Tomado de La Jornada / México.
Nueva York. Como dijo Alexander Pope, errar es humano. Pero si bien
todos somos falibles, algunos humanos son más propensos que otros a cometer
errores. Esto justifica la democracia: someter las decisiones que afectan a un
gran número de personas a procesos deliberativos que incluyan controles y
equilibrios. La historia de los regímenes políticos autoritarios y absolutistas
está plagada de figuras cuyos errores resultaron calamitosos no sólo para ellos
mismos, sino también para las sociedades que gobernaron.
Ninguna decisión es más importante que declarar la guerra a
otro país. Sin embargo, Estados Unidos ha hecho precisamente eso sin siquiera
considerar su propio sistema de controles y equilibrios ni la deliberación
razonada. Como los reyes de antaño, el mentiroso e impulsivo presidente
estadunidense, Donald Trump, sigue sin estar sujeto al control del Poder
Legislativo y rodeado de aduladores que sólo le dicen lo que quiere oír. El
desastroso resultado es ahora evidente: Estados Unidos se encuentra nuevamente
inmerso en una guerra en Medio Oriente que ya ha costado miles de vidas –en su
mayoría civiles– y en la que casi con toda seguridad ha cometido múltiples
crímenes de guerra.
Nadie sabe cuánto durará la guerra con Irán, cuántos crímenes de guerra más se cometerán ni cuántos inocentes más morirán. Pero los estadunidenses parecen estar tan acostumbrados a las violaciones de derechos humanos y del estado de derecho por parte de Trump, y tan abrumados por el constante flujo de noticias de última hora, que apenas han organizado protestas. Incluso en nuestras universidades, generalmente centros de protesta y disidencia, reina el miedo. Como en todos los regímenes represivos, la amenaza de consecuencias económicas o peores –perder la visa, ser expulsado del país o enfrentarse a una investigación penal– está surtiendo el efecto deseado.
Como economista, me preguntan con frecuencia qué
implicaciones tendrá la guerra que Trump ha decidido librar contra Irán para
las economías de Estados Unidos y del mundo. En resumen, cuanto más dure, mayor
será el daño. Pero incluso si la guerra termina pronto, sus efectos perdurarán.
Al fin y al cabo, ya se han interrumpido cadenas de suministro vitales y se han
destruido instalaciones de producción de petróleo y gas. La mayoría de las
estimaciones sugieren que las reparaciones llevarán años.
Además, no sólo el suministro de petróleo y gas se ha visto
amenazado. A diferencia de los embargos petroleros de la década de 1970, la
producción de fertilizantes, de la que dependen los sistemas alimentarios
mundiales, también se ha visto comprometida. Esta crisis se produce poco
después de otras importantes perturbaciones económicas mundiales, desde la
pandemia de covid-19 y la invasión rusa de Ucrania hasta la guerra arancelaria
global de Trump y la destrucción del sistema de comercio internacional basado
en normas, todo lo cual ha contribuido al aumento de la inflación y a una
creciente crisis de asequibilidad.
Antes del regreso de Trump a la Casa Blanca, la inflación
mostraba una tendencia a la baja, aunque se mantenía muy por encima del
objetivo de 2 por ciento que tanto anhelaban los bancos centrales. Sin embargo,
los aranceles frenaron notablemente esta tendencia, y la inflación se ha
disparado de nuevo a nivel mundial. Con muchos países, incluido Estados Unidos,
enfrentando ya una crisis de asequibilidad agravada por las políticas
estadunidenses, el riesgo ahora es que los bancos centrales de todo el mundo suban
los tipos de interés o, al menos, ralenticen el ritmo al que los estaban
reduciendo.
Esto, a su vez, agravará la crisis de asequibilidad –ya que
comprar una vivienda o pagar una tarjeta de crédito será más difícil– y
ralentizará una economía estadunidense, ya sacudida por el trauma de las
erráticas políticas comerciales, migratorias y fiscales de Trump. Si no fuera
por el gasto desmedido en centros de datos de IA –que sustentan aproximadamente
un tercio del crecimiento estadunidense (https://t.ly/8A2Ly)–, la economía de Estados Unidos estaría
verdaderamente anémica. Y con los recortes fiscales regresivos de Trump para
multimillonarios y corporaciones ya en vigor, Estados Unidos tiene menos margen
fiscal para amortiguar las perturbaciones que él ha provocado y las que la IA
pueda traer consigo, desde la pérdida de empleos hasta el estallido de la
burbuja tecnológica.
La afirmación de Trump de que Estados Unidos se beneficiará
como exportador neto de petróleo es un disparate. Sí, Exxon se beneficiará,
pero los consumidores estadunidenses pagan precios fijados globalmente, que han
aumentado considerablemente. En estas condiciones, Estados Unidos debería,
obviamente, imponer un impuesto a las ganancias extraordinarias. Pero eso no
sucederá bajo una administración tan completamente controlada por la industria
de los combustibles fósiles.
Los antiguos aliados de Estados Unidos en Europa también se
ven afectados por el aumento de los precios de la energía y la escasez de
suministro provocados por Trump. Si los responsables políticos europeos
vinculan los precios de la electricidad a los del gas (como hicieron al inicio
de la guerra de Ucrania), podrían empeorar aún más la situación. Pero si Europa
adopta una estrategia para recuperar su soberanía reduciendo su dependencia de
la tecnología y la defensa estadunidenses podría fortalecer su posición tanto
ahora como a largo plazo.
Independientemente de la duración de la guerra y de la actual
estanflación, las consecuencias a largo plazo de este episodio serán profundas.
Cabe esperar que el mundo reconozca que la variabilidad de la energía solar y
eólica es mucho más manejable que la continua dependencia de los combustibles
fósiles, que están sujetos a los caprichos de figuras autoritarias erráticas
como Trump y el presidente ruso, Vladimir Putin. Si la guerra de Trump acelera
la transición ecológica a nivel mundial, tendrá un importante aspecto positivo.
En cualquier caso, se ha añadido otro clavo al ataúd del
mundo pacífico y sin fronteras que nuestros antepasados intentaron construir
tras la Segunda Guerra Mundial. Bajo el mandato de Trump, el país que sentó las
bases de ese mundo ahora lo está desmantelando. Entre la nueva guerra
fría con China y la aparente falta de resiliencia de las cadenas de
suministro globales, hay pocos motivos para el optimismo. Y con la democracia
en Estados Unidos en un estado tan debilitado, los errores humanos y sus
consecuencias se acumulan rápidamente.
Imagen de Reuters
* Joseph E. Stiglitz, premio Nobel de Economía, es ex
economista jefe del Banco Mundial, ex presidente del Consejo de Asesores
Económicos del Presidente de Estados Unidos, profesor en la Universidad de
Columbia y autor, más recientemente, de El camino a la libertad: economía y la
buena sociedad (WW Norton & Company, Allen Lane , 2024).
