Por Ricardo
Emilio Quero* / Especial para Entre Todos D.
Hace ya muchos años, durante un viaje de
negocios, el auto de James P. O` Donnell se quedaría varado por una avería en
una helada autopista en la ciudad alemana de Colonia. Ante aquel inesperado
percance, y sin nada más que hacer, O` Donnell se dedica a recorrer las calles
de aquella histórica urbe teutona seguramente sin rumbo fijo. Sin embargo no le
sería difícil divisar las cúpulas de la célebre y emblemática catedral cuyos
orígenes se remontan a la Edad Media —y que con sus casi 158 metros
de altura ostentara antes de la erección de la Torre Eiffel el rango de
construcción más alta del mundo—. Como esa noche es Nochebuena
nuestro personaje encamina hacia allí sus pasos cuando ya está oscureciendo. Luego
de que la iglesia quedara vacía cuando los feligreses regresen a sus hogares O`
Donnell abandona el recinto; pero más tarde retornaría para ser partícipe de la Misa del Gallo. Aquella misa debiera
haber sido lo máximo para cualquier feligrés… Sin embargo, O` Donnell, en lo
íntimo, quedaría decepcionado. Algo a su entender había faltado en aquella
memorable escena bíblica: no había visto en el pesebre la Estrella de Belén ni había
observado rastro alguno de los Tres Reyes Magos…
A la mañana siguiente volvería a la iglesia todavía con aquella duda revoloteando en su cabeza. Cuando se topa con un sacerdote germano decide consultarle acerca de aquellas ausencias. La respuesta del prelado sería instantánea: « ¿Que no hay magos?», preguntaría a su vez con cierto aire burlón mientras seguidamente lo conduce a un gran templete dorado ubicado detrás del elevado altar. Lo que aquel religioso mostraría a su interlocutor constituye una de las más hermosas y atrayentes historias de la fe cristiana…
En el Evangelio de San Mateo se halla la
que sea tal vez la referencia bíblica más antigua con respecto a los enigmáticos
Reyes Magos. Pero existe la circunstancia de que allí no se les califica como
reyes sino como «sabios» —casi con seguridad en astrología—. Tampoco se hace
mención de cuántos eran ni de dónde venían. Se cree que habría sido Tertuliano,
un erudito cartaginés que viviera en el siglo III, quien comenzara a llamar «reyes»
a los magos. Más adelante, en los
comienzos del imperio bizantino, se inicia la consolidación
de la historia de los reyes tal como la conocemos hoy. La persona que más influencia tendría en el
forjamiento de esta leyenda sería santa Elena, progenitora del emperador
Constantino El grande. Es sabido que durante los últimos años de su existencia
esta dama se dedicaría en cuerpo y alma a recopilar reliquias sagradas. Según
los eruditos, sería ella quien haría desenterrar los cuerpos de los tres reyes,
o sabios —y cuyas sepulturas se hallaban en tres países diferentes—, y los hace
embarcar con destino a Constantinopla, futura capital del imperio Romano de Oriente
—según una antigua tradición, sería igualmente ella quien consiguiera la cruz
donde Jesucristo fuera crucificado.
En Constantinopla permanecerán los
cuerpos durante tres siglos. De allí
fueron trasladados a la iglesia de San Eustorgio, sita en las afueras de Milán.
Aquí reposarán durante medio milenio. Posiblemente hubiese sido en este largo
lapso cuando se pintara un mural en la catedral de Rávena donde aparecen los
tres reyes con la cabeza cubierta por una especie de gorro frigio, lo que ha dado pie a la
creencia de que pudiesen haber sido originarios de Persia. Está cuestión está
íntimamente ligada al hecho de que en Persia la palabra «mago» hacía referencia
a una casta sacerdotal versada en astrología, ciencia y religión. Con respecto
al número exacto no hubo unanimidad hasta el siglo V. Sería el papa León I
(pontífice de 440 a 461) quien fijara su
número en tres. Basaría León I su argumento en una lógica elemental: si fueron
tres los regalos debieron ser también
tres los emisarios. En cuanto a los nombres de Gaspar, Melchor y Baltasar hay
indicios de que sería el teólogo inglés Beda El Venerable, a principios del
siglo VIII, uno de los primeros que comenzara a usar dichos apelativos. Habría
sido igualmente Beda el primero en especificar en qué consistían los regalos y
en apuntar los primeros rasgos fisonómicos de aquellos viajeros.
EL
REPOSO FINAL DE LOS REYES.— Los magos, como ya se ha expresado, yacerán en
Milán cerca de quinientos años. Después de la caída del imperio romano y de
haber sido capital del imperio romano de occidente, esta ciudad sería parte sucesivamente
de hérulos, ostrogodos, lombardos, carolingios y romanos germánicos (o primer
Reich). Será en época del último cuando
acontezca el quinto y —quizás— definitivo viaje de Gaspar, Melchor y Baltasar. Ocurriría
esto cuando, como consecuencia de las luchas entre los emperadores y el papado,
Federico I Barbarroja, emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, pone sitio
y devasta Milán, apoderándose como botín
de los restos de los Reyes Magos. Aprovechando esta circunstancia el conde y
arzobispo de Colonia, Rainald von Dassel, convence a Barbarroja para que done
tan sagrada osamenta a Colonia. Apoyaba su petición en el hecho de ser los
arzobispos de Colonia los oficiantes en las coronaciones imperiales. Así las
cosas, en 1164 una comitiva cruza los Alpes y atraviesa Borgoña hasta llegar a
Milán. De regreso navegarán por el Rin
custodiando su histórica donación. Los
habitantes de la ciudad aguardaban alborozados la llegada de tan invaluables
reliquias. Y tal como había ocurrido hacía más de tres siglos en Santiago de
Compostela, aquel hecho daría origen a diversas peregrinaciones cuyo destino
final será Colonia.
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Será el relicario contentivo de los restos
de los tres Reyes, y que allí descansaban desde hacía 800 años, lo que el
sacerdote alemán muestre a James P. O´ Donnell aquel frío día navideño del
siglo XX. «Por eso no nos preocupamos de poner sus figuras en el nacimiento»,
subrayaría aquél a manera de explicación.
« ¿Que
no hay estrella de Belén?», señalaría a continuación haciendo referencia a la
otra inquietud de O` Donnell. Instantes
después lo conduce a un gran pórtico ubicado al sur. Allí éste observa que
aunque para la mayoría de los observadores la catedral tendría solo dos
gigantescas torres, en realidad hay una tercera, más pequeña y más fina, que se
encuentra exactamente encima del crucero. Como remate tiene una gran estrella
dorada de muchas puntas que se eleva 109 metros sobre el belén. Con respecto a
la autenticidad de los restos de los que se consideran son los Reyes Magos,
otro de los sacerdotes con los que platicara O` Donnell, el padre Hoster, le
aseguraría haber estado presente durante
unas restauraciones realizadas años antes. En esa ocasión constataría la
presencia de tres calaveras, cada una en un nicho forrado de terciopelo; y
detrás, en un cofre de madera más pequeño, observaría los esqueletos con cada
hueso envuelto en seda.
*Profesor
e historiador.
