Con el deterioro de las democracias y
las guerras, es como si el mundo hubiera explotado, como en Chernobyl, dice la
escritora bielorrusa, Premio Nobel 2015; sin embargo, tiene esperanza en la
resistencia de las instituciones.
--------------
-A las personas que creen en Dios les resulta más fácil, y probablemente perdonarán. A nosotros nos cuesta más, dice.
-----------
Por María R. Sahuquillo
--------------
En medio del desorden global, de la ansiedad constante, las crónicas de la bielorrusa Svetlana Alexiévich (Stanislav, hoy Ivano-Frankivsk, Ucrania, 77 años), así como su voz, su pensamiento, proponen un ejercicio de comprensión y de alerta acerca del retroceso de las democracias en todo el mundo. En su exilio en Berlín, donde tuvo que huir por su participación en 2020 en el Consejo Coordinador de la Oposición al dictador bielorruso Aleksandr Lukashenko, la periodista y escritora habla de la degradación del discurso político en Estados Unidos y de la confusión de Europa, rodeada por países “agresivos o desorientados”. También, del Homo Sovieticus, el “hombre rojo” que retrató en su último libro sobre el hundimiento de la Unión Soviética, que a su entender no ha muerto, sino que sigue sentado en el Kremlin y lucha en Ucrania.
Alexiévich, autora de Voces
de Chernobyl, Los muchachos de zinc. Voces soviéticas de la guerra de
Afganistán y La guerra no tiene rostro de mujer, que
recibió el Premio Nobel de Literatura en 2015 por su obra polifónica, insiste
en que en el mundo de hoy, con una Europa en plena era del desconcierto, es
necesario que la “élite intelectual” se implique y exprese su opinión. “Hemos
dejado todo en manos de los políticos, pero eso no es fiable”, apunta. También
es necesario, vital, dice, el periodismo, un periodismo que analice los datos,
la realidad, y que explique su significado y le ponga alma.
En su amplio piso de Berlín, en una gran mesa de madera en la que tiene decenas de cuadernos y papeles, la escritora, que recibió el Premio Ortega y Gasset de Periodismo 2026 por su destacada trayectoria, escribe ahora (a mano) su nueva obra, un libro para el que recopila testimonios de bielorrusos, ucranios y rusos.
En realidad, querría volver a su
casa, a Minsk, capital de Bielorrusia, donde Lukashenko lleva 30 años en el
poder, gobernando con puño de hierro, últimamente con la ayuda de otro
autócrata, el ruso Vladimir Putin, que con un apetito imperialista voraz lleva
cuatro años atacando a Ucrania en una guerra que ha sacudido el mundo. “Nos han
robado nuestra patria. Y hay algo humillante en el hecho de no poder volver a
casa”, se lamenta Alexiévich.
Europa está en una situación difícil,
rodeada de regímenes que están perdiendo la democracia o que ya la han perdido
-Vivimos en un estado de constante
inquietud. El orden global basado en reglas se está desmoronando y sufre
ataques desde muchos frentes, incluso de quien fue uno de sus grandes
bastiones, Estados Unidos. Usted, que ha escrito tanto sobre historia y sobre
la pérdida de la democracia, ¿cómo cree que afecta esto al mundo?
-No me gusta lo que está pasando y,
como todo el mundo, pienso en ello. Nunca pensé que viviría en tiempos de
guerra. Yo soy mitad ucraniana y no podía imaginarme que los rusos y ucranianos
se dispararían unos a otros. De todo esto solo puedo sacar la conclusión de que
el ser humano no es inquebrantable, que una misma persona puede ser víctima y
verdugo. Hoy siento lo mismo que en los primeros meses tras el desastre de
Chernobyl, cuando fui a la zona afectada, que el mundo ya no era el que
conocíamos, que algo había estallado, que era algo completamente nuevo. Hoy es
lo mismo, estamos ante algo inédito, totalmente diferente, como si el mundo
hubiera explotado, como en Chernobyl. Y quiero creer en la democracia, que a lo
largo de estas décadas de posguerra, más de medio siglo, ha desarrollado
instituciones, ideas, pensamientos que no se pueden destruir. Que esto es
temporal. También tengo esperanza en Estados Unidos, donde las instituciones
democráticas siguen siendo fuertes.
-¿Tiene esperanza?
-Me gustaría creer.
-¿Y Europa? La guerra de Rusia contra
Ucrania ha entrado en su quinto año, en Bielorrusia sigue un régimen
autocrático que usted conoce bien, vemos un auge de políticos de extrema
derecha y de la retórica contra la inmigración…
-Europa está en una situación
difícil, rodeada de regímenes que están perdiendo la democracia o que ya la han
perdido; y de alguna manera intenta mantenerla. Y por ahora lo consigue, pero
se encuentra en una situación complicada.
-Europa también está bajo constantes
ataques por parte de Estados Unidos, que ha sido uno de sus grandes aliados…
-Es difícil decir que está rodeada de
enemigos, pero sí que está rodeada por países agresivos o por países
desorientados.
-Y la propia Europa…
-Hoy Europa está en un estado de
desorientación. Y estamos en un momento en el que no podemos dejar nuestra vida
solo en manos de los políticos; la élite intelectual también debe participar.
Es de lo que ya hablaba Platón, que hay momentos en los que es necesario que
los intelectuales se impliquen, piensen en lo que está pasando, expresen su
opinión, para que participen en lo que está sucediendo. Y nosotros lo hemos
dejado todo en manos de los políticos. Pero eso no es fiable.
Las dictaduras, al menos las
dictaduras que yo conozco, son muy poco cultas. En el poder hay personas sin
gran bagaje intelectual
-Usted formó parte del Consejo de la
Oposición a Aleksander Lukashenko. El mundo recuerda las históricas protestas
contra el fraude electoral en 2020, pero el autócrata sigue en el poder y la
represión continúa. ¿Qué lograron esas protestas?
-Creo que fueron protestas
idealistas. Pero, personalmente, yo no quería derramamiento de sangre. Y cuando
hoy nos acusan de por qué no quemamos neumáticos, por qué no disparamos… No
estábamos preparados para actuar con violencia. Queríamos proponer una opción
de revolución pacífica, hacer ver que hoy en día se puede tomar el poder de
forma pacífica. Al fin y al cabo, pensábamos, estamos en el siglo XXI; pero por
el contrario nos estamos moviendo hacia la Edad Media, hacia atrás. No lo
calculamos bien, el dictador, el líder, era demasiado poderoso; el otro bando
era demasiado fuerte. Pero no creo que sea una derrota. Es el comienzo de una
victoria, pero es un proceso largo, muy largo.
-En los últimos meses, la
Administración de Trump intenta restablecer contactos con Lukashenko. Y en
algunos círculos de la Unión Europea también se analiza la posibilidad de
reiniciar las relaciones diplomáticas con Bielorrusia. ¿Qué le parece?
-¿Para qué les sirve Lukashenko?
Porque está jugando con ellos y les va a engañar. Y empieza a detener a más
gente para tener algo que vender. Para Lukashenko todo es
simplemente “comprar y vender”. Es su única manera de ver el mundo. Y las
dictaduras, al menos las dictaduras que yo conozco, son muy poco cultas. En el
poder hay personas sin gran bagaje intelectual. Para ellos la dictadura es, al
fin y al cabo, una visión simplista del mundo. ¿Por qué algunos en la Unión
Europea defienden esa idea?
-Algunos creen que si la UE se acerca
a Lukashenko se le alejará de Putin. También hay algunos políticos que dejan
entrever cierto cansancio por la guerra de Ucrania.
-Sí, la gente está cansada en todas
partes. Pero el cansancio es mal consejero, es muy peligroso precipitarse en
las decisiones. Yo no soporto escuchar la jerga política que se usa ahora, como
cuando Trump habla de asuntos políticos serios, de la guerra, de que el acuerdo
se va a cerrar, de que el acuerdo no se ha cerrado, de los minerales
esenciales, de la gente... Todo es lo mismo. Por eso se necesitan
intelectuales. Deben elevar el nivel de reflexión, de comprensión. Vino a verme
un grupo de guionistas de Hollywood y les pregunté: “Bueno, ¿cómo ha surgido Trump?”.
Me dijeron que se debe a que ha bajado el nivel educativo. Y, por tanto, no
solo ha bajado el nivel educativo, sino también el nivel de la vida política.
Por eso, los intelectuales no deben quedarse al margen.
-Le
han entregado el Premio Ortega y Gasset de Periodismo, que
suele otorgarse a profesionales que escriben en español... Su trabajo es
conocido en todo el mundo, en España, en América Latina y se ha traducido al
español y a otras muchas lenguas. ¿Por qué cree que sus historias, los temas que
trata, resuenan tanto en lugares tan lejanos a los que usted retrata?
-He escrito cinco libros y se han
publicado más de 400 ediciones. Se leen en los países más inesperados, en
Tailandia, en Siria… He intentado entender por qué. Creo que el dilema de la
elección humana siempre está ante nosotros. Y de eso tratan mis libros, de que
debes elegir. Yo recojo el espíritu humano, y quizá resulta interesante ver
cómo viven personas como nosotros y que les pasó algo similar.
He desarrollado un oído para
distinguir la verdad de la falsedad. Cuando hablas con alguien, puede sonar
bonito, pero intuyes que algo no cuadra. Es muy importante que un periodista
cultive esto
-Usted trabajó como periodista,
cubrió por ejemplo la guerra de Afganistán. Hoy, en este mundo desestabilizado,
el periodismo ha cambiado. Las redes sociales, gobernadas por jerarcas
digitales, marcan mucho la agenda y el discurso. Y se avista la influencia de
la inteligencia artificial en el oficio. ¿Cuál es su diagnóstico y su consejo
sobre esta nueva realidad?
-Siempre me ha parecido importante
conservar la propia personalidad. Hay muchas tentaciones, incluidas las
tecnológicas. Por ahora, la inteligencia artificial no me parece tan peligrosa.
Quizás solo por ahora. En mi trabajo como periodista, recopilo material. ¿Qué
es la memoria y su narración? Es algo muy delicado. Una persona puede inventar,
puede adornar. Por eso recopilo mucho material y así la falsedad se desvanece.
Y he desarrollado un oído para distinguir la verdad de la falsedad. Cuando
hablas con alguien, puede sonar bonito, pero intuyes que algo no cuadra. Es muy
importante que un periodista cultive esto. Probablemente esté relacionada con
la intuición; diría que es una forma de talento.
-Hoy hay quienes dicen que con las
redes sociales no es necesario el periodismo…
-Los hechos por sí solos no son arte;
alguien debe comentarlos y analizarlos, eso es lo principal. Para mí es fácil
recopilar una gran cantidad de hechos terribles, por ejemplo. Pero ese no es mi
objetivo. Mi objetivo es extraer significado, conocimiento, alma. Solo así
tiene sentido.
-Rusia no solo ataca y bombardea
Ucrania, también sigue intentando exprimir, agotar a la sociedad ucraniana.
Usted recopila para su nuevo libro testimonios y voces de bielorrusos,
ucranianos, rusos. ¿Qué percibe cuando habla con ellos?
-Lo primero que siento es
desconcierto, confusión. Lo que está pasando es algo totalmente nuevo, y sin
embargo nuestra forma de abordar la realidad ya ha quedado obsoleta. Lo que
sucede hoy requiere reflexión, pero no hay tiempo para reflexionar. La gente
está muriendo. Cuando publiqué mi libro El fin del Homo
Sovieticus, inicialmente lo subtitulé El fin del hombre rojo.
Hoy entiendo que el hombre rojo no ha desaparecido. Y muchas ideas comunistas
también han permanecido vivas. Por eso estoy escribiendo un nuevo libro. Quiero
ver qué le está pasando al hombre rojo. Al comienzo de la perestroika,
nos alegramos de haber derrotado al comunismo relativamente rápido y de que no
hubiera un gran derramamiento de sangre, ni una gran guerra, solo pequeñas
guerras en la periferia del imperio. Pero ahora vemos cuánta sangre se ha
derramado, y lo difícil que es que esta idea muera. Este hombre rojo se
sienta en el Kremlin y lucha en Ucrania. Es la vieja generación… y vivimos en
su mundo, no en un mundo nuevo.
-¿Cómo aborda la coexistencia entre
las víctimas, o supervivientes, y sus verdugos?
-A menudo pregunto a quienes
sufrieron durante las protestas qué harían con nuestros verdugos si ganáramos.
Algunos dicen que les gustaría ver sus calaveras en la picota. Otros dicen que
habrá que aprender a convivir con ellos de alguna manera, como pasó en Ruanda,
en Portugal, en España. Pero el dilema aún queda lejos, ya que todavía no hemos
ganado.
-Quienes han vivido procesos de
transición en otros lugares reclaman verdad, justicia y reparación…
-A las personas que creen en Dios les
resulta más fácil, y probablemente perdonarán. A nosotros nos cuesta más. El
futuro exigirá grandes esfuerzos por parte de la gente. Lo que más temo es una
guerra civil, es lo más terrible que puede haber. Aún no se ha llegado a ese
punto, pero si se convierte en una guerra abierta, será aterrador. Ese capítulo
de mi libro es el más difícil para mí. Quizá es porque nosotros también hemos
perdido nuestra patria. Nos han robado nuestra patria. Y hay algo humillante en
el hecho de no poder volver a casa.
-Usted ha dado voz muchas veces a las
mujeres en sus libros. Mirando el mundo, vemos que la inmensa mayoría de los
autócratas, gobernantes desestabilizadores o líderes de puño duro son hombres…
Hombres, además, del mismo tipo: con esa figura de hombre fuerte.
-Por ahora, es un mundo de hombres…
Cuando estemos en igualdad de condiciones, creo que será un mundo diferente.
Pero mientras sea suyo, mientras sea un mundo de hombres… Me convencí de esto
cuando escribí el libro La guerra no tiene rostro de mujer, porque
todas nuestras historias son masculinas. Y cuando acudí a las mujeres, era una
guerra completamente diferente. Así que creo que el mundo sería otro.
-¿Cree que llegaremos a ver ese otro
mundo?
-Creo que algún día llegará. Pero la
vida es muy corta.
-Quizá lo que estamos viendo es una
reacción de esos hombres al cambio, al avance social de las últimas décadas.
-Y de nuevo este mundo de violencia.
Esto es lo que Europa ofrece: multiculturalidad, democracia, todo lo que se ha
construido. Ahora hay hombres que están al ataque y quieren enterrarlo todo.
Tomado de La Nación / Argentina.