Un curioso episodio en la vida del historiador inglés recientemente fallecido
Ocurrió en 1992. El intelectual británico -uno de los
preferidos de los sectores conservadores- recibió en su casa a Richard Stengel,
periodista de la revista Time. Pero lo que se creía que iba a ser un
diálogo político y económico sobre la actualidad de Inglaterra y Estados
Unidos, terminó de forma inesperada. Página/12 recuerda ese diálogo, a pocos
días de la muerte de Johnson.
Paul Johnson fue uno de los historiadores más
conocidos de la segunda mitad del siglo XX. Nació en 1928 en Manchester, se
formó en Oxford y, de algún modo, fue la oposición a Eric Hobsbawm por derecha.
Si el autor de Historia del siglo XX se erigió como uno de los
grandes académicos marxistas, Johnson estuvo allí para apuntalar la
reacción: apoyó sin ambages a Margaret Thatcher y la revolución
conservadora de los 80. De hecho, en 1976, tres años antes de que la
Baronesa llegara a 10 Downing Street, Johnson sacudió a los intelectuales
británicos con "Adiós al laborismo", un artículo publicado en The
New Statesman, en que postuló su desilusión del socialismo y del
sindicalismo.
Autor de libros como Intelectuales, una historia de los Estados Unidos, Historia del cristianismo y biografías de Churchill y Napoleón, Johnson murió el 12 de enero pasado a los 94 años. Su obituario llenó las páginas de infinidad de publicaciones, que lo veneraron como gran historiador (algunas), lo reivindicaron como guardián de los valores occidentales (algunas otras) o lo criticaron como exponente del pensamiento conservador (unas terceras).
En la biografía de Johnson hay lugar para un episodio menor,
risueño, anecdótico, intrascendente, como las vidas de todos los seres humanos,
sean personas públicas o no. El punto es que ese episodio vio la luz y y pasó
a la historia como, probablemente, la más extraña y surrealista entrevista en
la historia del periodismo.
La frustrada entrevista con Time
Ocurrió en 1992. Su interlocutor fue Richard Stengel.
Era un periodista de 37 años y escribía para la revista Time. Fue
para esa revista que contactó a Johnson. Lo que pasó fue tan grotesco que no se
publicó. Sin emabrgo, Stengel lo comentó en una cena al editor de la revista
satírica Spy, Kurt Anderson. El detrás de escena de la
entrevista se contó en las páginas de esa publicación.
Johnson acababa de publicar El nacimiento del mundo
moderno y gozaba, desde 1983, de ser un intelectual leído por los
líderes conservadores.
Ese año había aparecido Tiempos modernos, un libro de referencia
para la derecha. Stengel coordinó un viaje a Inglaterra para visitar a Johnson
en su casa. El historiador lo citó a las cuatro y media en su
residencia de Bayswater, un distrito de Londres.
Cuando Johnson le abrió la puerta, se disculpó porque no
estuviera su esposa para saludar al visitante. Ofreció té. Stengel se sentó en
un sillón frente al cual había una mesita con galletas. Dejó la tetera
sobre la mesa y dejó que su propio invitado ofreciera servirle a ambos.
Antes de comenzar el diálogo, el devoto católico que era
Johnson preguntó al periodista si estaba casado. Stengel respondió que no, lo
cual activó las defensas conservadoras del historiador: "¿Acaso
no le gustan las mujeres?" Stengel atinó a responder: "Yo diría que
tal vez demasiado". Acto seguido, Johnson inquirió a Stengel por qué
quería "entrevistar a una persona como yo". El periodista lo halagó
diciéndole que era uno de los grandes historiadores de la época y que valía la
pena escuchar a alguien que estaba escribiendo sobre la historia de los Estados
Unidos.
Hasta allí, todo normal. Stengel le avisó a Johnson
que prendería el grabador y comenzó el diálogo que ocupa la segunda parte de la
nota de Spy y que, en versión en castellano, se incluiría en Las
grandes entrevistas de la historia, un volumen compilado por el inglés
Christopher Silvester, que consideró merecedora de un lugar a lo que pasó
cuando Stengel apretó el botón de play. Lo que sigue es el diálogo, con
intercalaciones del periodista:
"- En Tiempos modernos habla usted del
relativismo moral y su presencia en el siglo XX. ¿Qué ejemplos de
relativismo moral ver usted hoy en la escena mundial?
- (Pausa de ochos segundos, que dedica a rascarse
la barbilla.) No sé.
- Um...(Pausa de siente segundos.) Um...uh...Uno
de los temas sobre los que ha escrito usted es el determinismo biológico. ¿Cree
que ahora que cada vez sabemos más sobre la herencia genética, la idea de
moralidad es cada vez...bueno...menos importante, y más una función de la
biología?
- (Pausa de veintisiete segundos, que dedica a
frotarse la cara y los ojos con las manos. Cierra los ojos.) No lo
sé.
- De acuerdo...(Risa nerviosa.) ¿Se salen
estas preguntas del campo de su especialidad?
- (Con los ojos cerrados.) No lo
sé.
- (Staccato.) ¿Cree que la política económica de
Reagan es responsable de la recesión en Estados Unidos?
- (Rápidamente.) Es muy
improbable.
- (Pausa de seis segundos.) Muy improbable.
Pero tal vez la velocidad con la que se gastaba y se pedía prestado dinero y el
modo en que aumentó la deuda...¿No cree que tal vez haya tenido algo que ver
con...?
- Es improbable.
- ¿Qué cree usted que ha causado la recesión?
- (Con tono ligeramente beligerante.) No
lo sé.
- (Río nerviosamente.)
- (Rié también.)
- Um...(Pausa de once segundos.) Una de
las cosas que, según usted, es de la mayor importancia en el siglo XX es que
las creencias religiosas aún no hayan desaparecido. ¿Cómo explica usted eso?
¿Cree que en este momento existen excesos religiosos?
- (Pausa de cinco segundos.) No lo sé".
El fin de la entrevista
Stengel apagó el grabador en ese punto. "Sus No
lo sé habían ido haciéndose cada vez más groseros. Sos dos Improbable habían
rezumado desdén". Inquirió a Johnson sobre el éxito del fudamentalismo
en las elecciones en Argelia, lo cual era una señal de la persistencia de la
religión.
En ese momento, relató Stengel, Johnson se levantó "y,
sin mirarme siquiera, salió bufando de la habitación". Pasaron
cinco mininutos. El periodista no escuchó ningún ruido. Pensó si habría ido
al baño, pero no se sintió que tirara la cadena. Intrigado, subió a la planta
alta, llamó por su nombre al historiador y nadie le respondió. Estaba solo en
la casa. Johnson se había ido.
Esperó uno minutos en la habitación donde había estado con su
entrevistado y tomó su abrigo. "Salí al vestíbulo, grité '¡Adiós!'
y finalmente cerré la puerta a mis espaldas". Se fue a un bar y, desde
allí, llamó por teléfono a la casa de Johnson. Salió el contestador, con la voz
de la esposa del historiador.
Stengel, que años más tarde fue funcionario de Barack Obama,
cerró así la nota en Spy:
"En el avión de vuelta ojeé el capítulo final de Intelectuales y
dí con el siguiente pasaje: 'Creo detectar hoy en día cierto escepticismo
público cuando los intelectuales nos dedican sus prédicas, una tendencia
creciente entre la gente corriente a poner en duda que los académicos, los
escritores y los filósofos, por eminentes que sean, tengan derecho a
decirnos cómo debemos comportarnos y conducir nuestros asuntos. Parece
estar extendiéndose la creencia de que los intelectuales no son más
sabios como mentores, ni más dignos como modelo, de lo que lo eran los brujos o
sacerdotes de la antigüedad. Comparto ese escepticismo'. Yo también".
