Por Enrique Ochoa Antich / Opinión
Si tu enemigo se está equivocando, no lo interrumpas
Napoleón
Bonaparte
1814. Una tolvanera circunda nuestros pueblos. Un ejército de pardos, mulatos, mestizos, indios y negros se aproxima. Su bandera es sombría: una calavera se dibuja en su centro. Acaso sea la primera guerra de razas de América que merezca llamarse tal. ¿Quién comanda estas huestes? Paradoja de la historia, se trata de un hombre de piel clara, ojos azules y gélidos, y cabello entre rubio, rojizo y castaño. Es un asturiano: José Tomás Boves, llamado el urogallo. Destructor de nuestra segunda república. Azote de nuestros libertadores. Vencedor de Bolívar, de Ribas, de Mariño. Sus tropas saquean, matan, violan. Lo hacen a nombre del rey. La Legión Infernal descuadra el orden social establecido, en términos de poder, de propiedad, de castas. Desde entonces en adelante, los venezolanos somos orgullosamente mestizos.
2026. Jugarreta de la historia, es en la España de este caudillo decimonónico que hoy, dos siglos después, unos venezolanos devorados por el odio de raza (tal vez contra sí mismos) prorrumpen con una consigna despreciable que este cronista se niega a repetir. Arrejuntados de cara al levante, en la Puerta del Sol, se desgañitan en un pretendido insulto que la Presidenta aludida se toma a modo de guisa y con desprecio. Pero helos allí, convulsos, botando espuma por la boca, como intoxicados de su propia inquina.
Algunos de estos exaltados anhelan enmascararse con capirote, trajearse con túnica blanca, portando al costado izquierdo un parche circular con tres K sangrantes. Otros querrían levantar al centro de la explanada una cruz en llamas. ¡Ah, los fantasmas del horror!
No fue un patético animador y apocado cantante el que incitó el despropósito. Fueron algunos miles, y no son pocos como fenómeno político. Habría que agradecerles que desnuden la naturaleza racista y clasista de su movimiento. Si alguna duda hubiese faltado, por varios días el video en cuestión estará expuesto en las cuentas de ese grupete que se dice partido.
Pero más grave aún. Abundan testimonios audiovisuales que muestran a la
gerifalte de esas huestes voceando su discurso en la tarima sin gesto alguno de
protesta ante los insolentes. ¿Dónde está su liderazgo? Recuerda uno a Aylwin
mandando callar a sus partidarios cuando voceaban consignas contra los
"milicos". O a Betancourt en El Silencio llamando al orden ‐"¡Silencio!, ¡Silencio!",
espetó aquella vez- cuando estallaron unos petardos entre la muchedumbre.
¡Qué pequeña esta señora! ¿Hacía suya la consigna de marras? La complicidad de su silencio no puede ser borrada con tardíos alegatos. Farfulle usted, señora, lo que le dé la gana. Pero su movimiento es lo que es, una réplica de sus compinches de la ultraderecha europea... que todos sabemos racista, misógina y xenófoba.
Aquí, en este Caribe que es crisol de etnias, en esta América Latina nuestra,
india, africana, europea, el pequeño género humano que dijo Bolívar en
Jamaica, nos reivindicamos orgullosamente mestizos. Penoso el perfomance
de algún sector extremista del exilio. Pero los venezolanos no somos eso. Que
lo sepa el mundo entero. Y que esta sangre mezclada que corre por nuestras
venas sea la palpitante génesis de esta Venezuela posible que pugna por nacer,
plural, diversa, libre y justa, y amable y amorosa.
Que los odiadores de cualquier signo se hagan a un lado. No los queremos.
