Casi 20 años después del comienzo del cinturón de vegetación
de 8.000 kilómetros de largo y 15 de ancho, que atraviesa 11 países de África,
la ejecución del proyecto roza el 30%
Promise Eze - Ana Puentes
Jigawa, Nigeria / Madrid.
Galadima Bulama ya había perdido la cuenta de cuántas veces
los fuertes vientos polvorientos del desierto del Sáhara arrancaron el techo de
su casa y afectaron la parcela donde cultiva. Cada vez que esto ocurría, él,
sus dos esposas y sus siete hijos buscaban un refugio temporal. Bulama vive en
la aldea nigeriana de Madugumsumi, en el estado de Jigawa, fronterizo con
Níger. En esta aldea de 7.000 habitantes, dedicada a la agricultura, muchos
cultivadores han abandonado sus tierras, lo que ha provocado escasez de
alimentos y pérdida de ingresos. Cada año, Nigeria
pierde unas 35.000 hectáreas de tierra debido al avance de desierto
hacia el sur.
Hace ocho años, Bulama se unió a una solución para proteger
su casa y su parcela. Hoy, ve los frutos: una pared de 10.000 árboles plantados
a lo largo de seis kilómetros protege a la aldea del viento. Forman parte
de la
Gran Muralla Verde, un cinturón de vegetación de 8.000 kilómetros de largo
y 15 de ancho, que constituye una de las iniciativas de restauración ecológica
más ambiciosas de África.
La Unión Africana puso en marcha el proyecto en 2007 en 11 países ―Mauritania, Senegal, Malí, Burkina Faso, Níger, Nigeria, Chad, Sudán, Etiopía, Eritrea y Yibuti― y prometió, para el año 2030, restaurar 100 millones de hectáreas de tierras, crear 10 millones de puestos de trabajo y capturar 250 millones de toneladas de CO2.
Aunque, en un principio, la iniciativa se planteó como una
barrera vegetal, los objetivos se han
ampliado. Ahora, se busca recuperar las tierras degradadas, frenar la
expansión del desierto, mejorar la conservación del suelo y el agua, apoyar la
producción agrícola y ganadera, crear empleos verdes y ayudar a las comunidades
a adaptarse al cambio climático.
“Antes de este proyecto, el desierto se había apoderado de la
tierra. Ahora, cuando sopla el viento, los árboles lo bloquean y reducen los
daños. Nos han dado esperanza”, asegura Bulama. Posterior a la inversión que
hizo la Agencia Nacional para la Gran Muralla Verde, que se encarga de ejecutar
la iniciativa en Nigeria desde 2015, los aldeanos siguieron plantando de forma
voluntaria.
Un centenar de residentes han sido contratados para proteger
los árboles y evitar su tala. “Me aseguro de que nadie corte los árboles”,
dice, con orgullo, Musa Balaman, jefe de la aldea. “Recordamos a la gente lo
importante que es este proyecto. Se anima a los agricultores a plantar más
árboles y no se permite a nadie pastorear en la zona”.
Pero el verde no se ha expandido con el mismo éxito en otras
zonas del norte de Nigeria ni en los otros países que forman parte de la Gran
Muralla. La iniciativa ha alcanzado un 30% de su ejecución para la década
2020-2030, según explica Sakhoudia Thiam, experto de la oficina de
Investigación y Desarrollo de la Agencia Panafricana de la Gran Muralla Verde,
la entidad creada en 2010 para coordinar la iniciativa. En la COP30, la
Agencia buscará visibilizar el proyecto en un evento el próximo 18 de noviembre
en Belém (Brasil) para obtener más recursos.
El caso de Nigeria y Senegal
En Nigeria, la ejecución alcanza un 50%, pero la falta de
financiación y la
inseguridad —por atentados
terroristas en algunas zonas del norte, como Zamfara, Katsina y Borno―
han ralentizado el éxito del proyecto.
A más de 400 kilómetros de Jigawa, está el Estado de Zamfara.
Allí vive Usman Shehu que, en 2015, comenzó a participar de los programas de la
Gran Muralla. Pero, hace dos años, tuvo que abandonarlo porque el aumento de
los secuestros y los ataques de grupos armados.
“Antes de plantar los árboles, la tierra estaba desnuda, sin
hierba ni sombra”, dice Shehu. “Ahora hay árboles. La zona es más bonita que
antes. Pero la inseguridad ha dificultado el trabajo. Los funcionarios de la Agencia Nacional para la Gran Muralla
Verde ya no vienen a revisar los árboles porque es demasiado
peligroso”. En países del Sahel afectados por conflictos e
inseguridad, como Malí y Burkina Faso, el trabajo también se ha visto muy
afectado.
La Agencia Nacional de Nigeria afirma
que ha producido más de 45 millones de plántulas de árboles y ha
restaurado unas 12.000 hectáreas de tierra degradada entre 2015 y 2024. Sin
embargo, los expertos aseguran a este diario que este progreso sigue siendo
pequeño.
Para Lawan
Cheri, decano de la Facultad de Ciencias de la Gestión de la Escuela
Politécnica Federal de Damaturu, es necesario verificar sobre el terreno los
avances. “Esto significa visitar los emplazamientos reales del proyecto y a los
beneficiarios para verificar las afirmaciones y garantizar que los resultados
son auténticos. Debemos disponer de métricas claras para medir los avances.
Solo en Nigeria, el objetivo abarca más de 100.000 hectáreas”, recuerda.
En
Senegal, donde la meta de restauración es de 817.500 hectáreas, dos
investigadores monitorearon los avances a través de imágenes de satélite y
publicaron los resultados en el Land Use Policy. Detectaron que
solo dos de las 36 parcelas plantadas por el proyecto mostraron “tendencias
significativas de reverdecimiento”. “Esto puede deberse a que los nuevos
árboles no se riegan. Aunque se plantan especies resistentes a la sequía,
muchos árboles mueren si la temporada de lluvias es suave. Nuestro estudio ha
concluido que, en general, la Gran Muralla Verde apenas ha tenido impacto
ecológico en Senegal”, concluyeron los investigadores en
un artículo publicado recientemente en The Conversation. Como otros
expertos consultados por este diario, resaltaron que el problema es la falta de
financiación.
Mucha ambición, pocos recursos
“Las ambiciones son enormes, pero los medios no son
suficientes”. Este es el diagnóstico que hizo Sakhoudia Thiam, de la Agencia
Panafricana de la Gran Muralla Verde, en una visita a Madrid en junio. “No
hemos alcanzado la velocidad necesaria que nos permita obtener resultados más
importantes. Los anuncios de financiación no son dinero disponible”, dijo en
entrevista con EL PAÍS.
En 2021, en la One Planet Summit, una cumbre internacional
que impulsa la inversión ambiental, se comprometieron 19.000 millones de
dólares (16.300 millones de euros) para financiar la iniciativa. Aunque de ese
monto ya se han desembolsado 16.000 millones, según Thiam, aún hay retos.
“Existe una falta de capacidad de los países para captar los fondos que se han
anunciado”, asegura el experto. La Agencia Panafricana, además, advirtió, en
una reunión en Bamako (Malí), en junio, de que hay una “gran disparidad” en
avances entre los países participantes y de que “hay una brecha significativa”
con relación a los objetivos de restauración ecológica y de impacto económico.
No hemos alcanzado la velocidad necesaria que nos permita
obtener resultados más importantes. Los anuncios de financiación no son dinero
disponible
La Convención de las Naciones Unidas de Lucha contra la
Desertificación (CNULD), que también participa con el Acelerador de la Gran
Muralla Verde, un mecanismo para ayudar a coordinar y monitorear el progreso de
la iniciativa, calcula que para cumplir las metas se
requerirán al menos 33.000 millones de dólares. “La brecha es enorme.
Incluso con los recursos que tenemos actualmente, no tenemos el efecto
transformador que necesitamos sobre el terreno”, reconoce, en una videollamada
con EL PAÍS, Gilles Amadou Ouédraogo gestor de proyectos de la CNULD para el
Acelerador [un mecanismo creado en 2021 para agilizar y monitorear la
implementación de la Gran Muralla]. Para Ouédraogo, se requerirá inversión del
sector privado y no solo donaciones y subvenciones, como ha ocurrido hasta
ahora.
La necesidad es tan acuciante que la cuestión de la
financiación se ha puesto sobre la mesa en escenarios internacionales. Por
ejemplo, en la declaración de la Cumbre Africana sobre el Clima en Adís Abeba,
realizada en septiembre, se pidieron recursos. En la COP30, el Gobierno de
Nigeria también se ha referido a la
necesidad de más dinero.
Otras murallas verdes
Aunque la ejecución de la Gran Muralla Verde no vaya al ritmo
de las organizaciones nacionales e internacionales quisieran, el impulso sigue
y se ha expandido más allá de los 11 países donde se ejecuta. Por ejemplo, la
Comunidad para el Desarrollo de África Austral (SADC, por sus siglas en
inglés), está estructurando un proyecto para una
Gran Muralla Verde en el sur que cubra 16 países, desde la República
Democrática del Congo hasta Sudáfrica. Louise Baker, directora del Mecanismo
Global de la CNULD, explica que la SADC lleva una década observando el
desarrollo de la muralla del Sahel y ha aprendido “lecciones valiosas” para
aplicarlas en proyectos de agua, infraestructura climática, desarrollo
económico y reverdecimiento. “Sudáfrica, como presidenta del G20, busca atraer
inversión extranjera [para esta idea]. En 2026, empezarán a despegar algunas
cosas allí”, adelanta.
Para Sakhoudia Thiam, de la Agencia Panafricana, esto es
señal de que la Muralla Verde es un símbolo de esperanza y orgullo continental.
“La iniciativa es una esperanza de integración. Es una creación africana que
responde a la unión de los pueblos”, concluye.
Fuente: El País / España.