Por Enrique Ochoa Antich
Toma asiento el cronista frente a su teclado. Mira a su
alrededor. Un país en ruinas lo contempla.
Allá, entrado en carnes, bigotudo e
iracundo, el presidente de esta república aparente pronuncia sus alegatos sobre
una tarima. El cronista lo imagina extraviado en un borgiano laberinto circular
que no conduce a ninguna parte.
A sus espaldas, siete generales
prorrumpen con el puño izquierdo en alto:
—¡Dudar es traición!
Acá, trajeada de blanco virginal,
pero con diabólica furia en los ojos, una mujer de embelesado verbo, valiente
pero errada, siempre errada, habla de fortalezas improbables y de una juramentación
que no será.
El cronista escucha las voces de
sus rabiosos adláteres:
—¡Pasar la página es traición!
¿En serio alguien cree que así
puede edificarse algo que merezca llamarse país? El cronista vuelve a mirar a
su alrededor. Ofenden las ruinas humeantes de la que fuera Tierra de Gracia,
_sitio del Paraíso Terrenal_, según bitácora del primer conquistador. Entonces
el cronista aventura improbables admoniciones, vanas advertencias, tal vez
cándidos consejos. Pero en fin, gruñe para sí, “la peor diligencia es la que no
se hace”.
A ver, a ver.
*La oposición*
Consideren con la mano en el
corazón los exaltados compañeros del oposicionismo extremo, ahora que se
sumergen en las aguas turbias de la resaca, si los eventos del 28J sólo son
culpa del avieso chavismo gobernante o si por ventura también alguna
responsabilidad les atañe a ellos. Hazaña inusual la de transformar una
victoria electoral en una derrota política, desoladora taumaturgia que ya fue
oficiada luego de la resonante victoria de 2015. ¿Era posible ganar y cobrar
sin un riguroso acuerdo previo con el partido‑Estado que garantizase una cambio
evolutivo y no una revolución (de derecha pero revolución)? ¡Y mire usted que
fue anatemizada la insinuación de postular un candidato que contase con la
*aquiescencia* de quienes iban a dejar el gobierno, en caso de ser derrotados!
¿Fue o no una provocación estúpida designar en cambio a quien más encono
causaba en ellos? ¿No lo fue aquella sandez de: “Maduro, ven pa’cá, yo lo que
quiero es verte preso”? Queda la duda ahora ‑al menos la duda‑ de si con otro
abanderado las cosas hubiesen sido o no diferentes.
Necio había que ser para pensar
siquiera que unos camaradas que se creen revolucionarios bolcheviques de la
vieja escuela, elegidos por los dioses, poseedores de un destino manifiesto, y
amenazados con cárcel, sobre cuyos cuellos pende la espada de Damocles de
millonarias recompensas gringas, y a quienes se amenaza con juicios en la CPI y
persecuciones universales y eternas, iban a entregar las llaves de Palacio
envueltas en celofán y con un lacito arriba. Es como si se hubiese buscado
instrumentalizar la *ruta electoral* para, desvirtuándola, ponerla al servicio
de la *ruta extremista de la fuerza*. Porque si de *ruta democrática* hablamos,
no debemos olvidar que ella es una moneda de dos caras: por un lado *el voto*,
por el otro *el acuerdo*; sin éste, aquél es una cáscara vacía.
—A nadie hubiesen entregado,
hiciésemos lo que hiciésemos —me dice desencantado un buen amigo de compartida
militancia centrista.
—No lo sé, no lo sé —contesto yo—.
No habría estado de más despejar la duda sin tanta memez.
Derrocado Allende en 1973 por unos
militares felones, cierta izquierda se apoltronó en la fácil explicación por
medio de la obviedad: el imperio, la CIA, el destructor USS Jesse L. Brown
paseándose como parsimonioso escualo frente a la bahía de Valparaíso, la
oligarquía más cruel de Latinoamérica, la infame traición de Pinochet… ¿Y la
izquierda, nada tuvo que ver en aquello? ¿La exacerbación de los ánimos, el
discurso exaltado, las estatizaciones innecesarias, la catástrofe económica, el
desabastecimiento y la inflación desatada, la ocupación de viviendas, las
intemperancias de Altamirano, el aventurerismo del MIR, el extremismo de la
ultra, la falta de acuerdos con el centro, los necios desencuentros con la
Democracia Cristiana, los ¡veinticuatro! días de Fidel como una ventisca por
sus ciudades, fábricas y campos, etc., etc.: nada de eso incidió en el trágico
final de aquel experimento? Es lo que tocaba revisar, como escribió Teodoro
entonces, pues “es el término de la ecuación que como izquierda nos compete”.
Luego, de igual modo…
…no todo cuanto aconteció el 28J es
a cuenta del chavismo gobernante. Han de examinar su conciencia los
oposicionistas díscolos, turbulentos, alborotadores. Revisarse sería coraje.
Cada uno tiene ante sí una ruda escogencia existencial. Se rinde usted, baja la
cerviz, y se resigna a la hegemonía de un régimen autoritario de partido‑Estado,
y tal vez cavila acerca de la selva del Darién y elucubra en el “sueño
americano”; o sigue la pelea. Pero los pueblos nunca se rinden. No hay pueblo
vencido. En cuyo caso se plantea otro dilema:
● Se
convence usted de que sólo a sangre y fuego estos capitostes del poder serán
echados de Palacio, y entonces coge su morral y su fusil y sube al monte, y
dedica sus horas a la melancólica búsqueda de una conjura militar quién sabe
para cuándo, y va y se hinca ante la columnata del Departamento de Estado, en
Foggy Bottom, Washington, y clama por una invasión gringa, a ver si le hacen
caso (improbable ignominia);
● O,
¡ay, PUD del invisible extravío!, constata que se equivocó, que desde las
primarias todo fue un clamoroso desaguisado, incluyendo la patochada del
candidato sustituto …y su burda “titerización” por el extremismo, y regresa con
armas y bagajes a la ruta democrática (voto *y* acuerdo), aunque haya que
volver a empezar, y acude a los comicios de 2025 sin asco alguno para salvar lo
que sea salvable del naufragio, y torna a la mesa de negociaciones, dispuesto a
ofrecer lo que sea menester… a trueque de un futuro y eventual *cambio de gobierno,
aunque se comparta el poder* por muchos, muchos años, respetando y reconociendo
y reconciliándose con el adversario chavista. ¿Son menos persuasibles Maduro y
cía. que Pinochet, o que los blancos racistas de Sudáfrica, o que los
comunistas de Europa oriental, o que los fascistas de la Falange franquista? En
lo personal, no lo creo… sino todo lo contrario. Eso sí, sospecho que esto es a
diez, a quince años plazo.
¡Piensen, señores teóricos de la
página pasada, piensen! ¿De qué otra manera se lee la trama de un libro si no
se continúa con el siguiente folio? ¿Quiere eso decir acaso que se olvida lo
leído? ¿Cómo entender la historia de una novela si no se recuerda lo que ha
sido narrado? Pasar la página no implica amnesia sino movimiento… y sin movimiento
no hay vida pues lo estático está inerte, es decir, muerto.
(Mañana: *el gobierno*).
