David Sarias Rodriguez*
Una noche electoral, otra vez, nos
dispensa a los opinadores bienpensantes un soponcio. Y desde el Brexit hasta ahora ya van unos cuantos. La
ventaja de la reiteración es que ya sabemos, más o menos, de qué va la
vaina. Lo malo es que el horror sigue pasando, de lo que a su vez se
desprende que quien debería estar más al tanto de qué es la vaina en cuestión
–a saber, los demócratas en concreto y la izquierda progresista en general– no
parece terminar de pillar la idea. Y claro, palman.
Yendo por partes, lo primero es que despachar el asunto asumiendo que más de setenta millones de votantes son idiotas, fascistas o, no se lo pierdan, "totalitarios", no parece conducir a gran cosa. Corrección: solo nos lleva a que Donald Trump se vuelva a instalar en la Casa Blanca con una cómoda mayoría en votos (cinco millones) y en el colegio electoral (está por ver el número exacto). Así las cosas, una forma de aproximarse al asunto es evaluando los emblemas que Trump ha empleado para representar su movimiento y capturar las inquietudes, resentimientos y temores de una mayoría –importante recordar este detalle– del electorado.
Y es que el lema "hacer
América grande de nuevo" representa la nostalgia de un pasado
imaginario –todos lo son– sostenida, a su vez, en tres realidades
obviamente poderosas: en lo cultural, el rechazo a la sustitución de
valores tradicionales por otros de nuevo cuño; en lo político,
el rechazo ante un sistema disfuncional y evidentemente incapaz de
generar legitimidad; y en lo socio-económico, el resentimiento ante un modelo
que, aún en fases de crecimiento como la actual en Estados Unidos, genera
desigualdades claramente injustas. Estas tres realidades, crucialmente, están
íntimamente entrelazadas.
La bandera de los valores
El trumpismo ha recogido la
cuestión cultural bajo el emblema de los derechos reproductivos y el
lema de la misoginia galopante. Ambos, lema y emblema, en realidad aluden a
valores tradicionales en torno a cuestiones como la concepción de la familia y
los roles de género, incluida la masculinidad. J.D. Vance, el nuevo y flamante vicepresidente electo,
capturaba estupendamente lo primero cuando aludía a las "señoras sin hijos
y con gatos".
Trump, nada sospechoso de andarse
por las ramas en estos menesteres, ha explicado con diáfana claridad qué tipo
de masculinidad considera óptima: él va a proteger a las mujeres "les
guste o no". De sí mismas, como la opinión progresista entendió
perfectamente; pero también y crucialmente de la suerte de feminismo que ha
trascendido la igualdad política y jurídica de la mujer para enredarse y
dividirse sobre cuestiones relativas a la propia definición de mujer, o a la
conveniencia de suspender la presunción de inocencia cuando se trata de
varones.
Privilegiado, pero 'outsider'
En lo político, Trump supo, hace ya
ocho años, capturar el resentimiento de una parte considerable de la
opinión pública ante un sistema que se percibe correctamente lejano y corrupto.
Obsérvese, por ejemplo, que en las tres décadas largas que median entre 1989 y
hoy en la Casa Blanca se han sucedido miembros de dos familias biológicas
–los Bush y los Clinton– que a su vez encabezan familias
políticas que han absorbido sin el menor disimulo a candidatos originalmente
emergentes como Obama. No hablemos de Biden, cuya identidad es la
encarnación misma del establishment.
La cualidad de Trump como candidato
surgido fuera del sistema político tradicional y capaz de fagocitar a un
partido político tradicional –por ejemplo, en el proceso de demolición personal
de Jeb Bush– no la cuestiona nadie. Trump y aliados de Trump como Elon Musk son ciertamente
criaturas del privilegio, pero han sido capaces de proyectarse como
privilegiados de resultas de sus propios méritos empresariales y no del
parasitismo sobre "el pueblo" a la manera de los políticos convencionales.
Capitalizar la ansiedad migratoria
En lo socioeconómico, el emblema
del muro en México y el lema del descontrol ante la
inmigración ilegal capturan la ansiedad de unos estadounidenses
que han padecido décadas de globalización traducida en automatización
y deslocalización industrial que a su vez han destruido comunidades enteras y
que, durante los tres últimos años, han culminado en un proceso inflacionario
sostenido en el que bienes básicos como los alimentos han incrementado su
precio en hasta un 20%. Que la inflación y la inseguridad económica tienen todo
que ver con las políticas asistenciales iniciadas por Trump ante el Covid-19 y
nula relación con la presión migratoria o la imaginaria inseguridad física que
ésta genera es, en este esquema, irrelevante. El desinterés del progresismo
sobre la cuestión frente a otras cuitas como el cambio climático o los
discursos identitarios de raza y género, por otro lado, son crucialmente
relevantes.
La medida del éxito del imaginario
político del trumpismo se deduce de su capacidad para devenir postracial"
De hecho, la medida del éxito del
imaginario político del trumpismo se deduce de su capacidad para devenir en
postracial. Trump ha capturado una mayoría entre el voto latino –a
saber, el de latinos que residen legalmente en Estados Unidos- y, obviamente,
experimentan nula simpatía por inmigrantes ilegales, vengan de donde vengan.
También crece el trumpismo entre los varones afroamericanos que entendieron
perfectamente qué quería decir Trump cuando hablaba de los inmigrantes
capturando "trabajos de negros" (a saber, de baja
cualificación) que tanto escandalizaron a la izquierda bienhablante y que,
siendo como sus homólogos blancos y latinos culturalmente conservadores, andan
bastante más preocupados por la agresividad percibida del feminismo y la
crisis, muy real, de la política institucional que por las narrativas
identitarias a las que se aferran Kamala Harris, los demócratas y la
izquierda en general.
Visto lo visto, convendría que los demócratas y la izquierda
se lo hagan mirar. Y no solo en Estados Unidos: la presencia del trumpismo en
Europa y en España y los paralelismos aquí con Estados Unidos son obvios.
*Profesor de Historia del Pensamiento Político y los
Movimientos Sociales en la Universidad Rey Juan Carlos / España.
Texto tomado de El Independiente / España.
