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02 mayo, 2026

Seis siglos de resistencia del pueblo gitano en Europa: de Rumania al barrio de las Tres Mil Viviendas de Sevilla

 El País 

Las nuevas generaciones de etnia romaní se reivindican, todavía marcadas por un pasado de persecución y estigma. Pero la participación política es una asignatura pendiente

La identidad del pueblo gitano en Europa tras siglos de persecución

Natalia Sancha / Bucarest / Sevilla  

Nació en el camino, a los pies de un carruaje cargado de calderos y destiladores, hará unos 70 años. María Stanescu creció nómada, ayudando en el oficio familiar de alambiqueros. Dormía a cielo abierto, junto al fuego que servía de lumbre y cocina. Era libre, aunque le faltara hasta para zapatos.

Hace 30 años “los inviernos fueron tan duros” que ella y los suyos decidieron abandonar la vida errante y levantar una casa en el poblado rumano de Fetesti, a 145 kilómetros al este de Bucarest. Al enviudar, se convirtió en la matriarca de una familia de tres generaciones de gitanos que se arremolinan ahora en la entrada de la casa.

Stanescu transmite su legado de forma oral, como su lengua, el romaní, que no se enseña en los colegios. Relata años de persecución sufridos por ser gitana después de que el dictador rumano Ion Antonescu, alineado con la Alemania nazi, ordenara en 1942 el traslado de 40 miembros de su familia hacia “el norte, a campos de trabajo forzoso de los que muchos nunca volvieron”.

Medio millón de romaníes —de una población total estimada en un millón de personas entonces— fueron exterminados en aquellos años cuarenta, un genocidio olvidado por los libros de historia. Son las cifras que maneja la Unión Europea y que los expertos cuestionan por bajas, ante la falta tanto de estadísticas como de interés. Coinciden en que entre el 25% y el 50% del pueblo romaní fue aniquilado.

“Hemos nacido en el estigma. Desde nuestro primer día de vida nos enseñan que para tener éxito hay que ser el doble de bueno que un no-roma”, dice desde su oficina, en Bucarest, el sociólogo Gelu Duminica. Él ubica el origen del pueblo romaní en lo que hoy es el Punyab, al norte de la India, desde donde los gitanos salieron en varias oleadas huyendo de invasiones y pobreza.

A Europa entraron por Rumania, donde hoy representan la minoría mayoritaria, con el 9% de la población según datos de la UE. La primera aparición documentada de los romaníes data de 1365 donde se mencionan como una “donación” de esclavos a la iglesia. “Parte de los romaníes fueron esclavizados durante cinco siglos. Es el caso de esclavismo más longevo de Europa”, sostiene Duminica.

El genocidio romaní, o Samudaripen, ha tenido un reconocimiento mucho más tardío que el Holocausto judío. Ambos pueblos perdieron a la mitad de su población en el exterminio nazi. A los romaníes se les identificaba con un brazalete en el que se cosía un triángulo marrón, el de los “indeseables”. Fueron sujetos a campañas de esterilizaciones masivas y de experimentos nazis. Hace apenas una década que el Parlamento Europeo reconoció oficialmente ese genocidio, y solo en los últimos años Alemania ha empezado a indemnizar a los descendientes de las víctimas, señala el sociólogo.

Los gitanos constituyen la mayor minoría étnica de Europa: según las estimaciones de la Comisión Europea, en el continente viven entre 10 y 12 millones de romaníes, y aproximadamente la mitad de ellos, seis millones, residen en países de la UE (de estos, 1,3 millones en Rumania y alrededor de 800.000 en España). Las cifras bailan por la falta de estadísticas y el miedo a reconocerse como gitano. La UE se ha dotado de un Marco Estratégico para la igualdad, la inclusión y la participación de los gitanos, a desarrollar en el periodo 2020-2030.

Si bien se han logrado algunos avances en los primeros años de aplicación de ese plan —mayor escolarización de los niños romaníes, acceso a la sanidad y al mercado laboral—, el vicepresidente del Parlamento Europeo, el socialista rumano Victor Negrescu, reprocha que no exista “un fondo específico de la UE” destinado exclusivamente a la inclusión de la población romaní, por lo que “hemos tenido que recurrir a otros instrumentos, como el Fondo Social Europeo”. Aboga por establecer “objetivos cuantificables” y priorizar la implementación sobre el terreno “a nivel local”.

Pobreza estructural

Atrapados en una pobreza estructural, los gitanos sufren unas estadísticas desoladoras: el 80% se encuentra en riesgo de pobreza, frente al 16,8% de los no romaníes, cifra la UE. Y la integración política sigue siendo la gran asignatura pendiente.

“En esta legislatura, por primera vez en los 15 años que llevo aquí, no hay ningún eurodiputado de etnia romaní”, deplora el eurodiputado socialista español Juan Fernando López Aguilar. La situación, afirma, es especialmente preocupante en países como la República Checa o Eslovaquia, donde persisten obstáculos legales para que los romaníes gestionen su documentación y accedan a servicios básicos. El eurodiputado recalca que el español Juan de Dios Ramírez-Heredia se convirtió en 1986 en el primer diputado de etnia gitana en el Parlamento Europeo.

Los logros se han producido en el acceso a la educación, clave para la representación política. “Mi éxito es un accidente”, dice sonriente Petre-Florin Manole, ministro de Trabajo, Familia y Juventud en Rumania. El primer ministro gitano en un país de la UE. Él subraya que los gitanos que logran salir de la pobreza aún tienen que lidiar con el estigma social.

En Europa, sostiene Manole, hace falta cambiar de perspectiva para achicar una brecha que no ha parado de crecer. A él le marcó una conversación que mantuvo en Bruselas con la responsable de una ONG que presentó “un proyecto de fabricación de bolsos como un ejemplo de éxito para beneficiarios romaníes, cuando la mayor parte de la élite económica e intelectual europea habla de la inteligencia artificial, de ir a la Luna, de la nueva revolución industrial”.

Al igual que el ministro, en España la doctora en antropología Trinidad Muñoz Vacas constituye una excepción, al formar parte del 0,8% de gitanos con estudios universitarios ―frente al 26% de no gitanos, según datos de la Fundación Secretariado Gitano―. En un parque de Sevilla, la profesora de universidad hace un recorrido por la historia de los gitanos en España. El primer documento en el que se hace referencia a ellos que se conoce es un salvoconducto emitido en 1425 para el gitano Don Juan de Egipto Menor y su cohorte, quienes fueron agasajados en tanto que “peregrinos”. El trato amistoso termina apenas 74 años después, en 1499, con la primera pragmática dictada por los Reyes Católicos, promoviendo la asimilación forzosa del pueblo gitano. Pragmática tras pragmática, se les va privando de sus vestimentas, de su lengua y de su forma de vida nómada. Por último, se les prohibieron sus oficios, como el de herrero o comerciantes de ganado, obligándoles a cultivar los campos de otros como jornaleros.

El vuelo de bajo coste que conecta Bucarest con Sevilla va cargado de pasajeros romaníes. Mario y Pamela, ambos en la treintena, cargan con sus tres hijos. Emigraron hace una década para cultivar los campos de Andalucía, donde se congrega el 40% de la población gitana española, según los datos de la Fundación Secretariado Gitano. Regresaron a Rumania para cuidar al padre de Mario, y ahora vuelven a España para trabajar varios meses y poder pagar así la comida que, en su tradición, han de ofertar a los allegados una vez cumplidos los seis meses del entierro del patriarca.

En uno de estos vuelos viajó también la madre del ministro Manole la década pasada, para trabajar como jornalera en España. Las historias de Mijaela, de Tina, de Daniel, entrevistados en unos poblados romaníes que se vacían de sus gentes, se repiten: la apertura de fronteras en la Unión Europea les ha devuelto su nomadismo y mejores oportunidades laborales, pero en unos oficios impuestos en el pasado.

La Gran Redada

La noche del 30 de julio de 1749 supuso la ruptura definitiva entre la población gitana y no gitana en España, asevera la profesora Muñoz Vacas. “En una sola noche, el triunvirato de la iglesia, el Ejército y la monarquía aprehende a todos los gitanos asentados en España”, cita, en referencia a lo que se conoce como La Gran Redada o primer intento de genocidio del pueblo romaní en Europa.

Entre 10.000 y 12.000 personas —la casi totalidad de la población gitana en España en aquel momento— fueron aprehendidas de madrugada en sus camas en todo el territorio nacional. Hombres y mujeres fueron separados para evitar que se reprodujeran, y sus pertenencias confiscadas. Ellos serían explotados en las galeras de la flota española. Ellas, en las Casas de la Misericordia. Mano de obra esclava. La desposesión de todas sus propiedades “sumió al pueblo gitano en la pobreza absoluta forzándoles a la mendicidad”, subraya la antropóloga.

Ni rastro de este trágico episodio en los libros de historia en España, lamenta Muñoz Vacas. La historia gitana se transmite principalmente de forma oral. El cante flamenco no solo ha contribuido a la identidad artística española, sino que ha servido para preservar la gitana y transmitir a las nuevas generaciones la historia de persecución del pueblo gitano en forma de soleás o fandangos, a falta de libros de texto.

“Desde 1939 hasta 2012, la definición oficial que figuraba en el diccionario de la Academia Rumana para la palabra Roma o Zigan se refería, en primer lugar, a una persona de piel oscura y, en segundo lugar, a un comportamiento indebido”, explica el sociólogo Duminica. Costó tres años de denuncias cambiar esa acepción.

De la represión a la reivindicación

“El pueblo gitano se ha movido históricamente entre el estigma y la amenaza de la desaparición. Ha sido la resistencia lo que ha permitido su permanencia y la transmisión de sus tradiciones hasta el siglo XXI”, concluye Muñoz Vacas, quien destaca, además, un renovado impulso entre las nuevas generaciones para reivindicar su identidad y participación política.

En el caso de los romaníes rumanos, la persecución sistémica se da por finalizada con la caída del régimen comunista de la Unión Soviética en 1989, mientras que para los gitanos españoles el punto de inflexión llega en 1978, con la llegada de la democracia tras la muerte del dictador Franco. “Hace apenas unas décadas que los romaníes somos libres para poder definir por primera vez nuestra identidad”, afirma desde un teatro de Bucarest la actriz Alina Serban. La artista lleva cinco años encadenando aforo completo con su obra La gran vergüenza, en la que confronta al público rumano con una realidad incómoda y en primera persona: el estigma persistente hacia su etnia.

A 2.500 kilómetros en línea recta del poblado de la matriarca rumana María, las gorras, bandoleras y camisetas de Louis Vuitton o Versace que llevan sus nietos son las mismas que dictan la moda de los jóvenes, también gitanos, de la barriada de las Tres Mil Viviendas de Sevilla. Es el barrio más pobre de España, donde la exclusión y el estigma son crónicos. Tras una noche de Feria, una mujer recorre la calle para arrojar una bolsa de basura sobre una pila enorme de desechos que gana terreno entre contenedores desbordados. “Los camiones de la basura no vienen”, explica uno de los vecinos, encogiéndose de hombros. Nadie espera que se manifiesten, ni que pongan una queja en el Ayuntamiento como tampoco ellos esperan que se sancione a los servicios de limpieza por venir tarde o por simplemente no venir.

De esas mismas calles está saliendo una nueva generación de gitanos influencers, que se sirven de las redes sociales para reivindicar su “raza”, denunciar la exclusión y reclamar su lugar. Manuel Jiménez, gitano homosexual de 26 años, ha sido el pionero, abriendo en las redes una ventana desde donde descubrir la vida diaria en el barrio.

En la barriada Las Vegas de las 3.000 nos recibe el influencer Jr Yuse, que reclama con orgullo, a los 19 años, sus tres identidades. Se dice marroquí y “entrevelao: mitad payo, mitad gitano”. Su padre llegó de joven desde Casa Blanca (Marruecos) y se casó con su madre, hija de un gitano y un payo. Yuse El Hor Vega, versión andaluza del nombre árabe Yusef, empieza a despuntar en TikTok. Toma asiento frente a un edificio desconchado y poco a poco van llegando sus amigos, a los que llama primos o hermanos.

En ese grupo son pocos los que han continuado estudiando más allá de los 14 años. Como Miguel Santiago Moreno de 19 años, que ha montado su propia productora de música urbana. “Uno sale al barrio, empieza a ver la maldad y se deja llevar. Luego ya no quiere estudiar”, se justifica Yuse, aludiendo al contexto de exclusión en el que nacen. Otros insisten en que un gitano con estudios “no tendrá más oportunidades” que uno que no los tenga. Denuncian la discriminación no solo en el acceso al empleo, sino en la vida cotidiana. “Siempre hay alguien que se cruza de acera o una señora que se agarra el bolso al verte”, cuenta Juan Carlos Portela Hidalgo.

No ocultan la presencia de droga o delincuencia en el barrio, pero reivindican que también hay “gente buena” que solo busca “un trabajo para mantener a la familia y ser feliz”. Las estadísticas dicen que seis de cada diez niños gitanos están abocados al abandono escolar antes de completar la educación secundaria. Yuse trabaja en la tienda de alimentos de su madre y el resto del día hace vida en la calle con su gente. La “calidad de la red sociofamiliar” es el único indicador de las estadísticas en España donde el pueblo gitano aventaja a los no gitanos, según un informe de la Fundación Foessa: el 48,5% de la comunidad romaní tiene “relaciones sociales y familiares” a diario; en el resto de la población, ese porcentaje es del 29,7%.

Tomado de El País / España. Foto: ALEX ONCIU 

Reportaje elaborado en el marco del proyecto ‘Europa Informada’, financiado por el Parlamento Europeo.