Más de 700 mujeres
españolas viajaron a Australia como parte de un complot para repoblar la isla
con la complicidad de las autoridades y la Iglesia
Jorge Molinero López@JorgeMoli_
"Se buscan mujeres para trabajar en Australia. Católicas,
entre 22 y 30 años. Gran oportunidad de futuro". Con este anuncio en los
periódicos, miles de mujeres españolas recibieron hace sesenta años la
oportunidad de su vida: trabajar en el extranjero, una ocasión perfecta para
prosperar individualmente en una época en la que los derechos igualitarios eran
cosa de unas pocas privilegiadas. Pero, como con todos los planes del franquismo,
nada es lo que parecía ser. Bienvenidas a Australia.
Celia Santos imagina en su novela El país del atardecer dorado (Ediciones B) a una de estas mujeres que, si bien no existió, podría haber sido cualquiera de ellas. Elisa parte a Australia con un objetivo: encontrar al padre de su hijo, un sindicalista que se había marchado del país como parte de uno de los planes previos que hubo. El anuncio visto en el periódico le da la oportunidad de viajar al remoto país, y encontrar la verdad de un tejemaneje de influencias en el que no es oro todo lo que reluce.
"La gente que emigró siente todavía un poco de vergüenza
por haber tenido que huir, ya sea porque pasaban hambre o porque lo hicieron
para ganar dinero y poder mantener a sus familias. Pero, al contrario, todo
ese sacrificio es motivo de orgullo", explica Santos en una entrevista
a El Independiente.
El contra-plan
Tras la Segunda Guerra Mundial, Australia
necesitaba un cambio. "El país estaba muy despoblado: la tierra era muy
rica y con muchas oportunidades para el cultivo y el ganado, pero faltaban
construir casas, puentes, escuelas... de todo", señala la autora. Así, el
gobierno australiano se planteó aumentar su población con hombres para trabajar
como mano de obra. Emigrantes bálticos, británicos, holandeses, nórdicos... Una
Australia aria, blanca y, a ser posible, rubia.
Santos expone que, cuando los nórdicos dejaron de llegar,
"Australia empezó a bajar, poco a poco, por el continente europeo, pero
tampoco mucho. El trabajo de cortar caña de azúcar es uno de los más duros del
mundo y, pese a haber cultivos de azúcar en Canarias, al gobierno australiano
le parecía que los canarios eran muy morenitos. Preferían vascos,
asturianos o algún gallego". Y, así, España entró en la ecuación.
A falta de contactos internacionales, esto le vino a Franco como
anillo al dedo: mientras ganaba conexiones con el exterior, embolsaba también
una importante fuente de ingresos derivada de la disminución del desempleo y
del aumento de remesas para España.
Pero, pasados unos años, surgió un problema aún mayor: por
cada 11 hombres había una única mujer. De esta manera, el cardenal y
director de la Oficina Federal Católica de Inmigración, George
Michael Crenann, visitó en 1959 a su homólogo español para proponerle
"el establecimiento en Australia de algunas jóvenes solteras españolas de
cierta educación", tal y como evidencia una carta del cónsul en Sídney.
Australia necesitaba madres.
La oferta de trabajar como empleadas del hogar para familias australianas
era un disfraz con el que ocultar la verdadera intención: casar a estas
mujeres con los hombres que previamente habían llegado al país. Para
Santos, esto es "algo bastante macabro y perverso. Cómo aprovechaban la
soledad y la desertización de un país en donde las casas estaban muy aisladas
(en algunos casos, el vecino más cercano estaba a 15 kilómetros). Lo único que
tenían muchas localidades eran los domingos para, aprovechando la salida para
ir a misa, quedar a comer junto a otros vecinos. Era ahí donde los curas y las
monjas esperaban que se produjesen los encuentros".
Australia buscaba hijos blancos, Franco estimular la economía
con divisas y la Iglesia católica, el tercer agente, ganarle
terreno al anglicanismo imperante en el país del atardecer dorado. La Operación
Marta estaba lista para el despegue. Sólo faltaban las novias.
El avión de las novias
El 7 de marzo de 1960 salió el primero de
estos aviones repleto de mujeres dispuestas a una nueva vida. "[Los
aviones] salían de Londres con escala en Madrid, Roma y Atenas para recoger a
las chicas. A veces paraban también en la antigua Yugoslavia y en Hungría. En
total eran tres días de viaje. Tres días sin salir del avión", puntualiza
Santos. En tres años, fueron más de 700 las mujeres que volaron
a una tierra fértil en oportunidades, tal y como puede verse en El
avión de las novias, un documental que RTVE ha realizado este
mismo año.
Mujeres solteras, en edad de procrear y muy, muy
devotas. El catolicismo australiano buscaba iguales en una tierra donde el
protestantismo era cada vez más fuerte. "En los años 50 y 60, tenían un
poco esa carrera por ver quién se hacía con el poder de la religión del país.
Al final, ganó el catolicismo en los años 70, porque abrieron las puertas a la
gente latinoamericana", aclara la autora.
Católicas, sí. Pero no beatas. Muchas emigraron por motivos
económicos; otras, para conocer mundo y aprender idiomas, esos ínfimos
rescoldos de independencia a los que podían aspirar durante el franquismo.
También las había como Elisa, que querían desprenderse del estigma que conlleva
ser madre soltera. Así, Santos explica cómo muchas de estas mujeres
"vieron en el anuncio una especie de vacío legal, porque se detallaba que
debían ser jóvenes, solteras y católicas, pero en ningún momento se
decía que no podían tener hijos. Entonces, muchas madres solteras de
aquella época aprovecharon para salir del país, porque una madre soltera en la
España franquista era una paria".
La manera de llamar la atención de estas mujeres era,
entonces, a través de la prensa o, en el caso de las zonas más rurales, a
través de las parroquias. Seguidamente, las Martas viajaban a
un centro en Madrid donde pasaban por un reconocimiento médico y un cursillo en
el que se las enseñaba lo básico del inglés, del estilo de vida australiano y
de las tareas del hogar.
Era una encerrona. El vuelo de ida corría a cargo de las
autoridades pero, si alguna quería volverse antes de lo establecido, el
coste corría de su bolsillo. Y no era barato. "Cobraban lo equivalente
a unas 5.000 pesetas al mes, y la mayoría lo mandaban a España para
ayudar a sus familias. En el contrato de trabajo estaba estipulado que hasta
pasados dos años no podían volver y, si querían hacerlo, tenían que pagarse el
avión de vuelta, que eran 45.000 pesetas", explica la autora. Tras dos
años en Australia, muchas cayeron felizmente en la trampa y se quedaron para
echar raíces en una tierra prometida.
Las 'Martas' que sí fueron
El Plan le debe su nombre a Marta de Betania,
hermana de Lázaro y descrita en la Biblia como una mujer servicial, hacendosa y
sumisa. Es la patrona de las cocineras, de las sirvientas, de las lavanderas...
de las amas de casa. El nombre ya lo dice todo. El nombre ya describe a
aquellas que buscaban. Y a aquellas que encontraron.
En agosto de 1960, el periódico femenino
australiano The Australian Women's Weekly, incluyó la
historia de Valentina, una mujer canaria que trabajaba como criada
para una familia del país: los Fink. En el reportaje, la señora
Fink mencionaba que, al ver la noticia de que varias mujeres españolas habían
aterrizado en Melbourne para buscar trabajo como amas de casa, se puso
"inmediatamente en contacto con la Oficina de Inmigración". La
familia estaba encantada con Valentina, quien les limpiaba, planchaba y cuidaba
de sus hijos por seis libras australianas (todavía no se había
dado paso al dólar australiano actual) a la semana. La señora de la
casa hablaba de Valentina como de una humilde salvaje que "al venir de un
país tan pobre, se piensa que las cosas más simples (nuestra ropa, nuestra comida
o nuestras casas) son las más lujosas".
No hay mayor arma que la soledad, la pena y el desarraigo.
Estas mujeres llegaban solas a un país desconocido, totalmente distinto a su
España natal y, sin saberlo, formaban parte de un tejemaneje de matrimonios
que, sin llegar a ser de conveniencia, venían programados. Las hubo
incluso que se casaron el mismo día que se conocieron, en el aeropuerto de
Melbourne.
"El porcentaje de divorcios era tremendo, claro: Australia
se convirtió en el país con mayor número de mujeres abandonadas",
expone Santos. "Mientras que los hombres ganaban muchísimo dinero, las
mujeres ganaban cuatro veces menos y, bueno, digamos que eran hombres con mucho
dinero en el bolsillo pero con muy poca cabeza".
Pese a ser ficción, El país del atardecer dorado tiene
mucho de esas mujeres que sí fueron. "En Elisa hay un poco de todas ellas.
Me enteré de la operación al leer en un periódico una entrevista a una de
estas Martas, que se había vuelto a España a pasar su jubilación.
No ha sido fácil documentarme para la novela: muchas de estas mujeres han
fallecido ya. Pero, a raíz de la publicación del libro, me han escrito hijos o
hijas de alguna Marta. Eso es reconfortante. A partir de mi
historia, han descubierto un poco más de la suya", aclara la autora.
Tomado de El Independiente / España.
