El cine
venezolano dejó de ser una expresión artística para convertirse en un registro
histórico; el actor habla sobre esta situación.
En un país
marcado por el deterioro de derechos y libertades, la polarización política y
el aislamiento (debido a su relación con Estados Unidos), parte de su comunidad
cultural se vio desplazada, y el cine comenzó a dar cuenta de ello.
Desde ese
lugar habla Édgar
Ramírez, actor y productor venezolano que recién presentó Aún es
de noche en Caracas, una historia basada en La hija de la española, novela
de Karina Sainz Borgo sobre la diáspora venezolana.
Una
trayectoria que muestra las intenciones hacia el amor del cine en Venezuela
La
trayectoria internacional del actor se desarrolló en paralelo a lo ocurrido en
su país de origen, y por ello, contar esta historia fue una necesidad.
“La intención detrás de la película era contar la historia de una persona que un día se da cuenta que el mundo como lo conocía ha desaparecido. Una persona que de pronto se da cuenta que no tiene un espacio en su país, que su país la expulsa, que ya no es bienvenida en su país”, explicó Édgar Ramírez en una visita reciente a México para presentar el filme.
En Venezuela,
“cada uno de nuestros derechos ha sido violentado y secuestrado”, dijo el actor
sobre el contexto en su país, un par de meses antes de lo ocurrido este fin de
semana, “quisiera decir que la situación política es compleja, pero es que no
existe política en Venezuela. Porque cuando no hay derechos, no puede existir
una conversación política”.
Su testimonio
no se plantea como una postura ideológica, sino como la experiencia
directa de un artista expulsado de su espacio de origen, “yo no me mudé de
Venezuela, yo no pude regresar a mi país por mi posición política frente al
régimen”, afirmó Ramírez al explicar que el desarraigo no es una elección, sino
una consecuencia de lo que ocurría en Venezuela.
“No me
considero un migrante de lujo porque yo no escogí irme de mi país. Yo nunca
quise irme de Venezuela. Tuve la suerte de hacer una carrera distinta, tuve la
suerte de poder trabajar en los Estados Unidos, de trabajar en América Latina,
de trabajar en Europa”, agregó el actor, pero “el exilio te convierte como en
una suerte de zombie espiritual”.
Aún es de
noche en Caracas, dirigida por Marité Ugás y Mariana Rondón, se sitúa en
el contexto de las protestas venezolanas de 2014, 2017 y 2019, años clave tanto
en la intensificación del conflicto interno como en el endurecimiento de la
postura estadounidense frente al gobierno de Nicolás Maduro. Se vio en las
noticias, y en el cine.
Ugás explicó
que la película no parte de experiencias autobiográficas, pero sí de una
memoria colectiva imposible de ignorar, “quisimos que lo ocurrido en las
protestas del 14, del 17 y del 19 pudiera verse ahí”. La intención, fue hacer
visibles escenas que forman parte del imaginario reciente del país, “por
aquello de no olvidar. El miedo está en nuestras vidas”.
Para
Rondón, ese ejercicio de memoria era necesario en un país donde el
lenguaje político se había vuelto insuficiente, porque “mientras no
tengamos discursos desde el lugar político, pero también desde el arte, no
vamos a poder conversar ni reconciliarnos”, la película, dijo la directora, es
“un granito de arena para empezar a hablar de nosotros mismos”.
Cineastas
venezolanos
Ese diálogo
entre lo íntimo y lo estructural también define la obra de Lorenzo Vigas,
uno de los cineastas venezolanos con mayor proyección internacional. Ganador
del León de Oro en Venecia por Desde allá y posteriormente reconocido por La
caja, Vigas ha construido una trilogía de historias que conservan una relación
profunda con la memoria de su país.
“Las
películas, como los cuadros, si no se ven, no existen”, afirma, al explicar la
importancia de que estas historias circulen más allá de sus contextos de
origen. Desde allá, El vendedor de orquídeas y La caja son “una exploración
sobre la paternidad latinoamericana”, pero también un reflejo de su contexto,
hayan sido filmadas dentro o fuera de Venezuela.
Haciendo
memoria, hace diez años, cuando Desde allá se convirtió en la primera
cinta latinoamericana en ganar el León de Oro en el Festival de Venecia, Vigas
habló claramente de la situación en su país: “No es un secreto. En Venezuela
hay una gran tensión en este momento. Hay una crisis económica y una separación
social”. Y el cine es reflejo de ello.
En ese
sentido, el cine venezolano contemporáneo no se propone explicar el conflicto
entre Venezuela y Estados Unidos, sino mostrar sus efectos más duraderos: los
que se inscriben en las relaciones humanas y en la necesidad de no olvidar, de
reconstruirse desde su propia identidad. Y eso ha sido reconocido en el mundo
de festivales de cine internacionales.
Tomado de
Milenio / México.