Por Orlando Arciniegas* / Opinión
Ciertamente,
entre otras varias cosas. Un descubrimiento que debe mucho a hombres del
pasado. Comencemos por el holandés Zacharias Janssen (1585 ─ antes de 1632) fue
un fabricante de anteojos que vivió la mayor parte de su vida en la ciudad de
Middelburg. A él se atribuyen los principios del microscopio compuesto y del
telescopio. Una invención discutible por estar basada en el testimonio de uno
de sus hijos, veinte años después de la muerte de Zacharias.
A otro que no se puede dejar de lado es a Antoine van Leeuwenhoek (1632-1723), neerlandés también, comerciante, a quien muchos reconocen como el “padre de la microbiología”, al que se endosa el mérito de ser el primero en realizar observaciones microscópicas ─antecedido por Robert Hooke (1635-1703)─, siendo además el pionero de los descubrimientos biológicos, con el uso de sus logrados y luego perfeccionados microscopios. De más de 200 aumentos.
Leeuwenhoek
fue probablemente el primero en observar bacterias y otros microorganismos, a
los que ya menciona en 1674. Así como lo fue en cuanto al descubrimiento de los
espermatozoides, lo que pondría fin a la teoría del ‘homúnculo’. Estos avances
científicos de Leeuwenhoek permitirían, pero ya en el siglo XIX, a Theodor
Schwann y Matthias Schleiden, en 1839, presentar la teoría celular: animales y
plantas están compuestos de innumerables células, y cada célula es un órgano
con los esenciales atributos de la vida. Teoría que completaría Rudolf Virchow,
en 1858, al sostener que “toda célula procede de otra célula por división de
ésta” (omnis cellula e cellula), y que, con el tiempo y Darwin, acabarían con
la teoría de la generación espontánea.
A lo que
íbamos: Las observaciones de Hooke y Leeuwenhoek dejaron en claro que en
nuestro cuerpo podían también encontrarse grandes cantidades de bacterias. Los
padres de la microbiología, Koch y Pasteur, descubrieron muchos gérmenes
causantes de enfermedades infecciosas. Bacterias y otros microorganismos
(hongos, virus) pueden encontrarse en todos los seres vivos, además de ser
responsables de la descomposición de la materia orgánica y del reciclaje de
nutrientes como el carbono, permitiendo el funcionamiento de los ecosistemas.
Con todo, durante mucho tiempo las bacterias, por ejemplo, fueron asociadas al
posible daño que podían causar como vectores de las enfermedades.
El
descubrimiento de los “animáculos”, como los llamó Leeuwenhoek, en el tracto
gastrointestinal habría sido el primer hallazgo. Se dio por llamarlos entonces
“flora intestinal” porque lo que se veía no parecían animales. Siglos después,
Pasteur descubrió las bacterias intestinales anaerobias y, posteriormente, el
ucraniano Élie Metchnikoff (ganador del Premio Nobel de Medicina en 1908)
aseguraba que las bacterias ácido-lácticas (las del yogurt) brindaban
beneficios y hasta podían promover la longevidad, tal como él lo había
observado mientras en Bulgaria. Con lo cual fue abriéndose paso un nuevo
concepto del mundo microorgánico o microbiano y de sus varias formas de
relación con los seres humanos.
No olvidemos
que, con dicho mundo, en sus expresiones amables y desde tiempos bíblicos,
habíamos entrado en contacto y obtenido gratos beneficios, por ejemplo, en el
pan y en el vino; pero de cuya existencia, dada su invisibilidad, lógicamente,
no se podía ser del todo consciente.
Un
reciente cálculo nos dice que puede haber 40 billones de bacterias dentro de
nuestro cuerpo. En todo caso, son billones y poco importa si más o menos. Y que
más del 90% se encuentran en el tracto digestivo, en el colon para más precisión.
Con lo cual éste se convierte en la zona de mayor densidad microbiana. Hay que
decir que la mayoría de ellas son absolutamente benéficas, pues la evolución
las ha convertido en seres simbióticos en perfecta sintonía con las distintas
funciones de nuestro organismo, incluyendo las neurológicas.
A ese
conjunto de bacterias que conviven en simbiosis en nuestro organismo hemos
decidido llamarlo microbiota o microbioma. Dichas bacterias tienen, como
nosotros, sus propios genomas (material genético). El conjunto de esos varios
genomas ─el humano, el bacteriano y el microbiano en general─ recibe el nombre
de ‘metagenoma’, un concepto ecológico por el cual se asume que nuestro cuerpo
es, en verdad, un ecosistema biológico en el que habitan distintas especies
que, de conjunto, y no de otra manera, hacen posible nuestra supervivencia. Su
desequilibrio, la ‘disbiosis’, influye decisivamente tanto en la salud como en
la enfermedad. Demás está decir que tales bacterias nos son absolutamente
indispensables para vivir.
*Historiador.
Profesor titular (J) de la Universidad de Carabobo.
