Por Orlando Arciniegas
* / Opinión
Yuval Harari, un autor de renombrada valía, ha dejado
claramente expuesto lo que es un secreto a voces, que los seres humanos se mueven
por ficciones compartidas, a menudo no reconocidas como tales. Cosa que no es
nada nuevo y menos un asunto solo del pasado. Son mitos, que los hay para todos
los gustos, que hacen el gran favor de transmitir eficazmente valores y
creencias de una cultura a las generaciones futuras.
En el mundo del pensamiento reciben el nombre de tradiciones intelectuales o paradigmas, y operan como teoría o conjunto de teorías «cuyo núcleo central se acepta sin cuestionar y que suministra la base y modelo para resolver problemas y avanzar en el conocimiento». O se constituyen en ficciones que subyacen a conceptos que organizan y viabilizan la vida social, como ejemplos actuales el valor del dólar estadounidense o la autoridad que se reconoce a los Estados nacionales. A lo que, para abundar, agregaríamos los sistemas de creencias en la forma de religiones organizadas.
Como se sabe, asociado al francés René Descartes [1596-1650],
figura fundamental del surgimiento de la filosofía y la ciencia modernas, se
inicia en el siglo XVII el movimiento filosófico denominado el «racionalismo»,
que reivindicaba la primacía de la razón para alcanzar la verdad, o las
verdades de las distintas parcelas de pensamiento que iba dejando el inatajable
intento del conocer. Al benemérito Descartes se le culpa, no sin razón, de la
metáfora de la máquina que se usó por mucho para entender el funcionamiento del
cuerpo humano, pues llegó a decir que no veía ninguna diferencia «entre las
máquinas fabricadas por los artesanos y los diversos cuerpos que la naturaleza
compone por sí sola». Vaya.
Con base en lo anterior, no nos debe sorprender que un hombre
tan educado, y al tanto de la producción de las élites intelectuales de
entonces, como Thomas Hobbes, educado en Oxford y Cambridge, amigo de Galileo,
en fin, polímata de gran vuelo, incluida la historia, la jurisprudencia y la
teología; y, para su suerte, tutor de la noble y rica familia anglonormanda de
los Cavendish, devotos del rey Carlos I de Inglaterra [1600-1649], el rey que
literalmente perdió la cabeza en la Guerra Civil Inglesa (1642-1651), y a quien
nadie pudo ni siquiera mitigar su firme creencia de que su reinado venía de
Dios, como para que pudiera haber llegado a una suerte de cohabitación política
con su propio Parlamento.
Pues bien, Hobbes fue el primer filósofo que, mediante obra
de redondeada argumentación, _Leviatán_, en 1651, con fundamento contractual, y
muy en el marco de la tradición cartesiana, propuso la idea de que aquellos que
serían llamados ciudadanos y que vivían envueltos en un estado de naturaleza de
odio y guerra, debían renunciar a ese derecho natural a la fuerza [la ficción
de Hobbes es previa al Estado y las leyes] para, así, crear en su lugar un
Estado, con leyes morales, y como garantía de la paz y de la no guerra de todos
contra todos.
Un Estado que representó en el _Leviatán_, invencible, como
suprema fuerza ordenadora, aparte de justo y necesario. El origen de ese Estado
devenía del acuerdo pactual, visto como un contrato, entre los individuos que, en
rigor de la razón, encontraban sensato el acuerdo. Hobbes, el que en su frase
_homo homini lupus_ retrata su pesismismo antropológico ―que no qes solo suyo,
sino más del hombre moderno―, como pensador del siglo XVII encamina su
filosofía a justificar la existencia del Estado bajo un sistema absolutista. En
lo personal, Hobbes fue tutor de matemáticas del príncipe Carlos de Gales,
entre 1646 y 1648, mientras en el exilio en París. Este Carlos sería luego
Carlos II de Inglaterra, una vez restituido como rey en 1660.
Hobbes, Locke, Rousseau y Kant son considerados, en materia
de filosofía política, como pensadores contractualistas porque comparten la
idea de que el origen del Estado es pactual. Por lo demás, existe entre ellos
una amplia gama de diferencias filosóficas que ha dificultado la idea de hablar
con propiedad de una teoría contractualista. Sin embargo, la idea contractual
ha reunido consensos para otros estudios, tanto que existe una comprensión
sociológica de la noción de democracia, a la luz de una concepción
contractualista contemporánea.
*Historiador. Profesor
titular (J) de la Universidad de Carabobo.
