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13 abril, 2026

Nunca me fui de aquí

 Por Juan Sánchez *

Nunca me fui de aquí. Y no lo digo como consigna ni como consuelo: lo digo como quien sostiene una verdad que le costó distancia, silencio y tiempo. Porque irse, a veces, es apenas un trámite del cuerpo… no del alma.

Aquel 28 de septiembre de 2019 crucé por Santa Elena de Uairén rumbo a Argentina. Crucé una frontera, sí, pero no acepté el desarraigo. No sellé mi pasaporte. No fue olvido, fue decisión. Un gesto mínimo, casi invisible, pero profundamente rebelde. Me negué a oficializar la ruptura, a legitimar la idea de que estaba dejando atrás mi país. No me fui: me desplazaron las circunstancias, pero me quedé en esencia, en identidad, en pertenencia.

Ser rebelde con causa no siempre implica ruido; a veces es un acto silencioso que contradice lo establecido. Ese día entendí que mi rebeldía no era contra una norma migratoria, sino contra la resignación. Contra la idea de que uno debe aceptar la distancia como olvido.

En Argentina aprendí que la nostalgia también se educa. Se vuelve rutina, se disfraza de costumbre, se esconde en los pequeños detalles: en un sabor que no sabe igual, en una palabra que no logra reemplazar a otra, en una canción que, al sonar, deja de ser música para convertirse en territorio. La música venezolana no era solo compañía: era regreso. Era una forma de volver sin moverme.

Vivía allá, pero nunca estuve del todo allá. Porque cada noticia de mi país me atravesaba, cada conversación con otros venezolanos confirmaba lo mismo: no éramos extranjeros completos, éramos fragmentos de un lugar que seguía latiendo dentro de nosotros.

El tiempo hizo lo suyo: enseñó, endureció, curó algunas cosas y dejó otras abiertas. Pero jamás rompió el hilo. Ese hilo invisible que no aparece en mapas ni documentos, pero que sostiene lo esencial: quién eres y de dónde vienes.

Por eso, cuando el 28 de febrero de 2026 crucé por Cúcuta, tampoco sellé mi entrada. Y otra vez, no fue descuido: fue coherencia. ¿Cómo iba a registrar un regreso si nunca acepté mi salida? Ese segundo gesto no fue repetición, fue confirmación. Una declaración íntima de continuidad, de identidad intacta.

Ese tránsito sin sellos terminó diciendo más que cualquier discurso: estuve en movimiento, pero nunca en ausencia. Porque la patria no es solo un territorio que se pisa; es un espacio que se habita, incluso a la distancia. Es memoria, es cultura, es forma de mirar el mundo.

Ser rebelde con causa es eso: negarse a romper lo que te define, incluso cuando todo parece empujarte a hacerlo. Es sostener la identidad cuando la geografía cambia. Es no firmar la renuncia a lo que eres.

Nunca me fui de aquí. Me moví, sobreviví, aprendí… pero me quedé. En cada recuerdo, en cada costumbre, en cada latido que se acelera al escuchar una gaita o al leer una noticia de mi gente. Y entendí, finalmente, que hay viajes que no son despedidas, sino afirmaciones. Que hay partidas que no significan pérdida… sino una forma más profunda de permanecer.

*Médico y Antropólogo. Profesor Titular de la ULA, nacido en El Pao, estado Cojedes. Imagen de la población de El Pao tomada de las RR.SS.