Las nuevas generaciones de etnia romaní se reivindican,
todavía marcadas por un pasado de persecución y estigma. Pero la participación
política es una asignatura pendiente
La identidad del pueblo gitano en Europa tras siglos de
persecución
Natalia Sancha / Bucarest / Sevilla
Nació en el camino, a los pies de un carruaje cargado de
calderos y destiladores, hará unos 70 años. María Stanescu creció nómada,
ayudando en el oficio familiar de alambiqueros. Dormía a cielo abierto, junto
al fuego que servía de lumbre y cocina. Era libre, aunque le faltara hasta para
zapatos.
Hace 30 años “los inviernos fueron tan duros” que ella y los
suyos decidieron abandonar la vida errante y levantar una casa en el poblado
rumano de Fetesti, a 145 kilómetros al este de Bucarest. Al enviudar, se
convirtió en la matriarca de una familia de tres generaciones de gitanos que se
arremolinan ahora en la entrada de la casa.
Stanescu transmite su legado de forma oral, como su lengua, el romaní, que no se enseña en los colegios. Relata años de persecución sufridos por ser gitana después de que el dictador rumano Ion Antonescu, alineado con la Alemania nazi, ordenara en 1942 el traslado de 40 miembros de su familia hacia “el norte, a campos de trabajo forzoso de los que muchos nunca volvieron”.
Medio millón de romaníes —de una población total estimada en
un millón de personas entonces— fueron exterminados en aquellos años cuarenta,
un genocidio olvidado por los libros de historia. Son las
cifras que maneja la Unión Europea y que los expertos cuestionan por
bajas, ante la falta tanto de estadísticas como de interés. Coinciden en que
entre el 25% y el 50% del pueblo romaní fue aniquilado.
“Hemos nacido en el estigma. Desde nuestro primer día de vida
nos enseñan que para tener éxito hay que ser el doble de bueno que un no-roma”,
dice desde su oficina, en Bucarest, el sociólogo Gelu Duminica. Él ubica el
origen del pueblo romaní en lo que hoy es el Punyab, al norte de la India,
desde donde los gitanos salieron en varias oleadas huyendo de invasiones y
pobreza.
A Europa entraron por Rumania, donde hoy representan la
minoría mayoritaria, con el 9% de la población según datos de la UE. La primera
aparición documentada de los romaníes data de 1365 donde se mencionan como una
“donación” de esclavos a la iglesia. “Parte de los romaníes fueron esclavizados
durante cinco siglos. Es el caso de esclavismo más longevo de Europa”, sostiene
Duminica.
El genocidio romaní, o Samudaripen, ha tenido un
reconocimiento mucho más tardío que el Holocausto judío. Ambos pueblos
perdieron a la mitad de su población en el exterminio nazi. A los romaníes se
les identificaba con un brazalete en el que se cosía un triángulo marrón, el de
los “indeseables”. Fueron sujetos a campañas de esterilizaciones masivas y de
experimentos nazis. Hace apenas una década que el Parlamento Europeo reconoció
oficialmente ese genocidio, y solo en los últimos años Alemania ha empezado a
indemnizar a los descendientes de las víctimas, señala el sociólogo.
Los gitanos constituyen la mayor minoría étnica de Europa:
según las estimaciones de la Comisión Europea, en el continente viven entre
10 y 12 millones de romaníes, y aproximadamente la mitad de ellos, seis
millones, residen en países de la UE (de estos, 1,3 millones en
Rumania y alrededor de 800.000 en España). Las cifras bailan por la falta de
estadísticas y el miedo a reconocerse como gitano. La UE se ha dotado de un
Marco Estratégico para la igualdad, la inclusión y la participación de los
gitanos, a desarrollar en el periodo 2020-2030.
Si bien se han logrado algunos avances en los primeros años
de aplicación de ese plan —mayor escolarización de los niños romaníes, acceso a
la sanidad y al mercado laboral—, el vicepresidente del Parlamento Europeo, el
socialista rumano Victor Negrescu, reprocha que no exista “un fondo específico
de la UE” destinado exclusivamente a la inclusión de la población romaní, por
lo que “hemos tenido que recurrir a otros instrumentos, como el Fondo Social
Europeo”. Aboga por establecer “objetivos cuantificables” y priorizar la
implementación sobre el terreno “a nivel local”.
Pobreza estructural
Atrapados en una pobreza estructural, los gitanos sufren unas
estadísticas desoladoras: el 80% se encuentra en riesgo de pobreza, frente al
16,8% de los no romaníes, cifra la UE. Y la integración política sigue siendo
la gran asignatura pendiente.
“En esta legislatura, por primera vez en los 15 años que
llevo aquí, no hay ningún eurodiputado de etnia romaní”, deplora el
eurodiputado socialista español Juan Fernando López Aguilar. La situación,
afirma, es especialmente preocupante en países como la República Checa o
Eslovaquia, donde persisten obstáculos legales para que los romaníes gestionen
su documentación y accedan a servicios básicos. El eurodiputado recalca que el
español Juan de Dios Ramírez-Heredia se convirtió en 1986 en el primer diputado
de etnia gitana en el Parlamento Europeo.
Los logros se han producido en el acceso a la educación,
clave para la representación política. “Mi éxito es un accidente”, dice
sonriente Petre-Florin Manole, ministro de Trabajo, Familia y Juventud en
Rumania. El
primer ministro gitano en un país de la UE. Él subraya que los gitanos que
logran salir de la pobreza aún tienen que lidiar con el estigma social.
En Europa, sostiene Manole, hace falta cambiar de perspectiva
para achicar una brecha que no ha parado de crecer. A él le marcó una
conversación que mantuvo en Bruselas con la responsable de una ONG que presentó
“un proyecto de fabricación de bolsos como un ejemplo de éxito para
beneficiarios romaníes, cuando la mayor parte de la élite económica e
intelectual europea habla de la inteligencia artificial, de ir a la Luna, de la
nueva revolución industrial”.
Al igual que el ministro, en España la doctora en
antropología Trinidad Muñoz Vacas constituye una excepción, al formar parte
del 0,8% de gitanos con estudios universitarios ―frente al 26% de no
gitanos, según datos de la Fundación Secretariado Gitano―. En un parque de
Sevilla, la profesora de universidad hace un recorrido por la historia de los
gitanos en España. El primer documento en el que se hace referencia a ellos que
se conoce es un salvoconducto emitido en 1425 para el gitano Don Juan de Egipto
Menor y su cohorte, quienes fueron agasajados en tanto que “peregrinos”. El
trato amistoso termina apenas 74 años después, en 1499, con la primera
pragmática dictada por los Reyes Católicos, promoviendo la asimilación forzosa
del pueblo gitano. Pragmática tras pragmática, se les va privando de sus
vestimentas, de su lengua y de su forma de vida nómada. Por último, se les
prohibieron sus oficios, como el de herrero o comerciantes de ganado,
obligándoles a cultivar los campos de otros como jornaleros.
El vuelo de bajo coste que conecta Bucarest con Sevilla va
cargado de pasajeros romaníes. Mario y Pamela, ambos en la treintena, cargan
con sus tres hijos. Emigraron hace una década para cultivar los campos de
Andalucía, donde se congrega el 40% de la población gitana española, según los
datos de la Fundación Secretariado Gitano. Regresaron a Rumania para cuidar al
padre de Mario, y ahora vuelven a España para trabajar varios meses y poder
pagar así la comida que, en su tradición, han de ofertar a los allegados una
vez cumplidos los seis meses del entierro del patriarca.
En uno de estos vuelos viajó también la madre del ministro
Manole la década pasada, para trabajar como jornalera en España. Las historias
de Mijaela, de Tina, de Daniel, entrevistados en unos poblados romaníes que se
vacían de sus gentes, se repiten: la apertura de fronteras en la Unión Europea
les ha devuelto su nomadismo y mejores oportunidades laborales, pero en unos
oficios impuestos en el pasado.
La Gran Redada
La noche del 30 de julio de 1749 supuso la ruptura definitiva
entre la población gitana y no gitana en España, asevera la profesora Muñoz
Vacas. “En una sola noche, el triunvirato de la iglesia, el Ejército y la
monarquía aprehende a todos los gitanos asentados en España”, cita, en
referencia a lo que se conoce como La
Gran Redada o primer intento de genocidio del pueblo romaní en Europa.
Entre 10.000 y 12.000 personas —la casi totalidad de la
población gitana en España en aquel momento— fueron aprehendidas de madrugada
en sus camas en todo el territorio nacional. Hombres y mujeres fueron separados
para evitar que se reprodujeran, y sus pertenencias confiscadas. Ellos serían
explotados en las galeras de la flota española. Ellas, en las Casas de la
Misericordia. Mano de obra esclava. La desposesión de todas sus propiedades
“sumió al pueblo gitano en la pobreza absoluta forzándoles a la mendicidad”,
subraya la antropóloga.
Ni rastro de este trágico episodio en los libros de historia
en España, lamenta Muñoz Vacas. La historia gitana se transmite principalmente
de forma oral. El
cante flamenco no solo ha contribuido a la identidad artística
española, sino que ha servido para preservar la gitana y transmitir a las
nuevas generaciones la historia de persecución del pueblo gitano en forma de
soleás o fandangos, a falta de libros de texto.
“Desde 1939 hasta 2012, la definición oficial que figuraba en
el diccionario de la Academia Rumana para la palabra Roma o Zigan se
refería, en primer lugar, a una persona de piel oscura y, en segundo lugar, a
un comportamiento indebido”, explica el sociólogo Duminica. Costó tres años de
denuncias cambiar esa acepción.
De la represión a la reivindicación
“El pueblo gitano se ha movido históricamente entre el
estigma y la amenaza de la desaparición. Ha sido la resistencia lo que ha
permitido su permanencia y la transmisión de sus tradiciones hasta el siglo
XXI”, concluye
Muñoz Vacas, quien destaca, además, un renovado impulso entre las nuevas
generaciones para reivindicar su identidad y participación política.
En el caso de los romaníes rumanos, la persecución sistémica
se da por finalizada con la caída del régimen comunista de la Unión Soviética
en 1989, mientras que para los gitanos españoles el punto de inflexión llega en
1978, con la llegada de la democracia tras
la muerte del dictador Franco. “Hace apenas unas décadas que los romaníes
somos libres para poder definir por primera vez nuestra identidad”, afirma
desde un teatro de Bucarest la actriz Alina Serban. La artista lleva cinco años
encadenando aforo completo con su obra La gran vergüenza, en la que
confronta al público rumano con una realidad incómoda y en primera persona: el
estigma persistente hacia su etnia.
A 2.500 kilómetros en línea recta del poblado de la matriarca
rumana María, las gorras, bandoleras y camisetas de Louis Vuitton o Versace que
llevan sus nietos son las mismas que dictan la moda de los jóvenes, también
gitanos, de la barriada de las Tres Mil Viviendas de Sevilla. Es el barrio más
pobre de España, donde
la exclusión y el estigma son crónicos. Tras una noche de Feria, una mujer
recorre la calle para arrojar una bolsa de basura sobre una pila enorme de
desechos que gana terreno entre contenedores desbordados. “Los camiones de la
basura no vienen”, explica uno de los vecinos, encogiéndose de hombros. Nadie
espera que se manifiesten, ni que pongan una queja en el Ayuntamiento como
tampoco ellos esperan que se sancione a los servicios de limpieza por venir
tarde o por simplemente no venir.
De esas mismas calles está saliendo una nueva generación de
gitanos influencers, que se sirven de las redes sociales para
reivindicar su “raza”, denunciar la exclusión y reclamar su lugar. Manuel
Jiménez, gitano homosexual de 26 años, ha sido el pionero, abriendo en las redes una
ventana desde donde descubrir la vida diaria en el barrio.
En la barriada Las Vegas de las 3.000 nos recibe el influencer Jr
Yuse, que reclama con orgullo, a los 19 años, sus tres identidades. Se dice
marroquí y “entrevelao: mitad payo, mitad gitano”. Su padre llegó
de joven desde Casa Blanca (Marruecos) y se casó con su madre, hija de un
gitano y un payo. Yuse El Hor Vega, versión andaluza del nombre árabe
Yusef, empieza a despuntar en TikTok.
Toma asiento frente a un edificio desconchado y poco a poco van llegando sus
amigos, a los que llama primos o hermanos.
En ese grupo son pocos los que han continuado estudiando más
allá de los 14 años. Como Miguel Santiago Moreno de 19 años, que ha montado su
propia productora de música urbana. “Uno sale al barrio, empieza a ver la
maldad y se deja llevar. Luego ya no quiere estudiar”, se justifica Yuse,
aludiendo al contexto de exclusión en el que nacen. Otros insisten en que un
gitano con estudios “no tendrá más oportunidades” que uno que no los tenga.
Denuncian la discriminación no solo en el acceso al empleo, sino en la vida
cotidiana. “Siempre hay alguien que se cruza de acera o una señora que se
agarra el bolso al verte”, cuenta Juan Carlos Portela Hidalgo.
No ocultan la presencia de droga o delincuencia en el barrio,
pero reivindican que también hay “gente buena” que solo busca “un trabajo para
mantener a la familia y ser feliz”. Las estadísticas dicen que seis de cada
diez niños gitanos están abocados al abandono escolar antes de completar la
educación secundaria. Yuse trabaja en la tienda de alimentos de su madre y el
resto del día hace vida en la calle con su gente. La “calidad de la red
sociofamiliar” es el
único indicador de las estadísticas en España donde el pueblo gitano
aventaja a los no gitanos, según un
informe de la Fundación Foessa: el 48,5% de la comunidad romaní tiene
“relaciones sociales y familiares” a diario; en el resto de la población, ese
porcentaje es del 29,7%.
Tomado de El País / España. Foto: ALEX ONCIU
Reportaje elaborado en el marco del proyecto ‘Europa
Informada’, financiado por el Parlamento Europeo.