Cuando Trump revocó su visa tras un discurso
en Nueva York donde Petro llamó a la
desobediencia militar si se ordenan crímenes contra la humanidad, el colombiano
respondió con desdén: “No me importa”, y reiteró que Colombia no
aceptará “invasiones, misiles ni asesinatos”.
Esta audacia se sustenta en varios pilares. Primero, el apoyo
interno: encuestas muestran que su postura eleva su popularidad entre bases
progresistas y sectores desencantados con la dependencia histórica de Washington,
recordando intervenciones pasadas como el Plan Colombia, que Petro critica
como herramienta de control narcotraficante.
Segundo, la diversificación geopolítica: Colombia ha fortalecido lazos con China y el BRICS, atrayendo inversiones en infraestructura y energía renovable, lo que reduce la vulnerabilidad ante sanciones estadounidenses. Petro ha pivotado hacia un “eje del Sur Global”, alineándose con Lula y otros líderes en foros como la CELAC para contrarrestar la influencia de Trump.
Finalmente, un cálculo moral y simbólico: al posicionarse
como defensor de Palestina y la humanidad, Petro gana
legitimidad global, especialmente en un mundo donde el apoyo a Gaza moviliza
multitudes, como las protestas en Italia y Europa que
él mismo ha invocado en sus redes.
Trump, para Petro, representa no solo un rival, sino el resurgir
de un imperialismo obsoleto que América Latina rechaza.
El pragmatismo firme de Lula: hablar desde la solidez
Lula da Silva, con su vasta experiencia como presidente en muchos
años de mandato, adopta un enfoque más pragmático, pero igualmente
firme. A sus 80 años, el obrero metalúrgico que transformó Brasil en
potencia emergente no se doblega ante aranceles que amenazan exportaciones
clave como el acero y la soja.
En julio de 2025, tras amenazas de Trump en Truth
Social, Lula declaró: “No soy un súbdito, Trump no
fue elegido emperador del mundo” y amenazó con reciprocidad económica,
invocando la ley brasileña de contramedidas.
Esta resistencia ha impulsado su aprobación: las encuestas
post-tarifas muestran un repunte, ya que los brasileños perciben en Lula un
defensor de la soberanía frente a un “gringo” que dicta
órdenes.
Económicamente, Brasil no depende tanto
de EE.UU. como en décadas pasadas: mantiene un superávit
comercial de 410 mil millones de dólares en 15 años con Washington,
y Lula ha acumulado reservas de 370 mil millones para
amortiguar crisis.
Su estrategia incluye diversificar hacia China, India y Rusia vía BRICS,
donde Brasil lidera iniciativas como el nuevo banco de
desarrollo, alternativo al FMI.
Negociaciones sin sumisión
En septiembre de 2025, tras un encuentro “amistoso” con Trump en
la ONU, Lula acordó negociaciones, pero insistió
en “relaciones civilizadas” sin sumisión, designando a su vice Alckmin para
dialogar con el secretario de Estado Rubio.
Lula no teme porque sabe que Trump exagera déficits
inexistentes para presionar, pero Brasil tiene herramientas:
retaliación en la OMC y un mercado interno robusto.
Su experiencia lidiando con Bush y Obama le
da confianza; Trump, para él, es un “comportamiento vergonzoso” que
no altera la trayectoria de un Brasil soberano.
Raíces compartidas en la izquierda latinoamericana
Ambos líderes comparten raíces en la izquierda
latinoamericana y una visión de un orden mundial multipolar.
El BRICS, que Lula impulsó
y Petro apoya, representa este shift: con China como
socio principal, América Latina reduce su exposición al dólar
y las sanciones unilaterales.
Trump busca bloquear la influencia china en la región, pero como Petro señaló,
“no nos insultan ni amenazan allá”, refiriéndose a Pekín.
El declive de la hegemonía estadounidense: ¿adiós al imperio?
Además, el contexto global favorece su audacia: el declive
relativo de EE. UU., guerras en Ucrania y Gaza,
y el ascenso del Sur Global erosionan el “miedo” tradicional
a Washington. En foros como la ONU, Petro y Lula se
alinean con Sánchez, Boric y otros para “reforzar
la democracia global”, criticando el unilateralismo trumpiano.
Domésticamente, esta postura anti-Trump galvaniza
bases: para Petro, distrae de reformas internas fallidas;
para Lula, consolida su legado contra Bolsonaro, aliado
de Trump.
Las implicaciones son profundas. Esta falta de temor señala
el fin de la doctrina Monroe en su forma clásica: Latinoamérica ya
no es “patio trasero”. Podría tensar relaciones bilaterales —Colombia enfrenta
descertificación antinarcóticos, Brasil retaliación
comercial—, pero también fortalece bloques regionales como UNASUR o CELAC.
Trump, enfocado en migración y drogas, podría aislarse si ignora esta asertividad,
mientras Petro y Lula ganan en legitimidad
global.
En última instancia, Petro y Lula no
temen a Trump porque encarnan una América Latina que
ha aprendido a caminar sola. Han diversificado alianzas, acumulado
reservas morales y económicas, y apostado por un mundo donde la soberanía no
es negociable.
Como Petro tuiteó: “Maldito el ejército que
alza armas contra la humanidad”; como Lula afirmó: “La
seriedad no exige sumisión”. En este tablero geopolítico, el miedo ha cambiado
de bando.
Tomado de La Red 21 / Uruguay. Imagen: Juan Barretto / Getty.