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23 junio, 2024

Somos un ecosistema biológico

Por Orlando Arciniegas* / Opinión

Ciertamente, entre otras varias cosas. Un descubrimiento que debe mucho a hombres del pasado. Comencemos por el holandés Zacharias Janssen (1585 ─ antes de 1632) fue un fabricante de anteojos que vivió la mayor parte de su vida en la ciudad de Middelburg. A él se atribuyen los principios del microscopio compuesto y del telescopio. Una invención discutible por estar basada en el testimonio de uno de sus hijos, veinte años después de la muerte de Zacharias.

A otro que no se puede dejar de lado es a Antoine van Leeuwenhoek (1632-1723), neerlandés también, comerciante, a quien muchos reconocen como el “padre de la microbiología”, al que se endosa el mérito de ser el primero en realizar observaciones microscópicas ─antecedido por Robert Hooke (1635-1703)─, siendo además el pionero de los descubrimientos biológicos, con el uso de sus logrados y luego perfeccionados microscopios. De más de 200 aumentos.

Leeuwenhoek fue probablemente el primero en observar bacterias y otros microorganismos, a los que ya menciona en 1674. Así como lo fue en cuanto al descubrimiento de los espermatozoides, lo que pondría fin a la teoría del ‘homúnculo’. Estos avances científicos de Leeuwenhoek permitirían, pero ya en el siglo XIX, a Theodor Schwann y Matthias Schleiden, en 1839, presentar la teoría celular: animales y plantas están compuestos de innumerables células, y cada célula es un órgano con los esenciales atributos de la vida. Teoría que completaría Rudolf Virchow, en 1858, al sostener que “toda célula procede de otra célula por división de ésta” (omnis cellula e cellula), y que, con el tiempo y Darwin, acabarían con la teoría de la generación espontánea.

A lo que íbamos: Las observaciones de Hooke y Leeuwenhoek dejaron en claro que en nuestro cuerpo podían también encontrarse grandes cantidades de bacterias. Los padres de la microbiología, Koch y Pasteur, descubrieron muchos gérmenes causantes de enfermedades infecciosas. Bacterias y otros microorganismos (hongos, virus) pueden encontrarse en todos los seres vivos, además de ser responsables de la descomposición de la materia orgánica y del reciclaje de nutrientes como el carbono, permitiendo el funcionamiento de los ecosistemas. Con todo, durante mucho tiempo las bacterias, por ejemplo, fueron asociadas al posible daño que podían causar como vectores de las enfermedades.

El descubrimiento de los “animáculos”, como los llamó Leeuwenhoek, en el tracto gastrointestinal habría sido el primer hallazgo. Se dio por llamarlos entonces “flora intestinal” porque lo que se veía no parecían animales. Siglos después, Pasteur descubrió las bacterias intestinales anaerobias y, posteriormente, el ucraniano Élie Metchnikoff (ganador del Premio Nobel de Medicina en 1908) aseguraba que las bacterias ácido-lácticas (las del yogurt) brindaban beneficios y hasta podían promover la longevidad, tal como él lo había observado mientras en Bulgaria. Con lo cual fue abriéndose paso un nuevo concepto del mundo microorgánico o microbiano y de sus varias formas de relación con los seres humanos.

No olvidemos que, con dicho mundo, en sus expresiones amables y desde tiempos bíblicos, habíamos entrado en contacto y obtenido gratos beneficios, por ejemplo, en el pan y en el vino; pero de cuya existencia, dada su invisibilidad, lógicamente, no se podía ser del todo consciente.

Un reciente cálculo nos dice que puede haber 40 billones de bacterias dentro de nuestro cuerpo. En todo caso, son billones y poco importa si más o menos. Y que más del 90% se encuentran en el tracto digestivo, en el colon para más precisión. Con lo cual éste se convierte en la zona de mayor densidad microbiana. Hay que decir que la mayoría de ellas son absolutamente benéficas, pues la evolución las ha convertido en seres simbióticos en perfecta sintonía con las distintas funciones de nuestro organismo, incluyendo las neurológicas.

A ese conjunto de bacterias que conviven en simbiosis en nuestro organismo hemos decidido llamarlo microbiota o microbioma. Dichas bacterias tienen, como nosotros, sus propios genomas (material genético). El conjunto de esos varios genomas ─el humano, el bacteriano y el microbiano en general─ recibe el nombre de ‘metagenoma’, un concepto ecológico por el cual se asume que nuestro cuerpo es, en verdad, un ecosistema biológico en el que habitan distintas especies que, de conjunto, y no de otra manera, hacen posible nuestra supervivencia. Su desequilibrio, la ‘disbiosis’, influye decisivamente tanto en la salud como en la enfermedad. Demás está decir que tales bacterias nos son absolutamente indispensables para vivir.

*Historiador. Profesor titular (J) de la Universidad de Carabobo.