El sentido solo puede existir cuando hay otro. El
individualismo nos aleja de la misión.
A lo largo de la historia de la humanidad, muchos se han
preguntado en qué consiste la felicidad. ¿Es, como decía Freud, la búsqueda del
placer lo que nos conduce a la satisfacción? ¿O, como decía Alfred Adler, se
trata de una búsqueda insaciable de poder? Placer y poder comparten algo en
común: jamás se tiene suficiente de ninguno de ellos. Siempre se
puede tener más. Y una vez conseguido, se pierde fácilmente.
No, la felicidad no puede estar en algo tan perecedero
como inagotable. La felicidad no puede hallarse en algo efímero como el poder o
el placer. Viktor
Frankl, psiquiatra y superviviente del Holocausto, sabía cuál era la verdad.
La vida es una búsqueda de significado, y solo así se encuentra la felicidad.
El sentido como brújula vital
No cabe duda de que en el momento en el que nacemos y
tomamos conciencia de nosotros mismos, nos diferenciamos de otras especies.
Este hecho es discutible, dado que hay estudios que indican que ciertas especies
animales podrían tener también algo parecido a la autoconciencia. Sin
embargo, nuestro lenguaje nos permite manifestar esta conciencia propia. Y
a partir de ahí, la cosa se complica.
Si fuéramos animales más simples, nos bastaría con nacer,
crecer, reproducirnos y morir. La vida transcurriría sin mayores molestias, sin
dolores de cabeza. Habría hambre, dolor y muerte. También satisfacción, placer
y vida. Eso es, en esencia, la vida.
Pero cuando el hombre toma conciencia de sí mismo se hace una
pregunta: ¿por qué? ¿Por qué estoy vivo? ¿Por qué yo y no otro? ¿Por qué?
La filosofía lleva desde hace siglos intentando dar respuesta
a esta pregunta que, sinceramente, no creo que tenga una sola respuesta.
Pero ese, nos
dice Viktor Frankl, debería ser el motor de nuestra existencia. Encontrar
esa respuesta. Buscar sentido. Porque solo por medio del sentido, encontramos
consuelo.
¿Por qué?
Es importante comprender la situación en la que se encontraba
Viktor Frankl al momento de elaborar esta tesis. Durante los años previos a la
publicación de su célebre obra, El hombre en busca de sentido, Viktor
Frankl estuvo en el campo de concentración de Auschwitz. Allí, la muerte, el
hambre, el dolor y la crueldad eran el pan de cada día.
Sin embargo, en un poderoso pasaje de su libro, el psiquiatra
reflexiona sobre la maravilla de la vida. Un pescado medio podrido sobre
la mesa despierta su interés. La anatomía de su ojo es un auténtico milagro de
la naturaleza, una obra precisa de ingeniería que tiene un por qué, pese a que
no lo terminemos de comprender. Frankl comprende entonces que la vida no
es más que una búsqueda constante de sentido.
No, el poder viene y va. Un hombre como él lo había
experimentado. Había visto como sus títulos y conocimientos no le garantizaban
nada dentro de un campo de concentración. Tampoco el placer garantizaba nada.
Tan rápido como llegaba, se iba. E incluso en el lugar más oscuro del mundo, el
ser humano seguía existiendo. Y permanecía su deseo de existir.
El sentido era la respuesta a todo. Y este solo puede
entenderse si comprendemos que existe otro que le da sentido a nuestra vida.
Todos somos uno
Volvamos a los animales. Parecen crueles. Un león devora a
las crías del anterior macho dominante solo para asegurarse de dejar su
descendencia. Un cuco deposita cuidadosamente su huevo en un nido ajeno,
sacrificando la vida de las crías del pájaro elegido. Todos buscan la forma de
sobrevivir. Pero más allá de la supervivencia individual, cada especie sobre la
faz de la tierra busca algo mucho más importante: la supervivencia del
grupo.
Si el ser humano pudo evolucionar, sostienen los
antropólogos, es porque vivían en grupo. El esfuerzo colectivo, el
carácter sociable de nuestra especie, es lo que propició nuestra evolución.
Perfeccionar formas de comunicarnos entre nosotros, de fortalecer lazos, es lo
que nos hizo convertirnos en lo que somos. Ese es el sentido que todos
buscamos, sin darnos cuenta de que lo tenemos en lo más instintivo.
El sentido sigue siendo ahora el mismo que entonces: hacer
algo que mejore al grupo. Garantizar la supervivencia de la especie. Ayudar a
las personas que nos rodean. Dar de nosotros lo mejor de lo que disponemos para
ponerlos al servicio de los demás.
Puede ser una sonrisa tímida por la calle, un agradecimiento
sentido a la persona que te atiende, un trabajo bien hecho que beneficia a los
demás. O cuidar de tu familia con esmero. Pero solo cuando nos ponemos al
servicio del sentido, al servicio de ese otro que da sentido a nuestra vida,
estamos comprendiendo el
verdadero significado de la existencia. Y solo así, podemos ser
felices.
Fuente: CUERPOMENTE.