El triunfo de Orsi marca la reconquista del poder por parte
del Frente Amplio en un contexto regional de descontento con los oficialismos;
en Uruguay, estabilidad y rechazo a los extremos
Por Lucía Boccio
Con el flamante triunfo de Yamandú Orsi en las elecciones del
domingo en Uruguay, la izquierda latinoamericana consigue reconquistar otra
pieza del rompecabezas que había sido ganada por la derecha. En un año en el
que oficialismos como El Salvador y México reafirmaron su poder, el sur del
continente parece continuar con la ola
“rupturista” que comenzó luego de la pandemia, pero sin una afiliación ideológica necesariamente.
Orsi, representante del Frente Amplio, de centroizquierda, y
considerado el “hijo político” del expresidente José Mujica, venció al
oficialista Álvaro Delgado por un margen de más de 95.000 votos. Así lo
indicaron los resultados de la Corte Electoral tras el escrutinio de los
circuitos.
Los líderes regionales de izquierda han festejado el triunfo del uruguayo casi como propio, como una consolidación del progresismo en el sur y un alivio de cierta estabilidad a sus propios gobiernos.
Si bien a priori la victoria de Orsi no parecería tener una
repercusión geopolítica fundamental para el continente, entre el 5 y el 6 de
diciembre Uruguay será sede de la Cumbre del Mercosur, un escenario ideal para
que el presidente electo de las primeras señales sobre su política exterior. La
65ª Cumbre del Mercosur tendrá lugar en medio del estancamiento de las
tratativas para un acuerdo de libre comercio con la Unión Europea (UE), que se
negocia hace más de 20 años y que prevé eliminar la mayoría de los aranceles
entre las dos zonas, lo que crearía un espacio comercial de más de 700 millones
de consumidores.
Durante los últimos años, la región fue testigo de la
imposición de candidaturas progresistas en Chile, Honduras, Perú, Colombia,
México y Uruguay, la más reciente. “No
es que los latinoamericanos se estén volviendo más izquierdistas”, indicaba
Michael Shifter, del think tank Diálogo Interamericano. “Es más una tendencia de rechazo que otra
cosa... gente buscando una alternativa”.
El giro hacia la izquierda en América Latina pospandemia fue
motivado en gran parte por la crisis económica, profundizada por la pandemia de
Covid-19. La región, una de las más afectadas, vio cómo la pobreza y la
desigualdad se intensificaban, lo que generó un sentimiento de abandono e
incluso desprecio hacia la clase política. De acuerdo con un informe de
Latinobarómetro, una organización sin fines de lucro que investiga el
desarrollo de la democracia, la economía y la sociedad, la insatisfacción con la democracia ha ido
creciendo, alcanzando el 70% en 2020.
“Se ve un contexto económico muy distinto al de la ola ´rosa´
de izquierda de los 90 y principios de los 2000, por lo que los liderazgos se encuentran en una situación más
frágil y la posibilidad de llevar adelante políticas sociales
expansivas va a ser menor”, indica en diálogo con LA NACION Juan Negri, doctor
en ciencia política y director de las carreras de ciencia política y estudios internacionales
de la Universidad Torcuato Di Tella.
Y a pesar del caso argentino y el salvadoreño, la mayoría de
las democracias latinoamericanas han optado por líderes de izquierda. Pero
sería tendencioso indicar que se trata de un salto progresista sin analizar la
continuidad y el rupturismo.
“Sin signo político”
“Hoy por hoy, no
hay una ola regional con un signo político determinado, habrá que ver
qué sucede el año próximo en Ecuador, Chile y Bolivia”, indica a LA NACION Ignacio Labaqui,
analista político y profesor de la UCA y la Ucema.
“Todo parece indicar que estamos frente a una ola de crisis del oficialismo,
donde los gobiernos han sufrido fracturas internas como en el caso de Bolivia o
el de Perú, por lo que no lo categorizaría estrictamente como una ola”, dice
Negri.
Pero lo que sí identifican los especialistas es que este año
fue distinto frente a las últimos tres pospandemia, donde las alternativas más
rupturistas lograron capitalizar el descontento de la gente y hacerse del
poder. Por el contrario, los extremos fueron los más perjudicados en las
elecciones que se dieron en América del Sur. “Los extremos tuvieron malos resultados. Cabildo Abierto hizo una peor
elección que la de 2019 en Uruguay. Y por el lado de la izquierda, ganó la
interna el candidato más moderado, y a la vez, el plebiscito que impulsó el
PIT-CNT para hacer una contrarreforma previsional también fracasó”, indica
Labaqui.
Algo similar sucedió con las elecciones regionales chilenas,
donde el domingo se eligieron gobernadores y alcaldes. “Tanto por derecha como
por izquierda le fue mejor a las
opciones moderadas”, dice Labaqui.
A diferencia con lo sucedido en años anteriores, “este año hubo más continuidades que
alternancias”, afirma Labaqui, en contraposición con lo sucedido el
domingo en Uruguay. Aunque la no polarización extrema en la que navega el
sistema político uruguayo podría ser un indicio de las razones por las cuales la
variación en realidad no es tan marcada y afirma un “cambio no radical”.
“Pero así como desde 2019 la ola antioficialista viene
golpeando a los gobiernos de derecha, eventualmente puede tener un efecto
rebote y terminar afectando a los de izquierda actuales. Pero falta para hablar
de un ciclo político consolidado”, dice Negri.
A diferencia de lo que ha sucedido en otros países de la
región donde se han abierto camino outsiders, los cambios en Uruguay son
graduales. En sistemas más estables como este, la mayoría de la población
demuestra su disconformidad pero busca alternativas dentro de las opciones
tradicionales. “La gente busca un
cambio, pero no lo hace por fuera del sistema”, dice el politólogo
Daniel Buquet, que explica que la solidez del sistema de partidos en este
vecino de la Argentina es similar al de la mayoría de los países europeos.
“Los candidatos-presidentes que buscaron la reelección lo
consiguieron (Nayib Bukele, en El Salvador, y Luis Abinader, en República
Dominicana), del mismo modo que el partido en el poder (Morena, en México y el
Partido Colorado, en Paraguay)”, asegura Flavia Freidenberg, politóloga
argentina, investigadora del Instituto de Investigaciones Jurídicas, de la
Universidad Nacional Autónoma de México.
Mayor polarización ideológica
“Que haya alternancia es algo propio de la democracia. Lo
interesante es cuando lo que vemos es no solo alternancia, sino mayor polarización ideológica,
surgimiento de líderes populistas por derecha o izquierda y cambios fuertes en
los sistemas de partidos”, afirma Labaqui.
“La crisis de representación, el debilitamiento de la
política tradicional y la emergencia de nuevos actores como alternativas dentro
del sistema” son algunas de las explicaciones de este fenómeno, dice
Freidenberg. A su vez, entiende que el descontento general de los pueblos con
la clase política fue el caldo de cultivo para que líderes antipartidistas se
ungieran en el poder.
Aunque en México y en El Salvador haya triunfado la
continuidad (ya sea del propio candidato o del partido), la elección de
Sheinbaum o la reelección de Bukele también son “alertas dentro del sistema
político de la preferencia de la ciudadanía de una nueva forma de hacer
política que busca diferenciarse
de las elites partidistas tradicionales, que no han conseguido responder
a las demandas y necesidades de bienestar de la ciudadanía”, afirma
Freidenberg.
Uruguay podría ser visto como un oasis frente a los
extremismos que vienen liderando los ciclos políticos mundiales, como el auge
de la extrema derecha en Europa, el triunfo de Donald Trump en Estados Unidos y
la victoria de Javier Milei en la Argentina. Por el contrario, la polarización
suprema parece no tener lugar en el pueblo charrúa. “En este sentido Uruguay
marcha a contracorriente (al menos en materia de elecciones presidenciales)
porque el sistema de partidos es más estable y la competencia es centrípeta, no centrífuga”, dice Labaqui.
Tomado de La Nación / Argentina. Imagen: RICARDO STUCKERT - BRAZILIAN
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