Por Jorge
Castañeda*
Los nombramientos de Donald Trump que más afectan a México ya han sido anunciados, con la excepción del representante de comercio internacional y el secretario de Comercio. Ambos serán ubicados probablemente bajo la égida de Robert Lighthizer, el negociador del T-MEC, un creyente devoto en la debilidad que entrañan los déficits comerciales para cualquier economía, y en aranceles para remediar dicha debilidad. Ya se han comentado las implicaciones de la selección de personajes como Tom Homan y Stephen Miller en materia migratoria, subrayando la insistencia de ambos en “deportaciones masivas” de indocumentados, y en el cierre de la frontera. Como apenas sucedieron el lunes, las designaciones de Marco Rubio como Secretario de Estado y de Michael Waltz como Consejero de Seguridad Nacional han sido menos discutidas en México. Quisiera concentrarme en el primero y en las consecuencias de su probable, aunque todavía pendiente nominación -tiene que ser ratificado por el Senado- para México.
Como se sabe,
Rubio es cubano-americano, nacido en Miami (no en Cuba), de padres cubanos que
salieron de la isla antes de la Revolución, en 1956. No eran refugiados huyendo
del castrismo, aunque Rubio con frecuencia da a entender que sí lo fueron, y él
mismo ha sido un furioso adversario de la dictadura castrista. Hasta hace poco,
era uno de los tres senadores cubano-americanos (los otros dos siendo Ted Cruz
y Bob Menéndez), y a lo largo de su carrera en el Senado -que arrancó en 2010-
se ha dedicado a temas de política exterior en general, y de América Latina en
particular. Es, obviamente, partidario de mayores sanciones estadounidenses
contra Cuba y Venezuela, en menor medida contra Nicaragua, y se opuso a la
normalización que llevó a cabo Obama en 2015-2016. Se mostró ultra crítico del
gobierno de López Obrador, acusándolo de entregar la mitad del país a los
cárteles, y de ser cómplice de los dictadores Díaz-Canel, Ortega y Maduro,
además de caer en tentaciones autoritarias en México mismo.
Su
nombramiento fue bien recibido en Estados Unidos, en primer lugar, porque Trump
hubiera podido escoger a alguien más extremista, y en segundo término porque
Rubio es visto como un profesional con experiencia de política exterior. No es
del todo cierto, pero en Estados Unidos, al igual que en nuestro país, la
comentocracia se agarra de lo que pueda para ser optimista. Sobre todo, se han
subrayado las posturas virulentas de Rubio contra China, a favor de Israel y de
Netanyahu. En tiempos recientes, ha moderado su denuncia de la invasión rusa de
Ucrania, insinuando que Zelensky deberá pronto resignarse a perder una parte
del territorio ucraniano, a no ingresar a la OTAN, y a pactar con Putin.
Para la 4T,
el personaje es complicado. Lo sería para cualquier gobierno, pero van a
coincidir, por primera vez en la historia, el gobierno más anticastrista de
Estados Unidos desde Kennedy (presidente y secretario de Estado) y el más pro
cubano de México (presidente y secretario de Relaciones) desde López Mateos. Si
Cuba y Venezuela fueron los únicos dos temas conflictivos en la agenda
bilateral, los regalos de petróleo a La Habana y el alquiler de hasta seis mil
médicos cubanos en México no resultarían inmanejables. No es el caso.
Rubio es adepto de la línea dura en materia migratoria -aunque apoyó un acuerdo
migratorio bipartidista en tiempos de Obama- y sobre todo en lo tocante al
fentanilo y la guerra contra el crimen organizado en México. Lo que no sabemos
es si se ha vuelto crítico de todo lo mexicano por estos temas en si mismos,
además de ser anticastrista, o si su hostilidad frente a la 4T proviene en
realidad del castrismo de la misma.
A cualquier
gobierno de México le costaría un enorme esfuerzo lidiar con un segundo período
de alguien como Trump. Sus actitudes en materia migratoria, comercial, sobre
China, crimen organizado, Venezuela y Cuba resultarían difíciles de enfrentar
al equipo más experimentado, inteligente y honesto. No existen soluciones
idóneas para ninguno de los retos que se nos presentan; todas las opciones son
malas. Escasean las buenas respuestas a dos preguntas, una de forma, otra de
fondo. La de forma: ¿conviene seguir afirmando que no pasa nada, o es
preferible reconocer que el panorama es, por lo menos, nublado? La de fondo:
habiendo tantas otras cosas importantes de por medio ¿queremos morir en la raya
por la dictadura cubana? ¿Vale la pena subsidiar a lo que queda del castrismo,
aunque ahora sí envenenemos con eso la relación con Estados Unidos?
*Excanciller
de México
Tomado
de Costa del Sol 93.1 FM