En la Canoabo de los años sesenta, el tiempo
litúrgico dictaba el ritmo de la vida. Al llegar el Viernes Santo, el silencio
se convertía en ley. Como niño monaguillo de aquella época, mis manos sostenían
la matraca, un instrumento de madera y piezas metálicas que cumplía una función
milenaria. Según la tradición católica, desde el Gloria del Jueves Santo las
campanas debían enmudecer en señal de luto, siendo sustituidas por este sonido
seco y rudo.
Mover la matraca hacia adelante y hacia atrás no
era un juego, era el ruido sagrado que anunciaba las horas del dolor. En la
acústica natural del valle de Canoabo, ese sonido de madera golpeando madera
era la única voz autorizada para romper el aire, recordándonos que la alegría
del pueblo había sido suspendida. Sin saberlo, con mis brazos de niño, yo era
el encargado de marcar el compás de un pueblo que se recogía ante el misterio
de la Pasión.
La procesión del Viernes Santo era una coreografía de respeto absoluto. Al frente de los actos estaba el Padre Francés, cuya presencia imponente lideraba el rito. Nosotros, los monaguillos, caminábamos junto al Santo Sepulcro, que salía de la iglesia acompañado por todas las imágenes de los santos del pueblo, en un cortejo que simbolizaba el acompañamiento universal al entierro de Cristo.
Atento a cada detalle del orden procesional se
encontraba el sacristán de la época, Don Gregorio Palencia y un grupo de damas
que religiosamente apoyaban. Quien hoy es uno de los maestros pintores de
nuestro pueblo, era entonces el custodio del templo, asegurando que cada
estación del Vía Crucis se cumpliera con la rigurosidad necesaria. A medida que
avanzábamos por las calles, el coro de la iglesia elevaba sus himnos, voces
afinadas que daban un tono de solemnidad a la penumbra.
El destino de la procesión era la entrada del
pueblo, en Boquerón. Allí, los vecinos habían construido con sus propias manos
una choza, un nicho efímero techado en arco con palmas y flores silvestres
bajadas del cerro. En los años sesenta, sin el alumbrado público que hoy
conocemos, la escena era de un misticismo puro. La iluminación dependía
exclusivamente de la vela que cada fiel llevaba en su mano.
Al llegar a la choza, el resplandor de cientos
de llamas sobre las palmas verdes creaba un efecto de luz manual y orgánica.
Era el pueblo mismo alumbrando el camino al cielo. Allí se ejercía un protocolo
de respeto ancestral, las mujeres cubiertas con sus velos y los hombres con el
sombrero en la mano, pegado al pecho. Descubrirse la cabeza en Boquerón era el
gesto máximo de humildad de una generación que entendía el valor del silencio y
la reverencia frente a lo sagrado.
Hoy, el lugar donde es llevado el Sepulcro
cambia según la tradición del año. Este año 2026, el destino ha sido un espacio
cercano al río Naranjo, en el Callejón Mocú, precisamente casi frente a la casa
de Don Gregorio Palencia. Es un círculo que se cierra, el sacristán que guiaba
mis pasos de monaguillo hoy recibe en la puerta de su hogar la misma fe que
ayudó a custodiar hace seis décadas.
Para quien vivió la Canoabo de los 60, recordar
el peso de la matraca y el brillo de las velas no es solo nostalgia, es el
registro de una identidad que sobrevive. La choza de palma y el respeto del
sombrero en mano son las raíces que nos mantienen firmes. Como canoabero,
escribo estas líneas para que no se olvide que hubo un tiempo en que un pueblo
entero, guiado por la luz de sus propias manos, caminaba unido en la oscuridad
para no dejar solo a su Dios, quien tampoco nunca nos abandonará. (FMM)
Imagen tomada de las RR.SS.