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05 abril, 2026

Memorias de un Viernes Santo en Canoabo

 Por Fredy Morales Moreno

   En la Canoabo de los años sesenta, el tiempo litúrgico dictaba el ritmo de la vida. Al llegar el Viernes Santo, el silencio se convertía en ley. Como niño monaguillo de aquella época, mis manos sostenían la matraca, un instrumento de madera y piezas metálicas que cumplía una función milenaria. Según la tradición católica, desde el Gloria del Jueves Santo las campanas debían enmudecer en señal de luto, siendo sustituidas por este sonido seco y rudo.

   Mover la matraca hacia adelante y hacia atrás no era un juego, era el ruido sagrado que anunciaba las horas del dolor. En la acústica natural del valle de Canoabo, ese sonido de madera golpeando madera era la única voz autorizada para romper el aire, recordándonos que la alegría del pueblo había sido suspendida. Sin saberlo, con mis brazos de niño, yo era el encargado de marcar el compás de un pueblo que se recogía ante el misterio de la Pasión.

   La procesión del Viernes Santo era una coreografía de respeto absoluto. Al frente de los actos estaba el Padre Francés, cuya presencia imponente lideraba el rito. Nosotros, los monaguillos, caminábamos junto al Santo Sepulcro, que salía de la iglesia acompañado por todas las imágenes de los santos del pueblo, en un cortejo que simbolizaba el acompañamiento universal al entierro de Cristo.

   Atento a cada detalle del orden procesional se encontraba el sacristán de la época, Don Gregorio Palencia y un grupo de damas que religiosamente apoyaban. Quien hoy es uno de los maestros pintores de nuestro pueblo, era entonces el custodio del templo, asegurando que cada estación del Vía Crucis se cumpliera con la rigurosidad necesaria. A medida que avanzábamos por las calles, el coro de la iglesia elevaba sus himnos, voces afinadas que daban un tono de solemnidad a la penumbra.

   El destino de la procesión era la entrada del pueblo, en Boquerón. Allí, los vecinos habían construido con sus propias manos una choza, un nicho efímero techado en arco con palmas y flores silvestres bajadas del cerro. En los años sesenta, sin el alumbrado público que hoy conocemos, la escena era de un misticismo puro. La iluminación dependía exclusivamente de la vela que cada fiel llevaba en su mano.

   Al llegar a la choza, el resplandor de cientos de llamas sobre las palmas verdes creaba un efecto de luz manual y orgánica. Era el pueblo mismo alumbrando el camino al cielo. Allí se ejercía un protocolo de respeto ancestral, las mujeres cubiertas con sus velos y los hombres con el sombrero en la mano, pegado al pecho. Descubrirse la cabeza en Boquerón era el gesto máximo de humildad de una generación que entendía el valor del silencio y la reverencia frente a lo sagrado.

   Hoy, el lugar donde es llevado el Sepulcro cambia según la tradición del año. Este año 2026, el destino ha sido un espacio cercano al río Naranjo, en el Callejón Mocú, precisamente casi frente a la casa de Don Gregorio Palencia. Es un círculo que se cierra, el sacristán que guiaba mis pasos de monaguillo hoy recibe en la puerta de su hogar la misma fe que ayudó a custodiar hace seis décadas.

   Para quien vivió la Canoabo de los 60, recordar el peso de la matraca y el brillo de las velas no es solo nostalgia, es el registro de una identidad que sobrevive. La choza de palma y el respeto del sombrero en mano son las raíces que nos mantienen firmes. Como canoabero, escribo estas líneas para que no se olvide que hubo un tiempo en que un pueblo entero, guiado por la luz de sus propias manos, caminaba unido en la oscuridad para no dejar solo a su Dios, quien tampoco nunca nos abandonará. (FMM)

Imagen tomada de las RR.SS.