrido el 3 de enero de 2026. En un
documento divulgado tras los debates en México, el CONLAT afirmó que “la
llamada ‘guerra contra las drogas’, impulsada por Washington desde los años
noventa, fue adoptada y adaptada por los gobiernos de la región con diferentes
grados de entusiasmo. No fue una imposición pura: América Latina y el
Caribe también la consintieron. Pero sus consecuencias fueron, en
todos los casos, devastadoras. Con la administración Trump, el ciclo se
intensifica: la retórica del ‘narcoterrorismo’, la designación de
organizaciones criminales como grupos terroristas y la amenaza de intervención
militar directa reconfiguran la política de seguridad hemisférica bajo una
lógica que los participantes del CONLAT denominaron ‘hipersecuritización’”.
Se dan ejemplos como El Salvador, donde
el gobierno de Nayib Bukele se transformó en uno de los principales aliados de
Washington, dando un giro hacia la extrema derecha sin retorno.
La llamada hiper securitización, dicen los académicos del CONLAT, “supone una
transformación cualitativa del discurso de seguridad. A diferencia de las olas
anteriores (la securitización posguerra fría y la que siguió al 11 de
septiembre de 2001), la actual no busca justificarse dentro de los marcos
normativos existentes: los desborda. Genera una sensación permanente de
urgencia y excepcionalidad que viabiliza medidas que, en cualquier otro
contexto democrático, serían consideradas inaceptables. El estado de
excepción se ha vuelto estructural en varias democracias de la región: más que
una herramienta de último recurso, opera como un modo de gobierno ordinario”.
En países como Colombia, las alertas están encendidas. La
elección del ultraderechista Abelardo De la Espriella podría significar el
inicio de una nueva etapa política en el país, en la cual la injerencia de un
Estados Unidos que dejó de exigir comportamientos democráticos a sus aliados –comportamientos
que el propio Trump no demuestra en su país– sería más marcada. Esa es
la opinión de Sandra Borda, miembro del CONLAT y profesora de la Universidad de
los Andes.
Convicción democrática
“En el pasado, Estados Unidos exigía algún tipo de
mantenimiento de las formas democráticas. La ayuda militar a
Colombia venía con condicionamientos y, en algunos casos, cuando esas formas no
se respetaban, la ayuda era retenida. Hoy no es así, porque a Estados Unidos no
le interesan más ni siquiera las formas democráticas”, dice Borda.
Para Borda, “no se puede decir que Bukele respeta las formas
democráticas. Ortega tiene problemas aún más graves. Hoy, la convicción
democrática depende de cada país. Abelardo podría seguir los pasos de
Bukele, pero en Colombia encontrará resistencias. Ya lo vimos en el gobierno de
Gustavo Petro, que tendió a un extremismo de izquierda”.
El escenario regional se complica aún más ante la falta de
una gobernanza latinoamericana o sudamericana que pueda contener movimientos
autoritarios. El fracaso de la Unión de Naciones Suramericanas
(Unasur), las divisiones y la poca relevancia de la Comunidad
de Estados Latinoamericanos y del Caribe (CELAC) y la pérdida de
influencia de la Organización de Estados Americanos (OEA) dejaron
a cada país librado a su suerte.
“Hace 10 o 15 años, las amenazas a la democracia venían de la
izquierda, del chavismo, de Cuba y también de Nicaragua. Para gobiernos como el
de Lula y los Kirchner era un problema. Hoy, la novedad es que la amenaza viene
principalmente de la derecha”, argumentó Juan Negri, miembro del CONLAT y
profesor de la Di Tella.
Para él, “son amenazas parecidas a las de la izquierda de
algunos años atrás. Gobiernos que llegan al poder por elecciones y, una vez en
el poder, erosionan sus sistemas democráticos. El divisor de aguas de
estos tiempos es que ya ni siquiera se exige la fachada democrática. Esto,
con el multilateralismo regional y global en crisis, es preocupante”. Hoy la
diplomacia también está en crisis y cedió paso a las afinidades personales.
“Perdió el centro y perdió la democracia latinoamericana”, lamenta Negri.
En México, la salud de su propia democracia es, en palabras
de Guadalupe González, integrante del CONLAT e investigadora del Colegio de
México, “el elefante en la sala”. “En América Latina, el factor más disruptivo
en términos de democracia son los Estados Unidos de Trump. El gobierno
americano está violando de manera explícita los derechos humanos. Podríamos
ya estar hablando de una autocracia en Estados Unidos. En el mundo, el modelo
democrático está en crisis”, enfatiza González.
La democracia latinoamericana está en crisis, como lo están
la americana y la europea. La política exterior de Estados Unidos es
transaccional, y en ella priman los empresarios y faltan los diplomáticos de
carrera. Trump dio un golpe durísimo al Departamento de Estado y a la
carrera diplomática en su país. En ese contexto, la injerencia, cada
vez mayor, de Estados Unidos en los países de la región es motivo de enorme
preocupación entre los académicos del CONLAT.
Brasil, México y Uruguay se sostienen como gobiernos
de izquierda que intentan resistir a la ola azul, pero dentro de sus
países hay debates. En México, dice la investigadora del Colegio de México, la
presidenta Claudia
Sheinbaum ha tomado decisiones que también generan dudas sobre su
compromiso democrático.
“Lo que se hizo con el Poder Judicial mexicano deja muchas
dudas. Todo el Poder Judicial fue electo con voto popular, adoptando el
modelo boliviano del Movimiento al Socialismo. Fue una venganza del
partido gobernante, Morena, por la persecución a sus miembros. En México
también hay desafíos fuertes a la democracia”, apuntó González.
No son tiempos fáciles para la democracia regional, y hay que
mirar a la derecha y a la izquierda. También al Norte. Preservar
la democracia en tiempos de un Trump potenciado, errático y sin límites es
doblemente desafiante.
Tomado de LA NACIÓN / Argentina. Foto: Ricardo Stuckert - Palacio Planalto.
