Cuando se cumplen 50 años de la muerte de Franco, charlamos con el
periodista David González (León, 1986), autor de un libro de
investigación que indaga en las traiciones, secretos y fortuna de los
nietos y bisnietos del Caudillo. Una familia que desmiente ese tópico
de la austeridad del dictador.
Octubre de 2019. Tras un año y medio, el Gobierno de Pedro
Sánchez pudo cumplir con una de las medidas de más carga simbólica de su
primera etapa en La Moncloa: la exhumación de los restos de Francisco Franco
del Valle de los Caídos. Varios centenares de nostálgicos de la dictadura y un
buen puñado de periodistas presenciaron parte del tenso acontecimiento, que
culminó con la inhumación en el panteón de Mingorrubio, en El Pardo. Aunque los
verdaderos protagonistas fueron los familiares del dictador que esa mañana se
presentaron en Cuelgamuros para acompañar al susodicho y, de paso, volver a
plantar cara a las políticas de memoria, su principal enemigo común. “Para la
prensa esta imagen es una novedad. Durante años los Franco habían transmitido
cierta idea de desunión. Como un clan formado por varios llaneros solitarios,
cada uno por su lado. En esa jornada del 24 de octubre daban ante los medios
una imagen de unidad. 22 descendientes del dictador asisten al acto. Cada uno
con su propia carga vital de lo que supone su apellido”, cuenta el periodista
David González, que acaba de publicar un notable libro de investigación
titulado La Familia Franco, 50 años después. Traiciones, secretos y una
fortuna perdida (La Esfera de los Libros).
Aquel proceso de exhumación solo tuvo como testigos a dos familiares. Los elegidos por el clan fueron José Cristóbal y Merry Martínez-Bordiú, quienes compartieron en su infancia la misma habitación en El Pardo y tenían un vínculo especial con su abuelo. “Ella era la favorita del dictador, la llamaba ‘la ferrolana’”, apunta el autor. “Él fue el único descendiente que quiso seguir la carrera militar de su abuelo. En la misma Academia Militar de Zaragoza, la que tan vinculada está a la historia de Franco”. Además, ambos se dejaron querer por las revistas del colorín en los años 80, si bien es cierto que luego optaron por la discreción.
José Cristóbal estuvo casado con la presentadora José Toledo,
con quien tuvo dos hijos y junto a la que apareció en unas comprometidas fotos
en la playa publicadas en Interviú (la pareja llevó a la
publicación a los tribunales y le sacó una indemnización). Merry, por su parte,
se casó en el 77 con el ya desaparecido Jimmy Giménez Arnau. La pareja fue
pionera en el negocio de las exclusivas en la prensa rosa: vendió las fotos de
su boda a ¡Hola! y Javier Osborne, que entonces era director
de Diez Minutos, le compró el reportaje de su luna de miel. Luego
acabaron tirándose los trastos a la cabeza porque, tras la separación, Merry no
dejaba a Jimmy ver a la hija que tuvieron juntos, Leticia.
Otro de los nietos del dictador, Francis Franco, protagonizó
uno de los momentos más tensos de la citada exhumación. Pese a que el Gobierno
lo había prohibido expresamente, él apareció en la basílica llevando consigo la
bandera con el águila de san Juan que había acompañado el ataúd del general
cuando fue enterrado en 1975, y fue obligado a dejarla en la entrada. Como bien
apunta González, el nieto masculino mayor fue también la cara visible del
enfrentamiento con el Gobierno: “Cinco días antes se celebró un cónclave
familiar en la calle Hermanos Bécquer, el punto neurálgico de los negocios de
la saga y escenario de sus idas y venidas sentimentales. Se vivieron momentos
de tensión, ya que algunos de los nietos no querían asistir a la exhumación del
abuelo. Aunque nunca se ha confirmado, hay quien asegura que Carmen Martínez
Bordiú estaba entre los nietos disidentes”. Eso sí, la del funeral no fue la
única polémica de Francis, que en su día fue novio de Ana Obregón y también
resultó condenado a 30 años de cárcel por atropellar con un todoterreno a dos
guardias civiles.
Carmen, apodada la nietísima, también ha copado muchos
titulares desde jovencita. Sus padres –Carmen Franco, la única hija del
dictador, y Cristóbal Martínez-Bordiú, marqués de Villaverde y la persona que
tomó aquellas fotos sobre la agonía del general que acabaron publicadas en el
semanario La Revista– la casaron en 1972 con el aristócrata Alfonso
de Borbón, nieto de Alfonso XIII y primo de don Juan Carlos. Con él tuvo dos
hijos (Fran –fallecido a los 11 años tras sufrir un accidente de tráfico– y
Luis Alfonso) y a su lado fantaseó con verse convertida en reina de España.
Pero más pronto que tarde se aburrió de él y lo dejó por Jean Marie Rossi, un
maduro anticuario francés al que conoció en un crucero. Después de separarse de
Rossi se aficionó a las entrevistas pagadas y mantuvo romances con gente como
el empresario cántabro José Campos o Luis Miguel ‘el Chatarrero’. Desde hace
unos años reside en Portugal, donde hoy día parece practicar el dolce far
niente.
Quien tampoco parece vivir deslomado y también ha salido
mucho en prensa es Jaime. El más pequeño de los nietos del dictador habló
públicamente sobre su adicción a las drogas, fue acusado de disparar contra un
ciudadano mientras conducía por la carretera M 503 y resultó condenado por
maltrato a una de sus parejas, la cantante Ruth Martínez. Además de eso, se
licenció en Derecho y ejerció de abogado de su familia, que acumula un inmenso
patrimonio.
“Es un tópico repetido eso de la austeridad de Francisco
Franco”, comenta el autor. “A nivel personal sí que era un hombre con poca
afición al lujo. Otra cosa era la familia. Evidentemente, en una dictadura era
fácil hacer negocios siendo familiar directo del dictador. Empezando por su
esposa y terminando por los Martínez-Bordiú. Sin embargo, en negocios me atrevo
a decir que les ha ido mejor en democracia que durante la dictadura. Han sabido
invertir muy bien y están presentes en muchos sectores. Aunque su gran apuesta
en los últimos tiempos es la especulación inmobiliaria, como por otro lado, la
de casi todas las familias de la alta burguesía española”.
En el prólogo del ensayo, Juan Luis Galiacho comenta que los
siete nietos del dictador (Carmen, Mariola, Francis, Merry, Cristóbal, Arancha
y Jaime) son actualmente propietarios de diversos y millonarios negocios, según
cuál sea el protagonista estelar de este numeroso clan. “Cuando Franco murió
dejó todo atado y bien atado, para que su patrimonio fuera a parar precisamente
a sus descendientes directos y la herencia quedara asegurada. Un testamento que
otorgó el 20 de febrero de 1968 en el Palacio de El Pardo. Hoy, transcurridos
más de 50 años, y a pesar de haber vendido parte de este legado, los Franco
todavía controlan un complejo entramado de sociedades y propiedades
inmobiliarias: fincas, locales, garajes, aparcamientos, puestos de venta de
alimentos, así como pizzerías, clínicas, productoras de televisión y empresas
de telecomunicaciones…”. A eso añade que muchas de sus sociedades tenían la
sede en el emblemático domicilio familiar del número 8 de la calle Hermanos
Becquer de Madrid, ya desintegrado, en parte.
Cuando en 2017 Carmen Franco, la matriarca, dobló la
servilleta, algunos medios señalaron que la fortuna de la familia se situaba
entre los 500 y 600 millones de euros (aquí entraría todo: inmuebles, joyas,
patrimonio histórico, inversiones…). Una vez repartido el legado de mamá, los
nietísimos firmaron un pacto de silencio. Algo más locuaces se mantienen los
bisnietos del Caudillo, que están muy vinculados al emporio familiar, hasta el
punto de que fueron los Ardid, hijos de Mariola, quienes controlaron la venta
del mítico edificio de la calle Hermanos Bécquer, una operación que rondó los
70 millones de euros. González explica que los familiares más jóvenes de Franco
han intentado alejarse de la prensa rosa, aunque conviven en las redes y enarbolan
una bandera política.
“Cynthia Rossi, por ejemplo, se ha dedicado a defender a su
bisabuelo en revistas. Francisco Franco Suelves, conocido como Franco III,
publicó un artículo en un periódico de Miami defendiendo la memoria de su
bisabuelo cuando todo el asunto de la exhumación. Y los hijos de Jose Toledo y
José Cristóbal Martínez-Bordiú han sido muy activos en redes con este tema.
Incluso criticaron mucho la gestión de Manuela Carmena al frente del
Ayuntamiento de Madrid. Eso en la generación de ‘Francos’ anteriores era impensable.
Luis Alfonso de Borbón es harina de otro costal, él preside la Fundación
Francisco Franco y, además, es la cabeza de los legitimistas en Francia, un
grupo cada vez más vinculado a la extrema derecha en el país galo. Supongo que
piensa que eso suma puntos entre ciertos movimientos monárquicos allí. En
España está muy cercano a VOX”.
Cabe pensar que todos ellos estarán viviendo con satisfacción
el hecho de que el partido de Santiago Abascal esté disparado en la estimación
de voto o que el último barómetro del CIS indique que más del 21% de la
población considera que los años de la dictadura fueron “buenos” o “muy
buenos”. Resulta más difícil jugar a imaginar qué opinaría Franco de la deriva
de los suyos si levantara la cabeza. “Puede que algunos cambios vitales los
hubiesen solucionado, tirando de doble moral, como se ha hecho siempre en
determinadas clases sociales”, apostilla González. “De todas formas, con Franco
vivo no nos enteraríamos de nada. En un régimen como el suyo, la familia del
dictador estaba protegida periodísticamente. Era lógico, puesto que él hizo de
su familia un elemento más de la propaganda del régimen y de sus estructuras”.
En la imagen, una foto de la boda de la boda de Francisco
Franco con María del Carmen Polo, celebrada en Oviedo el 16 de octubre de 1923.