Isha Johansen convirtió un pequeño
club juvenil en un proyecto de reconstrucción tras la guerra civil, rompió los
techos de cristal del fútbol africano hasta llegar al Consejo de la FIFA y hoy
impulsa programas de rehabilitación para mujeres encarceladas. Su trayectoria
demuestra que el deporte también puede ser una herramienta de justicia social
En la Sierra Leona que emergía de la
guerra civil, donde miles de niños habían cambiado los pupitres por las armas y
las calles estaban llenas de adolescentes sin escuela ni futuro, Isha Johansen
apareció con una propuesta tan sencilla como revolucionaria. Ella pondría los
balones, las botas y los entrenadores; ellos tendrían que volver a clase.
No era una campaña institucional ni
un proyecto impulsado por una gran organización internacional. Era la intuición
de una mujer convencida de que el fútbol podía hacer algo que la política
todavía no había conseguido, devolver la normalidad a una generación marcada
por la violencia.
Aquella idea acabaría llevándola desde un modesto club de barrio hasta el Consejo de la FIFA, el órgano donde se toman las principales decisiones del fútbol mundial. Entre ambos extremos se esconde una historia de reconstrucción, poder, persecución política, igualdad de género y compromiso social que explica por qué Isha Johansen se ha convertido en una de las figuras más singulares del deporte africano. El fútbol nunca fue una casualidad en su vida.
Nacida en Freetown en 1965, Johansen
pasó parte de su infancia en el Reino Unido. Su padre fue uno de los dirigentes
históricos del East End Lions, uno de los clubes más importantes de Sierra
Leona, y los fines de semana de la familia giraban alrededor de los estadios.
Todavía recuerda las mañanas de sábado esperando Match of the
Day de la BBC junto a sus hermanos, acompañando a su padre a
comprar los periódicos deportivos británicos y jugando siempre rodeada de
chicos.
Su elección tenía un
significado que iba mucho más allá de su trayectoria personal. Durante décadas,
las más de doscientas federaciones nacionales afiliadas a la FIFA habían
permanecido casi exclusivamente en manos de hombres
Durante mucho tiempo aquello parecía
simplemente una tradición familiar que, con los años, terminaría convirtiéndose
en una forma de entender el mundo.
Cuando fundó el FC Johansen en 2004,
Sierra Leona intentaba levantarse después de una guerra civil que, entre 1991 y
2002, dejó más de 50.000 muertos, cientos de miles de desplazados y una
generación marcada por el reclutamiento de niños soldados, las mutilaciones de
civiles y el colapso de las instituciones públicas.
Muchos adolescentes habían abandonado
la escuela y otros nunca habían llegado a entrar en un aula, por lo que
Johansen decidió utilizar el lenguaje que todos compartían, el fútbol. Su
propuesta era casi un contrato social. Ella conseguiría balones, botas, campos
de entrenamiento y entrenadores; ellos tendrían que regresar a la escuela. «Ese
era el trato. Algunos estudiaron mejor que otros, pero lo importante es que
conseguimos sacarlos de la calle.»
La iniciativa funcionó. Muchos
jóvenes volvieron a las aulas, algunos terminaron disputando torneos
internacionales y enfrentándose a las categorías inferiores de clubes como
Liverpool o Manchester City, y otros encontraron simplemente una rutina, una disciplina
y un futuro que la guerra les había arrebatado. Para Johansen, el éxito nunca
se midió únicamente en victorias deportivas, se medía en vidas recuperadas.
En aquellos años, Sierra Leona seguía
apareciendo en los informativos internacionales asociada a los diamantes de
sangre, los niños soldados o las amputaciones que conmocionaron al mundo
durante la guerra. Johansen quería demostrar que existía otra realidad. «Además
de reintegrar a estos niños en la sociedad, utilicé el fútbol para cambiar la
narrativa de Sierra Leona.»
El FC Johansen empezó a viajar al
extranjero y a competir con equipos europeos. Cada torneo era también una forma
de mostrar una imagen distinta del país. Su trabajo humanitario fue ganando
reconocimiento y acabó eclipsando otros proyectos que había impulsado
anteriormente, como los premios Women of Excellence, destinados a visibilizar
referentes femeninos, o el Pink Charity Fund, creado para facilitar pruebas de
detección del cáncer de mama a mujeres con bajos ingresos. El fútbol terminó
convirtiéndose en el eje desde el que articulaba todas sus iniciativas
sociales.
En 2013 fue elegida presidenta de la
Federación de Fútbol de Sierra Leona. Nunca antes una mujer había dirigido la
institución. Tres años más tarde volvió a hacer historia al convertirse en la
primera mujer elegida para el Comité Ejecutivo de la Confederación Africana de
Fútbol (CAF).
En 2021 alcanzó el mayor cargo de su
carrera al entrar en el Consejo de la FIFA. Se convertía así en la primera
mujer de África Occidental y la primera persona de Sierra Leona en formar parte
del máximo órgano de gobierno del fútbol mundial, una responsabilidad que
desempeñó hasta 2025.
Su elección tenía un significado que
iba mucho más allá de su trayectoria personal. Durante décadas, las más de
doscientas federaciones nacionales afiliadas a la FIFA habían permanecido casi
exclusivamente en manos de hombres. Muy pocas mujeres habían conseguido dirigir
una federación nacional y todavía menos habían alcanzado los espacios donde se
decide el futuro del fútbol internacional.
Desde allí defendió una mayor
presencia femenina en todos los ámbitos del deporte, no solo como jugadoras,
sino también como entrenadoras, árbitras, administradoras y dirigentes.
Compartió esa batalla con figuras como la senegalesa Fatma Samoura, primera
mujer africana en ocupar la Secretaría General de la FIFA y una de sus
principales aliadas en la promoción del liderazgo femenino dentro del fútbol
mundial.
Su ascenso también la situó en el
centro de una lucha por el poder. En 2017, la Comisión Anticorrupción de Sierra
Leona la acusó, junto al secretario general de la federación, de apropiación
indebida de fondos. Ambos rechazaron las acusaciones desde el primer momento y
defendieron que respondían a una operación política destinada a apartarlos de
la dirección del fútbol nacional.
La FIFA respaldó esa interpretación y
suspendió temporalmente a la federación al considerar que el Gobierno estaba
interfiriendo en la autonomía del fútbol, uno de los principios fundamentales
del organismo internacional. Tras años de complejos procedimientos judiciales,
Johansen fue absuelta de todos los cargos.
Lejos de retirarse de la vida
pública, Johansen ha llevado durante los últimos años su idea del fútbol como
herramienta de transformación a uno de los lugares más olvidados de Sierra
Leona
La victoria legal dejó un enorme
coste personal. «No puedo expresar con palabras lo que estaba viviendo. Sufrí
ataques de pánico muy severos. Descubrí que tenía hipertensión. Caí en una
depresión profunda. Durante aquel tiempo fui la mujer más vilipendiada de mi
país.»
Escribir sus memorias, The
Uncommon Enemy, publicadas en el Reino Unido el 5 de junio, terminó
convirtiéndose en una forma de reconstruirse. Antes de su lanzamiento
internacional presentó la obra en el Swiss Hotel de Freetown, donde explicó que
necesitó años para sentirse preparada para contar su propia versión de los
hechos. «Fue como esa terapia por la que pagas miles y miles de libras, pero el
libro la hizo por mí», resumió a la agencia Reuters.
La experiencia también modificó su
forma de entender el funcionamiento del poder en el fútbol africano. Después de
ocupar puestos de responsabilidad tanto en la CAF como en la FIFA, sostiene que
la gobernanza del deporte está atravesada por intereses políticos que van mucho
más allá del terreno de juego.
Uno de los aspectos más interesantes
de su reflexión sobre el fútbol africano es que rechaza las respuestas simples.
No niega que exista corrupción. Todo lo contrario. «La corrupción existe. Está
muy extendida.» Pero a esa realidad añade otra mucho más incómoda. En su
opinión, las acusaciones de corrupción también pueden convertirse en un
instrumento para desalojar del poder a dirigentes incómodos.
«He visto casos en la CAF donde
parecía claramente una caza de brujas. Se utiliza la supuesta corrupción para
quitar de en medio al presidente de turno. Mi caso no fue un hecho aislado.»
Esa doble lectura resulta especialmente significativa porque procede de alguien
que ha conocido desde dentro las principales instituciones del fútbol
internacional. Para Johansen, combatir la corrupción es imprescindible, aunque
ese objetivo pierde legitimidad cuando las investigaciones se utilizan como un
arma en disputas de poder.
Su experiencia la ha llevado a
defender que la transparencia no puede reducirse únicamente a procesos
judiciales o investigaciones internas, sino que necesita instituciones fuertes
y mecanismos que premien las buenas prácticas. Por eso propone que la FIFA
incentive públicamente a las federaciones que demuestren una gestión limpia y
un buen gobierno, en lugar de limitarse a intervenir cuando estalla un
escándalo.
Su planteamiento supone un cambio de
enfoque. Más que actuar únicamente como un organismo sancionador, la FIFA
debería convertirse también en una institución capaz de reconocer y recompensar
la buena gobernanza, reforzando así una cultura de transparencia antes de que
aparezcan los conflictos.
Lejos de retirarse de la vida
pública, Johansen ha llevado durante los últimos años su idea del fútbol como
herramienta de transformación a uno de los lugares más olvidados de Sierra
Leona, las cárceles de mujeres. Allí impulsa Football for Reform,
un proyecto pionero desarrollado junto a la Confederación Africana de Fútbol
que utiliza el deporte para facilitar la rehabilitación social de las internas.
El programa las forma como
entrenadoras, árbitras, administradoras deportivas o profesionales de la
industria textil vinculada al fútbol, con el objetivo de ofrecerles una salida
laboral una vez recuperen la libertad. Su origen fue casi accidental. Durante
una visita institucional al centro penitenciario femenino de Freetown conoció a
jóvenes encarceladas por delitos menores, muchas de las cuales seguían entre
rejas simplemente porque no podían pagar las multas que impedían su puesta en
libertad.
Empezó en un campo de tierra,
rodeada de adolescentes que habían sobrevivido a una guerra y que necesitaban
una razón para volver a creer en el futuro
Aquella realidad la llevó a financiar
asistencia jurídica, el pago de esas multas, formación profesional y maquinaria
de costura para facilitar su reinserción. Con el apoyo de la CAF, el proyecto
fue creciendo hasta incluir cursos oficiales de entrenadora con la Licencia D y
talleres profesionales. Algunas de las mujeres participantes llegaron a
presentar sus diseños textiles en la London Fashion Week, donde
fueron invitadas a mostrar el trabajo desarrollado durante el programa. Una
escena difícil de imaginar para quienes meses antes permanecían encerradas
entre los muros de una prisión.
Para Johansen, ese recorrido resume
mejor que cualquier discurso el potencial transformador del deporte. El
proyecto no pretende únicamente enseñar fútbol. También busca ofrecer
independencia económica, acceso a la educación, asistencia legal y nuevas oportunidades
de vida a mujeres que, en muchos casos, nunca las habían tenido.
El objetivo de Johansen es que la
experiencia desarrollada en Sierra Leona pueda reproducirse en otros países
africanos con el respaldo de organismos internacionales como Naciones Unidas,
UNICEF, ONU Mujeres o el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo. A
su juicio, el fútbol puede convertirse en una herramienta para abordar
problemas que desbordan el ámbito deportivo, desde la educación y la salud
hasta la igualdad, el empleo o la reinserción social.
Esa visión también explica su defensa
de un modelo de gobernanza más abierto y comprometido con el desarrollo de las
comunidades. Durante su etapa en la FIFA insistió en que el crecimiento del
fútbol no debía medirse únicamente por el número de competiciones o por los
ingresos económicos, sino también por su capacidad para generar oportunidades
allí donde las instituciones públicas llegan con dificultad.
No es una idea abstracta. Su propio
recorrido comenzó mucho antes de ocupar un despacho en Zúrich o un asiento en
el Consejo de la FIFA. Empezó en un campo de tierra, rodeada de adolescentes
que habían sobrevivido a una guerra y que necesitaban una razón para volver a
creer en el futuro.
Para algunos representa una dirigente
que abrió las puertas de las instituciones deportivas a las mujeres africanas.
Para otros, una figura incómoda cuya carrera estuvo marcada por los
enfrentamientos con las élites políticas y futbolísticas de su país. Ella, en
cambio, parece sentirse más cómoda con otra definición. La de alguien que nunca
dejó de creer en el poder transformador de un balón.
A veces ocurre mucho antes del
pitido inicial. Cuando un niño vuelve a la escuela. Cuando una mujer recupera
la libertad. Cuando un país devastado por la guerra empieza, poco a poco, a
escribir una historia distinta
Hace más de veinte años ofrecía unas
botas de fútbol a cambio de que unos niños regresaran a la escuela. Desde
entonces ha presidido una federación nacional, ha llegado al Consejo de la
FIFA, ha sobrevivido a una batalla judicial que amenazó con destruir su carrera
y ha convertido el fútbol en una herramienta de reinserción para mujeres
encarceladas.
Lo único que nunca cambió fue la
convicción que dio origen a todo lo demás. Que un balón puede abrir puertas que
la guerra, la pobreza o la política mantienen cerradas. Quizá por eso el mayor
triunfo del fútbol no siempre se celebra en un estadio.
A veces ocurre mucho antes del pitido
inicial. Cuando un niño vuelve a la escuela. Cuando una mujer recupera la
libertad. Cuando un país devastado por la guerra empieza, poco a poco, a
escribir una historia distinta. Ese es, probablemente, el legado más importante
de Isha Johansen.
Fuente: Diario Red / España.