Un país atrapado entre la renta, el poder y la expulsión de
su propio pueblo
Dr. Manuel Fariñas / Opinión *
La imagen de las “venas abiertas” que Eduardo Galeano usó para
describir la historia latinoamericana sigue siendo dolorosamente útil para entender
la Venezuela de los últimos quince años. No porque el país repita mecánicamente
los patrones del pasado, sino porque ha actualizado, con crudeza, las formas
contemporáneas de dependencia, desigualdad y despojo. La tragedia actual venezolana
no es un accidente: es la consecuencia del socialismo del siglo 21 que
convirtió la riqueza natural en instrumento de dominación política y la
ciudadanía en variable prescindible.
La renta petrolera: la herida que nunca cerró
A partir de los cinco últimos lustros, Venezuela intentó
presentarse como un proyecto emancipador, pero mantuvo intacta la estructura
que Galeano denunció: la dependencia absoluta de un recurso cuya administración
concentra poder y reproduce desigualdad. La caída de los precios del petróleo desde
2014 (cerca del 70% entre 2014-2016), no solo reveló la fragilidad del modelo;
expuso la incapacidad del Estado para construir una economía productiva. La
renta, lejos de democratizarse, se convirtió en mecanismo de control y en botín
para una nueva élite nepotista.
El Estado como reproductor de desigualdad
En nombre de la justicia social, el poder político consolidó un
Estado cada vez más centralizado y militarizado. La vieja élite económica fue
sustituida por otra, más opaca, nefasta y más dependiente del poder político:
la boliburguesía. El resultado fue una estructura que, en lugar de corregir las
desigualdades históricas, las profundizó. La corrupción dejó de ser un fenómeno
para convertirse en sistema estructural.
El reducto de un pueblo invocado, pero no empoderado
El discurso oficial convirtió al “pueblo” en un símbolo
omnipresente, pero la participación real se redujo a espacios aislados y
controlados. Los consejos comunales ni las comunas nunca tuvieron autonomía
efectiva. La represión de las protestas de 2014, 2017, 2019 y 2024 mostró que
el poder popular era más consigna que realidad. La migración masiva (más de
siete millones de venezolanos) es la evidencia más contundente de que el país expulsó
a quienes decía defender. Aunada a la inmensa
cantidad de presos políticos (menores de edad, mayores de edad, adultos mayores,
hombres, mujeres), sistemática de “la puerta giratoria”.
Dependencias nuevas con rostros nuevos
La narrativa antiimperialista no impidió que Venezuela cayera
en nuevas formas de subordinación.
Las sanciones de Estados Unidos agravaron la crisis, pero la
respuesta del régimen fue sustituir una dependencia por otra: Rusia, China, Cuba e Irán se convirtieron en socios
estratégicos, no por afinidad ideológica, sino por necesidad geopolítica. La soberanía terminó siendo un concepto negociado.
La erosión democrática como recurso agotado
Los últimos tres lustros han sido un proceso sostenido de
debilitamiento institucional: elecciones cuestionadas, concentración del poder,
judicialización de la política y criminalización de la disidencia. La
democracia dejó de ser un sistema para convertirse en un recurso retórico. El
país ha vivido una paradoja: un régimen que se proclama popular, pero que
gobierna sin pueblo.
Un país fracturado
La violencia estructural que Galeano describió se expresa en
la vida cotidiana: desigualdad creciente, servicios colapsados, polarización
extrema y una sociedad que ha aprendido a sobrevivir sin Estado.
Las venas abiertas no solo drenaron petróleo; drenaron
talento, esperanza y futuro.
Una conclusión incómoda
Como muestra de este socialismo, Venezuela encarna en pleno
siglo XXI, la misma tragedia que Galeano narró para el siglo XX: un país rico
que fue administrado de manera que empobreció a su gente. La emancipación
prometida se convirtió en un nuevo ciclo de dependencia; la justicia social, en
un discurso vacío; la soberanía, en un intercambio desigual con nuevas
potencias.
La pregunta que queda es si el país podrá cerrar, algún día, estas
venas abiertas que llevan demasiado tiempo sangrando.
A manera de reflexión:
Capturado o secuestrado Nicolás Maduro, veíamos a un país que
sangraba mientras el poder administraba la herida, refrán popular criollo: “te
cortaban las piernas y luego te ofrecían las muletas para que se lo
agradecieras”. La Venezuela de hoy no es
víctima de un accidente histórico, sino de un proyecto que convirtió la riqueza
en mecanismo de dominación y la soberanía en excusa para perpetuar el control.
Las venas abiertas no son metáfora: son la realidad de un país drenado por una
élite nepotista que se aferró al poder mientras expulsó a su propio pueblo. No habrá reconstrucción posible mientras la estructura
que produjo esta tragedia siga intacta. El
país no necesita discursos redentores, sino ruptura: ruptura con la impunidad,
con la dependencia, con el autoritarismo y con la lógica de la renta como forma
de vida. Venezuela no se desangró sola; la estaban desangrando.
*Los conceptos emitidos en este articulo son de la
exclusiva responsabilidad del autor.