Bob
Dylan publicó un texto en mayo, con motivo de su 85.º cumpleaños.
La tribuna apareció en el flamante diario norteamericano The
New York Times y en cuestión de horas fue reproducida por
medios de todo el mundo. El músico de Duluth, Minnesota, escribió en primera
persona sobre una arista que los artistas rara vez abordan con esta
franqueza: la vejez en toda su ambivalencia.
Y desde luego, el texto no parece ser
un manifiesto de optimismo forzado ni un repaso de logros. Dylan
describe con igual atención lo que se gana y lo que se pierde al llegar a esta
edad. Sus palabras sobre el tiempo, el cuerpo y el escenario conforman
un retrato que incomoda porque resulta reconocible.
El texto arranca con la que puede
ser la definición más inesperada de la vejez. Según Dylan, cuando uno
es joven cree que el tiempo avanza. A los 80, entiende que no: «el
tiempo no avanza, somos nosotros los que nos movemos».
La idea tiene una consecuencia inmediata para quien lleva décadas corriendo en la misma dirección.
De esa premisa extrae lo que
considera lo mejor de haber llegado a esta edad: «Sobrevives a los relojes que
te han estado persiguiendo. Es la libertad de esa mentira de que alguna vez
todo estuvo bajo control.» Ya no se persigue el desfile, escribe. «Eres
un viejo rey de algún país desaparecido. Eres más difícil de programar», suma.
La peor parte es igual de directa.
«El viejo fuego en tu corazón todavía te dice que hagas esto y aquello, pero tu
cuerpo dice que ya lo hicimos», expresó en la columna.
Y no se puede dejar pasar que, para
él, más dolorosa aún es la lucidez tardía: «Descubres, al fin, que
has comprendido algo que podría haberlo cambiado todo en el pasado, si hubiera
llegado cuando aún podía cambiarse algo».
El músico que lleva seis décadas
rompiendo moldes: del primer álbum doble al Nobel de Literatura
Robert Allen Zimmerman, el nombre
de nacimiento que Bob Dylan nunca usó en los escenarios, llegó
a la música desde los cafés de Greenwich Village, en Nueva York, a principios
de los años 60. En poco tiempo pasó de ser el heredero del folk de Woody
Guthrie a inventar algo que no tenía nombre, quizás simplemente un rock
con densidad literaria.
En 1966 publicó Blonde on
Blonde, considerado el primer gran álbum doble de la historia del rock. La
obra completaba una trilogía junto a Bringing It All Back Home y Highway
61 Revisited y mezclaba folk, blues, country y poesía
surrealista en un sonido que no existía antes. Este año el disco cumple
60 años.
En 2016, la Academia
Sueca le concedió el Premio
Nobel de Literatura «por haber creado nuevas expresiones poéticas
dentro de la gran tradición de la canción americana».
Fue el primer cantante en recibirlo. Antes
llegaron el Premio Pulitzer (2008), la Medalla Presidencial de la Libertad
(2012) y el Premio Príncipe de Asturias de las Artes (2007).
Mientras escribe sobre los límites
del cuerpo, Dylan mantiene una agenda de conciertos que haría temblar a músicos
30 años más jóvenes. En 2026 tiene previstas 27 actuaciones en Estados
Unidos como parte de su Rough and Rowdy Ways Tour. Lleva
décadas en la llamada «Never Ending Tour», que no ha parado desde finales de
los años 80.
La explicación la da él mismo: «Me
aterra estar en el escenario, pero es el único lugar donde soy feliz».
Sobre la pasión, añade que «es cosa
de gente joven. Los mayores deben ser más sabios». No es un consuelo barato. Es
la postura de alguien que lleva toda la vida construyendo un trabajo que ya no
necesita demostrar nada.
Ese equilibrio entre el peso de los
años y la incapacidad de detenerse es lo más revelador del texto. Dylan no pide
comprensión ni admira la vejez por principio.
La describe como lo que es: un
territorio nuevo con sus propias reglas, en el que el tiempo dejó de
perseguirle y él, a su manera, sigue moviéndose.
Tomado de El Diario / España.
