Nunca me fui de aquí. Y no lo
digo como consigna ni como consuelo: lo digo como quien sostiene una verdad que
le costó distancia, silencio y tiempo. Porque irse, a veces, es apenas un
trámite del cuerpo… no del alma.
Aquel 28 de septiembre de 2019
crucé por Santa Elena de Uairén rumbo a Argentina. Crucé una frontera, sí, pero
no acepté el desarraigo. No sellé mi pasaporte. No fue olvido, fue decisión. Un
gesto mínimo, casi invisible, pero profundamente rebelde. Me negué a
oficializar la ruptura, a legitimar la idea de que estaba dejando atrás mi
país. No me fui: me desplazaron las circunstancias, pero me quedé en esencia,
en identidad, en pertenencia.
Ser rebelde con causa no
siempre implica ruido; a veces es un acto silencioso que contradice lo
establecido. Ese día entendí que mi rebeldía no era contra una norma
migratoria, sino contra la resignación. Contra la idea de que uno debe aceptar
la distancia como olvido.
En Argentina aprendí que la nostalgia también se educa. Se vuelve rutina, se disfraza de costumbre, se esconde en los pequeños detalles: en un sabor que no sabe igual, en una palabra que no logra reemplazar a otra, en una canción que, al sonar, deja de ser música para convertirse en territorio. La música venezolana no era solo compañía: era regreso. Era una forma de volver sin moverme.
Vivía allá, pero nunca estuve
del todo allá. Porque cada noticia de mi país me atravesaba, cada conversación
con otros venezolanos confirmaba lo mismo: no éramos extranjeros completos,
éramos fragmentos de un lugar que seguía latiendo dentro de nosotros.
El tiempo hizo lo suyo:
enseñó, endureció, curó algunas cosas y dejó otras abiertas. Pero jamás rompió
el hilo. Ese hilo invisible que no aparece en mapas ni documentos, pero que
sostiene lo esencial: quién eres y de dónde vienes.
Por eso, cuando el 28 de
febrero de 2026 crucé por Cúcuta, tampoco sellé mi entrada. Y otra vez, no fue
descuido: fue coherencia. ¿Cómo iba a registrar un regreso si nunca acepté mi
salida? Ese segundo gesto no fue repetición, fue confirmación. Una declaración
íntima de continuidad, de identidad intacta.
Ese tránsito sin sellos
terminó diciendo más que cualquier discurso: estuve en movimiento, pero nunca
en ausencia. Porque la patria no es solo un territorio que se pisa; es un
espacio que se habita, incluso a la distancia. Es memoria, es cultura, es forma
de mirar el mundo.
Ser rebelde con causa es eso:
negarse a romper lo que te define, incluso cuando todo parece empujarte a
hacerlo. Es sostener la identidad cuando la geografía cambia. Es no firmar la
renuncia a lo que eres.
Nunca me fui de aquí. Me moví,
sobreviví, aprendí… pero me quedé. En cada recuerdo, en cada costumbre, en cada
latido que se acelera al escuchar una gaita o al leer una noticia de mi gente.
Y entendí, finalmente, que hay viajes que no son despedidas, sino afirmaciones.
Que hay partidas que no significan pérdida… sino una forma más profunda de
permanecer.
*Médico y Antropólogo.
Profesor Titular de la ULA, nacido en El Pao, estado Cojedes. Imagen de la población de El Pao tomada de las RR.SS.