A sus 80 años, son
muchas las palabras que la escritora chilena ha hecho suyas a lo largo del
tiempo. Sin embargo, una parece haberse escapado para siempre de su universo
léxico: jubilación. Da prueba de ello su nueva novela, El viento conoce
mi nombre, una historia redonda sobre las profundas heridas que produce la
emigración forzada y las personas que –desde la empatía y el amor– luchan por
sanarlas
La arrolladora fuerza expansiva de Isabel Allende (Lima, 1942) puede ser trazada con un torrente de cifras. Cuenta con más de una treintena de títulos publicados, que han sido traducidos a 42 idiomas y de los que se han vendido aproximadamente 77 millones de copias en todo el mundo. Su novela debut, La casa de los espíritus (1982), convertida ya para muchos en un clásico contemporáneo, inspiró una adaptación cinematográfica protagonizada por un elenco magistral, con Jeremy Irons, Meryl Streep y Antonio Banderas a la cabeza. Y, tal como ella misma cuenta, no pasa una sola semana sin que llegue una carta a su oficina de Sausalito (San Francisco) para poner en valor el libro de Paula, una obra autobiográfica –y texto cumbre de la literatura sobre el duelo– en la que la escritora chilena relata la enfermedad y posterior muerte de su hija a la temprana edad de 29 años. A todo esto habría que añadirle los más de 60 premios y distinciones que la autora tiene en su haber, subrayando, cómo no, tres de los más relevantes: el Premio Nacional de Literatura de Chile (2010); la Medalla de la Libertad de EE.UU. (2014), entendida como el mayor honor civil del país; y la Medalla de la Fundación Nacional del Libro por la Contribución Distinguida a las Letras Estadounidenses (2018).
Sin embargo, confiar solo en los números para entender la
dimensión del ‘fenómeno Allende’ sería un tremendo error. Su potencia literaria reside en la capacidad
de poner en un mismo plano narrativo lo cotidiano y lo extraordinario, las
vísceras y el espíritu, la generosidad y la miseria. Un cautivador
retrato del alma humana que se conjuga con un talento único para seducir poco a
poco –y luego todo de golpe– a un lector que empieza a plantearse pedir días
libres en el trabajo para dar respuesta a la necesidad más imperiosa del
momento, que se resume en apenas dos palabras: seguir leyendo. Un cartel
de Se ruega no molesten; un teléfono puesto a propósito en ‘modo
avión’ sin estar siquiera cerca del aeropuerto. Ese es el encantamiento que
emana de su prosa. Y una evidencia más de ello se encuentra en su nueva
novela, El viento conoce mi
nombre (Plaza & Janés), a la venta el 6 de junio.
La narración recorre distintos episodios del último siglo, en
un arco temporal que abarca de la Austria nazi hasta la separación de familias
migrantes en la frontera de EE.UU. impulsada por la política trumpista.
Allende pone así el foco en aquellas situaciones en las que la violencia más
atroz está amparada por la indolencia o la complicidad directa del Estado.
“Muchos años atrás, vi una obra de teatro sobre
el kindertransport,
un transporte experimental puesto en marcha por el gobierno de Gran Bretaña que
consiguió salvar a 10.000 niños judíos del Holocausto, y me puse a investigar
al respecto ––cuenta la escritora por videollamada–. Los padres mandaron a sus
hijos solos en trenes para salvarlos de los nazis. El 90% de ellos nunca volvió
a ver a su familia. La idea de que
yo pudiera poner a uno de mis niños solo en un tren para mandarlo a un destino
desconocido, donde tal vez lo recogiera gente buena o tal vez no, me hizo
preguntarme: ‘Aunque me partiera el corazón, ¿lo haría o no lo haría?”. Lo
cierto es que no lo sé, pero de repente vi la conexión entre eso y lo que está
pasando hoy en cuestión de inmigración. Con todos esos padres
dispuestos a cualquier sacrificio con tal de librar a sus niños de la pobreza y
la violencia extrema. O los mandan solos o, en muchos casos, se vienen con
ellos a EE.UU. y los separan. Los padres son deportados y los menores van a
parar a casas de adopción o refugios. Nadie pensó en la reunificación. Ha
costado un triunfo volver a juntarlos. Por no hablar de los más de mil casos
que aún no están resueltos. Esos niños quedan flotando en la nada, y esos
padres no se sabe ni siquiera dónde están. Es algo que me impacta mucho”.
La propia Allende, que se vio obligada a huir de Chile a
Venezuela en 1975 tras el golpe de Estado y la instauración de la dictadura
militar de Augusto Pinochet, conoce bien las cicatrices emocionales de la
emigración forzada. “La persona que huye buscando refugio está siempre mirando
para atrás, hacia el pasado. No es una elección libre que uno hace, sino que
está preso de unas circunstancias desesperadas, por lo que uno no se adapta. Se
queda con la maleta a medio hacer y con las llaves de la casa en el bolsillo,
que fue lo que me pasó a mí como refugiada política. Creo que por eso escribí La casa de
los espíritus, como un ejercicio de nostalgia. Ya llevaba varios años en
Venezuela, con la sensación de que mi vida no iba a ninguna parte. Desarraigada
de mi país, de mí trabajo, de mis amistades y de parte de mi familia, que se
dispersó por el mundo. Cuando mi abuelo se estaba muriendo en Chile
y no podía regresar a decirle adiós, empecé esa primera novela para recuperar
esa memoria oral que se estaba perdiendo, porque uno cambia los recuerdos con
el tiempo. Y ese ejercicio me salvó la vida. Luego, tuve la inmensa suerte de
que el libro fue un éxito y pavimentó el camino”, ahonda.
En el lado más amable de la balanza, que también queda
profundamente reflejado en la novela, se encuentran los trabajadores sociales y
los abogados que se desviven (sin ánimo de lucro) por las víctimas. “Nosotros
vemos las malas noticias. El horror de las maras en Centroamérica y el espanto
de los campos de refugiados en México, donde las mujeres ni siquiera pueden
caminar solas hasta las letrinas, tienen que ir en grupos para que no las
violen y no las maten. Pero la otra cara de la infamia son las miles de
personas que trabajan para ayudar. Y de eso no se sabe. Esa es la gente a la
que mi fundación trata de ayudar [la Fundación Isabel Allende nació el 9 de
diciembre de 1996 en homenaje a su difunta hija Paula]. Son casi todas mujeres. Los abogados que
están trabajando pro-bono son un 80% mujeres. Porque no hay ni gloria ni dinero
en eso. Hay compasión, no más”.
En ese sentido, Allende se muestra esperanzada –aunque con
matices críticos– sobre el devenir cercano al que se dirige la sociedad global.
“Creo que la humanidad evoluciona, pero no en línea recta. Hay una dinámica
ascendente hacia una cultura más holística, más sostenible, más paritaria y que
haga a la gente más feliz. Pero vamos en zigzag. Siempre hay un 'culatazo' de retroceso y cada etapa es un eslabón de una
cadena de progreso. No soy pesimista en cuanto al futuro. Tengo 80 años, no voy
a alcanzar a ver un cambio fundamental, pero yo espero que mis nietos sí. Ellos
van a ser los que estén dirigiendo el mundo en 10 años más y tienen otros
valores. No están tan agarrados al éxito, a la ambición o al
consumo como estuvimos nosotros en los ochenta. Estamos hartos del consumo y
pronto vamos a estar hartos de las redes sociales, de la hiperconexión y
sobreinformación superficial. Es agotador y traumático”, comenta con el
vitalismo que la caracteriza, y se divierte al recordar los albores de su
carrera periodística, en los que no había ni Internet ni celular. “Me preguntan siempre si el despegue tecnológico
actual es para mejor o para peor. Yo creo que es para mejor, pero como todo en
la vida, llega un momento de saciedad”.
Otra de las cuestiones que se repiten de manera recurrente en
la producción literaria de la chilena es la del amor romántico, encarnado
en El viento conoce mi nombre por la pareja de Samuel Adler y
Nadine LeBlanc, que protagonizan un vínculo íntimo que consigue sobrevivir –a
veces, maltrecho– a los envites del tiempo. Un matrimonio poco canónico que
invita a reflexionar sobre cómo distintas épocas de madurez personal pueden
derivar en la necesidad de nuevas dinámicas de pareja en el plano sexoafectivo.
“El matrimonio monógamo era, de partida, un contrato comercial de conveniencia
económica o social. Y luego ha evolucionado de muchas maneras, pero siempre con
la idea de que una relación monógama era para toda la vida. Con el aumento de
la esperanza de vida, la gente ya no pasa casada 25 años, sino 65, como mis
padres. En tal larga vida, hay muchas etapas en las que uno cambia
fundamentalmente. Las necesidades
de una mujer joven que está criando a sus hijos y las de una mujer que está en
la menopausia son muy diferentes. Yo no hubiera podido estar casada 65 años con
la misma persona, por eso me he casado tres veces. Ahora, prefiero
una relación de fidelidad, porque he pasado por la de la infidelidad y no me
funciona la estrategia de la mentira, de ocultarse. Es para mí un desastre y lo
fue cuando eso sucedió en mi juventud. Luego, en mi segundo matrimonio con
Willie [Gordon] nunca fui infiel y yo no sabía que él sí. Si lo hubiera sabido,
me habría separado. Porque tengo independencia económica, intelectual y social
para hacer lo que me dé la gana. Pero la mayor parte de la gente no tiene
eso. Ahora en la vejez, que tengo
un tercer matrimonio, ni se nos ocurriría tener una relación extramatrimonial.
¡Porque ya mantener esta cuesta mucho!”, cuenta estallando en carcajadas.
Eso sí, cuando se le pregunta por la defensa que siempre ha
hecho de vivir el amor desde la pasión y el disfrute sexual, también en esta
época de madurez tardía, Allende recurre de nuevo a un golpe de humor. “Tú
puedes esperar lo que tú quieras, pero las circunstancias te obligan a
adaptarte. Yo tengo 80 años y mi
marido también. Puedo tener toda una aspiración a la pasión sexual que no se va
a dar, ¡déjate de cosas! ¡No hay la energía para eso! [Risas] Entonces,
con lo que se dé hay que estar muy agradecida y listo. Pero eso es lo que
necesitamos ahora, que es muy diferente de lo que necesitaba yo a los 36 años,
cuando era infiel y mis hormonas estaban disparadas. Era una mujer joven que me
sentía desesperada, atrapada en un matrimonio que era un fastidio. Hoy veo a un tipo guapísimo, estupendo, y lo
aprecio como quien aprecia una pintura impresionista. ¡Ni se me ocurre que me
voy a acostar con él!”.
Por otro lado, al abordar la dimensión más mágica de su
producción literaria, una de sus señas de identidad narrativa, Allende
reconduce la conversación hacia el concepto más amplio del ‘misterio de la
vida’. “No tenemos explicación para todo. Esa idea de que todo tiene que
poderse medir, pesar, comprar, vender, explicar, controlar... es muy masculina.
Nosotras, como vivimos muy en contacto con el vientre, con el cuerpo, somos más
conscientes de la comunión con la naturaleza. Cuando se habla de religión, la gente asume lo irracional con toda
naturalidad. Pero si te pones a hablar de la posibilidad de que el espíritu de
tu abuela te acompañe toda la vida, eso es realismo mágico. A mí me
ocurrió con Paula. Ella estaba en coma y yo estaba durmiendo en el piso de
arriba. Y se me sentó en la cama y me dijo: ‘Mamá, déjame ir. Ya basta’. Ahora,
¿lo soñé? ¿Fue una visitación? ¿O era tan claro el mensaje en el aire que fue
necesario ese momento para que yo aceptara que ya se había hecho todo lo
posible? La mente hace eso”.
Precisamente, sobre la experiencia tan transversal que ha
tenido de la muerte, la escritora concluye la charla con una de esas
reflexiones que merece la pena atesorar en el recuerdo. “No quisiera haber
dejado de vivir ni un día de los que mi hija sufrió. La muerte de Paula me
cambió de una manera positiva. Me hizo más desprendida. Si no pude salvar a mi hija de la muerte, es
que no puedo hacer nada. Aceptar lo incontrolable te hace estar mucho más
relajada con respecto a la vida”, dice Allende, mientras procede a
subrayar el peso que las palabras han tenido en todo este aprendizaje. “El año
de la agonía de mi hija fue como una larga noche, oscura y fría. Llorar, rezar, rogar. Negociar con el cielo
para que en vez de ella estuviera yo en esa cama. Toda esa angustia
fue lo único quedó del año. El 6 de diciembre, cuando ella falleció, se abrió
un hoyo inmenso. Yo me habría podido hundir en ese hoyo para siempre si no
hubiera sido por la escritura. Empecé a ordenar lo que había ocurrido y ya no
era una noche oscura, sino algo que había sucedido día a día. Y en esos días
había también claridad. La
escritura me permitió verlo, aceptarlo, entenderlo y transformarlo. Arreglar la
vida. Darle orden al trauma. Sin eso, no sé qué hubiera sido de mí”.
Tomado de Vogue- España.
