Una
investigación demostró que podemos detectar la edad de una persona por su aroma
Por Noelia
Valle* / BBC Mundo
Le propongo
un reto: ¿sería capaz de adivinar el rango de edad de alguien sentado a su lado
que no lleve perfume utilizando tan solo el sentido del olfato? No encontré
ningún reto de este tipo en TikTok, pero sí una investigación que lo demuestra:
podemos discriminar la edad de una persona por su olor.
El aroma corporal evoluciona a
lo largo de nuestra vida, y los cambios que se producen no solo tienen una
explicación biológica, sino que también jugaron un papel importante en la
selección social y evolutiva.
El olor a
bebé fortalece el afecto parental
Durante la infancia, el olor corporal suele ser suave debido a la baja actividad de las glándulas sudoríparas y a un microbioma (comunidad de microrganismos) cutáneo sencillo. Aun así, los padres son capaces de identificar la “fragancia” que despide su propio hijo y preferirla a la de niños desconocidos.
Los olores
que en este caso generan una percepción olfativa emocional (información
hedónica) agradable o familiar, activan las redes neuronales de la recompensa y
el placer y disminuyen las respuestas al estrés. En coherencia con esto, las
madres con trastornos del vínculo posparto no desarrollan este reconocimiento
ni preferencia olfativa de su propio bebé.
Desde un
punto de vista evolutivo puramente pragmático, la identificación placentera de
la descendencia permitiría la inversión selectiva de los recursos.
Aroma
adolescente a “humanidad”
La
adolescencia supone un cambio importante en el olor corporal. Esta
transformación se debe a la producción de hormonas sexuales, que, entre otras
cosas, induce la activación de las glándulas sudoríparas y sebáceas.
Mientras que
la mayoría de las glándulas sudoríparas (las ecrinas) excretan agua y sales,
las glándulas sudoríparas llamadas apocrinas (asociadas al vello y localizadas
en las axilas y la zona genital) segregan proteínas y lípidos
Es la
degradación conjunta de estos lípidos y del sebo (triglicéridos, ésteres de
cera, escualeno y ácidos grasos libres) liberado por las glándulas sebáceas
presentes por casi toda la piel lo que genera el característico aroma a
“humanidad”.
La
descomposición de esas sustancias ocurre cuando entran en contacto con el aire
y las bacterias de la piel. Microorganismos como los Staphylococcus convierten
las grasas en ácido acético y ácido 3-metilbutonoico, responsables del olor
agrio de los adolescentes.
Otras
moléculas volátiles que aparecen en mayor cantidad en el sudor de los púberes
frente al de los niños son la androstenona (olor sudoroso y urinario, similar
al almizcle), el androstenol (parecido al sándalo o el almizcle) y el escualeno
(rancio, graso o ligeramente metálico cuando se oxida).
La capacidad
de reconocer a los hijos por el olor corporal disminuye tanto en madres como en
padres cuando sus descendientes abandonan la infancia y
están en plena adolescencia.
De hecho, las
madres incluso prefieren el aroma de desconocidos. Y en ambos casos, la
capacidad de identificación y preferencia se recupera cuando los vástagos
entran en la etapa de pospúberes.
Una posible
explicación a esta especie de “rechazo” hacia el olor corporal de los propios
hijos adolescentes sería la prevención del incesto y, por tanto, la endogamia.
La nariz
social
Las glándulas
sebáceas alcanzan su actividad máxima en la edad adulta. Aunque menos intenso
que en la adolescencia, el olor corporal sigue existiendo en cada persona y
depende de factores como la dieta, el estrés, los niveles de hormonas o el
microbioma cutáneo.
Pero ¿qué
sentido tendría poseer un olor propio cambiante a lo largo de la vida si no
tuviésemos la capacidad de sentirlo? El mismísimo Darwin se equivocó (nadie es
perfecto) al afirmar que “para el hombre, el sentido del olfato es de muy poca
utilidad, si es que tiene alguna”.
En realidad,
el olfato es eficaz para obtener información de congéneres, resulta esencial
cuando la visión o audición están restringidas (entorno oscuro o ruidoso) y
permite detectar eventos pasados, pues las moléculas odoríferas persisten en el
espacio y el tiempo.
Por lo
tanto, poseer un aroma característico y la capacidad de detectar olores
ajenos proporciona información social respecto a nosotros mismos,
nuestros parientes, la edad, el sexo, la personalidad, las enfermedades y las
emociones.
Igual que en
otros animales, los olores corporales ayudan en la selección de pareja, el
reconocimiento del parentesco o la diferenciación sexual.
¿Y qué pasa
con nuestro olor cuando nos hacemos mayores?
Con el
envejecimiento, la falta de colágeno de la piel aplasta y reduce la actividad
de las glándulas sudoríparas y sebáceas.
La pérdida de
las primeras explica la dificultad de las personas mayores para mantener el
equilibrio térmico. En cuanto a las sebáceas, no solo disminuye su producción,
sino que cambia su composición, disminuyendo la cantidad de compuestos
antioxidantes como la vitamina E o el escualeno.
Todo esto,
sumado a la también menor capacidad de producción de antioxidantes por
las células cutáneas, desencadena un aumento de reacciones de oxidación,
dando lugar al olor “a persona mayor”, que los japoneses llaman kareishu.
A medida que
la piel madura, su protección antioxidante disminuye
Así, a partir
de los 40 años, comienza a cambiar la forma en que se procesan algunos ácidos
grasos de la piel, como el omega-7 (ácido palmitoleico). La oxidación de este
ácido graso monoinsaturado da lugar al 2-nonenal, responsable del olor
característico.
Por cierto,
este compuesto se encuentra también en la cerveza añeja y el trigo sarraceno, y
se describe como un olor a grasa y hierba.
Si para
algunas personas este olor resulta desagradable, la mayoría lo
asociamos con buenos recuerdos de abuelos y padres. Y es probable que,
al igual que en la infancia, ayude a perpetuar los cuidados, esta vez de
nuestros mayores.
Por lo tanto,
el olor de la vejez no tiene tanto que ver con la higiene; de hecho, el
2-nonenal no es soluble en agua, por lo que no se elimina fácilmente ni con la
ducha ni lavando la ropa.
A medida que
la piel madura, su protección antioxidante disminuye, generando una mayor
presencia del citado compuesto, así que lo mejor para minimizar el rastro
olfativo es beber abundante agua, hacer ejercicio, seguir una
alimentación sana, disminuir el estrés y reducir el consumo de tabaco o alcohol.
Todos estos hábitos reducen el estrés oxidativo responsable de nuestro olor.
*Profesora de
Fisiología, creadora de La Pizarra de Noe, Universidad Francisco de Vitoria.
Tomado de La Nación
/ Argentina.