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21 enero, 2026

Venezuela y sus venas abiertas del siglo XXI

Un país atrapado entre la renta, el poder y la expulsión de su propio pueblo

Dr. Manuel Fariñas / Opinión *

La imagen de las “venas abiertas” que Eduardo Galeano usó para describir la historia latinoamericana sigue siendo dolorosamente útil para entender la Venezuela de los últimos quince años. No porque el país repita mecánicamente los patrones del pasado, sino porque ha actualizado, con crudeza, las formas contemporáneas de dependencia, desigualdad y despojo. La tragedia actual venezolana no es un accidente: es la consecuencia del socialismo del siglo 21 que convirtió la riqueza natural en instrumento de dominación política y la ciudadanía en variable prescindible.

La renta petrolera: la herida que nunca cerró

A partir de los cinco últimos lustros, Venezuela intentó presentarse como un proyecto emancipador, pero mantuvo intacta la estructura que Galeano denunció: la dependencia absoluta de un recurso cuya administración concentra poder y reproduce desigualdad. La caída de los precios del petróleo desde 2014 (cerca del 70% entre 2014-2016), no solo reveló la fragilidad del modelo; expuso la incapacidad del Estado para construir una economía productiva. La renta, lejos de democratizarse, se convirtió en mecanismo de control y en botín para una nueva élite nepotista.

 El Estado como reproductor de desigualdad

En nombre de la justicia social, el poder político consolidó un Estado cada vez más centralizado y militarizado. La vieja élite económica fue sustituida por otra, más opaca, nefasta y más dependiente del poder político: la boliburguesía. El resultado fue una estructura que, en lugar de corregir las desigualdades históricas, las profundizó. La corrupción dejó de ser un fenómeno para convertirse en sistema estructural.

El reducto de un pueblo invocado, pero no empoderado

El discurso oficial convirtió al “pueblo” en un símbolo omnipresente, pero la participación real se redujo a espacios aislados y controlados. Los consejos comunales ni las comunas nunca tuvieron autonomía efectiva. La represión de las protestas de 2014, 2017, 2019 y 2024 mostró que el poder popular era más consigna que realidad. La migración masiva (más de siete millones de venezolanos) es la evidencia más contundente de que el país expulsó a quienes decía defender.  Aunada a la inmensa cantidad de presos políticos (menores de edad, mayores de edad, adultos mayores, hombres, mujeres), sistemática de “la puerta giratoria”.

Dependencias nuevas con rostros nuevos

La narrativa antiimperialista no impidió que Venezuela cayera en nuevas formas de subordinación.

Las sanciones de Estados Unidos agravaron la crisis, pero la respuesta del régimen fue sustituir una dependencia por otra:  Rusia, China, Cuba e Irán se convirtieron en socios estratégicos, no por afinidad ideológica, sino por necesidad geopolítica.  La soberanía terminó siendo un concepto negociado.

La erosión democrática como recurso agotado

Los últimos tres lustros han sido un proceso sostenido de debilitamiento institucional: elecciones cuestionadas, concentración del poder, judicialización de la política y criminalización de la disidencia. La democracia dejó de ser un sistema para convertirse en un recurso retórico. El país ha vivido una paradoja: un régimen que se proclama popular, pero que gobierna sin pueblo.

Un país fracturado

La violencia estructural que Galeano describió se expresa en la vida cotidiana: desigualdad creciente, servicios colapsados, polarización extrema y una sociedad que ha aprendido a sobrevivir sin Estado.

Las venas abiertas no solo drenaron petróleo; drenaron talento, esperanza y futuro.

Una conclusión incómoda

Como muestra de este socialismo, Venezuela encarna en pleno siglo XXI, la misma tragedia que Galeano narró para el siglo XX: un país rico que fue administrado de manera que empobreció a su gente. La emancipación prometida se convirtió en un nuevo ciclo de dependencia; la justicia social, en un discurso vacío; la soberanía, en un intercambio desigual con nuevas potencias.

La pregunta que queda es si el país podrá cerrar, algún día, estas venas abiertas que llevan demasiado tiempo sangrando.

A manera de reflexión: 

Capturado o secuestrado Nicolás Maduro, veíamos a un país que sangraba mientras el poder administraba la herida, refrán popular criollo: “te cortaban las piernas y luego te ofrecían las muletas para que se lo agradecieras”.   La Venezuela de hoy no es víctima de un accidente histórico, sino de un proyecto que convirtió la riqueza en mecanismo de dominación y la soberanía en excusa para perpetuar el control. Las venas abiertas no son metáfora: son la realidad de un país drenado por una élite nepotista que se aferró al poder mientras expulsó a su propio pueblo.  No habrá reconstrucción posible mientras la estructura que produjo esta tragedia siga intacta.  El país no necesita discursos redentores, sino ruptura: ruptura con la impunidad, con la dependencia, con el autoritarismo y con la lógica de la renta como forma de vida. Venezuela no se desangró sola; la estaban desangrando.

*Los conceptos emitidos en este articulo son de la exclusiva responsabilidad del autor.