Marcos Roitman Rosenmann / Opinion
Pro nazis, creacionistas,
católicos, antiabortistas, anarcocapitalistas, libertarios, inquisidores y
sionistas. Ese es el perfil de quienes asisten en Madrid y Buenos Aires, a los
cónclaves auspiciados por la Red Política de Valores, en su sexta cumbre
trasatlántica, y la Conferencia Política de Acción Conservadora. Son diputados,
portavoces gubernamentales, senadores, ministros, mandatarios, candidatos
presidenciales, empresarios, sacerdotes.
En tiempo récord, la derecha mundial ha logrado movilizar a sus máximos representantes, dando un golpe en la mesa. Los nombres se solapan y las organizaciones se repiten, al igual que sus objetivos, centrados en atacar los derechos políticos, civiles, culturales, étnicos y género conquistados por las clases trabajadoras en siglos de luchas por la dignidad.
Estos
conciliábulos se producen en una etapa agónica del capitalismo, cuya salida es
agitar el miedo, patrocinar guerras y practicar la represión bajo la fórmula de
una violencia extrema. Si se me permite una licencia para explicar el tiempo
histórico que vivimos, hace 500 años, Lutero y Calvino, entre otros,
cuestionaron el poder de la Iglesia católica, provocando uno de sus mayores
cismas. El Concilio de Trento (1545) fue la respuesta. Llevó a miles de hombres
y mujeres al exilio, otros ardieron en la hoguera. Quemados vivos mientras una
muchedumbre gozosa de ver, en directo, el sufrimiento ajeno, aplaudía a la
Santa Inquisición.
Hoy, en el
ocaso del capitalismo, un batallón de iluminados pretende reditar un orden
inquisitorial proclamando su fe ciega en el mercado, al tiempo que ataca a los
partidos políticos e instituciones públicas, bajo la imagen de una motosierra
funcionando a destajo.
La derecha,
sin distinciones, sabe la importancia de sacar músculo. Hacer visible a sus
generales al mando. Sus portavoces promueven la desigualdad, demonizan la
justicia social y se reconocen en el patriarcado. Alientan la xenofobia y el
racismo. Consideran el pago de impuestos un robo. Refractarios a la democracia,
la han condenado como forma de gobierno. Se proclaman guardianes de las
tradiciones judeo-cristianas. Y en sus discursos alertan: “Occidente está en
peligro”. Su mensaje ha calado en las grandes mayorías, siendo vitoreados por
incondicionales, aunque ello les abra las puertas del matadero. Entraran
voluntariamente al sacrificio en nombre del mercado.
Los
nuevos führer, llámense Bolsonaro, Trump, Bukele, Milei, Kast,
Abascal, Meloni o Marie Le Pen, destilan odio. En su ensayo La plaga
social de sicópatas poderosos, José Manuel Naredo subraya: “Son
depredadores natos que tratan de imponerse y de ejercitar su poder sin reparar
en los daños personales, patrimoniales u otros que causan a los demás, sin que
por ello sientan arrepentimiento alguno. Sufren un trastorno de la personalidad
antisocial cuya patología son la manipulación, la insensibilidad, el engaño, la
hostilidad, la asunción de riesgos, la impulsividad e irresponsabilidad”.
Si lo vemos
en perspectiva histórica, su fortaleza actual debe anclarse en los estertores
de la Segunda Guerra Mundial. Los nazis y fascistas, conscientes de su derrota
militar, buscaron nichos para subsistir y planear su regreso. Sólo era
necesario esperar. Mientras, se reorganizaron, crearon redes, se transformaron
en ciudadanos modélicos. Formaron parte de los partidos liberales,
conservadores y la democracia cristiana mundial. Presentaron sus cartas
credenciales como empresarios, banqueros, inversores, nunca abdicaron de su
ideología.
Miles
limpiaron su pasado, gracias a la ruta de las ratas. Red para favorecer su
huida y proporcionarles una nueva identidad. Se afincaron en España, Estados
Unidos y América Latina. Contaron con el apoyo de Perón en Argentina,
Stroessner en Paraguay o González Videla en Chile, y fueron bienvenidos en Bolivia,
Brasil, Venezuela, Colombia, República Dominicana o Perú. Echaron raíces y sus
descendientes han estado presentes en los golpes de Estado, los gobiernos
militares y en los procesos desestabilizadores.
A fines del
siglo XX, en la Europa comunitaria, los trabajadores víctimas de las reformas
laborales y las privatizaciones han sido permeables al discurso nazi fascista.
Les ofrecen un enemigo: inmigrantes ilegales, africanos, asiáticos y latinos.
Bajo la influencia de las teorías de la conspiración, los transforman en
asesinos, violadores, terroristas, cuyo objetivo es adueñarse de sus
propiedades, empleos, destruyendo su patrimonio cultural. Mismo discurso en EU.
La diferencia con el crecimiento de la extrema derecha en los países del Este,
ha sido el retorno del capitalismo.
Su implante,
se llevó no sólo el comunismo realmente existente, sino todas las políticas y
beneficios sociales, sean cuales fuesen. El desempleo fue caldo de cultivo para
el crecimiento de los partidos de extrema derecha, deseosos de ser aceptados en
la OTAN y la Unión Europea que, dicho sea de paso, los apoyaron y financiaron.
En Polonia, Hungría, Bulgaria, Rumanía, Ucrania, Croacia o Albania no han
dejado de crecer o ganar elecciones.
¿Por qué
estos cónclaves tan mediáticos? Más allá de la coyuntura, el triunfo de Trump
en EU, son una demostración de poderío y una constatación de la debilidad de la
izquierda institucional que se dejó comer el terreno y cayó en las redes de la
sociedad de mercado. El uso de símbolos neonazis, la defensa del Tercer Reich y
la Italia fascista, tanto como ensalzar los regímenes militares y las
dictaduras en América Latina son síntomas de un movimiento que ha sabido
esperar su momento para romper la baraja.
Y en esta
realidad, el pensamiento reaccionario tiene el campo abonado para crecer. La
guerra está en marcha y la izquierda sigue viéndolas venir, esperemos que no
sea demasiado tarde. Sin una alternativa al capitalismo, estos “sínodos” marcan
la agenda.
Tomado de La
Jornada / México.