Por Enrique Ochoa Antich / Opinión
Obviamente, es una pregunta que me hacen muchos. Así que paso a
explicarme:
Se trata de un apoyo con autonomía e independencia...
y con espíritu crítico (en fin de cuentas, creo que el chavismo se
debe a sí mismo una autocrítica profunda, como se la deben las oposiciones, y
como nos la debemos todos los venezolanos: algo hicimos mal en las últimas
tres, cuatro, cinco décadas, que terminamos en el sombrío episodio del 3E).
Pero es un apoyo claro, un apoyo sin esguinces: con la cara descubierta, a la
luz del día y por la calle del medio.
Creo que la coyuntura actual, compleja y delicada, no admite una postura tan simple como la de gobierno/oposición. Me parece que reaccionar frente a los hechos recientes y en curso con el clásico "nosotros y ellos" es no comprender la singularidad y la excepcionalidad del nuevo momento político (para usar las palabras de la Presidenta) que se abre frente a nosotros. Es hacerlo con los códigos del pasado reciente anterior al remezón histórico que significó el 3E, como si habitáramos el mismo país de antes.
Siempre dije en numerosos programas de opinión que si se
producía una intervención militar extranjera, el gobierno que existiese para
ese instante se convertiría en mi gobierno, aunque el día
antes hubiese estado haciéndole oposición. Como todos sabemos, esa intervención
no está circunscrita solamente al infame episodio del 3E, sino que
se prolonga en el tiempo mediante sutiles y no tan sutiles presiones y
chantajes. Siendo, hasta nuevo aviso, este gobierno (el gobierno de
Venezuela, dicho sea de paso) el que se ve las caras con el gigante del
norte, con dignidad, pero sin desplantes inútiles, entonces el de Delcy
es mi gobierno.
La soberanía ha sido estropeada y restringida. En algo nos
equivocamos durante estos 27 años de hegemonía chavista, tanto en el gobierno
como en el campo opositor; en algo nos equivocamos los venezolanos todos (unos
más, otros menos, pero todos), que de una soberanía limitada por
nuestra objetiva ubicación geopolítica, como era antes de 1998, pasamos, luego
de mucha estridencia antiimperialista, a otra más restringida aún, que es la
que tenemos hoy. Al revisar nuestra historia reciente, no sólo pueden
achacársele las culpas al malo de la película, que sería el Tío Sam, sino
principalmente a nuestros propios errores como venezolanos. Es claro que no
fuimos capaces de construir un modus vivendi con EEUU que
asegurara tanta soberanía como fuese posible dentro del marco de tanta
cooperación como fuese necesaria. En algún momento, ese equilibrio
inestable se perturbó por errores nuestros. En esta materia, el error nunca es
del poderoso contrario para el que ese quebrantamiento implicaba un costo
mínimo. Para nosotros -debíamos haberlo sabido-, el costo era monumental, y lo
hemos pagado con creces en términos de sufrimiento social, de crisis política,
de apocamiento económico... y de soberanía.
Ahora nos toca reconstruirnos sobre estas bases dadas (si
se quiere, impuestas). Nos quedan unos girones de soberanía que
debemos cuidar como a la niña de nuestros ojos. A mí, en lo
personal, me parece que en estas circunstancias es un deber patriótico ayudar a
darle sostén a una Presidenta que, en nombre de todos (no de una parcialidad
política, y, claro, depende de las actuaciones del propio gobierno que los
venezolanos la perciban así), está sentada a la mesa con los gringos
procurando los términos de un tratado de paz lo más
beneficioso que sea posible para todos los venezolanos. Regatearle ese sostén
me parece criminal con el país.
Por eso subrayo que, al menos en esta coyuntura (más
adelante se verá), reaccionar frente al gobierno a partir de los reflejos
condicionados opositores: con su lenguaje, su reivindicación como tal, sus
propuestas, sus "exigencias", es de un facilismo y de una
elementalidad supinos. Una oposición de Estado sabe que hay
circunstancias excepcionales en que debe dejar de serlo para con autoridad
moral y política poder volver a serlo después: los laboristas frente a
Churchill en la II Guerra, Mao y los comunistas chinos frente a Chiang Kai-shek
y el gobierno del Kuomintang cuando la invasión japonesa, por
sólo mencionar dos ejemplos.
Si el 3E y lo que vivimos hoy como
nación; si esta reestructuración de nuestras relaciones políticas,
económicas y comerciales con EEUU, que ha de perdurar por muchos años; si la
necesidad histórica de remar en una misma dirección, todos juntos como pueblo,
a ver si este aprieto, esta contrariedad, este brete se convierte en una
oportunidad de más democracia y de más prosperidad económica y social; si todo
esto no es una de esas circunstancias excepcionales, entonces no sé qué lo es.
Así que creo que es la ocasión de poner a un lado diferencias
y particularidades para, aún sin compartir todas sus ejecutorias, sostener a
éste que debe ser visto (y la Presidenta tiene el deber histórico de ganarse
esa condición) como el gobierno de todos los venezolanos.
Además de todo esto, conozco a Delcy. Recién graduada, la
invité a trabajar conmigo en el Comité para los DDHH (el
rostro civil de la Secretaría del MAS para los DDHH) después de la
masacre de los inocentes del 27F. Conozco sus capacidades. Conozco
su condición humana. Conozco su vocación de servicio. También por eso, porque
sé quién es, creo que este gobierno merece un voto de confianza, o, si
prefieren verlo así algunos oposicionistas perennes, el beneficio de la duda.
¡Démonos un chance como país! Ya es hora.
